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Gozar Leyendo con CAMBIO: Agustín de Hipona, filósofo de la Iglesia
Cultura

Gozar Leyendo con CAMBIO: Agustín de Hipona, filósofo de la Iglesia

'Agustín de Hipona', de Peter Brown, es un clásico que Darío Jaramillo Agudelo revisita para explorar la vida y el pensamiento de este filósofo a través de sus páginas.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Peter Brown, Agustín de Hipona

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Peter Brown (Dublín, 1935) era un joven profesor de Oxford en 1967, cuando se publicó la primera edición de este libro. Con los años, se convirtió en uno de los más connotados especialistas en la historia de los primeros siglos de la cronología cristiana, vale decir, la época de la decadencia y muerte del Imperio romano y de la cultura clásica o, en otras palabras, la época de la metamorfosis del cristianismo de una religión surgida en una región alejada de los centros de poder europeo, primero perseguida y luego establecida como la cultura y las creencias centrales de la Europa inmediatamente anterior a la época medieval.
Con los años, además, esta biografía, Agustín de Hipona, se transformó en un clásico vivo. Tan vivo, que con posterioridad a su edición y a sus varias traducciones se descubrieron nuevas cartas y sermones de san Agustín. Entonces, el mismo Brown, sin tocar lo que ya estaba escrito, añadió dos capítulos más a su libro. Esto ocurrió en 1999.

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Como mucha gente, hasta ahora pensé que san Agustín había nacido en Hipona (así como Erasmo de Rotterdam había nacido donde decía su nombre: en Rotterdam). Pero no. Agustín nació en Tagaste, hoy Souk Ahras, Argelia, en el año 354 de la cronología cristiana. Tagaste está situada a 300 kilómetros del mar, “a una altura de 600 metros, separado del Mediterráneo por amplios bosques de pinos y elevados valles plantados de olivos y cereales”. Aunque este norte africano formaba parte de Imperio romano, “la corte se movía con los ejércitos entre la Galia, el norte de Italia y las provincias del Danubio. Para ellos, África no era más que una segura fuente de impuestos, el granero fuertemente gravado de Roma. Los habitantes de Tagaste (...) se sentían menospreciados”. Eran “una mera colonia administrada por extranjeros del otro lado del mar”.

Mientras estuvo viva, Mónica, su madre, fue quien controló la vida de Agustín. Era “una mujer impresionante, muy parecida a lo que su hijo hubiera querido ser, cuando obispo: comedida, digna, por encima del chismorreo, firme pacificadora de sus amistades y capaz, como su hijo, de un verdadero sarcasmo. Había sido criada austeramente en el seno de una familia cristiana y seguía adherida a prácticas tradicionales de la Iglesia africana que las personas instruidas habían abandonado tachándolas de ‘primitivas’, tal como los ayunos de los sábados o las comidas sobre las tumbas de los muertos. Sin embargo, puede que ella no fuera un alma enteramente simple, pues creyó, por ejemplo, que una buena educación clásica, aunque fuese pagana, haría con el tiempo de su hijo un cristiano mejor”.

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A los 15 años encontramos a Agustín en Madaura, dedicado al estudio: “el producto ideal de esta educación era el orador, hombre que podía ‘producir placer en su argumentación por su vivacidad, por los sentimientos que dominaba y por la facilidad con que las palabras venían a su boca, perfectamente adaptadas para revestir de estilo su mensaje’”. En ese momento, “el Imperio romano estaba todavía sostenido por la indiscutible lealtad de una clase parecida a la de los ‘mandarines’ de la China imperial: la clase de los senadores y burócratas cultos a la que el joven Agustín confiaba incorporarse”.

A sus 17 años, en 371, Agustín se fue a estudiar a Cartago. Allí se unió a una concubina: “Yo no estaba entonces enamorado, pero estaba enamorado del amor, y por necesidad me odiaba a mí mismo, por no sentir más ansiosamente la necesidad (...). Dulce cosa era para mí amar y ser amado, especialmente cuando llegaba a gozar del cuerpo de la persona que amaba (...). Me lancé de cabeza al amor, impaciente por ser capturado (...) alegre y contento me até con fuertes y funestas ligaduras, para ser después herido ardiendo de los celos, las sospechas, los temores, los enojos y las querellas (...). En el año 385, sin embargo, no fueron escrúpulos morales los que llevaron a Agustín a abandonar a su concubina, sino la ambición. Agustín tenía que casarse con una heredera”: Era lo que correspondía a alguien que aspiraba a ser un burócrata alto del imperio. Muchos años después escribirá: “… y yo, joven infortunado, miserable en el umbral de la vida adulta, solía rezar: ‘Señor, dame castidad y continencia, pero no ahora’”.

