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Cultura

Gozar Leyendo con CAMBIO: historia de una obsesión por Alejandro Magno

'Alejandría', de Edmund Richardson, cuenta las peripecias de Charles Masson, un aventurero que recorrió medio mundo en una búsqueda obsesiva de las huellas que dejó Alejandro Magno, en una época en la que casi nadie salía del lugar donde nació.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

James Lewis nació en Londres el 1° de febrero de 1800. “Desde niño Lewis supo que Gran Bretaña no trataba bien a las personas como él. Para sobrevivir en Londres hacían falta dinero y vínculos familiares, o unas reservas absurdas de rabia y astucia”. Por eso mismo, se hizo soldado de la Compañía de las Indias Orientales y así emigró a Asia. Pero no aguantó los maltratos y desertó el 4 de julio de 1827: “Aquel día, mientras dejaba Agra atrás, no podía imaginar que se estaba embarcando en uno de los relatos más increíbles de la historia. Mendigaría al pie de carreteras y tomaría el té con reyes. Viajaría con santones y se convertiría en un maestro del disfraz. Vería cosas que ningún otro occidental había visto antes, y que pocos han atisbado desde entonces. Y, paso a paso, dejaría de ser un soldado cualquiera para convertirse en uno de los mayores arqueólogos de su época. Terminaría su vida dedicado a buscar las huellas de Alejandro Magno”.

“Había pasado a ser un indigente, un extraño en el corazón de Asia, desconocedor del idioma –cosa que me habría sido utilísima– y expuesto en todo momento por el color de mi piel’. Lewis afrontaba un peligro aún mayor, sin embargo: la Compañía de las Indias Orientales. En cuanto descubrieron su ausencia, difundieron su descripción por toda la India mucho más rápido de lo que él podía avanzar. Los pueblos, las guarniciones, y los funcionarios de frontera estaban todos alertas. Además, la vasta red de espías de la Compañía se deleitaba cazando desertores y entregándolos a la justicia militar. Si lo atrapaban, lo azotarían hasta dejarlo medio muerto, lo revivirían, y lo seguirían azotando. O puede que lo ejecutaran de algún modo especialmente desagradable. La Compañía era famosa por atar a sus soldados indios a las bocas de los cañones y hacerlos, muy literalmente, pedacitos. Igual solo lo ahorcaban, pero eso era poco consuelo. Fuera como fuese, los pájaros que rondaban los patíbulos de la Compañía lo estarían esperando”.

“La Compañía de las Indias Orientales había nacido como una empresa mercante cuyos barcos cubrían la ruta entre Gran Bretaña y Oriente. Pero, impulsada por el miedo y la avaricia, se fue expandiendo gradualmente más allá de sus enclaves comerciales costeros, acosando, chantajeando y derrocando uno tras otro a los gobernantes locales. Horace Walpole se refirió a la Compañía como ‘una panda de monstruos’ en la década de 1770, pero por aquel entonces, la cosa acababa de empezar. En la de 1820, la Compañía era ya una fuerza dominante en la India. Ninguna multinacional de nuestros tiempos podría equipararse a ella en su punto más álgido. La Compañía contaba con un ejército propio gigantesco. Con espías en todas partes. Fue la mayor traficante de drogas que ha existido en la historia: exportaba cada año toneladas de opio. Sólo le importaban los beneficios. Era la diosa del capitalismo”.

Para Lewis, huir consistía en evadir a la Compañía de Indias Orientales, pero durmiendo al pie de los caminos, aguantando hambre, “su única esperanza era cruzar la frontera y quedar fuera” de su alcance, “así que se internó en el gran páramo del desierto de Thar, sin agua, sin un plan b y sin mapa”. Y llegó al otro lado, a Pakistán, a Lahore, donde llegó muy maltrecho y con otro nombre: ya no se llamaba James Lewis –desertor de los ejércitos de la Compañía de Oriente–; ahora se hacía llamar Charles Masson. Todavía eran tiempos con un uso muy limitado de la fotografía, un tiempo sin huellas digitales, un tiempo en que viajar era una aventura y la mayoría de la gente vivía en un lugar de donde nunca saldría: todo esto facilitaba cambiar de nombre, cambiar de lugar de origen, cambiar de oficio.

