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'La invitación'
'La invitación'. Fotos: Cortesía Cine Colombia,
Cultura

‘The Invite’: una comedia sobre todo lo que no se atreven a hacer

Ya está en salas de cine ‘La invitación’ (‘The invite’) de Olivia Wilde, quien además de dirigirla también la protagoniza junto con Edward Norton, Penélope Cruz y Seth Rogen. Aunque se trata en principio de una comedia, no es una película inocente.

Por: Juan Carlos Lemus

The Invite empieza antes de mostrarnos nada. Oímos el proyector, unas voces, la inconfundible risa de Seth Rogen, y un piano. Después aparece la película doméstica con Joe y Angela (Olivia Wilde) 20 años atrás. Joe mira el celuloide, deteriorado y por momentos quemado hasta borrar lo que contenía. Las risas, las voces y el piano sobreviven a lo que ya no se ve. Corte. Joe, el músico, oye a pichones de músicos. Veinte años de frustración comprimidos en un cambio de plano y de rostro. The Invite promete apertura y termina restaurando.

Una cena que nunca ocurre es la prueba material. Angela consigue jamón, hornea un suflé, pone la mesa y le reclama a Joe que no haya vino. Llegan los invitados y los cuatro circulan por la sala, la cocina, la oficina, los pasillos. La mesa queda intacta, el sexo en promesa y la conversación suspendida. Todo dispuesto, nada consumido.

Un decorado sin sentido

Los objetos dicen más que las explicaciones que vendrán. Angela compra un prosciutto en lugar de jamón serrano para Piña. A solas con Joe, Piña le señala el error y le entrega un arma contra la ridiculez de Angela. Joe la guarda. Angela reformó un apartamento entero, pero no tiene cuatro copas iguales. Tampoco amigos. Un patrimonio decorado para nadie. El vino que finalmente se sirve es un regalo de aniversario reservado para una fecha especial. Angela insiste en abrirlo para impresionar a dos desconocidos. Cuando por fin usan algo guardado, es para mostrarlo. Después llega el tequila y se acaba la ceremonia.

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Penélope Cruz y Olivia Wilde.

El apartamento pertenecía a los padres de Joe y él sabe que jamás habría podido pagarlo. Angela estudió arte y volcó su energía creativa en esa propiedad. Ella no habita su casa, la mantiene en obra hasta mimetizarse con ella. Joe tuvo un hit y ahora enseña música en alguna universidad. El piano sigue guardado en su oficina y nadie lo puede tocar. La tragedia está subvencionada porque pueden conservar objetos, talentos y proyectos durante años sin decidir qué hacer con ellos. Se miden contra compañeros de universidad que sí llegaron a Berkeley y contra exposiciones que Angela nunca montó. Rivales ausentes, como casi todo lo que podría cobrarles algo. Este matrimonio es muchísimo más que la suma esas dos frustraciones. Mientras exista el otro, ninguno tiene que reconocer quién dejó de hacer las cosas.

La propia película trabaja sobre algo recibido. Rashida Jones y Will McCormack adaptan Sentimental (2020), que Cesc Gay llevó al cine desde Los vecinos de arriba (2015). Gay lo resolvió en 82 minutos. Otras producciones europeas rondan el mismo metraje. Wilde necesita 107. Solo la surcoreana, donde la vecina de arriba es psiquiatra, llega a 108. No he visto Sentimental, pero la aritmética y las fichas dicen algo. Quizás esos veinticinco minutos son el costo de tener a alguien que explique.

La mesa espera comensales y el intercambio, cuerpos. La película copia a su terapeuta. Se acerca una y otra vez al punto sin retorno y después limpia la escena. Carga armas y no dispara ninguna. 