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Agustín “creció en una época en la que se pensaba que los hombres compartían el mundo físico con los demonios malévolos”. En esa atmósfera, en 373, a sus 19 años, Agustín se hizo maniqueo. “En pocas palabras: todo el mundo es consciente de la íntima mezcla de bien y mal en sí y en el mundo circundante, pero es extremadamente repugnante para el hombre religioso y absurdo para el pensador racional, admitir que ese mal venga de Dios. Dios era bueno, totalmente inocente, y debía ser protegido de la más mínima sospecha de responsabilidad directa o indirecta en el mal (...). Eran dualistas: estaban tan convencidos de que el mal no podía venir de un Dios bueno que creían que provenía de una invasión contra lo bueno, del ‘reino de la luz’ por parte del mal, de una fuerza hostil de igual poder, eterna y totalmente opuesta: ‘el reino de las tinieblas’”.

“Para un católico de África, los maniqueos eran los herejes por excelencia. Mónica se quedó aterrada y echó a Agustín de su casa (...). Agustín fue ‘oyente’ maniqueo durante unos nueve años. No pudo haber encontrado la ‘sabiduría’ en un grupo más extremista. Los maniqueos eran una secta pequeña y de reputación siniestra; era, además, ilegal, y más tarde sus miembros serían cruelmente perseguidos. Estaban rodeados del halo de una sociedad secreta, y, cuando viajaban, los maniqueos se alojaban solo en las casas de los miembros de su misma secta (...). De este modo, la ‘emancipación’ religiosa de Agustín de la religión tradicional, al hacerse maniqueo, coincidió con una emancipación intelectual de sus mayores y superiores de la Universidad de Cartago y de los profesores pretenciosos, a los que en secreto despreciaba”.

“Este maniqueísmo de la gente educada parece que ocupó una posición destacada en África, con Agustín y sus amigos como sus más activos representantes (...). El movimiento había atraído también a muchos pequeños ciudadanos, respetables artesanos y comerciantes. Los comerciantes, indudablemente, eran los misioneros más eficaces del maniqueísmo (...). El precio que parecía que habían pagado los maniqueos por el repudio total del mal era haber convertido el bien en algo sumamente pasivo e ineficaz (...). Su Dios era de una inocencia tan inmaculada que podía ser privado peligrosamente de su omnipotencia”. En otras palabras: “El maniqueísmo había desilusionado a Agustín por ser una religión esencialmente estática”.

Mientras estuvo en Cartago, “Agustín enseñaría retórica en el mismo centro de la vida pública de la ciudad. Su aula estaba guardada del bullicio del foro solo por una cortina (lo que Agustín consideraba demasiado en público). Sus alumnos eran en su mayor parte alborotadores jóvenes libertinos, enviados por sus ricas familias desde toda África (...) para adquirir una educación ‘apropiada’, es decir, un barniz de Cicerón”.

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“En el año 382 le llegó la hora a Agustín de irse de Cartago (...). Amigos con buenos contactos le prometían ahora a Agustín ‘mayores ganancias’ y ‘altos honores’. Sobre todo, los estudiantes romanos daban la impresión de ser más disciplinados. En Roma se les hacía conscientes de su posición en el umbral de la burocracia imperial”.

“Agustín pasó un año miserable en la Ciudad Eterna; a su llegada cayó gravemente enfermo. En las Confesiones, este ‘azote de enfermedad’ se funde con el relato de su abandono de Mónica en un pasaje de desesperación creciente. Y, en cuanto los estudiantes, estaban habituados a estafar a sus profesores por el sencillo procedimiento de abandonarlos cuando llegaba la hora de pagar sus honorarios”.

