Ir al contenido principal
photologuephotos2023-10foto_juan_ospina_bolisjpg
Cultura

Gozar leyendo con CAMBIO: “Más tareas no hechas”

Luis Miguel Rivas

'Más tareas no hechas', de Luis Miguel Rivas, es una colección de breves textos no muy fáciles de clasificar en los que el autor muestra su destreza para darles un ritmo narrativo a piezas casi siempre cargadas de humor que provienen de la oralidad.

Por Darío Jaramillo Agudelo

El primer libro que leí de Luis Miguel Rivas (1969), envigadeño nacido en Cartago, fue Tareas no hechas, armado con fragmentos de su blog, los que provocaron mi entusiasmo y mis elogios: “Se trata –dije– de una escritura que proviene de la oralidad pero que es consciente del ritmo narrativo de lo escrito; una escritura que puede hacer arte mientras deshace las frases hechas y emite juicios y cuenta en primera persona historias, escenas cotidianas de cosas que le han sucedido. Esto último lleva al lector desprevenido –y divertido– a una identificación con el yo del narrador, lo que abre las vías de un humor desopilante, crítico y, a veces, propenso a la carcajada”. En suma, pensaba que “Rivas posee una de las plumas narrativas más interesantes que hay hoy en Colombia, muy por encima de muchas de las celebridades inventadas por el mercadeo”.
En la nota del autor, que inicia este libro, define estos textos como “intentos de contar momentos –o más bien, de contar lo que pasaba adentro de la persona que atisbaba esos momentos”, cuenta que “son parte de una serie de textos que escribo desde hace varios años en lugar de hacer las cosas ‘más importantes’ que usualmente tengo que hacer”, e informa que existe una primera selección publicada en el arriba citado Tareas no hechas.
Y profundiza: “Mientras concebía los textos que aquí reúno no pensé en otro objetivo que el de atrapar instantes con palabras. Años después de escribir muchos de ellos, releyéndolos para compilarlos y organizarlos en este libro, recordé, descubrí, un propósito vago y mudo que subyacía en el comienzo de la escritura y que solo se realizaba al teclear cada punto final: el simple descanso de haber dicho”. Como se ve, Rivas logra ser, al mismo tiempo, lúcido y modesto. Porque en verdad, el gusto con que leí hace ocho años su primera selección, aumenta al leer esta segunda y me lleva a hacer un balance mental del que concluyo que hoy, entre la prosa narrativa que más me interesa en Colombia, está la de Luis Miguel Rivas.
Y lo muestra desde la primera de estas otras tareas no hechas, “Mi vida como sospechoso”, en la que el lector se descubre sonriendo, mejor poseído por una sonrisa mental, mientras Rivas desarrolla la idea principal: “Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, dada mi aura, supongo”.
Y confiesa: “Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas”.
Precisa Rivas que “hubo una época en la que la policía hacia redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso (…). ‘Se lo llevaron por intento de sospecha’, decíamos nosotros”.
Y termina: “A estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien les puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos”.
Ah, tengo que contenerme, pues apenas me he referido al primero de los 38 magníficos textos y ya me gasté una parte muy grande de una extensa reseña. Pero siguiendo con la crítica social, en la que el factor diferenciador de la gente es la riqueza que tenga y el verdadero dios es el dinero, Rivas inventa a un poeta, Leonardo Tangarife Urquijo y se presenta como ‘biógrafo y recopilador’ de su obra que aborda el tema por el lado del arquetipo de padre en la sociedad antioqueña. Y, freudianamente, invita a matarlo: “La falta de padre no fue obstáculo para que surgiera en mí la necesidad de matarlo (…) Me refiero al padre paisa, ese tirano doméstico y bien intencionado, que se somete a brutales sacrificios para traer a nuestro hogar la comida y el sustento, adobados con el acre sabor del sacrificio y la brutalidad con que fueron conseguidos; ese déspota que considera el cariño una mariconería, el sentido crítico un irrespeto, el ocio una sinvergüencería, a la obediencia un valor, a la imposición una virtud, a la marrullería inteligencia, a los pobres unos vagos, a los ricos unos prohombres, a la autodeterminación una