Hawk (Edward Norton) y Piña (Penélope Cruz) introducen otra posibilidad de vida. Hawk es viudo y exbombero. Abandonó el nombre Howard y ha construido una soltura que se agrieta cuando debe mirar atrás. Piña es psicoterapeuta y sexóloga, basada en Esther Perel, consultora de la película. Conoció a Hawk cuando él era su paciente. Joe y Angela la oyen antes de hablar con ella. Sus orgasmos atraviesan el techo. Después aparece con su acento español, un inglés que Hawk corrige, el cabello teñido y una desinhibición que Angela anhela. El beso entre las dos –uno de los contactos físicos más vivos de la película– fue una improvisación de Cruz cuando el cuerpo se le adelantó al guion. La misma que encarna el deseo lo interpreta. El sexo termina convertido en metalenguaje del sexo.

Wilde encierra todo eso en una casa llena de barreras. La cámara observa a los personajes a través de puertas, espejos, ventanas y encuadres interiores que separan a personas situadas a pocos metros. Matt Zoller Seitz ha señalado que Devonté Hynes lleva la tensión a otro extremo con una partitura que toma el sentimiento dominante y lo amplifica hasta ahogar sus matices. Una conversación cómicamente tensa recibe cuerdas que atacan como en una película de terror. El terror doméstico empieza cuando alguien entra y el espacio deja de pertenecerte por completo.

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Algo más que una comedia

The Invite promete comedia, pero es todo menos inocente. Joe despliega una agresividad verbal que su cuerpo ya no puede acompañar. La espalda arruinada lo dobla, lo tira al piso y lo inmoviliza justo cuando pretende conservar algún dominio sobre la situación. Rogen convierte esa impotencia en chiste y, cuando la noche amenaza con dejar una marca, la película encuentra una salida cómica. La risa más que adorno de esa retirada es uno de sus mecanismos.

La propuesta sexual repite el patrón de la cena. Joe y Angela pueden defender la apertura, excitarse con ella y dominar un vocabulario sexual que jamás practicarán. Ella termina mostrando las tetas ante una ventana y él mirando las de otra en un ascensor. La mesa espera comensales y el intercambio, cuerpos.
La película copia a su terapeuta. Se acerca una y otra vez al punto sin retorno y después limpia la escena. Carga armas y no dispara ninguna. El prosciutto que podría humillar a Angela, el vino reservado, la mesa puesta, el beso, la propuesta sexual y la posible ruptura. La hija duerme fuera. Piña lleva un flan, manda a buscar el recipiente y aprovecha para fugarse con Hawk. La espalda de Joe, que ya estaba mal, mejora. No quedan hijos, amigos, amantes ni testigos capaces de cobrar al día siguiente lo ocurrido. La única persona que decide algo y lo ejecuta es Piña cuando se va. La cobardía de The Invite consiste en desalojar del cuadro todo aquello que podría obligarla a sostener la promesa que hizo. Para más inri, la orgía se queda en preliminares.

Después de casi 100 minutos de hablar, Angela dice “ok”. Es lo último dicho. Joe se encierra y, a solas, empieza a tocar una canción a cuatro manos. Angela oye desde la habitación de su hija, cruza la casa y se sienta junto a él. Lo que el diálogo no consiguió ordenar se entrega a una forma que exige dos ejecutantes y que ambos conocían veinte años atrás. La forma que los reúne es la misma que los sostiene donde están. Ahí muere Perel.

Vuelve la primera escena. Joe y Angela no regresan a un pasado que hayamos visto entero. El único fragmento estaba quemado. Las risas, las voces y el piano continuaban mientras la imagen desaparecía. The invite había recuperado ese recuerdo antes de ofrecérselo como refugio.

El sonido cambia de régimen. Durante la noche, el placer de los vecinos se cuela por el cielo raso y las cuerdas de Hynes convierten la incomodidad en amenaza. Al final, el sonido nace en el estudio. Joe toca el piano y Angela responde tocando. Producen otra vez lo que, al comienzo, solo había mantenido unido el montaje. Y lo entero lo puso The Invite.

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