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De terremotos y temblores: sacudidas sentimentales en la literatura
Cultura

De terremotos y temblores: sacudidas sentimentales en la literatura

Los seis autores en los que sus obran han hablado, en algún momento, sobre la tierra, sus movimientos y sentimientos | Créditos: Redes Sociales

Desde la solidaridad y las ruinas en los versos de José Emilio Pacheco, pasando por los espejismos –casi psicológicos– de los terremotos de México y Chile escritos por Juan Villoro y los testimonios –quizás no tan poéticos– del poeta Porfirio Barba Jacob sobre el terremoto de San Salvador, hasta llegar a la crítica del “todo está bien” que hizo Voltaire –en un poema– luego de los sismos, maremotos e incendios que azotaron a Lisboa en 1755.

Por: Alejandro Aristizábal

Si hay algo que los desastres naturales han mostrado a lo largo del mundo estas últimas décadas es que, primero, la solidaridad ha reinado y, segundo, que tanto las labores de los gobiernos como los mensajes de que todo estará bien son esenciales. Desde que ocurren estos fenómenos, la literatura ha entrado a agitar este paradigma.

Los terremotos: entre el sentimentalismo y la culpa

Para algunos autores, como José Emilio Pacheco, un terremoto es, también, el vaticinio del fin de los tiempos. “Avanzo, doy un paso más / miro de cerca el infierno. / Muere el día de septiembre / entre la asfixia y los gritos”. Así escribía Pacheco en su libro, titulado Miro la tierra, luego de haber vivido el movimiento telúrico que azotó a México el 19 de septiembre de 1985 que, según las cuentas oficiales, cobró la vida de más de 6.000 personas.

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En su poesía quedó, también, que a pesar de que “no queda piedra sobre piedra”, México se sostuvo porque entre todos y todas se ayudaron “con la certeza / de que el otro soy yo, yo soy el otro”. Una muestra, una vez más, de que la humanidad persiste con solidaridad, ayuda y agradecimiento perenne en momentos difíciles.

Sin embargo, en sus poemas persisten, al mismo tiempo, un sentimentalismo de la tragedia –como los largos versos describiendo cómo quedó su ciudad y que se terminan traduciendo en ruinas internas– y cierto acto de culpa, aunque no de expiación: “La tierra que destruimos se hizo presente. / Nadie puede afirmar: ‘Fue su venganza’. / La tierra es muda: habla por ella el desastre. / La tierra es sorda: nunca escucha los gritos. / La tierra es ciega: nos observa la muerte”.

Los temblores: el problema de lidiar con la burocracia

Hablar de terremotos en la tierra azteca es algo común. Juan Rulfo, considerado por muchos el mejor escritor que ha dado esa nación, abordó el tema en uno de los cuentos de su mítico libro El llano en llamas: frente al desastre, el poder prefiere el espectáculo antes que la acción. En El día del derrumbe, un temblor sacude a unos pueblos en Jalisco, tal como lo recuerdan, en una conversación satírica y risueña, el narrador sin nombre y su compadre Melitón. A diferencia de Pacheco, en Rulfo no hay vaticinio del fin de los tiempos, sino un problema que, en apariencia, es mucho menor: la burocracia.

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Días después de la sacudida llega el gobernador, no con ayuda –bolsas de mercado o materiales para reconstruir, como se ha visto en Colombia– sino con su comitiva de geólogos y demás acompañantes, convencido de que basta con que “se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado”. Para recibir a su séquito, los habitantes del rancho organizan una fiesta que les cuesta a los damnificados 4.000 pesos mexicanos. El gobernador, mientras comen y beben, pronuncia un discurso hueco y con excesos de formalidades y adjetivos rimbombantes para prometer, una vez más: “Os ayudaremos con nuestro poder. Las fuerzas vivas del Estado desde su faldisterio claman por socorrer a los damnificados de esta hecatombe nunca predecida ni deseada. Mi regencia no terminará sin haberos cumplido”.

