
Diez poemas de Rogelio Echavarría en el centenario de su nacimiento
Para recordar el centenario del nacimiento del poeta Rogelio Echavarría, el también poeta Darío Jaramillo Agudelo escogió para CAMBIO diez poemas suyos.
Un centenario que no ha sido muy publicitado que se celebra en 2026 es el del nacimiento del poeta Rogelio Echavarría. Al igual que Jaramillo, también poeta, Echavarría nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia. Como observa el antologista, “publicó poco y, entre su producción se destaca El Transeúnte, un libro perfecto, si cabe”.
Echavarría, quien murió en Bogotá en 2017, se destacó además como periodista y crítico literario. Además, su trabajo como estudioso y autor de antologías ha permitido que no se hayan perdido en el olvido varios nombres importantes para la poesía colombiana. Aunque a veces figura como integrante del grupo literario Cuadernícolas y de la generación de 'Mito', su obra no parece encajar del todo en esas categorías.
Estos son los poemas que eligió Jaramillo para rendirle homenaje a su colega y coterráneo.
El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
o si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movediza,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
son un largo gemido
todas las calles que conozco.
Llegue tu carta
Llegue tu carta, mano larga, pulso sellado, llegue pronto
a darme libertad con la fecha que inventes.
Por esa alta ventana
déjame compartir tus actos contemplándolos,
y espera que te envíe
el ave de vuelo único,
el mensaje que hará retroceder tus días
hasta los míos y clavará en el tiempo la distancia.
Llegue tu carta, amada, con su ingrave tesoro
que sólo una estampilla guía entre torpes gentes,
entre quienes desnudos de distancia se palpan,
entre cuantos no se aman y se engañan con besos.
Llegue con su pequeño aire encerrado
de tu lejana estancia donde es más simple el cielo,
esa palabra que entre todos los libros busco
y solo hallo cuando abro tu pliego ensimismado,
esa palabra que, sin haberla escuchado,
busco en tus labios pero resuena en mis oídos.
Llegue tu carta, que musita mi nombre en todas las ciudades
por donde pasa prisionera, triste de su virginal goce,
a los ojos de los carteros que me ven y se van alegres;
llegue y caiga como ave derribada
en mis manos, que saben hallarle sus secretos,
interpretar la forma del mundo de que vives,
el sueño de que está alimentada la ausencia,
el pedazo de tibio paisaje que me cambias
por este largo y frío túnel de pensamientos.
Llegue tu carta, mano larga, pulso sellado, llegue pronto;
alce tu carta su callado murmurio de pluma en el viento;
mida tu carta el blanco espacio que separa las voces, los besos.
A la lluvia
Demonio de la lluvia –látigo de lujuria–
no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo
del tibio pecho, lo único tibio del humilde;
no nos traigas el frío de la tan alta nube,
no persigas al perro sin puerta con tus piedras,
no rompas el pulmón del obrero que canta
siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,
no mancilles las barbas secas del pordiosero,
no llegues hasta donde no pueden evitarte.
Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,
para la faz de las persianas donde hay dueño,
para el paraguas, que es tu flor arcaica.
Demonio-dios, que envidias y que amas
las multitudes y caes ruidoso sobre todos,
disuelve ya a Babel y permite que asome
el sol como un henchido seno de leche pródiga.
En la mesa de los jubilados
En la mesa de los jubilados
-en el café siempre a sus horas-
¿de qué hablarán tanto
(cuando hablan… porque a veces
el recuerdo sustituye a la acción ya imposible
y a la cascada conversación),
de qué ríen, en qué porvenir meditan?
¿En la mesada que no llega o llega demasiado tarde?
¿En la muerte que les sonrió cuando eran soldados
y ahora les hace una mueca civil y sibilina?
En su mesa los pensionados
con su solo uniforme: el cabello blanco
o la calva brillante de opacos pensamientos,
la vejez y sus inevitables carencias,
la sordidez y la sordera,
la prótesis ya asimilada en el alma
y esa creciente e insaciable avaricia
que sustituye al apetito y a las ilusiones.
