
Luz Marina, la niña graduada de cirujana en la universidad de la guerra
‘Las mujeres en la guerra’ se publicó por primera vez en el año 2000 y ganó el Premio Planeta de Periodismo. Veinticinco años después sigue intacta su vigencia. Con motivo de este aniversario, Editorial Planeta reedita la obra que, en esta ocasión, trae un prólogo de la escritora Laura Restrepo. Hoy Cambio publica un fragmento del nuevo relato 'Luz Marina, la cirujana de las FARC'.
Por: Patricia Lara
Acaba de reeditase el libro Las mujeres en la guerra, de Patricia Lara Salive, fundadora de Cambio, que en el año 2000 ganó el Premio Planeta de Periodismo. En esta nueva versión se agregaron un prólogo de la escritora Laura Restrepo y un nuevo relato titulado Luz Marina, cirujana de las Farc.
Luz Marina tenía seis años cuando asesinaron a su padre. Su madre la dejó donde unos amigos. Pero allí la maltrataban, hasta el punto de que, a sus diez años, el marido de la señora que la cuidaba intentó violarla. Por eso su hermano acabó llevándosela para las FARC. Luego fue capturada, y se reinsertó a raíz del Acuerdo de Paz. Sin embargo, al parecer, sus ex compañeros que acabaron conformando la Nueva Marquetalia, le mataron a su marido.
A propósito de la obra de Patricia Lara, en el prólogo dice Laura Restrepo: "Las mujeres en la guerra, un libro que ya es un clásico, y que cada tanto se renueva. Crónica de vidas vividas y de muertes anunciadas. Himno Nacional en clave femenina. Hoy como ayer, obra imprescindible y testimonio plural, valiente y ardiente".
La autora, Patricia Lara, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes, hizo un posgrado en Ciencias de la Información en L’Institut Français de Presse et de Sciences de l’Information de la Universidad de París II y obtuvo la maestría en Periodismo en Columbia University, en Nueva York. En Colombia ha fundado tres medios de comunicación: el semanario Nueva Frontera, con el entonces expresidente Carlos Lleras Restrepo en 1974; Cambio16 Colombia con los periodistas Juan Tomás de Salas y Daniel Samper Pizano en 1993; y Cambiocolombia.com con Federico Gómez Lara y Daniel Coronell en 2022. También escribió los libros periodísticos Siembra vientos y recogerás tempestades (1982), Adiós a la guerra (2018), La espada de Bolívar. Del M-19 a la Casa de Nariño (2023), y las novelas Amor enemigo (2005), Hilo de sangre azul (2009) y El rastro de tu padre (2016). En la actualidad es columnista de El Espectador y hace reportajes para CAMBIO. A continuación publicamos un fragmento del nuevo capítulo dedicado a la historia de la cirujana empírica Luz Marina Giraldo.
Luz Marina, cirujana de las Farc
Era 31 de diciembre. Yo había pasado el día jugando con la muñeca de trapo de pelos amarillos de lana y vestido rojo que me había regalado mi papá. Los adultos hacían los tamales y preparaban el cerdo para el asado. Los niños jugábamos con los juguetes que nos habían dado en Navidad.
Yo tenía seis añitos. Los había cumplido el 14 de junio de ese año de 1984.
Al caer la tarde, en la casa pusieron música y empezaron a bailar para esperar el Año Nuevo. En la noche, mis sobrinas y yo, y otros niños que estaban en la fiesta, nos acostamos en la pieza de mi mamá, que era la más grande. Nos dormimos, desentendidos de la vida.
De repente se apagó la música. Escuchamos gritos... Con otra niña más grande que yo, hermana del marido de mi hermana, quisimos abrir la puerta… No pudimos. Estaba asegurada por fuera. La habitación tenía una ventanita. Movimos una silla, nos subimos, nos asomamos: la gente corría. Gritaba… No supimos qué pasaba. Estaba oscuro... Solo había luz en el salón donde estaban celebrando el Año Nuevo. Los niños nos asustamos y empezamos a llorar y a gritar. Nadie nos ponía cuidado… Hasta que sentí que abrieron la puerta y vi a mi papá que me cogió, me alzó, me llevó a una mecedora de cuero, se sentó, me abrazó con fuerza como si bailara conmigo, y empezó a mecerse. No me hablaba.