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A fines de 382, Agustín fue elegido por Símaco como “profesor de retórica para la ciudad de Milán; como la corte imperial residía en Milán, este era un encargo importante, pues el profesor de retórica había de pronunciar los panegíricos oficiales del emperador a los cónsules del correspondiente año (...) Una sociedad brillante había crecido alrededor de la corte. Venían a Milán poetas de lugares tan lejanos como Alejandría, y las obras de los filósofos griegos eran leídas tanto por el clero de la iglesia milanesa como por los grandes terratenientes de las villas cercanas a los Alpes. Se estudiaba la resucitada filosofía de Platón, y se escribía tanto sobre métrica clásica como sobre la naturaleza del universo. Hasta el catolicismo de la ciudad era eminente: los sermones de Ambrosio eran ‘sabios’, su máxima obra estaba cuidadosamente modelada por Cicerón y sus ideas traicionaban el influjo de los expositores contemporáneos de Platón”.

“Cuando Agustín llegó a Milán, en el otoño de 384, era un hombre desilusionado. Las certidumbres de su juventud se habían disuelto. Y en este estado de ánimo volvió otra vez a Cicerón (...). Al apoyar a los maniqueos tan fervientemente, Agustín había sido culpable de la extrema temeridad descrita por Cicerón: el partidismo impetuoso de un escolar hacia una secta (...). El escepticismo de Agustín podía desembarazarse de las afirmaciones dogmáticas de los maniqueos, al tiempo que dejaba intacto el fondo de su religión ancestral: el catolicismo de Mónica. Esto explica, quizás, la facilidad con que Agustín decidió hacerse catecúmeno de la Iglesia de Milán. Puede que tomase esa decisión cuando su madre llegó a Milán a fines de la primavera (...). La verdad era que no tenía razones para resistirse a las fuertes presiones externas que lo empujaban a tal acto de conformismo político: tenía una carrera por hacer y Mónica estaba arreglando su casamiento con una heredera católica (...). Era el momento justo para entrar en relación con Ambrosio (...) (que) era unos catorce años mayor que Agustín y llevaba de obispo de Milán once”. Para Ambrosio “un hombre era su ‘alma’. El cuerpo era meramente una ‘vestidura hecha jirones’: ‘nosotros somos distintos de lo que simplemente poseemos’. Si iba en contra de su ‘alma’, el hombre simplemente dejaba de existir (...) nuestro cuerpo es solo un instrumento pasivo del alma”.

Al llegar a Milán, Agustín estaba “rodeado de amigos que acababan de alcanzar los centros de poder y que habían comenzado a experimentar las emociones y las pesadumbres del éxito. La manceba de Agustín fue la primera víctima de esta nueva y excitante vida: tuvo que dejar su puesto a una heredera que había obtenido para Agustín su madre. ‘Mi corazón, al separarse de ella, quedó desgarrado y manando sangre por la herida, pues la amaba tiernamente’”.

El platonismo milanés: “Un siglo antes, la doctrina auténtica de Platón había sido redescubierta (...) en las obras de Plotino, alma tan próxima al antiguo maestro, que él parecía que revivía a Platón (...). En Milán, la mayor parte de este platonismo articulado y a la moda era cristiano (...). Estos cristianos platónicos tenían una visión propia del pasado (...). Para un cristiano platónico, la historia del platonismo parecía converger con bastante naturalidad en el cristianismo. Ambos apuntaban hacia la misma dirección; ambos eran radicalmente de otro mundo. Cristo había dicho: mi reino no es de este mundo; Platón había dicho lo mismo de su reino de las ideas (...). En cierto momento, quizá a principios del verano de 386, Agustín fue introducido en estas nuevas ideas”.

“La lectura de los libros de los filósofos platónicos provocó en Agustín algo fácil de comprender: le llevó a una ‘conversión’ final y definitiva, de la carrera literaria a la vida ‘en filosofía’. Esta conversión estaba destinada a afectar a su vida pública y privada (...). Si había sido posible que un joven en Cartago, en los años 370, leyera una exhortación a la filosofía de Cicerón y directamente se hiciera maniqueo, las repercusiones de la lectura de Plotino en Milán no eran menos predecibles”.

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A medidos de 386, Agustín se convirtió al catolicismo. Abrió al azar las epístolas de san Pablo y leyó: “‘No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas ni emulaciones; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo’. No quise pasar más adelante leyendo, ni tampoco era necesario; porque luego que acabé de leer esta sentencia, como si se me hubiera infundido en el corazón un rayo de luz clarísima, se disiparon enteramente todas las tinieblas de mis dudas”.