El cuento de Rulfo no es, al igual que la poesía de Pacheco, un bálsamo para las consecuencias de lo natural. En el caso de Rulfo, más bien, se trata de mostrar la acción y la inacción pues, en plena celebración, un acompañante borracho del gobernador dispara su pistola y desata una gresca a machetazos en la calle, mientras la autoridad, “impávido”, ni se inmuta como diciendo que el poder, frente al caos, prefiere no moverse nunca. Aunque no todo es culpa de los funcionarios, pues el cuento termina, sin hacer spoilers, mostrando que los propios “conciudadanos” también tienen la culpa.

Los sismos: las réplicas de la memoria

Juan Villoro, que tanto ha escrito sobre fútbol, la infancia, la lectura y Ciudad de México, mezclando géneros –como el cuento, la crónica, el ensayo y la novela–, agarra, una vez más, un enfoque distinto al de sus compatriotas. En 8.8: El miedo en el espejo, reconstruye el temblor desde la memoria y el cuerpo de quien lo padeció. El escritor viajó a Santiago de Chile en febrero de 2010 –25 años después del terremoto que devastó su ciudad natal– y ahí, la madrugada del 27, volvió a sentir la tierra moverse. Antes que un relato de heroísmo o reconstrucción, el libro reúne una serie de voces ajenas –la editora que presintió el desastre en una luna 'mocha', el hámster que cavaba un hueco horas antes de que temblara, el astronauta que solo atinó a decir “rezamos por ustedes”–, convencido de que “los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma” y de que ese instinto no distingue entre países ni décadas.

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Ese catálogo de premoniciones tiene su contraparte terrenal en los pequeños rituales con que los sobrevivientes intentan recomponerse: la piyama que de pronto vuelve a importar, los zapatos que alguien se anuda dos veces antes de salir corriendo, la superstición convertida, por unas horas, en la única ciencia disponible. Todas estas pequeñas cosas importan porque, para Villoro, “las réplicas más fuertes de un sismo son psicológicas”, y por eso dedica más páginas a esas manías domésticas que a los daños materiales.

Es como decir, entonces, que el miedo, la rabia, la esperanza y la tristeza siguen temblando mucho después de que la tierra se detiene. Lo que se sacude es la memoria misma, pues la experiencia compartida, sin importar dónde se esté, es un espejismo, como si un terremoto solo pudiera entenderse comparándolo con otro que ya el cuerpo lleva encima.

Los movimientos: entre el testimonio, el romanticismo y el poema

En 'Cuatro días antes', un capítulo del libro El Terremoto de San Salvador: narración de un superviviente de Porfirio Barba Jacob, el poeta colombiano —convaleciente en el Hospital Rosales, enamorado en secreto de Consuelo, hermana de su compañero de cuarto— describe la calma previa al desastre con la misma prosa modernista y ornamentada de sus versos: “nuestros corazones sonríen en lo íntimo; nuestros ojos se buscan; nuestras manos se estrechan”. La ironía en su texto también es explícita porque el volcán que vigila la ciudad es, apenas, un “monstruo” al que Barba Jacob pide que “duerma su sueño por siglos de siglos”, mientras cierra el capítulo con una calma que suena, a la distancia, como advertencia: “Paz en nuestros corazones. Paz en la casa del dolor. Paz en la gran ciudad”.

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Esa misma vena romántica reaparece en La ciudad futura, un apartado en el que, diferencia de la solidaridad colectiva de Pacheco o la fe ciega en el gobernador de Rulfo, la reconstrucción se sueña primero en clave personal —“el amor vivía entre escombros pero vivía”— antes de estirarse hacia una utopía urbana en la que existiría un San Salvador futuro que Barba Jacob dice ver “evocada por la fuerza germinal que surgía de entre las ruinas”.

Las voces: una obra que reúne todo

Si Barba Jacob firma su terremoto en primera persona, Elena Poniatowska hace lo contrario, pues en Nada, nadie: las voces del temblor, sobre el sismo que devastó la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, monta un mosaico de decenas de testimonios anónimos y célebres. Uno de esos relatos, el de una extranjera hospedada en una pensión del centro, reconstruye el sismo minuto a minuto —7:19, 7:19.30, 7:20— con la precisión de un diario: el crujido que al principio confunde con un mareo, la puerta del baño golpeando sola, los golpes que toman “un ritmo de metrónomo” hasta que pierde la noción del tiempo y solo después sabrá que duró “casi dos minutos” a 8 grados Richter. Poniatowska no corrige ni suaviza esa voz, la deja intacta con su extrañeza de forastera, porque el método del libro entero consiste en sumar percepciones parciales.