En Lahore estaba un estadounidense que trabajaba para la Compañía de Indias Orientales pero mucho más corrompido que la misma compañía, Josiah Harlan. Harlan decidió no denunciar a Masson sino reclutarlo para un pequeño ejército que estaba armando para ponerlo a las órdenes del rey exilado de Afganistán, que quería recuperar su trono.

Fue Harlan quien contagió a Masson su obsesión por Alejandro Magno, “el chico de las montañas que con solo diecisiete años reinaba ya sobre la mayor parte del mundo conocido. El general que guio a sus ejércitos más allá de adonde osaban ir los dioses. El soñador cuyos sueños se hicieron realidad. A Harlan le traían sin cuidado los aspectos más sutiles de su visión política, y también las intrigas entre los griegos y los persas o los oráculos de dioses lejanos. A él le interesaban las ciudades de Alejandro: ladrillo y argamasa”.

“En la cima de su poder, Alejandro construyó una ristra de ciudades de punta a punta del mundo, de Egipto a Asia Menor, cruzando el interior del imperio persa hasta las llanuras de Asia Central y las montañas de Afganistán. A todas las bautizó en su honor: Alejandría. Además de la Alejandría de Egipto, que todo el mundo conoce, había otras muchas desperdigadas por el imperio de Alejandro, más de una docena. En ellas, los persas se encontraban con los afganos, los dioses griegos se transformaban en hindús y las sedas chinas viajaban hasta Roma. Las ciudades de Alejandro fueron su mayor legado .

El ejército de Harlan se disolvió y Masson emprendió viaje a Afganistán, ya bajo su obsesión alejandrina. Era una aventura casi imposible. Sin dinero, sin idioma, sin oficio, buscado por la Compañía. Todo parecía en contra. Tropezó con ladrones, con farsantes, con fanáticos religiosos. En cierto momento, entre las montañas semidesérticas, “Masson estaba un paso de la muerte. Un viento frío soplaba desde las montañas y no había conseguido encontrar ni comida ni un refugio donde pasar la noche. Aterrado y medio desnudo, temblando de frío y absolutamente solo, se preguntó si llegaría con vida al amanecer”.

“A Masson lo atenazaba una obsesión creciente: no por sobrevivir, o por escapar de la Compañía de las Indias Orientales siquiera, sino por Alejandro Magno. Era difícil cruzarse con alguien que no tuviese una historia: el rumor de unas ruinas antiguas más allá del horizonte, la maltrecha moneda de plata que llevaba un niño colgada a cuello, un hombre que afirmaba descender de Alejandro Magno”. Sobre éste, “los datos son escasos. Alejandro nació en 356 a. de C.; hijo de Filipo II, rey de Macedonia, y fue pupilo del mismísimo Aristóteles. A los veinte años, tras el asesinato de su padre, Alejandro subió al trono. Dos años después, condujo a su ejército al este y penetró al Imperio persa. En términos estratégicos, fue como si Bélgica decidiera invadir de Rusia: ya no una temeridad, sino un simple suicidio. Persia era la super potencia mundial, contaba con ejércitos gigantescos y unas arcas aparentemente sin fondo. Pero Alejandro se hizo con el control del Imperio mediante una serie de campañas portentosas. Ganó todas y cada una de las batallas que libró, hasta en las peores circunstancias. Finalmente derrocó a Darío III, rey de reyes, y se proclamó Señor de Asia”.

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Alejandro “fundó ciudades allí adonde fue: el antiguo historiador Plutarco sitúa la cifra nada menos que en setenta, otros la dejan en poco más de una veintena”. Todas se llamaban Alejandría: “en 1831, había un acuerdo en dos puntos: no se había encontrado prácticamente ninguna de estas Alejandrías, y dar con ella supondría un logro revolucionario”.

