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Gozar leyendo con Cambio: un elogio a la pereza
Cultura

Gozar leyendo con Cambio: un elogio a la pereza

Darío Jaramillo Agudelo analiza ‘Pereza para todos’, una novela que cuenta la historia de un economista que escribe un ‘best-seller’ y llega a ser candidato a la presidencia de Francia. Pero el libro es más que la novela, ya que transcribe apartes del ensayo que lo llevó a ser tan popular. Es un ensayo sobre la pereza

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Hadrien Klent, Pereza para todos

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Pereza para todos es, primero que todo, una novela. Un relato de ficción con personajes inventados. El protagonista principal es un investigador cuarentón, divorciado, con dos hijos mellizos, todavía niños para los tiempos de la historia que relata. Un tipo muy prestigioso, ganador del Premio Nobel de economía. Se llama Émilien Long y vive en Marsella. La historia que cuenta esta novela comienza cuando la editora de sus libros le pide a Long que escriba un texto de interés general, no para conocedores, sobre las materias de su especialidad. Long acepta. El libro se convierte en un superéxito de ventas y en material de debate tan extensivo, que Long se convierte en candidato a la presidencia de Francia. Primero, en ese lote de candidatos sin ninguna posibilidad. Luego, la candidatura va creciendo y creciendo hasta el punto de pasar las elecciones primarias y quedar enfrentado a la candidata del gobierno para la elección final. La novela termina contando el resultado de esa elección, resultado que me niego a contar. ¿Queda de presidente de Francia?, ¿no queda, pero…?

Lo que acabo de resumir en un párrafo es apenas un marco formal al que se le sobrepone un muy jugoso ensayo sobre las materias del libro y de la campaña presidencial de Long.

Antes de referirme a la sustancia ensayística de este libro, debo contar que su autor firma con el nombre de Hadrien Klent, seudónimo de Raphaël Meltz, un escritor francés (Marsella, 1975). Esta novela fue traducida por Mateo Cardona Vallejo.

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El fundamento del ensayo que le cambia la vida al protagonista de esta novela es que el hombre no vive para trabajar sino que trabaja para vivir: aquí, el trabajo deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio –no el único, no el más importante– para lograr el verdadero fin, que es vivir, vivir felizmente, sin acosos y sin acasos.

El lector de la novela tiene la oportunidad de leer varios capítulos del best seller de Long, capítulos entremezclados con el rumbo que toma su vida, su metamorfosis de super star de la economía y Premio Nobel en candidato a la presidencia de Francia. El libro de Long se titula El derecho a la pereza en el siglo XXI. Antes y, fiel al título, comienza citando el antecedente más explícito de ese título, el texto de Paul Lafargue El derecho a la pereza (1880): “una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde reina la civilización capitalista. Esta locura arrastra consigo las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión mórbida por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo o de su progenie. En lugar de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo (…). El trabajo sólo se convertirá en un condimento para el placer de la pereza, en un ejercicio beneficioso para el organismo social, cuando esté sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas”.

La historia de la semana laboral en Francia: “En 1848 la semana laboral era de ochenta y cuatro horas. En 1900, la semana laboral se redujo en la industria a setenta horas (...). En 1919, justo después de la Primera Guerra Mundial, la semana se fijó en cuarenta y ocho horas (...). En 1936: cuarenta horas (...). En 1981 la semana queda en treinta y nueve horas (...). En 1998, treinta y cinco horas. Yo propongo reducirla a quince horas, ¡una reducción del cincuenta y siete por ciento! En otras palabras, ¡la mayor reducción de la historia!”, dice Long.

