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El escritor Julio Paredes. Créditos: Pedro Cote
Cultura

Cinco años sin Julio Paredes: CAMBIO lo homenajea con su cuento "Escribir de noche"

El escritor Julio Paredes. Créditos: Pedro Cote

Se cumplen cinco años de la muerte del escritor Julio paredes, uno de los cuentistas imprescindibles para hablar de la narrativa contemporánea en Colombia. Traductor, editor, profesor, su obra abarca seis libros de cuentos, dos novelas, una autobiografía y una recopilación de ensayos. Para celebrar su vida y obra, gracias a la cortesía de Penguin Random House, CAMBIO publica su cuento Escribir de noche.

Por: Juan Francisco García

"Este cuento es otro espejo de la obsesión de mi padre de buscar capturar lo que se escapa de cualquier captura, como quien les toma fotos a las nubes o escribe un cuento acerca de un cementerio imaginado. Fue allá, en el umbral poroso y sin coordenadas de las cosas que se escapan —y en el que hasta el viento parece moverse con una pureza nueva—, donde él escribió este cuento, junto a todos los demás", le dijo a CAMBIO Carmen Paredes, la hija menor de Julio, cuando le preguntamos por uno de sus cuentos favoritos de su papá. Que les sea de provecho. 

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Escribir de noche, de Julio Paredes (publicado por Alfaguara, de Penguin Random House)

Cuando Guillermo se detuvo en uno de los puestos de flores a la entrada de los cementerios, imaginé que lo hacía para llevarle un ramo de novio a mi mamá. Sin embargo, al montarse otra vez en el jeep, preguntó de repente si me importaría seguir con él adentro un momento y hacer una visita rápida. Le dije que no había ningún problema y le recibí el ramo de claveles rosados y rojos que acababa de comprar. Las flores despedían un fuerte olor a insecticida y no estaban muy frescas. Disimulé la sorpresa, pues nunca antes había entrado a los cementerios y la simple idea de quedar convidado, de un momento a otro, a uno de estos reconocimientos íntimos con algún muerto desconocido era, incluso, una circunstancia aún más remota y extraña. 

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Avanzamos entonces por una carretera angosta, llena de ondulaciones y baches, que recorría la orilla de un caño de agua estancada. Antes de llegar al final de la vía con una pared de pinos, Guillermo giró a la izquierda, hacia un arco armado en ladrillos pintados de blanco y una gran reja metálica, semejante a la entrada a otro de los clubes sociales que mantenían linderos cercanos con estos terrenos. Dos maneras de matar el tiempo entre jardines, pensé de repente.

Pasamos por una capilla angosta, sin ningún atractivo, puesta ahí para cumplir con una simple función práctica, precedida por la imagen de un Cristo enorme, elevado en el aire y armado en concreto, con facciones y miembros que parecían buscar una intención abstracta o enigmática. Guillermo manejaba muy lento, concentrado en la ruta que se bifurcaba adelante en varios senderos cada vez más estrechos y rotos. Sentí que debía mantenerme en silencio, atento a no hacer ningún movimiento brusco, agarrando el ramo con firmeza y no del todo seguro si debía representar algún tipo de contrición. Sabía por mi mamá que Guillermo era viudo y supuse que veníamos a buscar el nicho de la esposa. Después de varias vueltas estacionó el jeep al lado de un camino peatonal y a la sombra de un par de árboles grandes.

—Ya vuelvo —dijo antes de bajar.
—Listo. Espero aquí.

Cerró la puerta sin fuerza y lo vi alejarse. Durante unos segundos caminó por entre algunas lápidas y los ramos de flores en el piso irregular, cambiando de dirección más de una vez, como si hubiera olvidado la ubicación exacta de la tumba que buscaba. Tal vez llevaría mucho tiempo sin venir y, por el paso inconstante, la cabeza hacia abajo y las flores en la mano, pensé en un novio que llegaba demasiado tarde a la cita amorosa. No sé por qué sentí vergüenza de seguir desde la ventana del jeep su desorientación y no bajar para ayudarlo a reconocer el nicho. Pero, evidentemente, se trataba de una tarea solitaria y sería mejor contemplarla desde lejos. Además, y aunque nuestra amistad era cada vez más cálida desde mi regreso a Bogotá, seis meses atrás, yo aún no me acostumbraba a la gradual suplantación que hacía de mi padre, con el progresivo y firme acomodo en los límites de la casa y la habitación de mi mamá. 