Masson llevaba cinco años dando vueltas por India y Paquistán, fingiendo ser mago, fingiendo ser médico, fingiendo ser norteamericano, fingiendo ser, aunque lo fuera, inglés, fingiendo ser un devoto mahometano, cuando su obsesión le otorgó una identidad y le puso un destino: ya había mentido diciendo que había descubierto una Alejandría, cuando decidió instalarse en Kabul. Allí llegó el 9 de junio de 1832 con el propósito de seguir las huellas de Alejandro.

El 10 de septiembre de 1832 se le presentó a Masson la oportunidad de ir a Bamiyán a unos 250 km de Kabul. El camino entre montañas, casi al llegar, estaba circundado de “precipicios pavorosos”. Pero valió la pena. La cosa comenzó con dos estatuas de Buda: “aquellos Budas gigantes tenían casi 1500 años. El más pequeño, de unos 35 metros de alto, se construyó a mediados del siglo VI antes de Cristo. El más grande, que se alzaba hasta los 53 metros de altura, se le sumó medio siglo después (...). Estaban pintados de colores vivos y estridentes –rojo fuego el más grande, blanco deslumbrante el pequeño–, y estaban decorados de un modo… profuso y resplandeciente (...). Masson asomó a la luz sobre la cabeza del buda y vio un mundo más hermoso, y más extraño, de lo que había osado imaginar jamás (...) Allá donde miraba veía cúpulas, intrincadas tallas y pinturas de una belleza inconcebible. Aquello no era un paisaje anecdótico de la historia. Era toda una civilización perdida desconocida para los estudiosos occidentales. Era como ver color por primera vez. Comprendió que allí, en Afganistán, había un mundo entero de maravillas esperando ser descubiertas. Masson estaba obnubilado (...). En ese momento, contemplado Bamiyán desde allí arriba, supo que quería contar la historia de Afganistán. No sabía cómo, pero sí que ‘estaba apenas a las puertas del descubrimiento’. Por dentro, sin embargo, le daba brincos el corazón”.

Tras cinco años de fingir ser afgano, hindú, paquistaní, inglés, gringo, alemán; tras simular ser un derviche, un médico, un viajero; tras tantas mentiras, él mismo, ahora, descubría su propia verdad: “Masson tenía ahora la mentalidad de un arqueólogo, no de un viajero. Ya no se conformaba con ver el mundo: quería descubrir lo que se ocultaba bajo la superficie. Deseaba conocer sus secretos”. Todo se confirmó cuando fue a Bagram, a unos sesenta kilómetros de Kabul. De Bagram se decía que había sido unas de las Alejandrías fundadas por Alejandro por la cantidad de monedas halladas allí. Al principio, le negaban a Masson que tal cosa fuera cierta, que “nadie había encontrado nunca monedas antiguas por aquellas tierras”. Hasta que alguien demostró una magullada y abollada moneda de cobre. Y cuando Masson, en vez de quitársela –que era lo que todos temían– se la compró, la gente ya se le apareció con bolsas repletas. Él no tenía modo de comprar muchas: “tuve la satisfacción de adquirir unas ochenta monedas de una clase que me invitó a anticipar magníficos resultados en el futuro”. Bagram pasaría a ser el escenario principal de sus investigaciones.

Anota Richardson que “las técnicas de excavación del propio Masson harían palidecer horrorizado a cualquier arqueólogo moderno. Hace mucho que los picos y la fe fueron reemplazados por geo radares y pinzas. Pero en comparación con muchos arqueólogos del siglo XIX, Masson era meticuloso. Décadas más tarde, Heinrich Schliemann excavaría el yacimiento de la antigua Troya con dinamita (...). Sus hallazgos se multiplicaron. Antes del comienzo del invierno había acumulado ya mil ochocientas sesenta y cinco monedas de cobre, así como unas cuantas de plata, y un buen número de anillos, sellos y demás reliquias. Había avanzado mucho: de falsear sus propios diarios a catalogar con esmero cientos de monedas; de sus primeros esbozos borrosos a esos cuadernos de Bagram llenos de detalles concienzudos (...). tanto si Bagram era Alejandría como si no, afirmaba, era un lugar formidable esperando a revelar sus secretos, una segunda Babilonia”.

Hay un momento en que Masson es ya muy reconocido, tanto, que la Compañía de Indias Orientales accedió a financiar sus excavaciones (de algún modo, esa era una manera de tenerlo bajo control, es decir, en este caso, bajo amenaza). “La civilización que Masson había encontrado no era ni griega ni afgana. No era ni pagana ni budista. Era todas esas cosas. Era una cultura que no encajaba en ninguno de los libros de texto”. En muchas monedas había inscripciones en un idioma desconocido, hasta dio con una que tenía textos en griego por una cara y su traducción al idioma ignorado por el otro. Así comenzó a entender el idioma que le reveló que en Bagram empezó el imperio Kushán y pudo datarlo: en el siglo I después de Cristo gobernó en aquella región un rey budista y que “celebraba la fundación de su propia dinastía acuñando una moneda con inscripciones en griego y en karosti (...). Era apabullante: un mundo multicultural que superaba la imaginación de la mayoría de estudiosos del siglo XIX, donde había marfil de la India, monedas de la dinastía Tang, plata de Constantinopla y delicados sellos romanos tallados con ámbar rojo de la China (...). Masson había descubierto la encrucijada del mundo antiguo (...). Las noticias sobre los hallazgos de Masson se propagaron por todo el mundo (...). Las revistas hablaban de ‘los importantísimos descubrimientos del señor Masson (...). Se han localizado las ruinas de una gran ciudad a los pies de las montañas del Hindú Kush, que se supone corresponden a las de Alejandría (...) y los periódicos aplaudían al distinguido arqueólogo y naturalista, el señor Charles Masson”.

Al mismo tiempo, “Masson estaba enfermo y hundido en la miseria” y su papel ante la Compañía de Indias Orientales era demasiado ambiguo. En la práctica, espiaba para ellos a cambio de que no lo acusaran de desertor. Encima de todo, ya Kabul no era segura para los ingleses: “había estado muy cerca de resolver el misterio de Alejandría y ahora tenía que recoger sus cosas y marcharse (...) Aquellos días en Kabul habían sido los más felices de su vida. Cuando cruzó sus puertas en 1832 era un vagamundo con las manos vacías. Desde entonces había descubierto una ciudad perdida, desentrañado una lengua olvidada y visto el mundo con otros ojos. No tenía idea de cuándo podría regresar, ni de lo que le depararía el futuro”. Después de seis años, Masson salió de Kabul el 26 de abril de 1838.

Poco después, ya en la India, fue acusado de ser un espía ruso. Lo aprisionaron en las precarias y humillantes condiciones y sólo hasta 1940 logró librarse de un proceso completamente kafkiano. Al salir, gastaba sus horas escribiendo tristísimas cartas a los periódicos en las que “ponía en la picota” a la Compañía de las Indias Orientales: “Estoy decidido, en la medida de mis posibilidades, a reprochar la insolencia y la ruindad que ha animado a hombres malos o estúpidos a albergar sospechas sobre mi honor y honestidad”. Ya libre, se sentía solo y perdido, no tenía ni una rupia y las condiciones políticas no le permitían regresar a Afganistán. Además, “sus acusaciones contra la Compañía de las Indias Orientales no habían llegado a ninguna parte”.

Masson decidió regresar a Londres a fines de 1841. Su plan, que nunca pudo ejecutar, era conseguir fondos para volver a Afganistán. Sus amigos lo habían animado a escribir un libro sobre sus experiencias arqueológicas, pero sólo encontró editor hasta 1842 y nunca tuvo el éxito comercial en el que fincaba sus esperanzas de algún dinerillo. En 1844 se casó y viviendo siempre en la pobreza, el anonimato y las ansias de reconocimiento, murió en 1853 en el mismo Londres proletario donde había nacido.

Edmund Richardson es profesor en la Universidad de Durham. La traducción se debe a Inga Pellisa.

Edmund Richardson
Alejandría
Shackleton

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