Al respecto, el primer capítulo del ensayo de Long añade que “aunque en Francia la semana laboral legal es hoy en día de treinta y cinco horas, en lugar de las ochenta y cuatro horas como era el caso cuando [Lafargue] escribió estas líneas, poca cosa ha cambiado en nuestro mundo actual (con la excepción de los niños, que por fin tienen protección, al menos hasta los dieciséis años, por lo menos en Francia). Sí que podemos decir: desde hace tres siglos, esta extraña locura del amor al trabajo tortura a la triste humanidad (…). Demostraré que es perfectamente posible elegir estas tres horas al día, es decir, quince horas a la semana, como tiempo de trabajo legal. Tres horas de trabajo ‘capitalista’ o ‘productivo’ (...) al día y nada más. El resto del tiempo es para la vida (…). Es posible cambiar radicalmente las prácticas en materia de tiempo de trabajo en nuestro país sin dañar ni su competitividad ni su protección social, preservando al mismo tiempo, o incluso reforzando el tríptico de nuestro lema que parece, hoy más que nunca, pertinente. Libertad, Igualdad, Fraternidad. A estos tres términos esenciales, yo añadiría un cuarto, y de repente el lema de la república francesa parece aún más perfecto: Libertad, Igualdad, Fraternidad, Pereza”.

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El salto es abismal. La pereza pasa de ser un pecado capital a convertirse en una virtud cívica. Para esto, Long cambia el significado: “La pereza, pues, no es vagancia, ni molicie, ni depresión. La pereza, seamos claros, es algo muy distinto: es construir la propia vida, el propio ritmo, la propia relación con el tiempo, dejar de estar sometido a él”.

Hace siglos, el trabajador era un esclavo y los cambios en los siglos XVIII y XIX acabaron con los esclavos. Y la gente pasó a tener un tiempo libre, añadido al trabajo asalariado en más de la mitad de sus horas de vigilia. Ya no había hombres esclavos sino, interpreto a Long, tiempo esclavo.

“Pereza significa, en el siglo XXI –escribe Long–, tener tiempo para cuidar de uno mismo, de los demás y del planeta: significa preocuparnos por fin de las cosas esenciales para el buen funcionamiento de una sociedad. Significa renunciar al individualismo, al egoísmo y a la destrucción metódica de nuestro planeta. E incluso replantearse: plantearnos de nuevo cada día la cuestión de lo que somos, de lo que queremos hacer, de lo que debemos hacer (...). Sólo se tiene una vida: la que se está viviendo ahora mismo, hoy, ya mismo. (...). Es tu vida: no puedes perder el tiempo intentando ganártela. Es hora de vivirla”.

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Long cita a algunos autores que han hecho planteamientos en la misma dirección que la suya: Rimbaud, Breton en un artículo titulado “Guerra al trabajo” y en Nadja, Louis Aragon. “Estos escritores no quieren trabajar, [pero] no tienen ninguna solución que proponer para los demás. No conciben un modelo global de sociedad en el que cada cual encontraría un lugar de ‘no trabajo’. Pero una solución en la que solo unos pocos privilegiados pueden no trabajar, aunque sea bonito que esos pocos privilegiados sean escritores y no capitalistas, sigue siendo para mí un fracaso”, dice Long y agrega que, luego de éstos, vino el Comité Invisible a proclamar que “trabajar hoy tiene menos que ver con la necesidad económica de producir mercancías que con la necesidad política de producir productores y consumidores, de salvar por todos los medios el orden del trabajo”, es decir, añado con mis palabras, liberar las horas esclavas.

Hacia 1931, Bertrand Russell publicó su Elogio de la ociosidad, donde dice que “la técnica moderna ha permitido reducir considerablemente la cantidad de trabajo necesaria para procurarle a cada cual lo indispensable para vivir”, y señala que si después de la guerra de 1914-1918 la jornada laboral hubiera quedado en cuatro horas “todo habría ido muy bien, pero volvimos al viejo sistema caótico en el que aquellos cuyo trabajo era necesario tenían que trabajar largas jornadas mientras se abandonaba a los demás al desempleo y al hambre”. Esto se debe, dice Russell, “a que los pobres tengan tiempo libre siempre ha escandalizado a los ricos”. En apoyo a esta idea, recuerdo la Teoría de la clase ociosa, de Veblen (no citada en este libro), según la cual la manera de mostrar que eres rico es exhibiendo tu ociosidad.

“Russell concluye explicando que ‘al trabajar cuatro horas al día, un hombre debería tener derecho a las cosas indispensables para vivir con un mínimo de comodidad, y debería poder disponer del resto de su tiempo como mejor le parezca’. Su conclusión, lapidaria, sigue siendo optimista: nuestra sociedad (...) ha elegido ‘el exceso de trabajo para unos y la miseria para los demás: en esto hemos demostrado ser muy estúpidos, pero no hay ninguna razón para perseverar indefinidamente en nuestra estupidez’. Repito: no hay ninguna razón para perseverar indefinidamente en nuestra estupidez”.