De pronto solo hubo silencio. Todo se calmó. Escuché a mi mamá que me llamaba. Yo me sentía segura en los brazos de mi papá. Cuando mi mamá prendió la luz, me levantó. Entonces se dio cuenta de que mi papá estaba muerto.
Había sangre por todos lados. Le habían dado nueve puñaladas. No se supo más. No se sabe quiénes fueron. Esa masacre que ocurrió en La Reforma no está documentada, no está en los archivos del municipio, es como si no hubiera existido. Solo se sabe que en ella mataron a varias personas. Los tipos entraron armados a las casas donde había fiesta. A unos los mataron a tiros, a otros a machete y a otros a cuchillo. Quedamos muchas víctimas. Pero la historia se borró. Incluso hoy, más de cuarenta y un años después, La Reforma es casi un pueblo fantasma. Hay unas poquitas casas habitadas. La muerte fue tan grande, y el derramamiento de sangre fue tan impactante, que hasta el caño donde nosotros íbamos a lavar la ropa se secó. Ese caño se llamaba Piedras Negras. Hoy existe el cauce por donde en un tiempo corría el agua. Pero ya no hay agua. También el río murió. A partir de ahí la vida se me volvió un caos.
Yo había nacido en 1978 en San Martín, Meta. Era la única hija de mi papá. Mi mamá había tenido otros cinco hijos. Su primer marido había muerto de muerte natural. Mi papá y mi mamá se habían conocido en un ingenio en el Valle. Él era cortero de caña y ella les cocinaba a los trabajadores. Y se enamoraron.
Nosotros teníamos tres casas: una era la finca cerca de Mapiripipán, donde más permanecía mi papá. Allá cultivaba arroz, plátano, yuca, caña y en una molienda sacaba miel, panela y azúcar. Era una casa techada en palma. Tenía muchos perros. A él le gustaban la cacería y los perros. Y había alojamientos para trabajadores. Era un espacio grande donde había mucha actividad. La otra era la casita que mis padres tenían en el pueblo de San Martín, donde estudiaban mis hermanos, los hijos de mi mamá. Es que cerca de la finca no había escuela. Y la otra era la casa de La Reforma, una especie de vereda que había por la antigua vía de San Martín a Granada. Como a mi mamá no le gustaba el pueblo, mi papá le compró una casa para que estuviera con sus hijos más pequeños. Yo me crie allá.
De mi papá tengo recuerdos borrosos. No me quedaron fotos suyas. Apenas recuerdo que era negro, grande, de Buenaventura, muy cariñoso, me alzaba, me acostaba con él en la hamaca, jugaba conmigo. Mi mamá le decía que no me consintiera tanto porque cuando él se iba me ponía rebelde. Yo era su niña mimada. Cuando llegaba de trabajar, se quitaba la camisa y jugábamos.
Mi mamá, en cambio, era blanca, bajita, menudita, de cabello como colorado, crespa, de ojos claros, verdosos, una señora de la casa. Se llamaba Mercedes. En La Reforma le ayudaba a un vecino a ordeñar y a hacer queso. Y cuidaba a los hijos. Mi mamá solo sabía cocinar y cuidar la familia. Mi papá era el proveedor. Por eso, cuando mi papá murió, ella lo perdió todo. Además, en la zona había paramilitares. Y mi mamá abandonó la finca y las casas. Después supe que un señor dice que mi mamá le vendió la finca, pero no hay documento que certifique eso. En este momento, yo tengo una autorización de la Fiscalía para restitución de tierras. Esa finca estuvo en manos de paramilitares por muchos años. Yo nunca he vuelto. Hoy allá hay cultivos de palma africana. En esa época tenía cultivos de pancoger.
