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Diana Obando, escritora y ceramista y autora de Noche, Noche, Noche. Créditos: Reuters
Cultura

“Una cosa es pensar el campo desde la cabeza y otra desde el cuerpo, el cansancio, las goteras”: Diana Obando, ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica

Diana Obando, escritora y ceramista y autora de Noche, Noche, Noche. Créditos: Reuters

Diana Obando es escritora, politóloga y ceramista. Se inició como onironauta en la adolescencia y su estudio con plantas asociadas al sueño la llevó a la herbolaria. ‘Noche, Noche, Noche’, la obra con que ganó el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica, condensa todos estos mundos. Y deja en el lector una semilla de fascinación y de terror como lo hacen las grandes novelas. CAMBIO conversó con la autora sobre los sueños, la romantización del campo, su proceso de escritura y las visiones sobre el futuro.

Por: Juan Francisco García

Noche, Noche, Noche sigue la historia de Tomás y Sara, que han decidido instalarse en el páramo siguiendo la obsesión de domesticar una semilla selvática para hacerla brotar en la montaña. Los días transcurren entre las alegrías y las grietas de la vida en pareja en el páramo, cada uno lidiando con sus melancolías, hasta que Tomás sufre un accidente en una mano. El ungüento con uña de gato y borrachero que le da Sara para curarlo genera que los sueños se le filtren en la vigilia, diluyendo los contornos entre memoria, presente, vigilia, sueño y futuro. Esa suerte de fiebre onírica es la premisa de Diana Obando para indagar sobre la materia de los sueños, la violencia que vive atascada en nuestros cuerpos, las maneras de la imaginación y del cuerpo para sentir la sed de los árboles, los mensajes de la luz, el misterio y el terror de la naturaleza y de la vida. 

CAMBIO conversó con la politóloga y escritora, ganadora del Premio Elisa Mijica gracias a esta novela. Sus respuestas fueron generosas y así las transcribimos. 

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CAMBIO: ¿De dónde sale tu escritura, esa semilla que luego brotó en Noche, Noche, Noche?

Diana Obando: Yo creo que tiene que ver con una tradición oral muy fuerte que había en mi casa y que creo que es común en muchas familias colombianas. La oralidad es un componente muy importante en muchos contextos; lo que pasa es que ahora que habitamos las ciudades en los contextos urbanos es más difícil propiciar el despliegue de ese dispositivo que es la oralidad porque los espacios de atención y de silencio son más escasos. ¿Y de junte, no? Vivimos más desperdigados. 

Recuerdo mucho cuando era chiquita ir a las fincas de mis abuelos y de la familia extensa. Íbamos por ejemplo a una finca en Ibagué en donde durante mucho tiempo no hubo luz eléctrica, sino lámparas de aceite y gasolina. Allá, por aburrimiento, porque no había otras cosas a que acudir, quedaba la palabra: la palabra es económica, no necesita infraestructura. Ahí oía los cuentos de fantasmas y de duendes de mi abuela, que mucho tiempo después supe que eran verdad y estaban asociadas a matanzas y masacres.

CAMBIO: Tu novela me hizo pensar en Tomás González y esos personajes de la ciudad que se retiran al campo o al mar buscando algo... y terminan enfrascados en una especie de 'jardín del Edén' envenenado. Muy bello y a la vez aterrador. Libros que disputan la romantización del campo. ¿Va por ahí?

D.O.:  Yo sí que pienso mucho en Tomás y me gusta mucho la literatura que hace. Pero este libro está muy afincado en mi propia experiencia. Hace nueve años me fui de Bogotá para el Cauca con una idea muy romántica de lo que iba a hacer, con proyecto súper elaborados, iba a aprender partería con una partera del pueblo Misac, estaba pues súper en una… y no pasó un mes de estar allá cuando tuve un accidente, me caí y me volví mierda la espalda. 

Diana Obando 2.
Obando es también autora del libro de relatos Erial, editado por Laguna Libros. Foto: Lina Botero 

Siete horas estuve tirada en el piso por el dolor mientras llegaba la ambulancia. Finalmente, la persona que me ayudó como a acomodarme la espalda, porque se me desacomodaron unas vértebras, fue un sobandero de la vereda. Y fue todo menos un proceso romántico con el curandero: una cosa súper pasada por el cuerpo, muy dura, atravesada por la precariedad de no poder asistir a nada más y este señor que ni me hablaba, no me explicaba nada, simplemente hacía. Un nivel de vulnerabilidad muy profundo. 
Lo que se desnudó fue que a pesar de que vengo de una familia campesina, y pasé mucho tiempo de la infancia en el campo, yo no soy campesina. Se desnudó esa pusilanimidad frente a lo que realmente demanda el campo en términos de cuerpo. Es muy chimba pensar el campo desde la cabeza, pero otra cosa es desde el cuerpo, el cansancio, las goteras… duré un año recuperándome de esa caída, sosteniendo una casa que ya no podía sostener. 

Entonces, sí, respondiendo a la pregunta: me interesaba crear personajes muy falibles, muy patéticos en su esfuerzo de dominación y de la pretensión de hacer del campo un jardín. 

