
Septiembre: el mes en que también necesitamos hablar de quienes quedan
En el día de la prevención del suicidio, la psiquiatra Juliana García Castro*, experta en acompañar a familias de personas que han muerto por suicidio, reflexiona sobre la importancia de hablar de concientización y prevención, y de estar junto a quienes enfrentan el dolor y la culpa después del suicidio de un ser querido.
Desde hace unos años en el mes de septiembre hablamos de prevención del suicidio.
Y debemos hacerlo.
Las asociaciones de psiquiatría en todo el mundo y la Organización Mundial de la Salud nos enseñan: Debemos aprender a preguntar. A escuchar. A reconocer el sufrimiento cuando alguien ya no encuentra palabras para nombrarlo. Debemos disminuir el estigma, construir redes de apoyo y hacer que pedir ayuda sea posible antes de que el dolor se convierta en desesperanza.
Hablar puede salvar vidas.
Pero este septiembre tengo una pregunta distinta:
¿Por qué no hacemos también de septiembre el mes de la concientización sobre el suicidio?
No para reemplazar la prevención. Sino para entender que la concientización y la prevención son dos momentos diferentes de una misma conversación. Para mí, la concientización es el primer paso.
La concientización se compone en educarnos para comprender que el suicidio existe. Que el sufrimiento emocional puede ser profundo y, muchas veces, invisible. Que hablar de salud mental no debería provocar vergüenza. Que existen señales de alarma que podemos aprender a reconocer y que preguntar directamente por el suicidio no “pone en riesgo ni siembra una idea en la cabeza” de quien sufre.
La concientización busca romper el silencio. Busca cambiar nuestra manera de mirar. Busca crear una sociedad en la que una persona pueda decir “no estoy bien” sin sentir que está fracasando, exagerando o incomodando a los demás.
El propósito de concientizar es el de construir un lugar suficientemente seguro para que alguien pueda hablar de su dolor antes de que llegue una crisis o un actuar frente a ese dolor.
La prevención, en cambio, entra en escena cuando el riesgo está presente. La intervención activa es: reconocer señales inmediatas de peligro, evaluar el riesgo, establecer un plan de seguridad, conectar a la persona con atención profesional, involucrar a su red de apoyo y, cuando es necesario, restringir el acceso a medios letales.
La prevención necesita acciones concretas. Necesita recursos. Necesita profesionales capacitados, servicios de intervención en crisis, atención psicológica y médica accequible, redes comunitarias y personas dispuestas a intervenir cuando una vida puede estar en peligro.
La concientización prepara el terreno.
La prevención actúa sobre ese terreno.
Una abre la conversación; la otra intenta proteger una vida cuando esa conversación se vuelve urgente. Por eso no deberíamos elegir entre una y otra, necesitamos ambas.
Hay algo que también necesitamos recordar, y de que hablamos mucho menos: ¿Qué sucede después? Después que el suicidio sucede.
Porque hay personas que mueren por suicidio y después de esa muerte, quedan otras vidas afectadas por ello. Quedan esposas, hijos, amigos, madres, padres, hermanos, colegas, empleados, terapeutas y muchos mas.
Quedan habitaciones, oficinas, salones de clase, carros, bicicletas, ropa, teléfonos, y mucho más. Quedan fotografías, libros, fechas especiales, musica y canciones, quedan lugares y objetos cotidianos que se convierten en recuerdos de la de ausencia.
Y quedan preguntas. Muchas preguntas.
¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué no pregunté? ¿Por qué no insistí? ¿Por qué no hice más? ¿Por qué no pude salvarlo?
Quienes hemos perdido a alguien por suicidio sabemos que el inmenso dolor de la pérdida viene muchas veces acompañado de algo todavía más silencioso y doloroso: la culpa.
Aquí es donde quiero determe un poco, porque cuando vemos todas las campañas, necesarias, que “el suicidio se puede prevenir”, frase poderosa para la salud pública, puede ser escuchada de una manera completamente diferente por alguien que acaba de perder a un ser querido por suicidio.
Puede convertirse, sin que nadie lo pretenda, en una acusación íntima:
“Si era prevenible, entonces alguien falló.”