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Cuando por fin lo encontró, Guillermo sacó un recipiente metálico a la cabeza de la tumba, con pedazos de flores secas y retorcidas. Caminó con firmeza renovada hacia la caneca de basura y regresó con agua limpia. De rodillas en el pasto, acomodó, con más timidez que delicadeza, los claveles que acababa de comprar. Se puso de pie y enlazó las manos atrás. Levantó la cabeza para que el sol le diera de frente en la cara y después observó con detenimiento el rectángulo oscuro de la lápida, la aparente entrada a la geografía subterránea por donde ahora transitaría, sin dejar de agitarse, el recuerdo de una presencia anterior y necesaria.

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Su novela Aves inmóviles se ganó el Premio Nacional de Novela en el año 2020 Créditos: Colprensa

Me bajé del jeep y empecé también a caminar por el prado, en dirección opuesta a donde se encontraba Guillermo. Quizás por ser día entre semana, apenas si había visitantes alrededor, y muchas de las lápidas tenían las fechas y los nombres medio borrados. Entonces la escena que empecé a ver afuera, con la potente luz del sol alargando las sombras de los árboles, el movimiento brusco de los pájaros entre las flores en el piso, el viento —que por el ruido que hacía entre las ramas y la extensión abierta del terreno, imaginé de una pureza nueva—, me pareció ajena a la peculiar simetría que necesitábamos mantener con los muertos. Busqué a Guillermo con los ojos y vi que seguía inmóvil, como si no supiera cómo despedirse y dar la vuelta.

¿Pensaría en las desgracias, merecidas o no, que acompañaron a ese otro del que ahora sólo le quedaba el nombre? ¿Se habrá enterado al final de algún secreto escondido? ¿De alguna irreparable deslealtad o infracción contra él? Caminé otros pasos, al azar, haciendo cálculos mentales de las edades y los tiempos de vida de cada uno de los nombres sueltos con los que me cruzaba, y vislumbré un posible tema con el que podía concluir y cerrar finalmente la carta que le redactaba a Tina durante las últimas noches: el esfuerzo, extraordinario aunque en apariencia incomprensible, de seguir amando a una criatura que se ha escapado de la vida, que nunca volveremos a encontrar o que, si aún rondaba por ahí, no sabría cómo hacerse entender. 

Recordé que, a los pocos días de llegar, mi mamá me reveló que había esparcido parte de las cenizas de mi papá por entre algunas de las plantas exóticas del invernadero en el solar de la casa, rincón que él había cuidado con esmero particular, casi obsesivo, durante los últimos años. Ignoraba si servirían en realidad de abono, pero pensé, con un estremecimiento inesperado, en las rarísimas cualidades de ese polvo internándose por entre las raíces de una Bletia verecunda o Lupulina nova para subir y trasladar, poco a poco, a las venas de sus hojas y tallos, como una sangre asombrosa, el recuerdo de sus sobresaltos, de las dichas y los temores que durante años le llenaron el corazón y la cabeza, y evitar así que desaparecieran para siempre. 

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Unas hojas caídas se movieron a mi izquierda y, al levantar de nuevo los ojos, sentí que la luz de la tarde había dejado de avanzar. Como no vi de inmediato ni el jeep ni a Guillermo, tuve la impresión física, amenazante, con un leve mareo, de quedar atrapado en los límites de un punto donde el tiempo ya no estaba; al pie de un prado, accidentado y seco, donde ya no ocurrían las cosas y no había manera de elegirlas, ni para bien ni para mal. Cuando pude moverme, caminé rápido para salir lo más pronto posible del pasto, como otro que escapara de las trampas de una selva oscura. 

Guillermo ya me esperaba en el jeep y, cuando retomamos la ruta hacia Bogotá, le pedí que me dejara en el supermercado a unas cuadras del apartamento. De ahí hasta el final del trayecto, nos mantuvimos en silencio. Más tarde, casi a medianoche, desistí del párrafo con el que pensé cerrar la carta a Tina, pues no supe cómo redactar todo lo que había imaginado durante la breve ronda en el cementerio. Empezaba a escribir y desembocaba, sin remedio, en frases predecibles, de una gravedad y una retórica que me sonaban falsas. Arropado entre las cobijas y con todas las luces apagadas, tuve la disparatada pero clarísima convicción de que no había sido durante esa tarde sino en una época lejana, en una oculta pausa de los días y en las coordenadas de una dimensión ilocalizable, cuando fui testigo de la silenciosa ofrenda de Guillermo.

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