
Semana del Bienestar Bogotá: la médica funcional Adriana Garza sobre por qué curarse no depende solo del médico
En el marco de la Semana del Bienestar Bogotá: Cultura y Salud para Vivir Mejor —que del 29 de agosto al 6 de septiembre reúne a más de 90 conferencistas y facilitadores de 15 países—, CAMBIO conversó con la doctora Adriana Garza, referente de la medicina funcional en Latinoamérica.
Médica, conferencista internacional y una de las voceras digitales de salud más influyentes en habla hispana, con más de 1.5 millones de seguidores en redes sociales, la Dra. Garza dirige Raizana, su academia digital de salud, una comunidad de más de 7 mil mujeres que ya se extiende a más de 30 países, construida bajo la premisa de que mujeres sanas construyen raíces fuertes para el futuro. Su trabajo une la rigurosidad de la medicina clínica con el liderazgo femenino y la construcción de comunidad bajo la premisa de devolverle a las mujeres el poder sobre su propia salud a través de la ciencia, la educación y el acompañamiento colectivo.
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En Bogotá, la Dra. Garza participó de la Semana del Bienestar, organizada por la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de la Alcaldía de Bogotá, junto con Health Summit Bogotá y Vive+ y Mejor. Convencida del poder del arte y la cultura con respecto a la salud, trajo a la conversación la evidencia científica detrás de la "prescripción social" y la "prescripción cultural" —dos enfoques que empiezan a ganar terreno en la medicina integrativa y que resuenan directamente con el eje que atraviesa toda la programación del evento: pensar la salud más allá del consultorio y apelando a la cultura, la comunidad y la ciudad que habitamos.
CAMBIO: Quiero empezar por los conceptos de patogénesis y salutogénesis y el tránsito que propones de uno al otro...
Adriana Galarza: La patogénesis es, por definición, el origen de la enfermedad: de dónde nace lo que trae al paciente a la consulta. La salutogénesis, en cambio, parte de que muchos pacientes llegan sin saber de dónde puede nacer su salud, y ahí hay que trabajar no solo los pilares del estilo de vida, sino también la sociabilidad, la espiritualidad y el sentido de propósito. Vivimos en una sociedad de urgencia en la que somos muy buenos en el trabajo pero no tenemos idea de qué nos mueve. Quedarse solo con la patogénesis es una mirada reduccionista de la consulta; no le da al paciente el trabajo completo de construir salud.
Vivimos en una sociedad de urgencia en la que somos muy buenos en el trabajo pero no tenemos idea de qué nos mueve.
CAMBIO: ¿Tienes esperanza en que la investigación en salud integrativa crezca tanto como la investigación farmacológica?
A.G.: Sí, es mi apuesta a largo plazo. La investigación de fármacos es más simple porque hay empresas dispuestas a financiarla; investigar estilo de vida requiere capital y rigor, y además no encaja bien en el estándar científico convencional. Aun así, ya hay avances y las guías de cardiología y diabetes en EE. UU. recomiendan el estilo de vida como primera intervención, con investigación seria sobre reversión con dieta y ejercicio. Hace falta más inversión y un criterio metodológico más abierto para no descartar estudios válidos solo porque no cumplen todos los formalismos.

CAMBIO: ¿Por qué volvemos a valorar como "hallazgo" algo tan de sentido común, como que el bienestar es estar con amigos o en comunidad o estar en la naturaleza?
A.G.: Hay un contexto histórico real: la industrialización nos llevó de sociedades colectivas a sociedades individualistas, con una definición de éxito centrada en lo monetario y lo profesional, que le quitó peso a la comunidad. El COVID fue un dolor social tan grande que nos volvió a despertar. Y, aunque suene contradictorio, creo que las redes sociales también ayudaron. Antes el dolor colectivo llegaba solo desde los medios como fuente autoritaria; ahora vemos que a todos nos duele lo mismo, y eso nos regresa a la comunidad. Volvimos a algo que nos parece lógico solo porque lo perdimos —nuestras tatarabuelas ni lo hubieran notado, porque era simplemente su día a día.
El COVID fue un dolor social tan grande que nos volvió a despertar.
CAMBIO: ¿No hay una paradoja entre más acceso a información de salud y más angustia o autodiagnóstico?