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Otro autor que Long cita en apoyo de su teoría es completamente inesperado: John Maynard Keynes, quien publicó un texto en 1930 titulado Posibilidades económicas para nuestros nietos: “Keynes entiende que ‘la humanidad está en vías de resolver su problema económico’. Contrariamente a los ataques de ‘pesimismo económico’ que asolaban a los investigadores de su época, pintó un panorama halagüeño del siglo venidero. Y predijo que ‘el nivel de vida que disfrutarán los países más dinámicos será entre cuatro y ocho veces superior al actual’; ahora bien, nuestro PIB actual es precisamente cuatro veces superior al de hace un siglo… Para Keynes lo que hasta entonces había sido el principal problema de la especie humana, la ‘lucha por la subsistencia’, no será ya lo ‘primordial’ o ‘acuciante’. En otras palabras, ya no será necesario esforzarse en la tarea de satisfacer las principales necesidades de la humanidad. Los hombres lograrán ‘llevar a cabo todas las operaciones agrícolas, mineras e industriales necesarias con solo una cuarta parte del esfuerzo humano que hemos estado acostumbrados a dedicarles’ (...). Tasa en tres horas diarias esta necesidad que habrá que seguir satisfaciendo”.

“Keynes termina su texto diciendo que está ‘encantado de ver, en un futuro no muy lejano, el mayor cambio que jamás haya tenido lugar en las condiciones materiales de la vida humana en su conjunto’. Y, sin embargo, ese gran cambio no se ha producido. Nuestras sociedades son cuatro veces más ricas que hace un siglo, pero siguen trabajando igual de duro… ¿Por qué? Por una razón muy sencilla. Las ganancias de productividad, que fueron enormes a lo largo del siglo XX, elegimos fingir que no existían. Como si no las viéramos. En lugar de reducir el tiempo de trabajo para producir lo mismo en menos tiempo, hicimos lo contrario: dejamos que la gente trabajara lo mismo, o casi lo mismo, y por tanto, mecánicamente, produjera mucho más. Obviamente esto le convenía a los capitalistas, que obtienen cada vez más beneficios; pero evidentemente, por el otro lado, los asalariados aceptaron ser cómplices de esta elección (...). No hay más que ver lo que nos rodea en nuestros apartamentos y casas. ¡Cuántos objetos! ¡Cuánta comida! ¡Cuántos servicios! En lugar de dividir por cuatro el tiempo de trabajo, hemos multiplicado por cuatro nuestras necesidades”.

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La reducción de la semana laboral tiene una profundidad que va mucho más allá del mero fenómeno cuantitativo que enfrenta un tiempo libre que crece en detrimento del tiempo esclavo: “El tiempo de trabajo tiene que acompañarse con un discurso de igualdad social y de reparto de recursos”. La sociedad será otra: “una sociedad que rechaza el productivismo, que rechaza la destrucción de la naturaleza, que rechaza la huida hacia adelante. Una sociedad en la que la gente pueda respirar, en todos los sentidos de la palabra: respirar un aire mejor, aire menos caliente, menos contaminado, y respirar porque tiene tiempo fuera de trabajo para vivir”.

Los franceses tendrán sus defectos, pero también poseen unas cualidades que se pueden potenciar y convertir en el eje de una convivencia mucho más apacible, más igualitaria, menos acosada por las prisas, menos enferma de nuevas necesidades inventadas por los vendedores para aumentar los consumos. Los franceses “donan siete mil quinientos millones de euros al año a obras de caridad, forman clubes de debate para compartir sus lecturas, son filántropos o bomberos voluntarios, el uso de la bicicleta va en aumento, las huertas y los jardines compartidos se multiplican al igual que las tiendas ecociudadanas, los centros de reciclaje y los centros de intercambio surgen por todas partes”.