Mi papá nunca nos pegó. Mi mamá, a veces, cuando nos poníamos cansones, nos pegaba con unas ramitas como de escoba que las produce la mata de escobo. Cuando mi mamá me pegaba, yo le contaba a mi papá, y él se ponía muy bravo.

Después de su muerte sufrí una especie de bloqueo. No volví a acordarme de nada. Solo me acuerdo de que, unos dos o tres meses después, mi mamá me dejó solita con una familia. Y se fue… Tal vez se fue a hacer unas vueltas, a tratar de vender la finca, alguna cosa... Y no regresó. Y mi familia se rompió: mis hermanos mayores cogieron su camino: mi hermana mayor tenía su marido; mi hermano Leonardo también tenía su esposa; mi hermano Ricardo manejaba un bus que iba y venía de La Macarena a Villavicencio y Bogotá; mi hermana Rubi, que era más pequeña, tal vez se quedó con mi mamá. Mi otro hermano mayor era músico. Y mi hermano Alberto no sé dónde se fue pero luego volvió a buscarme. Es que yo era la chiquita de la casa, la mimada... Él me llevaba unos doce o trece años.
Por esos días, la familia con la que yo estaba se fue para Puerto Príncipe, en Vichada. Me llevaron con ellos. Allá la situación fue muy difícil porque esa señora, luego de que se dio cuenta de que yo no tenía quién viera por mí, empezó a maltratarme. Ella tenía niños pequeños y me ponía a lavarles la ropa, a darles el tetero, a estar pendiente de ellos, a ayudarle en la cocina… Los niños eran terribles. Y si no comían, o se ponían a jugar y se caían y se raspaban, la señora me pegaba... Hasta que un día llegó mi hermano Alberto. Se había demorado en encontrarme... Es que había muchas fincas. Y eran productoras de coca. Todavía lo son. Esa era una zona controlada por el Frente 16 de las Farc.
Cuando llegó mi hermano la señora disimuló: la niña está bien, no pasa nada…
Mi hermano comenzó a manejar motores fuera de borda: llevaba carga... El marido de la señora raspaba coca. Y yo cuidaba a los niños… Después, mi hermano me contó que al poco tiempo de llegar allá se vinculó a la guerrilla. Pero yo no tenía ni idea… Solo sabía que él mantenía para arriba y para abajo en un motor fuera de borda y que pasaba a visitarme.
Yo vivía dedicada a los niños. Y dormía con ellos en un cuarto grande, dividido por una cortina: de un lado estaban el señor y la señora, y de otro los niños y yo. Los niños tendrían unos dos, tres y cinco añitos. Y yo tenía ocho. La niña era muy llorona. Se levantaba a llorar a cualquier hora de la noche. Yo le pasaba mi muñeca para que se abrazara a ella y se durmiera.
Una noche la niña empezó a llorar y yo prendí la linterna para buscar mi muñeca. Y se la pasé. En ese momento el señor se levantó y preguntó qué le ocurría a la niña. Me dijo que me acostara en el rincón, y él se acostó en el borde de la cama con ella. Yo me quedé dormida. De pronto sentí que el tipo me metió la mano por debajo del vestido, me la mandó hacia las partes íntimas y me quitó los cucos. Creí que se me había metido algún bicho. Empecé a gritar. El señor me decía que me callara. Yo le preguntaba qué está haciendo. No sabía qué era eso. Y gritaba más. Hasta que la señora se levantó, preguntó qué pasaba, cuál era el escándalo, yo le dije que el señor me había quitado los cucos y la señora entró en cólera y comenzó a gritar que yo le iba a quitar el marido. Esa noche casi me mata a garrote. Me cogió del pelo, me sacó de la habitación, empezó a darme patadas en la cara, armó una gritería, dijo que yo era una desgraciada, una sinvergüenza, que yo le estaba quitando el marido, hasta que salieron del dormitorio los trabajadores y le preguntaron por qué le pega a la niña. Ella les respondió que me había encontrado con el marido y que me iba a meter la cabeza en la hornilla. Estaba enfurecida.
