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Las tres hermanas Ventura
De izquierda a derecha: Ethy, Bella y Joyce Ventura.
Cultura

‘Tres hermanas’: hasta donde el cuerpo alcance

Ya se exhibe en salas de cine ‘Tres hermanas’, la película documental de Joyce Ventura, un tríptico familiar en el que ella y Ethy y Bella, sus hermanas mayores, sostiene una conversación íntima que transforma el pánico a la vejez y a la muerte en un acto de profunda curiosidad cinematográfica.

Por: Juan Carlos Lemus

Un primerísimo primer plano del ojo de Joyce Ventura, directora y protagonista, sometido a un examen oftalmológico abre Tres hermanas. La cámara muestra la imagen dentro del aparato, vuelve sobre ese ojo y finalmente Joyce mira directamente hacia nosotros; entonces llega el fundido a negro y aparece el título.

La escena siguiente prolonga el gesto frente a un espejo, en el que las hermanas examinan ahora sus rostros y hablan de arrugas, apariencia y envejecimiento. Joyce pregunta: “¿Pero de alguna manera fastidian las arrugas o no?”. Bella lleva la conversación hacia la broma; Ethy responde con un “corazoncito” cuyo tono resalta el cansancio. Del ojo observado por la medicina a los rostros que se observan a sí mismos.

La materia concreta es la vejez y la manera en que cada una la negocia. Ethy siente cómo la autonomía se reduce y cuenta el dolor que le produce haber dejado de poder cargar a uno de sus nietos, porque los corrientazos en las manos podrían hacerlo caer. Joyce reconoce el miedo que le produce el final. Bella responde al paso del tiempo desde una vitalidad casi desafiante, hace yoga, camina muy acelerada, “a ritmo”, y se para de cabeza en cualquier parque. Cuando su hermana Ethy se burla y le pone siete años por el acto, ella responde juguetona, “siete años y medio”. Bella hace con el cuerpo una cosa y con las palabras otra; se mantiene activa mientras desplaza el final hacia el chiste y, más adelante, hacia la salud.

Ethy lleva esa negociación hacia un lugar bastante más incómodo. Durante una conversación, cuenta que ha pensado en el suicidio y lo distingue de la eutanasia, que para ella supone involucrar a otras personas en la decisión y en el acto de morir. Una mujer acostumbrada a valerse por sí misma siente que el cuerpo empieza a retirarle lo que organizó su vida y extiende hasta su propia salida el deseo de seguir decidiendo sobre sí misma. Cuando se quiebra, llora y pide permiso para levantarse; Bella le pregunta cómo podría pensar en irse dejando a quienes la quieren. El cariño entre ellas también admite desacuerdos.

Las tres hablan de la vida cómoda y privilegiada que han tenido. Llegan a esta edad rodeadas de familia, cuidados y una considerable autonomía. El dinero se parece aquí a las cremas de belleza, compra tiempo, tratamientos y cuidados, mientras que estas suavizan las marcas de la edad. Ambos encuentran su límite; frente a la finitud permanece el desconcierto y, frente al tiempo, las arrugas. La película mantiene esa condición como trasfondo y concentra su atención en el cuerpo, los afectos y la pérdida de autonomía. La lengua conserva también una continuidad familiar, porque sus vidas adultas se han desarrollado en distintos lugares y las tres mantienen entre ellas un acento bogotano que las devuelve a una historia compartida.

Un collage de técnicas y momentos

Joyce filma desde muy cerca, utilizando celulares, videollamadas, videos domésticos y materiales familiares de distintas épocas. La cámara permanece sobre todo en los rostros, mientras ella entra en las conversaciones desde detrás del aparato y vuelve a convertirse en hermana. Esa cercanía está regida por una ética del cuidado. Cuando uno de los esposos atraviesa un deterioro físico importante, bastan la silla de ruedas y las piernas apoyadas en ella; el dolor aparece con la misma reserva. La directora acompaña, observa y escucha, preservando una intimidad que depende de la confianza familiar.

El archivo doméstico amplía esa relación con el tiempo. Cumpleaños, matrimonios, hijos pequeños, reuniones y viajes devuelven cuerpos jóvenes frente a los rostros actuales, mientras los mariachis, las celebraciones, las conversaciones superpuestas y las risas conservan el ruido de una familia acostumbrada a celebrarse. Joyce refilma imágenes, las devuelve a distintas pantallas y hace convivir materiales de procedencias y épocas diferentes. Incluso sin escuchar una palabra seguiríamos viendo la vejez, cuerpos que avanzan con otros ritmos, personas que desaparecen y tres hermanas que continúan disfrutando de estar juntas.

Algo parecido plantea Norberto Bobbio en De senectute. Una vida sin salida perdería también la medida que vuelve precioso el tiempo. Las tres hermanas parecen situarse frente a esa salida de maneras distintas. Ethy quiere conservar la decisión, Joyce teme desaparecer y Bella la desplaza hacia una vitalidad que sabe temporal. En la conversación más dura, Bella termina formulándolo de una manera extraña, quiere “morirse de salud”. Joyce le pregunta qué significa y el montaje corta antes de la respuesta.

La madre, ya con más de 90 años, ofrece quizá la imagen que mejor contiene todo lo anterior. Le preguntan qué quiere hacer y responde “bailar”. Se levanta y baila lo que el cuerpo le presta. Apenas atraviesa una quinta parte de la canción antes de detenerse; las ganas siguen, el cuerpo ya ha llegado hasta donde puede.

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