En abril de 387, Agustín está en Milán. Se ha hecho competente, lo que quiere decir que se había unido “a aquellos que ‘imploraban’ el bautismo de manos de Ambrosio para la Pascua venidera (en la noche del 24 al 25 de abril del año 387)”.

“Agustín intentó retornar a su patria, donde viviría una vida recluida con su madre, su hijo y unos pocos amigos de similar dedicación, sostenido posiblemente por una pequeña propiedad familiar administrada por su hermano mayor y por Mónica”.

Cuando iban para África, el grupo quedó detenido en Ostia por culpa de una guerra. Allí murió Mónica. Agustín volvió a Roma y solo a fines de 388 estaba, por fin, en Cartago. Ya en Roma “se propuso no vivir por más tiempo la vida recluida en el umbral de la sociedad de seglares intelectuales, como en Milán, sino directamente a la sombra de la vida organizada de la Iglesia católica”.

Terminarían instalados en Tagaste, cuna de Agustín, en su finca familiar. Era un contemplativo, pero tampoco se sentía pleno. Quería una vida más activa. “Ya no bastaba con ‘vivir dulcemente con el pensamiento’ (...). Hacia el año 391 la transformación era completa, y Agustín (...) tomó ahora el camino que conducía desde las montañas hacia el antiguo puerto de Hipona (...). Incluso llegó a Hipona ‘buscando algún sitio donde fundar un monasterio’. Se proponía que la vida de este ‘monasterio’ fuera dedicada a la lectura de las escrituras. La inmersión en ellas debía preparar más plenamente a escrituras y sus seguidores para una vida activa en la iglesia africana (...). Cuando Agustín llega a Hipona, en la primavera de 391, es un solitario que, entrando en la madurez, ha perdido mucho de su pasado y está buscando a tientas, medio inconscientemente, nuevos campos que conquistar”. Ese año, 391, fue ordenado como sacerdote.

Cuando Agustín regresó a Hipona, los católicos eran una minoría hostigada. “La iglesia rival, la del ‘partido de Donato’, predominaba tanto en la ciudad como en sus alrededores (...). Su obispo había logrado establecer un boicot contra sus rivales, prohibiendo a los panaderos que hornearan para los católicos”. El obispo Valerio se apoyó en Agustín para debates públicos en los que el verbo de nuestro héroe arrasó con las creencias maniqueas de los donatistas. En 395, al morir Valerio, Agustín fue designado obispo de Hipona.

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“Agustín no estará nunca solo. Cuando volvió a Tagaste había formado un grupo de amistades duraderas; muchachos que habían crecido a su lado cuando eran estudiantes (...). Pensaban que la música era un regalo divino, discutían entre ellos sobre la naturaleza de lo bello (...). Agustín sabía a la perfección cómo mantener tales amistades ‘en ebullición mediante el calor de los entusiasmos compartidos’”.

Agustín valoraba mucho la amistad. He aquí algo que dijo al respecto: “Había toda una serie de cosas que hacían que me estrechara más fuertemente a ellos, como el conversar y reírnos juntos, servirnos unos a otros con buena voluntad, juntarnos a leer libros divertidos, chancearnos y entretenernos juntos, disentir alguna vez en los juicios, pero sin oposición de la voluntad, como suele hacer uno consigo mismo, y cuando, rara vez, afloraba una disensión, encontrar a partir de esta disensión cuán dulce era la conformidad que en nosotros había en todo lo demás; enseñarnos mutuamente alguna cosa o aprenderla unos de otros; sentir la ausencia de los amigos y desearlos y recibirlos cuando volvían… Con estas señales y otras semejantes, que saliendo del corazón de los que se aman se manifiestan por el semblante, por la lengua, por los ojos y por otros mil movimientos agradables que servían de fomento a nuestro amor, encendíamos nuestros ánimos y de muchos hacíamos uno solo”.

“Como buen platónico podía admitir que la presencia física de un amigo era una cosa ‘nimia’, pero tenía el valor de reconocer lo ‘mucho que anhelaba’ esta ‘nimiedad’: una cara, unos ojos que revelaban el alma todavía oculta por el envoltorio de la carne, unos gestos impacientes… Con todo, y aun cuando este contacto se realizara, Agustín desesperaba de no poder nunca comunicar a nadie todo lo que él sentía, porque una conversación para él arrastra vívidos pensamientos ‘por las largas y retorcidas callejuelas del lenguaje’”.