CAMBIO: En Noche, Noche, Noche, los sueños son muy importantes. Pero los sueños en la literatura son un tópico, muchas veces un atajo que quita más de lo que aporta. ¿Cómo fue trabajar con los sueños y lograr que fueran una materia viva, aterradora y liberadora para los personajes?

D.O.: Esto que preguntas fue lo más difícil del proyecto de la novela. Durante los 10 años que duré escribiéndole tuvo muchas versiones. Y había veces en los que llamaba a mi editora Alejandra Algorta y le decía que no iba a ser capaz de lograr lo que quería. La novela se iba por muchos lados mal, que no funcionaban. 

Fue muy difícil encontrarle sentido a que la materia de los sueños tuviera sustento y fuera el medio propicio para que lo estaba camellando narrativamente. En algún momento me puse fue a escribir una novela sobre mi oficio de onironauta y entonces los sueños se tragaban la literatura. Hasta que finalmente llegué a la conclusión de que estaba haciendo un libro sobre el sufrimiento. 

Y lo sueños empezaron a permitir apalabrar el sufrimiento, el apego al sufrimiento, y esa diferencia entre el dolor y el sufrimiento. Indagar en esa máxima budista de que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es una elección. Así los sueños, por mi propia experiencia, permiten ir entre cuerpos y entre tiempos y dar cuenta de la patética dimensión del dolor individual, del sufrimiento individual, y aterrizarlo en una proporción mucho más justa. Eso me permitió trabajar más compasivamente. Y hacer que los personajes entren a otros cuerpos y se conmuevan con un árbol sediento…

Diana Botero, escritora, ceramista y politóloga. Foto: Lina Botero
Además de la ficción, su trabajo se centra en liderar proyectos de escritura y creación colectiva dirigidos a gestar memoria histórica. Foto: Lina Botero

Pero fue un trabajo durísimo en el que yo estaba con mis vasijas en las manos sin querer que los sueños se convirtieran en cualquier cosa, en cerdos volando, pero a la vez sabía que todo eso se tenía que regar en algún punto. La voz de mi editora fue muy linda para igual terminar regándome. El último sueño de Sara lo escribí oyendo por horas cantos tibetanos. Alejandra me llamó y le dije “¡Estoy chumadísima!”. Y ella me dijo que sí, que era el último, que me chumara (risas). 

CAMBIO: Leyendo el libro me acordé de un sueño que me sigue acompañando de cuando era niño y en el que unos tanques de guerra entraban al conjunto en el que pasé mi infancia. ¿Te interesaba explorar lo enquistada que está la violencia en nuestro campo onírico y esa proximidad entre el sueño y el trauma?


D.O.:  Sí me interesaba, pero también me interesaba decir que hay un punto en el que uno tiene que dejar de escarbar.  O sea, sí, si uno tiene la nariz del abuelo, por supuesto que también tiene una memoria genética, que implica también una memoria de eventos. Puede ser que no explícitos, no literales, pero la memoria está ahí, el cuerpo recuerda.

En mi caso estuve trabajando mucho tiempo con uno de mis sueños recurrentes en el que veía cómo era la muerte de mi bisabuelo. Pero también llegué a un punto de, bueno, listo, chimba, esto fue así, ¿y qué? Siento que en ciertos discursos de la sanación y también en ciertos discursos de la memoria, esta se trata como si fuera un horizonte por sí mismo. Pero uno recuerda para el hoy, ¿no? Y también incluso para rearmar el pasado y el futuro: desde el hoy se puede volver a montar eso que fue. 

Entonces con el personaje de Tomás lo que quise fue volver a ese lugar en el que estuve en algún momento en el que me engolosiné con el dolor. Ese momento de regocijarme en el descubrimiento de esa violencia de la que uno viene porque esto nos da permiso para hacer cosas, justifica nuestra propia monstruosidad. Y permite quedarnos ahí, no hacernos responsables… 

CAMBIO: Los sueños de Tomás y de Sara los llevan al pasado, pero también al futuro. ¿En tú experiencia has habitado el futuro?

D.O.: (Risas). Suena chistoso, pero sí. Porque es raro, el futuro es más borroso. Con los años aprendí a distinguir la cualidad de sueño que corresponde al futuro. Y lo que me pasa es muy loco, es una cosa con la luz, o sea como que lo primero que se aclara o lo primero que se espesa es una cierta cualidad de la luz. 

No sé cómo explicarlo, pero en Bogotá hay una luz que no hay en otra parte. Popayán tiene una luz que es su luz, igual pasa con Cali. Entonces lo primero que me pasa en estos sueños es cuajar la luz de un lugar en el que voy a estar y luego, una vez se estabiliza esa luz, recibo la información. No se da a través de hechos o anécdotas, sino de impresiones emocionales que me develan cosas que he hecho: criar a un hijo, o cuidarlo porque está enfermo. 

Es muy chévere porque ayuda a desfijar, a no dar por hecho esto que soy ahora, y saber que puedo ser otra después.

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