En la mesa de los jubilados
-unos dicen adiós, otros hasta luego-
siempre hay un sitio para alguien más.
Corren sus sillas para abrir campo al que llega
con la misma estrecha asignación.
Allí está tu puesto, por supuesto,
cuando ya no tengas otro
y cuando en todas partes te digan no, gracias,
por haber cumplido demasiado.
Tiempo perdido
¿Cómo te quejas de que pase el tiempo
si vives sofocándolo, acosándolo,
apremiando sus plazos, estrechando
su camisa, podando su almanaque?
Niño quieres ser joven y maduro
ya no aceptas ser viejo. ¿Quién entiende?
Compras para pagar después y gimes
cuando te exigen saldo al vencimiento.
Haces ayer el diario de mañana,
no vives hoy amor sino recuerdo,
en enero trabajas por diciembre
y tienes mal del siglo… venidero.
Y cuando escribes luces un quevedo
en lugar de los lentes de contacto.
Miras más lejos de la tumba y sabes
que el alma es miope y suele tropezarla.
No olvidan nunca su canción
A José Manuel Arango
No olvidan nunca su canción
los pájaros
no aplanchan ni rebrillan su vestido
no cambian de nido por los malos vecinos
no inventan nuevos picos para el amor
no se cansan de la misma compañera
no rompen nunca la rama en que se posan
no lucen hoy el ojo limpio del amigo
y mañana el turbio del enemigo
no enseñan a volar a sus polluelos
sino que los empujan tiernamente a las nubes
no necesitan más sabores que los del agua pura
o el de las frutas a la carta en sus gajos
Dios hizo el maná para ellos y se contentan
con briznas de hierba o espaguetis de lombricillas
no se persignan porque nacieron benditos
no se enferman ni amanecen enguayabados
aunque duerman en un guayabo o en un borrachero
no usan despertador ni padecen de insomnio
nunca se quejan de su fragilidad
ni les temen a las aves de rapiña
sino que juegan inocentemente con ellas
aunque siempre salen perdiendo
tampoco huyen de los cazadores
porque creen como los niños
que las armas son de juguete
no cambian de color ni de bandada
no cumplen años ni van a entierros
no usan brújula ni almanaque
pero son los pregoneros del día
los emisarios de la primavera
jamás pierden el equilibrio
a nadie humillan con su feliz indiferencia
no protestan por los cambios del tiempo
aunque el frío los atortola
y siempre celebran con el aplauso de sus alas
el telón del crepúsculo
no lloran ni ríen pero tiemblan y arrullan
tampoco les cansa el viento
ni los destiñe la lluvia
no saben que las patrias separan en la tierra
lo que une el cielo
ignoran la existencia de los poetas y los filósofos
y que todos ellos viven de sus plumas
se acuestan sin ver la televisión
después de leer todos los paisajes
y prefieren olvidar dónde
dejaron su tumba en el aire.
Pésame
Llegué tarde a tu entierro, amigo mío.
¡Qué afán tenían en despedirte!
Pero tal vez mejor no verte muerto
y conservarte en el recuerdo vivo.
Llegué tarde a tu entierro y, lo más triste,
no asistirás al mío…
¡y tú eras, casi ya, mi último deudo!
Hasta siempre
Sobre su boca posé un beso
de agua bendita y sin-sabores,
sobre su cuerpo puse bálsamo
en homenaje a sus dolores,
sobre el bálsamo frías sedas
y paños blancos funerarios,
sobre la mortaja madera
con una ventana pequeña
para mirar al otro mundo,
sobre la madera eché tierra,
sobre la tierra dejé flores
y tras las flores un responso
para que se lo llevara el viento
… y todo se lo llevó el tiempo.
Tan sólo me quedó en el alma
un hueco helado sin aliento.
Tránsito
¿Qué importa dónde se nace
ni dónde se muere,
si con la muerte regresamos
a la cuna y con el nacer
aseguramos nuestra muerte?
Mas hemos de guardar de lo pasajero el perfume,
ceñirnos la espinada túnica de la rosa
a los hombros, amando la ignorancia
de las cosas que pasan y quedan sin saberlo.
Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo
de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,
nunca hasta dónde va, porque lo mismo
sabe que yo, que tú, que nadie.
O si lo sabe es un loco como aquel
que creía que lo sabía.
O si canta viendo que los gusanos lo esperan
entre su cuerpo, dejadlo…
Dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.
(Desde mi ventana los veo, a los ebrios, a quienes
les crece la barba de pudor y descuido.
Los veo mientras ellos me ven girar como una luna).
O cuando voy por la avenida —yo también entre ellos y
la que fuera niña mía es mujer de quien yo ignoraba,
y la mujer de quien yo ignoraba es mía sin saber por qué…
O en la ventanilla de trenes
que gritan con su pluma de humo;
en los buses, en los ascensores
—savia ciega de la ciudad—,
entre los que leen los periódicos
orgullosos y cabizbajos
y entre poetas que esconden su oscuro telegrama …
¿Qué soy sino —por fin— el que viaja con otros
que no saben de dónde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a dónde van
si no a ocupar el sitio que su sombra señala?
Declaración de amor
Mírame: yo soy el que ves siempre a la orilla de tu lecho
y con quien habrás de rasgar el velo que cubre los sueños.
Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro.
Busco una soledad que prolongue la mía.
Cuando empezaste a soportar el tibio peso de los senos
—el pulso de tu corazón goteaba con mayor presteza
al oír mis pasos y ascendía casta leche a tus labios—;
cuando comprendiste que tu piel posee el don de renovar las lunas
y empezó a sangrar esa herida cuyo bálsamo eficaz poseo;
hoy que confundes la malicia con la sabiduría
y con sus nocturnos secretos te ofende el viento de los parques,
me llego a ti, ciega de no haber visto lo que empaña al mundo,
a modelar tu barro núbil y orearlo al sol de mis sudores.
Mi brazo atiza el fuego de las columnas de humo
que contienen el peligro del cielo sobre la ciudad.
Y mis manos no aman las joyas, ni una onza de oro,
pero el llanto endulzó su ajado pergamino
y su caricia es noble y alta.
Recibe todas las armas de mi agradecimiento
por ahorrarme hasta el día necesario tu cuerpo,
por la justeza de la orla de tu falda,
por la honradez de tus manos y la mina sellada de tus costados:
que las ferias están ebrias de lo que ocultas,
llenas hasta la hartura de belleza gratuita.
Busca en mí el principio de tus goces desconocidos
o la prolongación de los que han sido fuente de esperanza
y borremos de los calendarios los días de huelga
porque nuestra lámpara sin alternativas
desconocerá los cambios del tiempo tras la puerta.
Oh tú mi siempre-viva, mi siempre-amiga,
por quien la salud acepta duras vigilias
como el avaro que nunca regresa de su exilio.
¿No ves que si no fuera por ti
la mujer sería vendida y exportada en grandes barcos,
apenas marcada con una tiza roja
para que los braceros de los puertos
sepan que es frágil?
Aparta, aparta del quicio las grandes letras del periódico
que traen hasta nosotros fechas violentas;
ignora la abierta noche de la ciencia
que hace malditos a los hombres,
la razón del pasado y la gran voz profética:
que en tu casa tendrás mimo para tu más nimia palabra.
Porque ya es hora de alabar la ignorancia voluntaria
que cifra el universo en el tambor de hilo.
Dame tu historia en este mundo para nosotros preparado
en que de pronto nos hallamos con las manos asidas
como si el miedo de las gentes nos unciera uno al otro.
No temas seguir buscándome, ya que sabes
que cuando se me toca no es posible apresarme.
¡Ah, sí! Soy el que verás siempre a la orilla de tu lecho.
Háblame con tu voz que tiene un dejo de feliz tristeza,
paisaje con árboles sobre los cuales ha llovido.
Porque yo soy el más solo entre los solos
y desde hoy tendremos una misma estrella en el plato,
hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio bagazo
para el fuego del aderezo,
como la caña del maíz a finales del año
después de haber pagado el dolor de la herencia.
¡Oh flor de mi más alta confianza!
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