
‘El peso de vivir en la tierra’: la novela que convierte Monterrey en Rusia
En ‘El peso de vivir en la tierra’, ganadora del V Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2023, David Toscana propone un divertido viaje quijotesco por la literatura rusa y soviética y es también un homenaje a sus valientes escritores y su lucha por la libertad y la imaginación.
Estamos en el año 1971, en Monterrey, México. El presidente del país es el represivo Luis Echevarría y en el mundo hay guerra fría y carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Nicolás, un funcionario menor y devoto de la literatura rusa, lee en el periódico que tres cosmonautas de la estación Sályut, que permaneció 23 días en el espacio, fueron encontrados sin vida en la nave que los regresó a la Tierra. Hay muchas explicaciones de su muerte: un sobrecalentamiento al entrar en la atmósfera, una embolia por la descomposición de la nave; sus corazones, luego de pasar tanto tiempo sin gravedad, se detuvieron, no resistieron. Nicolás no sólo acoge la última explicación, de paso, pierde la razón. Al regresar a su casa le dice a su mujer que ellos también morirán como los cosmonautas rusos porque sus corazones no resistirán “el peso de vivir en la tierra”.
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La única manera de escapar a ese trágico destino será reintentar una nueva operación Sályut y delirar la prosaica existencia que llevan en la prosaica ciudad de Monterrey. Nicolás decide que a partir de ese día se llamará Nikolái Nicoláievich Pseldónimov, su esposa Marfa Petrovna –nombres sacados de obras de Dostoyevski–, que no usarán pesos mexicanos sino kópeks y rublos, no hablarán de kilómetros sino de verstas, dejarán las fechas ordinarias para emplear las fechas ortodoxas, vestirán gorros y bufandas en la calurosa Monterrey y llamará a su jefe “excelencia”. Todo como en las novelas rusas, en las malas traducciones al español de las novelas rusas. Como Don Quijote, Nikolái superpone una realidad literaria a su ´realidad real´. Pero su realidad literaria no serán nobles y heroicos caballeros sino, principalmente, locos, alcohólicos, tuberculosos, pequeños burócratas, las pobres gentes, los humillados y ofendidos que pueblan la literatura rusa, los escritores perseguidos, censurados y asesinados por los regímenes totalitarios, desde el zar Alejandro I hasta el secretario general del partido comunista Nikita Jrushchov. Vale decir, de Pushkin a Solzhenitsyn.
Además de su mujer, ahora la sumisa esposa rusa, la Marfa Petrovna de Crimen y castigo, Nikolái recluta a un vecino borrachín –lo rebautiza como Guerásim, personaje de La muerte de Iván Ilich– y secuestra a un tuberculoso de un hospital –no puede faltar un tuberculoso en una novela rusa– y en un rincón de una cantina de un suburbio de Monterrey tratará de recrear la estación Sályut y de alcanzar la ingravidez salvadora a punta de vodka y de entusiasmo literario.
A la comparsa se irán uniendo más personajes rebautizados, seducidos por la locura contagiosa de Nikolái o quizás por interés –el trago y la diversión son gratis–, eso lo aclararán las páginas finales de la novela que terminan resolviendo de buena manera ese juego cervantino entre realidad y ficción.

Lo que sigue, lo que alimenta la trama son escenas que recrean grandes momentos de la literatura rusa y soviética y la de sus protagonistas. Ahí, en ´la nueva´ estación Sályut y en calles y parajes de Monterrey, veremos a Sonia prostituyéndose por 30 rublos para salvar a su familia, a su padre alcohólico e irresponsable, a su madre tuberculosa y a Raskólnikov que se le arrodilla y le dice: “Me inclino ante el dolor humano”. Veremos, o mejor, sentiremos, como en los montajes de Stanislavski, precursor del teatro moderno, la epifanía del príncipe Andrei, tras ser herido en la batalla de Borodino; el baile increíble de Natasha Rostov; los últimos instantes de Ana Karenina; las muertes absurdas de Pushkin y de Gógol, la de Tolstói en la estación de Astapovo y el otorgamiento póstumo del Nobel que le robaron los suecos; la censura a Bulgákov, a Pasternak, a Vassily Grossman; el cautiverio en Siberia de Dostoievski y de Solzhenitsyn; el asesinato de Isaak Bábel con un tiro de gracia a manos de la policía de Stalin; la cárcel de Ossip Maldestam; el terror sin fin de Marina Tsvetáyeva, de Anna Ajmátova: “Las estrellas de la muerte pendían sobre sus rostros. Y la inocente Rusia se retorcía bajo las botas manchadas de sangre”.
Lo patético y lo sublime al mismo tiempo: literatura rusa. Y también lo trágico. En un país que es un continuum de autoritarismo, que tira más hacia el despotismo asiático que a la democracia occidental, sus artistas, con su imaginación, han sido la única porción de libertad que han conocido. Por eso son tan venerados.
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Aunque hay lugar para lo carnavalesco. En esta novela surrealista, absurda, hay ecos de El maestro y Margarita, del diablo y su séquito, otra comparsa que llega a Moscú a poner patas arriba a la burocracia estalinista.
Más que una clase, es un viaje a la literatura rusa. No es requisito conocerla para disfrutarla. ¿Disfrutará más esta novela quien la conozca? Quizás. Aunque, recuerdo una anécdota personal. En algún festival de teatro de Bogotá, asistí en el Colón a un montaje de Las tres hermanas, de Chéjov, obra que no conocía. “¡A Moscú!, ¡A Moscú! ¡A Moscú!”, dice Irina, una de las hermanas, antes de que caiga el telón en el segundo acto. Luego vine a saber que Chéjov, desterrado de Moscú por su enfermedad, evocaba con esas palabras su amor desgarrado por la actriz Olga Knipper, quien por cierto aparece en la foto de la carátula de esta edición de Alfaguara. Saberlo no le agregó un ápice a la emoción que tuve aquella noche, para mí inolvidable. Aquella compañía rusa había aprendido en los dramas de Chéjov que los actores “tienen que ser y no representar”.
David Toscana
El peso de vivir en la tierra
Alfaguara, 2023
323 páginas
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