28 Julio 2022

¿Cuál guerra de las ciencias? La urgencia de educación política en ciencia y tecnología*

La polémica que desató el documento del Pacto Histórico muestra la pobreza de la formación política no solo de la ciudadanía, también de los expertos.

Por Alexis de Greiff A.**
Coordinador del Centro para la Educación Política y profesor de la Universidad Nacional

Para debatir es imprescindible estar informados y formados. Informarse es conocer las distintas posiciones, tesis y evidencia disponibles sobre un asunto. Formarse significa desarrollar actitudes y aptitudes que permitan sopesar esas opiniones y argumentar reflexivamente, reconociendo el valor de lo que piensan los otros. Ese sería el resumen de la educación política referida a cualquier tema, incluida la ciencia y la tecnología.

La polémica que desató el documento del Pacto Histórico muestra la pobreza de la formación política no solo de la ciudadanía, también de los expertos. El documento fue comentado por el profesor. Moisés Wasserman en un artículo de prensa que llevó a suerte de “guerra de las ciencias”: los científicos naturales e ingenieros por un lado y los científicos sociales y de humanidades por el otro. La mayor parte de estos comentaristas resbalan en las cáscaras de los lugares comunes, fruto del desconocimiento de discusiones y observaciones que han hecho sociólogos, filósofos, historiadores, científicos e ingenieros que se han tomado en serio el problema de la relación entre conocimiento y poder.

Me parece que el profesor Wasserman simplifica lo complejo, un error imperdonable en cualquier disciplina.

La noción de “ciencia hegemónica” se ha entendido como un ataque a “la ciencia occidental”. Así lo ven muchos de los que la defienden y los científicos que se sienten aludidos. En cambio, es un término descriptivo y analítico: sirve para tratar de entender cómo funciona la ciencia. 

Un conocimiento se vuelve hegemónico cuando hay consenso. Es el resultado de una compleja negociación entre científicos que deben ponerse de acuerdo sobre muchos problemas: las preguntas que son relevantes, lo que se debe observar para responderlas, los instrumentos apropiados para medir y el tipo de respuestas legítimas. Los canales de comunicación son parte de la identidad de los científicos: congresos, revistas especializadas y libros académicos. Dice el exrector que “la hegemonía de una ciencia no es más que la medida de su éxito en acercarse lo más posible a descripciones verdaderas de la realidad”. Justamente lo contrario: es mucho más que eso. Desde Hobbes, Rousseau, Marx y Gramsci la filosofía política ha hecho un esfuerzo enorme por entender qué es hegemonía y cómo se produce, mantiene y quebranta.

El método científico que aprendimos en la escuela (observación, hipótesis, experimentación, análisis y conclusiones) es un mito para esgrimir que la ciencia es más confiable que cualquier otra forma de conocimiento. Pero los laboratorios son mucho más que un lugar donde se le pregunta a la naturaleza si estamos en lo correcto y ella responde cual oráculo. Los científicos luchan para que se acepte la propia interpretación de los datos. Es un espacio político porque de eso dependen financiaciones y reconocimientos. Esa tensión esencial de la comunidad es lo que la hace tan poderosa: lograr un consenso basado en evidencia y el conocimiento propio y ajeno es difícil. Si se logra, se establece una visión dominante, es decir hegemónica.

La historia de la ciencia sirve para educarse políticamente. Primero, porque aprenderíamos que no hay una sola narrativa. Como en ciencias naturales, en los estudios sociales de ciencia hay polémicas feroces, incluso irreconciliables, entre otras porque carecen de un paradigma. No hay hegemonía, pero eso no los hace menos rigurosos. Segundo, porque ayuda a revaluar mitos, como el de una supuesta “revolución científica” hecha por mentes brillantes separadas de “amateurs”, de la política y de la religión.

Resulta que desde Alexander Koyré y Stillman Drake, hace más de medio siglo, estamos debatiendo si Galileo hizo experimentos reales o mentales. Matteo Valleriani ha estudiado la estrecha relación que tuvo Galileo con artesanos y mercaderes en Venecia. De allí aprendió sobre unos instrumentos que los astrónomos aristotélicos calificaron de inútiles para conocer el mundo –y se negaron siquiera a utilizarlo– porque eran aparatos mundanos, hechos y usados por personas ignorantes e innobles: el telescopio. Kepler era un místico y sus leyes no fueron tres sino más de 100, la mayor parte de ellas metafísicas. Newton entendía la ciencia como un camino para leer la mente de Dios. Por eso, durante muchos años sus escritos teológicos y de alquimia se consideraron secundarios e irrelevantes. Incluso peligrosos. Fue el economista John M. Keynes, apasionado estudioso de Newton quien los desenterró o, mejor, los compró en 1936 en una subasta y, más adelante los donó a la Universidad de Cambridge, donde los analizan los especialistas en los orígenes de la ciencia moderna.

Mejor dicho, la revolución científica tiene orígenes en la guerra para ganar la autoridad de hablar. Galileo, por ejemplo, solo la obtuvo cuando abandonó su posición de profesor de matemática en la Universidad de Padua y se convirtió en filósofo de la corte de los Medici.
Uno no es culpable de haber sido educado con ciertos mitos, pero es responsable de reflexionar sobre ellos para entender su función y preguntarse si sirven para perpetuar estructuras justas o injustas. La pregunta “para qué la ciencia” es legítima cuando se paga con los impuestos de los ciudadanos. No se trata de producir una nueva revolución cultural china y rechazar la “ciencia occidental”. Esa pregunta reconoce el derecho a que quienes serán afectados por una decisión sean escuchados seriamente. Ellos también deberán hacer un esfuerzo por entender los argumentos de los científicos. Y no es una utopía. Esos espacios de coproducción están siendo desarrollados. Se pregunta si este debate se da en los países donde se hace ciencia de punta. Pues sí: hay proyectos en curso en MIT, Cornell las universidades de París, de la Sorbona, de Zurich, entre muchas. También en Colombia, por ejemplo, en la Sede de la Paz de la Universidad Nacional y en la Universidad de Antioquia hay laboratorios ciudadanos donde físicos, ingenieros, médicos y enfermeras trabajan con comunidades.

Apropiación de la ciencia no es alfabetización científica. Para que los ciudadanos se apropien de la ciencia y la tecnología, deben ser parte del proceso de producción de conocimiento, empezando por cuál es el problema y qué medios y razonamientos vamos a considerar legítimos para tratar de resolverlo.

Lo que aprendemos del debate es que tenemos un enorme déficit en educación política en ciencia y tecnología. Eso incluye a los científicos que creen que por trabajar en un laboratorio saben mejor que nadie cómo se produce conocimiento, ignorando la complejidad del problema. La educación política es fundamental para que la ciudadanía ejerza sus derechos y los expertos sus deberes en una sociedad democrática.


* Este artículo expresa la opinión del autor y no compromete la posición oficial del Centro para la Educación Política.
** Alexis de Greiff A. es físico con una maestría en física teórica de la Universidad Nacional. Es PhD en historia de la ciencia de la Universidad de Londres. Fue subdirector de Colciencias, vicerrector general de Universidad Nacional y director de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Es profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional y coordinador del Centro para la Educación Política (CEP).