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“En estos momentos, acercarse al centro es defender la democracia”: académico Juan Carlos Mantilla
Cultura

“En estos momentos, acercarse al centro es defender la democracia”: académico Juan Carlos Mantilla

El profesor Juan Carlos Mantilla, autor de "La lotería de la vida" y "Pensar por uno mismo" | Crédito: Cortesía

En medio de una creciente desconfianza hacia la democracia y de la polarización que atraviesa el debate político, el académico y escritor Juan Carlos Mantilla propone volver al pensamiento crítico, la moderación y el respeto por las instituciones. En entrevista con CAMBIO, habla sobre los riesgos de los fundamentalismos de izquierda y derecha y sobre las herramientas que aún tiene la ciudadanía para defender la democracia.

Por: Alejandro Aristizábal

Casi como parafraseando al poeta Friedrich Hölderlin —que se preguntaba para qué poetas en tiempos de miseria—, Juan Carlos Mantilla, el director del Departamento de Estudios Sociohumanísticos (DESH) de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), mueve la pregunta hacia el campo de la democracia: ¿por qué pensar en tiempos de desconfianza?

La respuesta, aunque nunca está completa, la intentó buscar Mantilla en su libro Pensar por uno mismo: cuidar la democracia de los fundamentalismos políticos, una coedición entre la UNAB y Siglo Editorial. Cuando inició ULibro 2026, la Feria del Libro de Bucaramanga el pasado viernes 28 de agosto, el autor conversó con el exministro y exprocurador Fernando Carrillo Flórez. La charla se centró en buscar y rebuscar cómo defender el pensamiento, la moderación, la conversación, la unión entre colectivos y, al mismo tiempo, en dar luces sobre los tiempos que vivimos.

CAMBIO conversó con el académico, que también es el escritor de La lotería de la vida: Fundamentos y desafíos de la ética aplicada, a propósito de su último libro y para profundizar en sus ideas y aclarar el panorama de las ideas políticas que, para algunos, cada vez son más confusas.


CAMBIO: Hubo un punto en el que el capitalismo y la democracia chocaron y se unieron para crear las democracias liberales. La derecha, por mucho tiempo, defendió esa idea: la de que el Estado tiene que estar acompañado de una democracia liberal. Ahora, parece que en muchos lugares son las ideas liberales, en el marco de las democracias, las que han generado externalidades de mercado que crean la insatisfacción social. Entonces, las ideas de derecha culpan a la propia democracia de esa insatisfacción. Para usted, ¿qué opinión le genera ese cambio de perspectiva en la derecha?

Juan Carlos Mantilla: En el capítulo en donde hago un análisis crítico del fundamentalismo de derecha hay una pregunta al principio muy clara. ¿El libre mercado realmente genera un mayor bienestar para todos? En ese primer apartado me doy cuenta de que el libre mercado ha dejado excluida a una muy buena parte de la humanidad, a personas concretas, de los beneficios que ha generado el capitalismo y que eso está en el origen de, como usted dice, la insatisfacción con la democracia. El sueño del capitalismo de lograr prosperidad general se ha quedado en eso, en un sueño. No hemos logrado llevarlo a la realidad. Entonces, claro, el capitalismo de los últimos 150 años tiene buena parte de la responsabilidad en esa insatisfacción social.

En ese sentido, es muy interesante ver históricamente ese cambio, porque el capitalismo nació con la democracia, pero en esa misma democracia se desarrolló la posibilidad de cuestionar el capitalismo, pues se creó el espacio para desarrollar pensamiento crítico y, ahí, las distintas versiones de socialismo se desarrollaron. El socialismo es una ideología y una propuesta de sistema social, económico y político que surge de unas condiciones reales de dificultad social, de unas condiciones reales de precariedad y planteando un ideal diferente, una sociedad más igualitaria, una sociedad más equitativa y en ese momento el capitalismo empieza a “conservatizarse”.

Es decir, empieza a ser la izquierda socialista la que quiere transformar el status quo y no la derecha, que ya se había asentado. El capitalismo y lo que luego se llamarían las ideas liberales eran, en su origen, una ideología reformista de la burguesía, pues eran ellos la clase dominada por la aristocracia en la época feudal. Esa misma clase, que luego logró consolidarse, después se volvió la clase dominante en el pensamiento marxista. De esa manera, la derecha empieza a ser, más bien, la que protege lo que ya existe y el capitalismo se empieza a volver conservador. Lo que está sucediendo hoy en día se puede entender así: en muchos países los que más defienden el capitalismo no están defendiendo una idea de capitalismo progresista que siga evolucionando, sino mantengamos lo que hay, y la izquierda en cambio busca transformar la sociedad.