Entonces los trabajadores, al ver que yo tenía la cara desfigurada, me llevaron al cambuche, luego al caño, me bañaron, me consiguieron ropa y me acostaron en una hamaca. Al otro día, un muchacho me llevó al pueblo a que me curaran. Y como me vieron tan maltratada, se regó el chisme y le contaron a mi hermano.
Él llegó al día siguiente, me preguntó qué había pasado y le conté. “Camine conmigo”, me dijo, y me llevó a un internado de monjas y de curas que hay en Santa Rita, Vichada.
Las monjitas eran buenas personas. El cura también. Me pusieron a estudiar lo elemental. Es que cuando ocurrió lo de mi papá yo estaba en primero de primaria. Y no había vuelto a estudiar.
Yo les ayudaba a las monjitas a cuidar la hortaliza, el cultivo de tomates y a recoger los huevos... Me cortaron el pelo. Yo había llegado con el pelo largo y crespo. El cura me llamaba Mecha Candela.
En ese internado estaba la hija del Negro Acacio. Él iba cada rato a verla. Le contaron que yo era hermana del Tuerto Alberto. Así le decían a mi hermano. De niño se había rajado el párpado y tenía un ojito más cerrado. Entonces el Negro, como sabía que él era de las Farc, cuando le llevaba cosas a la hija, me llevaba a mí también. Por eso terminaron diciendo que las dos éramos hijas del Negro Acacio. Él ya era en esa época un comandante reconocido en la región. Además, ambas teníamos un tono de piel parecido y facciones de negras porque las dos teníamos papá negro. Por eso, una noche, los paramilitares llegaron a buscarnos al internado. Entonces las monjitas corrieron a escondernos en unos baúles donde guardaban las remesas. Por fortuna, ese día no había llegado el abastecimiento. Los tipos voltearon al revés el internado buscando a las hijas del Negro Acacio y les pegaron a las monjas. Al padre casi lo matan.
Apenas se fueron, las monjitas nos llevaron a una finca cercana. Al otro día, un muchacho y una muchacha de civil, que era la compañera del Negro Acacio, nos recogieron en una camioneta y nos llevaron cerca de la frontera con Venezuela.
Yo tenía diez años. Había durado dos en el internado.
Amanecimos en un campamento junto a un río.
A mí me ubicaron en una caleta con una muchacha. Le decían Nelly La Pavená. Esa es una palabra en curripaco o en guajibo, que quiere decir “mujer graciosa”.
Mi hermano llegó como al mes. Estaba en otra región. Entonces le preguntaron que si me iba a ir. Yo no había vuelto a saber nada de mi mamá; y mi hermano no había encontrado a mis hermanos: no teníamos ningún contacto con la familia. No tenía para dónde irme. Volver donde la señora que me había maltratado no era una opción. Y el único hermano con el que tenía contacto estaba en la guerrilla. Entonces yo dije que me quedaba.
Y me dejaron ahí.
Mi hermano se quedó conmigo como dos días no más porque él no era de ese Frente. Solo le habían dado permiso para visitarme y ver qué hacía conmigo. Después duré diez años sin verlo.
En la selva yo pensaba en mi mamá: ¿Dónde estará? ¿Estará viva? ¿Habrá conseguido otro marido? Cuando estaba con hambre en las noches, con frío, con sueño, cansada, con miedo, yo cerraba los ojos y me imaginaba una casa con jardín y niños corriendo y me preguntaba: ¿por qué yo no pude tener mi niñez en una casa pequeñita con muchas matas (mi mamá amaba el jardín), con perros y animales corriendo, con mis hermanos jugando… ¿Por qué yo no? ¿Qué pasó? ¿Qué estoy pagando? ¿Qué hice de malo para no tener eso? Era algo que yo no entendía, no podía asimilar. Pero no me quedaba salida: abría los ojos, me miraba en medio de mi realidad, y me decía: tengo que afrontarla.
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