“Agustín apenas cambió en esto: en su edad madura sigue, deliciosa y trágicamente, sometido a ‘la más insondable de todas las relaciones del alma: la amistad’”.

Ya obispo, Agustín “insistió en que sus sacerdotes vivieran con él en comunidad monástica en la casa episcopal (...). Haciéndolo así, se conservaba al clero católico como una casta distinta no ligada a la vida de la ciudad ni por el matrimonio, ni por intereses económicos e, indirectamente, introducían una nueva cuña en la vieja unidad de la ciudad romana”. “Agustín necesitaba el constante diálogo y la afirmación mutua de un círculo de amigos. Tanto saber que se le quería como que había alguien merecedor de cariño le animaban con fuerza a corresponder a tal amor. ‘Debo confesar que me precipito sobre su caridad, especialmente cuando estoy deprimido por las tensiones del mundo’. En esta época no encontraba dificultad en calificar a un amigo como ‘la otra mitad de mi alma’. Su idea de la amistad como armonía completa de espíritu y de propósitos era idealmente adecuada para sostener a un apretado grupo de hombres entregados (...). ‘En cuanto a mí, cuando la alabanza me es hecha por alguien que es a mi alma muy cercano o grato, siento como si fuera alabado por parte de mí mismo’”.

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“Las Confesiones son, para decirlo en pocas palabras, la historia del ‘corazón’ de Agustín (...). La evolución del ‘corazón’ es la verdadera materia de la autobiografía”. “Este libro es su obra maestra, que escribió a los 43, siendo ya obispo de Hipona (...) (y que abarca) los primeros 33 años de su vida”.

A propósito de las Confesiones, Peter Brown comenta que “el descubrimiento agustiniano del ‘yo’ constituye un notable paso adelante en la historia del pensamiento humano. Su intervención resultó ser decisiva para que en la cultura occidental apareciese una clara noción del individuo”. Antes ha dicho: “El andar errante, las tentaciones, la triste certeza de la mortalidad y la búsqueda de la verdad habían sido desde siempre la materia de la autobiografía de las almas refinadas que rehusaban aceptar una seguridad superficial. Los filósofos paganos habían creado una tradición de ‘autobiografía religiosa’ con estos rasgos, que será continuada por los cristianos en el siglo IV y que alcanzará su punto culminante en las Confesiones de Agustín”.

“Desde el año 391 había sido forzado a adaptarse a una nueva existencia de sacerdote y obispo (...). Los ideales sobre los que había esperado construir su vida habían sido abandonados: el optimismo primero de su conversión había desaparecido dejando a Agustín ‘hondamente atemorizado por el peso de mis pecados’ (...). Tenía que basar su futuro en una opinión diferente sobre sí mismo: ¿Y cómo ganar esa opinión, sino volviendo a reinterpretar esa parte de su pasado que había culminado en su conversión y en las que hasta recientemente había puesto tan altas esperanzas? (...). En el año 391 Agustín fue empujado de una vida contemplativa a una de acción”. Las Confesiones son el puente entre una y otra.

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Hipona, cuna de Suetonio, era el segundo puerto africano sobre el Mediterráneo, aunque vivía principalmente de la agricultura. “Durante el obispado de Agustín, Hipona se convirtió en una ciudad cristiana”.

“Como árbitro de procesos, (fue) como Agustín se encontró convertido en figura vital para la comunidad porque ofrecía lo que todos querían: un arreglo de cuestiones libre, rápido y sin corrupción (...). En el momento de dictar sentencia, miraba siempre con temor más allá, al juicio final”.
“Desde el año 393 en adelante, Agustín y sus colegas pasaron a la ofensiva contra la iglesia donatista”. “Tolerancia (...) era la única cosa que Agustín no podía permitirse en Hipona”. “En este período (393-395), el único ‘movimiento’ venía desde arriba: fue la repentina autoafirmación de la Iglesia católica y el endurecimiento de la autoridad imperial en África contra todos los no católicos”.

“Toda esta excitación afectaba hondamente a Agustín. Sentía que estaba viviendo un momento de cambio de la historia, predicho desde largo tiempo atrás. Durante siglos, los emperadores paganos habían perseguido a la Iglesia: ahora en el espacio de una generación, estos mismos emperadores habían desarraigado el vasto edificio de los dioses que los romanos habían extendido por el mundo”.