Esa acumulación de voces se vuelve, poco a poco, una acusación. Frente a la avalancha de escombros, el gobierno de Miguel de la Madrid tardó horas en reaccionar y, según varios de los testimonios que reúne Poniatowska, llegó incluso a estorbar a quienes cavaban con las manos para rescatar a sus propios familiares. Como el gobernador de Rulfo, que cree que basta con su presencia para que “todo se quede arreglado”, aquí el Estado aparece menos interesado en rescatar que en controlar la imagen del desastre, pues la primera preocupación fue revisar cómo quedaron los estadios, no fuera que se tuviera que cambiar la sede del Mundial de 1986.

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Y donde el poder falla, la sociedad civil se organiza sola, y ese es el otro gran tema del libro: los llamados Topos —que luego viajarían a Colombia y Venezuela cuando sufrimos terremotos como el suyo—, brigadas de jóvenes voluntarios que se metían por los huecos de los edificios caídos; los radioaficionados que armaron una red de comunicación paralela; y, sobre todo, las costureras que perdieron a cientos de compañeras en los talleres de confección derrumbados y terminaron fundando el primer sindicato independiente de mujeres del país, el 19 de septiembre. Si en Pacheco la solidaridad era, sobre todo, un sentimiento, para Poniatowska la gente, además de ayudarse, se queda después para exigir derechos, la solidaridad no se queda ahí, sino que se transforma en organización y movimiento social.

Nada, nadie describe, con ironía, la respuesta oficial ante miles de muertos que el gobierno prefirió no contar del todo —nada pasó, nadie es responsable—, pero funciona también como la promesa de nombrar a quienes el sistema volvió invisibles. Como la memoria que en Villoro tiembla más que la Tierra misma, aquí la crónica se convierte en el único lugar donde esas voces —vivas y desaparecidas, conocidas y anónimas— quedan documentadas, porque, a diferencia del silencio oficial, un libro sí puede insistir en preguntar por qué.

El desastre: el final del “todo está bien”

Esta nota arrancó con una premisa que, con Voltaire, se cumple. Frente a un desastre natural, además de la solidaridad, son esenciales “los mensajes de que todo estará bien”. Voltaire escribió su Poema sobre el desastre de Lisboa apenas semanas después de que un terremoto, un maremoto y varios incendios arrasaran la capital portuguesa el 1° de noviembre de 1755 —un Día de Todos los Santos que dejó, según los cálculos del momento, hasta 50.000 muertos—, precisamente para demoler esa idea. “Filósofos engañados que gritan ‘Todo está bien’, vengan y contemplen estas ruinas”, dice en uno de sus versos. Escribió para su época —aunque también para la nuestra—, pues apuntó contra la doctrina de Leibniz de que vivimos en “el mejor de los mundos posibles”.

La crítica de Voltaire no es solo teológica, sino también geográfica y de clase: “Lisboa queda hundida, y en París se baila”, escribe, señalando la misma indiferencia distante. Para Voltaire, ni las víctimas “pagaban sus crímenes” con la muerte ni el sufrimiento tiene una lógica moral que lo justifique: “¿el universo entero, sin ese infernal abismo, hubiese estado peor?”, pregunta, negándose a aceptar que el mal sea necesario para que el mundo funcione.

Pero Voltaire tampoco propone la resignación ni, mucho menos, el cinismo. “Mi llanto es inocente y legítimos mis gritos”, escribe, reclamando el derecho a llorar sin que nadie le explique por qué. Y agrega: “Es el orgullo, dicen ustedes, el sedicioso orgullo, / el que, mientras estamos mal, pretende que podamos estar mejor”. La literatura se demuestra, por consiguiente, como un arte que desafía la realidad de las tragedias, sin la necesidad de abandonar la empatía y la comprensión, porque no, no todo está bien.
 

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