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La portada del último libro de Juan Carlos Mantilla. | Crédito: Cortesía

CAMBIO: Frente a ese panorama parece que la izquierda, que en algún momento con el comunismo llegó a proponer el fin del Estado como institución con el proletariado en el poder —junto a corrientes de anarquismo que salen de ahí de la izquierda—, es la que hoy en día están protegiendo el Estado y las instituciones democráticas. ¿Cómo explica ese cambio de prioridades en el pensamiento de izquierda?

J. C. M.: Partiendo de la idea que expuse antes, la izquierda decía que los Estados eran estados burgueses y no neutrales, es decir, estados que legitimaban la dominación de la burguesía. Pero más adelante se desarrolló la socialdemocracia, por ejemplo, en los países de Europa occidental o la Europa nórdica y escandinava. Allá el Estado empezó a cumplir una función de protección social muy fuerte, que hizo que el socialismo se identificara con el Estado, porque era él el que garantizaba los derechos básicos de protección social, de salud, de pensiones, de trabajo, de educación, de espacios públicos, de transporte público. Cuando la izquierda excluida del Estado estaba contra el Estado, pero cuando la izquierda empieza a acceder al poder, entonces se empieza a utilizar el Estado para lograr los ideales de transformación social.

CAMBIO: ¿Cuál es su opinión frente a lo que muchos autores llaman un círculo vicioso en el que los fundamentalismos o extremismos de izquierda y de derecha se terminan pareciendo? ¿Para usted estos cambios en la posición ideológica de la izquierda y la derecha demuestran que son muy parecidos al fin y al cabo?

J. C. M.: Yo pienso que se parecen mucho, pero en los métodos, no en los ideales de sociedad que defienden. Los ideales de sociedad que defienden siguen siendo muy diferentes. En la derecha se defiende una sociedad, o por lo menos una economía basada en la libertad absoluta, curiosamente con unas posiciones culturales muy conservadoras y regresivas.

Y en la izquierda se defiende una sociedad equitativa, una sociedad igualitaria. Pero en los métodos se parecen. ¿Por qué buscan acabar ambas con el equilibrio de poderes? Buscan, al estar en el Ejecutivo, acumular poder hasta volverlo poder absoluto. En eso se parecen muchísimo. Y llegan a caer en la corrupción, llegan a caer en la compra de conciencias, llegan a caer en transformar todo lo que existe, por ejemplo, las constituciones, para aprobar reelecciones indefinidas. Por eso los fundamentalismos son un riesgo para la democracia.

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De izquierda a derecha: Juan Camilo Montoya, el rector de la UNAB; Juan Carlos Mantilla, autor de La lotería de la vida y Pensar por uno mismo, y Fernando Carrillo, exministro del Interior y de Justicia. | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

CAMBIO: Su postura en el libro es defender la moderación y, en ese sentido, aquellos que dicen que no existe el centro o que el centro simplemente es una mezcla de ambos lados y coger lo mejor de ambos, ¿en qué se parecerían o se diferenciarían frente a la derecha o a la izquierda? ¿En los ideales o en los métodos? ¿Qué toma de los dos?

J. C. M.: Yo creo que el centro sí debe ser moderado y sí debe tomar un poco de la derecha y un poco de la izquierda, pero debe diferenciarse en los métodos. Por ejemplo, debe respetar las instituciones, debe respetar lo público, es decir, debe huir de la corrupción, debe no ser violento, por eso debe respetar al diferente. Es válido que haya ideales diferentes, y por eso también se puede ser de centroderecha o de centroizquierda. Es muy difícil que uno sea de centro-centro, pero los métodos sí pueden definir lo que son los verdaderos y verdaderas demócratas. Porque en estos momentos, acercarse al centro es defender la democracia.

CAMBIO: En un punto del libro habla de desobediencia civil como una opción inviable para oponerse a las injusticias. En un contexto como el colombiano, donde hay personas que han propuesto la desobediencia civil e incluso, o por ejemplo, en contextos como el nicaragüense, en los que la izquierda es la que se ha mantenido en el poder y ya ha dicho que no va a haber elecciones, ¿cómo realmente oponerse a las injusticias entonces? ¿Qué métodos o qué opciones nos quedan dentro de la democracia para hacerlo frente?