“Era un obispo muy consciente, en el año 404, seguía sin pensar que la Iglesia católica pudiera absorber a las congregaciones donatistas que ganase por la fuerza: se producirían demasiados casos de católicos ficti, falsos. En Hipona se había dado cuenta de que la calidad de su propia congregación se había aguado ya seriamente por los semipaganos que se habían unido a ella en masa cuando el cristianismo se convirtió en la religión establecida”.
“Los donatistas se quedaron sin obispos y perdieron el apoyo de las clases superiores (...). Después del año 405, este tipo de gente consideró que lo más prudente era conformarse a la religión establecida”.

“Agustín predicaba a hombres que creían saber en qué consistía la vida cristiana. El mundo en que vivían estaba situado ‘en las profundidades inferiores del universo’, un pequeño depósito de desorden bajo la armonía de las estrellas. Este mundo estaba gobernado por ‘poderes’ hostiles y, sobre todo, por el ‘Señor de este mundo’, el diablo”. Dice Agustín: “no hay que acusar al Diablo de todo: hay veces que el hombre es el diablo para sí mismo”.

“Los donatistas habían pretendido, en contra de los católicos, que, puesto que la Iglesia era el único manantial de santidad, ningún pecado podía participar de ella. La Iglesia tenía que vivir en santidad plena (...). Podría seguir siendo santa tan solo si los obispos indignos eran expulsados, porque la culpabilidad de un obispo hacía ineficaces automáticamente las oraciones con las que él ordenaba y bautizaba”.

“Agustín era un hombre empapado de las formas de pensamiento neoplatónicas, para quien la totalidad del mundo se le presentaba como una realidad en ‘advenir’ como una jerarquía de formas imperfectas de la materia se esforzaban en ‘hacer realidad’ su estructura ideal y fija, que sólo el espíritu puede captar. Y esto mismo ocurría con la Iglesia, a juicio de Agustín”. Según el neoplatonismo agustiniano, “El amor al mundo, por ejemplo, es ‘condenado’ no porque el mundo sea la guarida de los demonios, sino porque para el filósofo neoplatónico es, por definición, incompleto, pasajero, y ensombrecido por la eternidad (...). La existencia humana es ‘como una gotita de lluvia comparada con la eternidad’”.

“Agustín sabía cómo jugar con el terror al infierno de su auditorio, pero lo que especialmente quería comunicar era la sensación de la pérdida del algo querido, no del castigo”.

Como orador, “Agustín no estaba aislado de su auditorio ni siquiera materialmente, como estaría un predicador moderno subido en el púlpito por encima de los bancos donde se sienta la congregación. (...). La primera fila (...) se encaraba con su obispo aproximadamente a la altura de sus ojos y a una distancia de unos cinco metros. Agustín les hablaba directamente, improvisando el sermón”.

Estamos en el año 408: “Durante más de diez años, los obispos de África habían provocado la destrucción de los viejos modos de vida. El paganismo había sido públicamente suprimido, los grandes templos, clausurados, y las estatuas, destruidas, a menudo por muchedumbres cristianas”.
“El 24 de agosto de 410 sucedió lo inconcebible: un ejército godo, conducido por Alarico, penetró en Roma”. “Para una persona educada, la historia del mundo conocido culminaba con toda naturalidad, en el Imperio romano (...). El saqueo de Roma por los godos, pues, era un recordatorio fatídico del hecho de que hasta las más valiosas sociedades morirían. ‘Si Roma puede perecer –escribió Jerónimo– ¿qué puede estar seguro?”.

“En los años desastrosos de 409 y 410 Alarico anduvo atrás y adelante por toda Italia. El gobierno romano perdió todo interés por África y retiró su apoyo a la Iglesia católica; con ello, la campaña de represión del donatismo se fue a pique. El obispo donatista volvió a triunfar en Hipona, y Agustín se convirtió en un hombre marcado, ‘un lobo a quien había que matar’. Sólo la equivocación de un guía al elegir el camino lo salvó de una emboscada (...). Agustín tuvo que echar mano de toda su decisión. ‘No os temo. No podéis quitar el tribunal de Cristo para levantar el de Donato, aun si los ramajes del bosque me arañan en mi búsqueda, seguiré abriéndome camino a través de las más estrechas sendas’”.