A.G.: Sí, definitivamente. Lo veo como que la dosis hace el veneno: el acceso universal a información es positivo si se usa de manera saludable. En mis comunidades de mujeres pasa todo el tiempo que alguien dice, como un descubrimiento, que "no sabía que tantas otras no sentían suficiente mejora solo con el fármaco", y eso conecta y ayuda. Pero la fuente importa tanto como la dosis. Si la información viene de alguien sin conocimiento, el camino es terrible; si viene de alguien confiable, puede ser revelador. Estamos parados sobre un hielo muy delgado, porque cualquiera puede publicar lo que quiera sin reglas. Por eso en mis comunidades siempre hay guía médica, psicológica y de health coach de por medio.
CAMBIO: ¿Qué patrones ves en las miles de mujeres con las que trabajas?
A.G.: Que no se sienten escuchadas en sus dolencias, y eso tiene una raíz histórica real: por mucho tiempo la investigación médica se hizo sobre cuerpos masculinos —para no intervenir en un posible embarazo—, y las consecuencias llegan hasta hoy. Hay evidencia de que una mujer que llega con el mismo dolor que un hombre es más derivada a psicología o recibe un fármaco más débil. El infarto es el ejemplo más claro. Todos conocemos el cuadro clínico masculino, pero no el femenino, y eso hace que el diagnóstico en mujeres tarde más, justo cuando la intervención temprana es lo más efectivo. Una de las frases que más nos busca la gente en redes es "¿te han dicho loca alguna vez? No estás loca" —y ahí empieza la construcción de salud; en sentirse por fin escuchada y parte de una comunidad.

Una de las frases que más nos busca la gente en redes es "¿te han dicho loca alguna vez? No estás loca" —y ahí empieza la construcción de salud; en sentirse por fin escuchada y parte de una comunidad
CAMBIO: ¿Qué te gustó de Bogotá en relación con salud y espacios públicos?
A.G.: Que integra la salud pública con lo comunitario, algo que para mí es una salud pública integrativa. Se nota en cosas que acá dan por sentadas como el espacio que hay en las vías para los árboles en vez de sacrificarlo por más autos, hay muchísimos eventos culturales y se promueve estar afuera, en los parques. Son decisiones que seguramente vienen de mucha reflexión política de construcción de ciudad, no solo urbanismo, y que promueven caminar y respirar aire limpio. Es algo que recién se está sembrando, pero ojalá se viralice a otros gobiernos.
CAMBIO: Bogotá es una ciudad desigual donde el bienestar se asocia a privilegio —el que puede pagar un coach, ir a pilates— mientras la mayoría pierde horas en transporte público. ¿Cómo pensar el bienestar para esas vidas menos privilegiadas?
A.G.: Ahí la responsabilidad es del Estado más que del individuo. La medicina integrativa, funcional o de estilo de vida es cara en la práctica, en entrenamiento y en lo que receta. Los únicos que pueden homogeneizar el acceso al bienestar son la salud pública y el gobierno, priorizándolo en el presupuesto y en la agenda: parques y espacios públicos accesibles, transporte digno, y repensar por qué el trabajo está siempre concentrado en las zonas caras en vez de acercarse a las comunidades de bajos recursos. Es un debate abierto, pero esas dos horas de trayecto diario deberían promover bienestar y no fatiga.
Los únicos que pueden homogeneizar el acceso al bienestar son la salud pública y el gobierno, priorizándolo en el presupuesto y en la agenda: parques y espacios públicos accesibles, transporte digno, y repensar por qué el trabajo está siempre concentrado en las zonas caras en vez de acercarse a las comunidades de bajos recursos.
CAMBIO: Para cerrar: ¿qué es sentirse bien, sentirse en bienestar?
A.G.: No hay una definición objetiva de bienestar, a diferencia de "salud". Enfocarse solo en el síntoma requiere entender el contexto de cada persona; a veces el síntoma le trae algún beneficio, o el entorno familiar premia más a quien está enfermo que a quien está sano. Ahí hay que preguntarse cómo hacer que la persona se sienta vista y escuchada en lo positivo que sí tiene. No es que el síntoma no exista, sino que hay que traer a la mesa también la vitalidad, la comunidad, el propósito. Al final, vivir bien depende de eso. Se puede vivir bien con pocos recursos si hay pertenencia y propósito, y vivir mal en el privilegio si eso falta. Es cómo vives lo que importa.
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