
Nos están enfermando con la culpa
¿Por qué culpamos a los ciudadanos por problemas que son estructurales? Análisis del siquiatra José Posada sobre la violencia psicológica institucionalizada, los nefastos sentimientos de culpa que se crean en la sociedad y los efectos que esta lógica tiene sobre la salud mental.
Por: Jose A Posada Villa
En Colombia hemos perfeccionado un arte cruel: convertir el sufrimiento en falta moral. Ya no basta con estar jodidos. Ahora, además, debemos sentir culpa por estarlo. Es una sofisticación del malestar: el país te golpea y luego te exige que te disculpes por el moretón.
Durante años nos vendieron la idea de que los problemas estructurales - la desigualdad, la corrupción, la violencia, el abandono estatal - se resolvían si éramos “mejores ciudadanos”. Si confiábamos más, si participábamos más, si nos reuníamos más. Convirtieron la crisis social en un examen de actitud. Y el que salía bajito en el termómetro de “capital social”, pues era el culpable.
Desde la salud mental esto tiene nombre: violencia psicológica institucionalizada. Es la operación simbólica mediante la cual se transforma una falla del Estado en un defecto de personalidad. Se privatiza la responsabilidad pública. Se moraliza la precariedad. Y se patologiza la supervivencia.
El mensaje es tan cotidiano que ya ni lo notamos: “Si tu municipio está mal, es porque no se quieren entre ustedes.” “Si no hay seguridad, es porque no hay tejido social.” “Si estás deprimido o ansioso, es porque no participas.”
La traducción es más brutal: el problema no es que no hay médico, es que no fuiste a la junta. El problema no es que te robaron el acueducto, es que no denuncian. El problema no eres tú, pero sí es tu culpa.
A esto lo llaman empoderamiento. Yo lo llamo traspaso de responsabilidad. El Estado se lava las manos y te entrega un tarjetón, un taller de convivencia y un formulario de “autogestión comunitaria”. Si funciona, celebran la “participación”. Si no funciona, la culpa es tuya por “no apropiarte de los mecanismos”.
La evidencia científica es clara: la culpa crónica es un predictor robusto de ansiedad y depresión. Estudios recientes muestran que la auto atribución excesiva de responsabilidad en contextos de baja capacidad de control incrementa el riesgo de trastornos afectivos en más del 40 % (Gilbert, 2022). Es el síndrome del sobreviviente, pero invertido: no sientes culpa por haber sobrevivido, sino por no haber salvado a todos.
Nos dijeron que teníamos poder. Que la Constitución del 91 nos había dado la soberanía. Que con una tutela, un referendo y una marcha arreglábamos el país. Y salimos. Y marchamos. Y tutelamos. Y nos reunimos los martes a las 7 pm en el salón comunal. Y a los seis meses descubrimos que el contrato seguía adjudicado al amigo del alcalde, que la EPS seguía sin entregar el medicamento y que la trocha seguía sin pavimentar.
Eso también tiene nombre: burnout cívico. Es el agotamiento que produce creer que tienes agencia cuando en realidad no tienes poder. La literatura lo describe como la fatiga emocional derivada de la participación en sistemas que no responden (Han et al., 2021). Te hacen correr en una caminadora y te aplauden porque “participas”. Pero no avanzas ni un metro.
Cuando la gente deja de ir, en vez de preguntarse por qué el sistema no responde, nos dicen: “vean, son apáticos”. Nos diagnostican indiferencia. Nos patologizan el cansancio. Como si fuera una enfermedad no querer seguir perdiendo noches y energía para que nada cambie.
La teoría crítica lo anticipó hace décadas: el capitalismo tardío necesita ciudadanos que sientan que deciden, para que no decidan sobre lo que realmente importa. Te dan mil formas de participar para que no participes donde duele: en la tierra, en la plata, en el poder.
Lo más perverso es que en las zonas donde el Estado no existe, no confiar no es un defecto. Es una estrategia de supervivencia. La investigación en salud mental comunitaria lo confirma: en contextos de violencia, la desconfianza es un mecanismo adaptativo que reduce riesgo y protege la vida (Córdova & Aldana, 2020).
Si en tu vereda manda un grupo armado, no vas a crear una asociación de vecinos. Si en tu barrio mataron al líder social la semana pasada, no vas a poner tu nombre en una lista. Si toda la vida te han robado, no vas a “confiar”. Pero llega el manual y te dice que eso está mal. Que tienes un “déficit de asociatividad”. Que eres individualista. Que no tienes “resiliencia comunitaria”.
Le están diciendo a la gente pobre que su forma de no morirse está mal. Es como regañar a alguien por cojear cuando le pegaron un tiro en la pierna.
En psiquiatría eso se llama victim blaming. Culpar a la víctima. Y cuando lo hace un Estado, se vuelve política pública.
El truco final es vender bienestar como si fuera un taller. Como si con tres sesiones de “fortalecimiento del tejido social” se curara la depresión de un país que lleva 60 años en guerra. La evidencia es contundente: los determinantes sociales de la salud mental son pobreza, violencia, falta de educación, falta de trabajo digno y ausencia de Estado (Patel et al., 2018; OMS, 2014).
No hay “autocuidado” que le gane a un arriendo de dos millones. No hay “mindfulness” que le gane al miedo de que recluten a tu hijo. No hay “red de apoyo” que reemplace un hospital.
Pero es más barato hacer talleres que construir hospitales. Es más barato medir “confianza” que medir concentración de la tierra. Es más barato culpar al ciudadano que tocar a los de arriba.
Por eso este modelo es perfecto: despolitiza. Te hace mirar al de al lado en vez de mirar hacia arriba. Te da rabia con el vecino que no va a la junta, en vez de darte rabia con el que se robó la junta.
Colombia no necesita más campañas para “querernos más”. Necesita justicia. Necesita Estado. Necesita que robar sea delito y no estrategia electoral.
Mientras sigamos vendiendo la idea de que el problema es cultural, vamos a seguir criando una generación agotada. Una generación que se siente culpable por no poder con un país que nadie puede solo.
La salud mental de un país no se mide en encuestas de “solidaridad”. Se mide en cuánta gente puede dormir sin miedo, trabajar sin que la exploten y enfermarse sin que la arruinen.
La culpa enferma. La rabia moviliza. Devuélvannos la rabia.
Fuentes:
Córdova, D., & Aldana, A. (2020). Community mental health in contexts of violence. Journal of Community Psychology.
Gilbert, P. (2022). Guilt, shame and mental health. Clinical Psychology Review.
Han, S., Chen, H., & Li, X. (2021). Civic burnout and political disengagement. Political Psychology.
OMS. (2014). Salud mental: un estado de bienestar. Organización Mundial de la Salud.
Patel, V., Saxena, S., & Lund, C. (2018).
The Lancet Commission on global mental health and sustainable development. The Lancet.
*José A. Posada Villa es Medico Psiquiatra Director Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN Clínica Montserrat Hospital Universitario
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