“Agustín les había dicho que los desastres del Imperio romano no habían venido por haber descuidado los ritos antiguos, sino por tolerar el paganismo, la herejía y la inmoralidad en el nuevo imperio cristiano”.

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Hacia 413 Agustín “había perdido el entusiasmo por la alianza del Imperio romano y la Iglesia católica (...) la cristianización pública del Imperio romano, indudablemente no hizo nada por disipar las reservas de Agustín sobre las oportunidades de salvación de la especie humana (...). Agustín se sentía ahora viejo e ineficaz. Volvió a Hipona un remanso seguro, rodeado de sus libros”.

Durante esos últimos años escribió La ciudad de Dios, que, “lejos de ser un libro sobre la huida de este mundo, es una obra cuyo tema más repetido es ‘nuestros asuntos dentro de la vida mortal común; es un libro que trata sobre cómo ser de otro mundo en este mundo’ (...). Para Agustín, la naturaleza del hombre estaba instalada en la inseguridad: había sido notablemente empeorada por un acontecimiento de un pasado distante, y tan sólo sería curada, en un futuro igualmente distante, por una transformación tan total y gloriosa que, a su luz, el menor síntoma de la postración presente del hombre debía ser siempre considerado como causa de una profunda tristeza”.

También revisó todos sus libros y muchos de sus sermones: “Si Dios me lo permite, juntaré y expresaré en una obra especialmente destinada a todo aquello de mis obras que con justicia me disguste: entones verán los hombres que estoy lejos de ser un juez predispuesto hacia mi propia causa… Porque soy de los que escriben porque han hecho algún progreso, y de los que progresan escribiendo”.

Según sus obras de esos tiempos, “de todos los apetitos el único que le parecía a Agustín que tenía que chocar de forma inevitable y permanente con la razón era el deseo sexual. Agustín era un hombre potencialmente muy glotón, pero la glotonería podía ser dominada (...). Agustín vivía en una época ascética, en la que el hombre sensible se sentía ya humillado por su cuerpo (...) el sentimiento sexual tal como los hombres lo experimentan ahora es una falta. Por ser el castigo por una desobediencia, es en sí mismo desobediente, y una tortura para la voluntad (...). Como, además, es un castigo permanente, se presenta como una tendencia permanente, como una tensión instintiva a la que se puede resistir, pero que incluso cuando se reprime sigue activa, aprisionando al hombre en el elemento sexual de su imaginación: se manifiesta en los sueños, y mantiene al hombre alejado de la contemplación de Dios (...) mediante un tropel apremiante de deseos”.

Y, al igual que en su juventud, “Agustín siempre había creído en el vasto poder del demonio (...), cuya fuerza agresiva era tan grande que podría arrastrar a toda la Iglesia cristiana si lo dejaban en libertad (...). La especie humana es el árbol frutal del demonio, su propiedad, de donde puede recolectar su fruta, es ‘un juguete de los diablos’ en el pequeño infierno que es el mundo’”.

También, en él persistió siempre, hasta el final, la idea de la predestinación. Según Agustín, “Dios era el único que determinaba los destinos de los hombres, y estos destinos no podían considerarse más que como expresión de su sabiduría (...). El viejo Agustín agradecía desesperadamente la idea de que un decreto divino había establecido ya ‘un número inamovible de elegidos’ y de que los hijos de Dios estaban ‘inscritos permanentemente en el archivo del Padre’”.

“El 26 de septiembre de 426 Agustín reunió a su clero y a una enorme asamblea de la Basílica Pacis para que fueran testigos de una solemne decisión: el nombramiento de su sucesor, el sacerdote Eraclio”. Cuatro años después, el 28 de agosto de 430 murió y fue enterrado en olor de santidad.

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Son más de 500 páginas, traducidas por Santiago Tovar y María Rosa Tovar, que uno se devora. Era, sí, un santo. Pero no es una santidad antipática, ni solemne. Hay allí un hombre que duda, que sufre, que cree. Y que avasalla, sí, con su elocuencia, con la seguridad que transmiten sus dudas y las dudas que transmite su seguridad. Y poseedor de una rama escasa del humor, el humor teológico. Dijo Agustín: “Si un hombre tiene miedo de pecar a causa del fuego del infierno, no es que tenga miedo de pecar, sino de quemarse”.

Peter Brown,
Agustín de Hipona
Taurus

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