
El país que llega cansado a votar
Colombia llega a las elecciones con cansancio, desconfianza e incertidumbre. ¿Qué nos dice la salud mental sobre el momento que vive el país? Análisis de José A. Posada-Villa, director del Observatorio de Salud Mental Positiva del ICSN Clínica Montserrat Hospital Universitario.
Por: Jose A Posada Villa
Hay países que llegan a las elecciones como quien llega a una fiesta: con expectativa, con curiosidad, incluso con algo de ilusión. Colombia no. Colombia llega como quien regresa a casa después de un día interminable: cansada, irritada, con la sensación de cargar un peso que no termina de entender.
No es solo agotamiento político; es un cansancio del alma. Un cansancio que se respira en los buses, en las oficinas, en los parques, en las conversaciones que empiezan con un “¿cómo va todo?” y terminan con un suspiro.
En esta elección presidencial, más que escoger un programa de gobierno, el país parece estar buscando algo más elemental: una razón para volver a creer en sí mismo.
La salud mental —esa palabra que durante años se relegó a consultorios y diagnósticos— hoy se ha convertido en un espejo incómodo. Nos muestra un país que vive con miedo, que desconfía de todo, que se siente solo incluso rodeado de gente, que ha perdido la capacidad de imaginar un futuro distinto. Y, sin embargo, también nos muestra un país que resiste, que se organiza, que protesta, que crea, que no se rinde del todo.
Los jóvenes son el mejor ejemplo de esa paradoja. No están ausentes, como algunos insisten. Están en todas partes, pero no donde el sistema político espera encontrarlos. Están en las calles, en las redes, en los colectivos ambientales, en los grupos de arte urbano, en los debates sobre derechos, en los barrios donde se inventan nuevas formas de comunidad.
No rechazan la política: rechazan la política que no los escucha. Y esa distancia emocional entre ciudadanía y Estado es, quizá, el síntoma más claro de nuestra crisis de salud mental colectiva.
Porque sí: Colombia está emocionalmente herida. Y esa herida se nota en la forma en que discutimos, en la forma en que desconfiamos, en la forma en que nos protegemos incluso de quienes piensan distinto.
La polarización no es solo un fenómeno político; es una fractura afectiva. Una ruptura en la manera en que nos relacionamos con el otro, con el vecino, con el desconocido, con el país.
Por eso, esta elección no debería ser un concurso de promesas ni un duelo de egos. Debería ser una conversación honesta sobre cómo reconstruir el tejido social, esa red invisible que sostiene a una nación incluso cuando todo lo demás falla.
Sin vínculos, sin confianza, sin participación real, cualquier reforma —por ambiciosa que sea— se derrumba como una casa mal cimentada.
La salud mental nos recuerda algo que a veces olvidamos: una sociedad solo prospera cuando las personas sienten que pertenecen, que cuentan, que pueden influir en su entorno y que tienen oportunidades reales para vivir con dignidad.
Hoy, esas certezas están debilitadas. La violencia cotidiana, la precariedad laboral, la incertidumbre económica y la desconfianza en las instituciones erosionan la sensación básica de seguridad.
Y, sin embargo, seguimos adelante. Seguimos trabajando, estudiando, cuidando, soñando a ratos. Esa persistencia silenciosa es, quizá, la mayor riqueza emocional del país.
Pero no basta con resistir. Colombia necesita un proyecto que ponga en el centro la vida cotidiana: el barrio donde se camina sin miedo, el trabajo que no enferma, la escuela que enseña a convivir, el espacio público que invita a encontrarse, la comunidad que protege a sus jóvenes, la política que escucha y no solo promete.
Eso es salud mental aplicada a la vida real.
La campaña presidencial, sin embargo, ha preferido los atajos: el miedo, la descalificación, la promesa fácil. Se habla de “orden”, de “cambio”, de “estabilidad”, de “renovación”, pero poco de lo que realmente sostiene a una sociedad: los vínculos humanos.
La evidencia internacional es clara: los países que invierten en cohesión social, participación comunitaria, educación emocional y entornos seguros tienen mejores indicadores de bienestar, productividad y convivencia. No es poesía; es política pública.
La elección presidencial debería ser el momento para preguntarnos qué país queremos ser emocionalmente. ¿Uno que sigue alimentando la rabia, la división y la desconfianza? ¿O uno que decide reconstruir la esperanza, no como ingenuidad, sino como decisión colectiva?
La salud mental no es un tema blando. Es un indicador de la salud de la nación. Y hoy, Colombia está emocionalmente estancada.
La gente no cree en las instituciones, no cree en la política, no cree en el futuro. Esa es la verdadera crisis. Y esa es la crisis que esta elección debería enfrentar.
No se trata de pedir candidatos más amables. Se trata de exigir proyectos que fortalezcan la agencia ciudadana, que devuelvan la capacidad de actuar, decidir y transformar.
Se trata de políticas que reduzcan la precariedad, que protejan a los jóvenes, que reconstruyan la convivencia y que generen oportunidades reales para vivir bien. Se trata de reconocer que el bienestar colectivo es un asunto de Estado.
Esta elección presidencial será recordada no por quién gane, sino por si el país fue capaz de mirarse al espejo y reconocer que su mayor desafío no es ideológico, sino emocional.
Colombia necesita volver a creer en sí misma. Y esa es una tarea que empieza en la política, pero que no termina allí.
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