Más adelante dice: “¡Nuestro país es demasiado rico! ¡Rico en demasiados pobres, excluidos, personas sin techo! Está construido sobre un modelo invertido donde la pobreza parece ser el error y la riqueza el éxito. ¡Pero no hay éxito que se construya a lomos de los demás (...)! La resistencia hoy es contra un enemigo que no siempre tiene rostro; que a veces tiene nuestro propio rostro; a veces somos nuestro propio enemigo, por un sistema que desaprobamos pero que padecemos; pero también podemos ser nuestro liberador, de colaboradores pasar a resistentes”.

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Supuesto lo anterior, el Premio Nobel, ahora candidato a la presidencia, se presenta como un optimista: “La revolución que espero en el siglo XXI, primero en Francia y luego en el resto del mundo, es una revolución pacífica en la que, al disminuir la obligación de trabajar, la sociedad en su conjunto se pone en movimiento: al liberar el tiempo, liberamos realmente la posibilidad de que la gente haga cosas, se dedique a cosas. De ahí, un aumento sustancial del voluntariado, del deporte, de la jardinería, es decir, un aumento del bien que le hacemos a los demás, a nosotros mismos y a la naturaleza. Un descenso de las enfermedades laborales, el uso de antidepresivos, del cáncer”.

Y hay un conjunto de finalidades y de postulados que, dentro del capitalismo, se consideran virtudes y que con la nueva visión pasan a significar lo contrario: “El siglo XX solo buscaba medir el crecimiento y sus efectos secundarios en una ceguera delirante en la que la producción de misiles atómicos o la destrucción de un bosque primario, aumentaban el PIB al tiempo que destruían a las personas y a la naturaleza”. Al respecto, dice más adelante: “basta de fingir, de fingir que somos un país feliz y pacífico, cuando en realidad somos un país desubicado, un país deprimido. Un país donde las clases medias se sienten pobres, los pobres se sienten excluidos y los excluidos ya ni siquiera saben si existen. Creo que los franceses necesitan volver a darle sentido a sus vidas. Y eso significa trabajar menos. Huir menos de la vida. Tener los pies en la tierra y contar con algo más que la combinación de trabajo y consumo”.

“El siglo XXI, y en particular desde la pandemia del covid-19, parece aceptar una forma más sutil de medir la evolución del mundo. En esta ecuación (...) el tiempo de trabajo puede ser de quince horas semanales sin el menor perjuicio para la economía en su conjunto, es decir para todo el arco formado por: la salud, la salud mental, el estado de ánimo, la productividad, la producción”. “Para inventar la vida hay que empezar por el tiempo libre, no por el trabajo”.

Y precisa: “El derecho a la pereza en el siglo XXI no consiste en no hacer nada, sino en hacer las cosas al ritmo adecuado, un ritmo en el que escuchemos nuestras verdaderas necesidades”. Se aspira a “una sociedad en la que el trabajo se convierta en un componente de la vida, en lugar de su centro”.

Uno de los personajes de la novela anota al respecto: “Recuperemos el tiempo. Liberémonos. ‘El trabajo es la mejor policía’, decía Nietzsche. ‘Cuando más trabaje mi pueblo, menos vicios tendrá’, creía Napoleón. El trabajo es una forma de control y la sociedad del trabajo es una sociedad encorsetada a la que se le impide desplegarse. Hay que tomarse un tiempo para pensar, para inventar, para crear (...) tres horas de trabajo al día y las demás nos alimentarán, esta vez espiritualmente. ‘El alma adora nadar’, como diría Michaux (...). El derecho a la pereza no es el derecho a nada. Es el derecho a todo. ¡A todo!”.

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La parte novelística de este libro tiene un desarrollo lineal cuya línea de tiempo está determinada por la campaña presidencial de Long. Los miembros del comité de campaña son ocho, todos distintos entre sí, todos colaborando con su objetivo (todo hay que decirlo: colaborando por mucho más que tres horas diarias), gente con humor y con mística, hombres y mujeres vulnerables, inteligentes, atractivos. Un año de campaña, desde ser un movimiento inexistente, hasta crecer y crecer en adeptos, cuestión que los lleva a superar las elecciones primarias y llegar a las elecciones contra una candidata del gobierno. Lectura deliciosa, a más de persuasiva de ideas que llevan al lector a desear que sean las ideas que rijan el futuro de la especie del bípedo implume.

Hadrien Klent
Pereza para todos
Universidad Nacional de Colombia

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