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El académico y escritor Juan Carlos Mantilla. | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

J. C. M.: La desobediencia civil es un recurso que tenemos que tener a la mano, pero es un recurso que tiene hoy muchas más consecuencias que en el pasado. Cuando Henry David Thoreau no pagaba los impuestos porque el Estado de la Unión era esclavista y le hacía la guerra a México y él decidió no pagar los impuestos, a él lo metían en la cárcel una noche y su tía pagaba una fianza y lo sacaba. Hoy en día, si uno no paga los impuestos a un Estado porque lo considera injusto, pues lo embargan, lo meten a la cárcel, le quitan su patrimonio. Entonces las consecuencias son mucho más altas. Si se trata de actores armados, es todavía peor la desobediencia civil. Por eso digo que debemos tenerlo a la mano, pero las consecuencias son potencialmente muy graves.

¿Qué recursos nos quedan para expresar la desobediencia civil y seguir protegiendo al mismo tiempo la vida y la integridad? Por ejemplo, defender la libertad de expresión, que nosotros como ciudadanas y ciudadanos no aceptemos nunca que se nos diga que no podemos decir; que nosotros defendamos con todo lo que tenemos de dignidad la libertad de cátedra, que, en las aulas de las escuelas, de las universidades, se pueda construir pensamiento y no haya dogmas impuesto; que nosotros defendamos la posibilidad de hablar con otros, la libertad de asociación.

No estoy diciendo nada nuevo ni innovador: solo son herramientas que la democracia nos pone a la mano y que, por ahora, podemos ejercer sin riesgos extremos para nuestra vida. No quiero decir sin riesgos: sí hay riesgos, porque hay persecución a periodistas, a estudiantes, a profesores. Es decir, sí hay riesgo, pero es un riesgo que no es el mismo de oponerse a un actor armado.

CAMBIO: La propuesta central es el pensamiento crítico. En otra parte del libro habla de la polarización. ¿Puede cualquier pensamiento crítico ser encasillado de fundamentalista? Es decir, muchas personas que piensan críticamente se les encasilla en esto es un pensador o alguien de derecha o de izquierda solo por pensar críticamente. ¿Cómo hacerle frente a ese pensamiento?

J. C. M.: Es un riesgo real y la respuesta que tengo, digamos, no es concluyente. Existe un riesgo que las personas que tienen pensamiento crítico muy desarrollado sean catalogadas como fundamentalistas. No lo quiero negar. Hay que tener mucho cuidado cuando uno dice que alguien es fundamentalista.

Por eso, en el libro yo estoy describiendo lo que es una forma de pensar fundamentalista, pero me cuido mucho de catalogar a las personas como fundamentalistas porque existe ese riesgo de estigmatizar. Decir que alguien que es de izquierda automáticamente es de extrema izquierda o alguien que es de derecha automáticamente es de derecha radical es delicado, sobre todo cuando se le ponen nombres propios. La forma de pensar que estoy describiendo lleva a que la gente se analice a sí misma y pueda decir, bueno, estoy pasándome de la raya, estoy volviéndome sectario o estoy dentro del marco de lo razonable. Si ya perdí esa capacidad, pues lo que yo invito es a que cada uno se dé cuenta de si se está volviendo un fundamentalista.

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Visitantes recorriendo la oferta editorial en ULibro 2026. | Crédito: Alejandro Aristizábal - CAMBIO

CAMBIO: Usted dice que parte de su libro se centra en defender el bien común como parte central de las actividades y decisiones democráticas. Usted también habla de redes sociales e inteligencia artificial. ¿Cómo estas últimas han transformado la concepción del bien común?

J. C. M.: Empecemos por pensar que, con las redes sociales, ni siquiera con la Inteligencia Artificial todavía, las personas a veces se creaban una visión del mundo particular y muy diferente de la visión del mundo de otra persona que vive en el apartamento de al lado o en el mismo barrio. Tiene una visión del mundo completamente diferente porque se alimenta de unos contenidos que son completamente diferentes.

Por ejemplo, les muestran que la sociedad en la que vivimos está muy violenta. Y a la otra persona le muestran que la sociedad en la que estamos está en un desarrollo económico notable y cada uno va construyendo una realidad diferente. Algunas personas podrían pensar que el bien común es que se vayan todos los inmigrantes y para otras personas eso es una aberración y es todo lo contrario del bien común. La idea del bien común empieza, entonces, a ser conceptualizada de maneras demasiado alejadas los unos de los otros. Hace 50 años, cuando todos teníamos la información por los periódicos, los noticieros, la radio, pues teníamos una idea del bien común mucho más cercana.

CAMBIO: ¿Y esas distintas versiones del bien común caen dentro de los fundamentalismos?

J. C. M.: Como decía Estanislao Zuleta, aspirar a una sociedad perfecta es el sueño que ha llevado al totalitarismo. Sobre todo, cuando una sociedad perfecta está muy mal definida.
 

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