
Bogotá como si fuera un paraíso perdido
‘Nadar incluso cuando el agua no suene’, de Diana Castro Benetti, es un ensayo narrativo sobre el recuerdo en clave de autoficción.
Por María Angélica Pumarejo
Con oraciones cortas, como queriendo decir con toda puntualidad y certeza aquello que viene de la conjunción entre el corazón y el pensamiento de una mujer adulta, Diana Castro ha escrito un libro que, luego de leerlo, deja postales acerca de su vida y la mirada con la que con ella ha estado en el mundo. Algunas de estas frases son sentencias, otras cuentan los hechos y otras más buscan un tono poético para reflejar la conmoción interior; todas son expresión de una serie de sucesos y reflexiones auténticas.
En muchos momentos de Nadar incluso cuando el agua no suene se muestra lo silenciadas que han sido las mujeres y, también, se reconoce que ellas han sabido decir todo cuanto han querido y, pese a esa imposición, han buscado las maneras para hacerlo como lo hace la autora en estas páginas que no son una confesión, sino un retrato íntimo que no tiene ningún pudor en revelarse para alumbrar también a todas las mujeres, pues ella sabe que es todas y viene de todas. No se trata de sororidad, sino más bien de una conexión con ese esencial femenino que tantas sutilezas despierta por esta época y en cuyos múltiples sentidos nos perdemos.
La muerte que viene como desenlace natural de la vejez de la madre, la muerte fortuita e inmisericorde del padre, la muerte de la abuela que pasó la vida tejiendo memoria y poesía. Cada una de ellas son capítulo aparte y constituyen ese clan de almas, tal como agrupa a la familia, del que sabe que viene, al que se debe y del que deriva el nuevo, y corto, clan. La muerte y la vida se entienden entonces como un ciclo que es menester comprender de cerca, casi que bondadosamente, para poder soportar la partida de los que amamos y con quienes hemos sido, porque cada despedida impone un nuevo silencio para seguir adelante como nos revela.

Y también están las compensaciones perfectas y soleadas que provee, sobre todo, la casa familiar, el nido perfecto. Para Castro Benetti la casa no es solo estancia segura e infancia feliz y compartida. En medio de unas descripciones fluidas da cuenta de ellas como etapas determinantes: la del inicio de la vida en la soledad, la del progreso de su familia de clase media en la 127, la de la adolescencia en la calle 85, la de Panamá. Llega hasta desbaratar la casa y tener que recoger a su madre en la casa de reposo donde pasó su última etapa y donde quedó atrapada en la pandemia, con todo el dolor que allí se muestra, hasta su muerte en el hospital apretando la mano de Diana. Esas casas se vuelven una en la memoria y ahí es que sigue caminando y sosteniéndose; de esos rincones es que saca la alegría, los dolores, la manera de vivir, de poner la mesa, de hacer la boloñesa, o el dulce de moras, o seguir sintiendo el olor de la curuba. Todo está vivo.
La casa se extiende a Bogotá y allí también la vida. Las calles que huelen a pasto recién cortado y húmedo, el perfume de pomarrosa de la ciudad, las moras o las uchuvas. Es reconfortante esa imagen de una ciudad que ahora es cemento y tráfico. Saberla pegada a la naturaleza es algo que podemos descubrir acá por un sentimiento que trata de anteponer lo primario, siempre, pues lo comprobamos tal como lo expresa: “soy de la generación que empezó la autonomía en un morral y vio la última frontera de la naturaleza”.
A todo esto sumamos un hilo que viene de una serie de lecturas que provoca su asombro y son las de mujeres que narran su vida: Vivian Gornik, Margot Glantz, Dulce María Cardoso, Joan Didion, entre otras. Allí hay una búsqueda, seguro porque en la vida de las otras podemos atrapar un poco de comprensión para la nuestra. Diana es mestiza, así lo dice más de una vez, y ese es también un mestizaje en el pensamiento, en la comida, en las maneras de afrontar la vida y de rechazar todo aquello que no se compadezca con su sensibilidad o sus certezas.
Por estas postales de oraciones cortas sabemos que Diana también nada y que permaneció casi muda en su infancia, tal vez porque se tomó el tiempo suficiente para llenar de significado a las cosas y llegar a la palabra. De cualquier manera, la palabra necesita silencio para hacerla sonar y uno debería aprender a nadar, incluso cuando el agua no suene.
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