altanería, a la duda una debilidad y al acto de expresarse una habladera de mierda. Ese padre: tendero, taxista, vendedor, supervisor, obrero, oficinista, comerciante; sumiso con los poderosos y arrogante con los débiles, que cumple con su mandato de formar hijos igualmente sumisos y arrogantes, verracos, echados pa’lante; ese bienintencionado motor de una sociedad que es un mal ejemplo para los niños; ese tirano, implantado en nuestro espíritu como un brete hecho de dinero y verraquera, que ejerce su poder desde una oficina, una fábrica o una tienda con la misma tosquedad con que su ancestro arriero empujaba mulas por caminos agrestes. A ese padre es al que muy humildemente vengo a invitarles a que matemos”.
Su más temprana juventud de barriada de Envigado lo lleva a contarnos de su íntima vocación rumbera y de su llegada a la escritura: “Con los años nos convertimos en las cosas concretas que podíamos ser de acuerdo con cada uno: obreros y tenderos y sicarios y técnicos de computadores y vendedores puerta a puerta y albañiles y mandaderos de mafiosos y borrachos y testigos de Jehová y bazuqueros y empleados de los que habían sido los niños de El Poblado y Laureles; de eso no me quejo, eso somos, así vivimos a nuestra manera y en medio de todo a veces no la pasamos tan mal”. Y más adelante: “La otra vez, por ejemplo, llevaba una semana tomando aguardientico desde por la mañana y metiéndome unos pasecitos a partir del mediodía y dándome unos plones cada tanto, una cosa tranquila, sin excesos ni vicios, como he visto que hacen algunos miembros de las familias más respetables. Hasta que me dio por parar. Qué problema. El purgatorio en carne y hueso. La angustia y el sufrimiento propiamente dichos. La pregunta metódica en tan urgente trance fue: ¿Si lo que me está haciendo daño es parar, por qué tengo que parar si no quiero parar? No me respondí que porque estaba destruyendo mi vida ni que si no paraba después iba a ser peor. Ni ninguna de esas cosas. –Tenés que parar porque no tenés plata y ya no te fían en ninguna tienda (…). Cuando por fin asimilé le realidad, el sufrimiento aumentó hasta transformarse en desazón suprema, en pavor sin límites, en la materialización de esos versos de Ciro Mendía: ‘no tengo perro ni gato, / La tormenta se avecina, /La soledad me asesina, / Veo en mi lecho alacranes / Veo en mi baño caimanes / Y un pistolero en la esquina’”.
Es ahí cuando aparece la escritura: “Un día las cosas empezaron a cambiar. Un proceso largo de trasteo y emoción el amoblado mental (…). Empecé por enfrentar la dicotomía trabajo-parranda, a través de la eliminación de uno de sus componentes: dejé el trabajo. O por lo menos el que realizaba. Cosa de entrada muy difícil, ya que una de las columnas del pensar vicioso es el ‘miedo a perder el trabajito’. Aterrorizado pero optimista dediqué el tiempo recuperado a lo que sabía que quería mi persona pero que nunca me atreví a tomar en serio: escribir (más que al acto de escribir, me refiero a un modo de vida que gira en torno a la posibilidad de hacer eso). A medida que iba escribiendo mis cosas sin afán ni pretensiones empecé a sentirme montado en un tren que por fin me correspondía, sin destino fijo, pero lleno de sentidos. Traté de que esa actividad fuera también mi manera de ganarme la vida, escribiendo cosas por encargo, asunto complicado porque el modo de pensar vicioso no le da mucho valor al hecho de juntar palabras si detrás no hay una ganancia factible. Pero, aparte de la economía, todo empezó a mejorar dentro de mí. Han pasado varios años desde eso. En estos días andaba en una de las parrandas que me pego ahora, de solo dos diítas, con cerveza, música de YouTube y uno que otro bareto. Cuando decidí parar. Quería levantarme despejado al día siguiente para seguir escribiendo la historia en la que he estado trabajando todo este año. Nada de conflicto. Solo el cuerpo pidiendo más alcohol. Pero era una vececita de niño malcriado al lado de esa voz contenta y llena de vida que me iba dictando la trama de la historia”.

mas_tareas_no_hechas.jpeg

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.

Suscribirme
Finalización del artículo

Lea los comentarios

Temas en este artículo

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales