
Gustavo Santaolalla en Colombia: el ronroco, ‘The last of us’ y el cierre de una deuda
Gustavo Santaolalla, hito del rock latinoamericano. Créditos: Prensa Gustavo Santaolalla
El periodista musical Ignacio Mayorga dimensiona para CAMBIO la relevancia de Gustavo Santaolalla para la música latinoamericana, indaga en su profusa y singular relación con el ronroco, y cuenta sobre la deuda que el músico saldará al tocar en Colombia.
Gustavo Santaolalla lleva más de treinta años interpretando el ronroco, instrumento boliviano de la familia del charango con el que terminó componiendo el tema principal de The last of us. Cuando se refiere a su anatomía de árbol hueco y cuerdas tensadas, lo hace con una precisión que descarta cualquier intento de emparentarlo con su pariente más conocido por simple cercanía de familia. “No es un charango más grave, es un instrumento que tiene una personalidad propia porque tiene un sostén que el charango no tiene, una escala que no tiene el charango”, dice el músico y productor argentino, dos veces ganador del Oscar por las bandas sonoras de Brokeback Mountain y Babel, y responsable de discos claves del cancionero latinoamericano del rock: Re de Café Tacvba, El silencio de Caifanes o Corazones de Los Prisioneros.
La diferencia que describe es técnica antes que simbólica: Santaolalla se vale del finger picking, melodía y acompañamiento simultáneos, una herencia directa del rock, mientras que los intérpretes tradicionales de charango usan uñas largas, una mano rápida y mucho trémolo. “A veces mi música en el ronroco parece música del este de Europa o de África o de Japón, a veces parece música andina, a veces parece música de la pampa, que no tiene nada que ver con los Andes”. “El instrumento nos dice: no hay ninguna regla”, señala. Por ello, en honor suyo, hace más de un cuarto de siglo el argentino lo homenajearía con un álbum definitivo para su carrera y las músicas latinoamericanas.
"A veces mi música en el ronroco parece música del este de Europa o de África o de Japón, a veces parece música andina, a veces parece música de la pampa, que no tiene nada que ver con los Andes"
Las grabaciones que terminaron siendo el álbum Ronroco se acumularon durante 13 años como un ejercicio privado, sin destino público. Quien insistió en que debían publicarse fue Jaime Torres, charanguista argentino de padres bolivianos considerado una referencia mayor del instrumento en el folklore latinoamericano, después de descubrir —Santaolalla se lo había hecho escuchar atribuyéndolo a “unos amigos”— que el intérprete era él mismo. El disco salió por Nonesuch, sello en el que convivió con Philip Glass, Steve Reich y el Cuarteto Kronos, en un momento en que Santaolalla no tenía planeado salir a tocarlo ni promocionarlo.

Ahora, 25 años después, Santaolalla llega a Colombia con un show construido íntegramente alrededor de ese disco y de ese instrumento. El 29 de agosto en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá y el 27 en Medellín, en el Pablo Tobón Uribe, lo que el público verá no es exactamente un concierto de celebración. Es el cierre de una deuda.
Ronroco: diálogo contemporáneo con el folklore
Musicalmente, lo que distingue a Ronroco no es sólo el instrumento que le da nombre sino una forma de producción que se esconde a sí misma. Santaolalla construye un andamiaje sonoro casi imperceptible sobre el que se superponen arpegios sutiles, sin ningún despliegue del barroco virtuosismo que funciona como lugar común del rock que nos distraiga de la textura general del documento sonoro. Esa textura nace en buena parte del diálogo entre el propio Santaolalla, tocando charango, ronroco, gaita andina y guitarra, y su socio de toda la vida, Aníbal Kerpel, en vibráfono y melódica, un cruce de timbres que aleja al disco de cualquier grabación solista convencional. El resultado funciona como un híbrido que mezcla música tradicional argentina con influencias de jazz y rock progresivo, construido sobre superposiciones armónicas y polirritmias complejas que no suenan a nada más dentro de la música del mundo de esos años. Y hoy el mundo enloquece con Angine de Poitrine.

Esa capacidad de envolver sin imponerse explica por qué el disco terminó abriéndole a Santaolalla la puerta del cine. Muchos compositores de bandas sonoras en Los Ángeles llegaron a resentir el tema Iguazú porque directores y productores lo usaban como referencia temporal en el montaje, obligando después a esos compositores a escribir algo parecido. Santaolalla atribuye esa adaptabilidad a algo que excede lo técnico: dice que la pieza conecta con una emoción profundamente humana, algo cercano a la sensación agridulce de estar vivo. Esa cualidad, más que cualquier etiqueta de world music, es lo que convirtió a un disco grabado sin pretensión comercial en una referencia obligada para el cine de las dos décadas siguientes.
Los orígenes del viaje
La historia empieza antes, en el Buenos Aires de los años setenta, cuando Santaolalla todavía estaba en el bachillerato y ya había firmado un contrato con Arcoíris, la banda con la que intentaba una síntesis que nadie pedía: rock y folklore. “Enseguida me di cuenta de que no bastaba con cantar en nuestro idioma, sino que pensé: no, pero aparte de cantar en nuestro idioma tenemos que tocar en nuestro idioma”, recuerda.
Esa convicción temprana —que la identidad no era sólo texto sino también timbre y la materia viva que ensamblaba sus partes— lo llevó primero al charango y después, por accidente, a algo que no esperaba encontrar. Un día, en una casa de música en Buenos Aires, vio colgado arriba un instrumento que parecía un charango pero no lo era. Pidió que se lo bajaran. “Toqué y pasó algo mágico, una conexión con el instrumento”. La suerte estaba echada: ese encuentro casual, casi surrealista, signaría el futuro de un músico sin el que es imposible pensar la historia reciente de nuestras músicas continentales, abiertas desde los días de Arcoíris a dialogar con las producciones que llegaban a estas geografías desde el resto del globo.

Lo que siguió fue una práctica casi secreta. Santaolalla empezó a grabarse para sí mismo, en lo personal, paralelo a todo lo demás. Mientras producía discos de La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Juana Molina o la Bersuit Vergarabat, y daba forma su disquera Surco, había otro archivo creciendo en silencio. El instrumento no lo llevó hacia la música andina, al menos no exclusivamente. Esa amplitud no era un programa estético deliberado —era la consecuencia natural de tocar con una técnica que venía del rock, no del folklore. El instrumento le permitió ir a cualquier lado porque él nunca le pidió que fuera a un solo lugar.
Historias cruzadas
Después del recibimiento universalmente positivo de Ronroco sucedieron dos cosas, casi que simultáneamente: una amiga en común de Alejandro González Iñárritu le dijo a Santaolalla que tenía que componer la música de la primera película del director mexicano, y de la oficina de Michael Mann llamaron para usar un tema de Ronroco en The insider. Sin haberlo planeado, sin haber salido a hacer promoción ni tocar en vivo, Ronroco lo había llevado al cine. Lo que vino después es una de las trayectorias más reconocibles de la música para imagen de las últimas décadas: Amores perros, 21 gramos, Diarios de motocicleta, Brokeback Mountain —dos Oscar— y Babel, entre varias otras. Y, en 2013, el tema principal del videojuego The last of us.
La serie derivada de HBO se convirtió en uno de los fenómenos culturales más grandes de la televisión reciente en 2023 y contó con las propias adaptaciones de Santaolalla para su banda sonora. Ese tema está compuesto con ronroco. El instrumento que Santaolalla nunca pensó mostrar es, paradójicamente, el que más gente ha escuchado en el mundo.
La conexión entre las grabaciones íntimas de los años noventa y la música incidental que vino después no es accidental. Lo que Santaolalla aprendió grabándose solo —cómo construir tensión con poco, cómo dejar que el instrumento respire, cómo la melodía puede cargar emoción sin apoyatura orquestal— es exactamente lo que el cine le pedía cuando necesitaba algo que no sonara a un score convencional. El ronroco, con ese sostén particular que no tiene el charango, con esa capacidad de sugerir geografías sin adscribirse a ninguna, resultó ser un instrumento cinematográfico antes de que nadie lo usara para el cine.
Ronroco Tour
El tour que llega a Colombia plantea algo que Santaolalla reconoce como un desafío distinto a todo lo que ha hecho antes. Sus conciertos han sido siempre eclécticos: rock, folklore, soul, música clásica, cosas “supereléctricas” y cosas minimalistas conviviendo en una misma noche. Meter al ronroco en ese contexto siempre fue posible, y siempre lo hizo, terminando los shows con dos o tres temas del álbum.
Pero construir un concierto entero dentro de ese universo era otra cosa. “Yo no sabía qué iba a pasar, en términos de que fuera algo entretenido”, admite. Las pruebas llegaron primero, luego los conciertos por Europa: el Concertgebouw en Ámsterdam, sold out, el Elbphilharmonie de Hamburgo, sold out. El show maduró. Y los 25 años del álbum dieron la excusa para rodear todo eso de un proyecto más amplio: una versión digital del instrumento, el primer vinilo de Ronroco en 180 gramos, la invención del guitarroco —una mezcla de guitarra eléctrica y ronroco que Fender recibió con entusiasmo y convirtió en prototipo—, y un perfume, diseñado en Milán a partir de los materiales del instrumento con el que Santaolalla viaja y toca: cedro, abeto, las maderas que dan el cuerpo al sonido.
Colombia no es una parada logística en el tour. Santaolalla tiene una relación con el país que antecede al ronroco y que incluye, entre otras cosas, una fijación documentada con el ajiaco —“adoro el ajiaco”, dice, y detalla la receta que hacen en casa con distintas papas, aguacate, choclo, alcachofas y crema, lamentando solo la imposibilidad de conseguir guasca en Los Ángeles—. Lo que va a presentar en Bogotá y en Medellín es el resultado de algo que tardó trece años en grabarse y veinticinco en encontrar su forma en vivo. No es un concierto de nostalgia. Es la primera vez que ese material existe completamente fuera de él.
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