Muchas veces ese alguien terminamos siendo nosotros mismos. La esposa que trata de recordar si se despidió bien esa mañana, o si le contestó el ultimo mensaje. Los hijos que se preguntan si pasaron suficiente tiempo “con el viejo” o si lo habín dejado muy solo. Los padres que recuerdan una conversación y se preguntan si debieron haber escuchado algo más, algo diferente. El hermano que vuelve una y otra vez sobre los últimos días buscando una señal que, ahora que conoce el desenlace, parece imposible no haber visto. El amigo que se pregunta por qué no insistió un poco más en que se vieran esa tarde.
Pero la vida humana no funciona como una película que podemos editar y rebobinar sabiendo ya cómo termina. No tenemos acceso al futuro. No podemos conocer todos los pensamientos de la persona que amamos. No podemos entrar completamente en la mente de otro ser humano, por más cerca que estemos de él.
Hay suicidios que pudieron haberse evitado, si. Pero hay suicidios que, a pesar de los esfuerzos, de la atención, del amor, de las llamadas, de las preguntas y de todas las manos extendidas, ocurren. Reconocer esta realidad no significa abandonar la prevención. Significa hacerla más humana. Porque la prevención no puede convertirse, después de una muerte, en una sentencia para quienes quedan.
Los sobrevivientes de una muerte por suicidio también necesitan que los cuidemos.
Necesitamos postvención. Necesitamos espacios donde podamos hablar sin vergüenza y llorar sin tener que explicar nada. Necesitamos poder decir “estoy enojado”, “no entiendo”, “lo extraño”, “me siento culpable”, sin que alguien intente cerrar inmediatamente la conversación con una explicación.
Necesitamos que se nos permita sentir algo que quizás muchas veces no logramos entender: No fue tu culpa. No tenías todas las respuestas. No podías saberlo todo. No podías controlar lo que no estaba bajo tu control. No existe ninguna cantidad de amor suficientemente grande o poderosa como para garantizar que otra persona nunca va a morir por suicidio. Amar a alguien es una gran responsabilidad, pero no nos convierte en los responsables de todo lo que sucede dentro del mundo interno de esa persona.
Tenemos que entender también que el suicidio puede ser el desenlace fatal de una enfermed mental, que es una enfermedad real, una enfermedad médica que puede tener consecuencias devastadoras aún cuando existen tratamientos, cuidados y esfuerzos de prevención.
Tener est en cuenta es de vital importancia porque después de un suicidio no termina el riesgo, comienza otra historia de sufrimiento: la de quienes quedan.
Por eso necesitamos también hablar de ellos.
Necesitamos investigar más. Necesitamos acompañar mejor. Necesitamos formar profesionales y comunidades capaces de sostener el duelo por suicidio. Necesitamos hablar del estigma, del silencio y de esa culpa que puede instalarse en una familia y crecer alrededor de una ausencia.
Necesitamos recordar que prevenir también significa cuidar a los sobrevivientes.
Quizás por eso septiembre debería ser algo más que el mes de la prevención, podría ser el mes de la Concientización sobre el Suicidio.
Un mes para hablar de la vida, sí. Pero también de la muerte. De quienes sufren antes de morir y de quienes sufren después. De cómo preguntar y de cómo escuchar. De cómo acompañar y de cómo pedir ayuda.
De cómo permanecer al lado de una familia y acompañarlos cuando ya no hay nada que podamos cambiar por el que falleció, pero que si todavía hay muchísimo que podemos y tenemos que hacer por quienes siguen aquí.
Esas vidas necesitan cuidado para poder continuar. Necesitan comprensión. Necesitan comunidad. Necesitan permiso para llorar sin cargar con una culpa que no les pertenece.
Este septiembre, hablemos de concientización. Hablemos de prevención. Hablemos de intervención. Hablemos de postvención.
Hablemos de todo lo que ocurre antes, durante y después de una crisis. Porque prevenir es intentar salvar una vida. Pero cuando una vida ya se perdió, prevenir se convierte en cuidar a una comunidad: cuidar a quienes quedan también puede salvar vidas y quizás esa sea la conversación que todavía nos falta tener.
* Juliana Garcia Castro, MD
Observatorio de Salud Mental Positiva
Clínica Montserrat – Hospital Universitario
Instituto Colombiano del Sistema Nervioso
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