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Óscar Hernández Salgar
Óscar Hernández Salgar.
Cultura

‘El fin de la técnica’, manifiesto contra el riesgo de ceder la imaginación

El escritor Óscar Hernández Salgar propone una reflexión sobre los impactos culturales de la Inteligencia Artificial, en el cual, más que preguntarse qué pueden hacer las máquinas, indaga sobre qué ocurre con los seres humanos cuando delegan en ellas parte de su capacidad de crear, imaginar y transformar el mundo.

Por: Jesús Bovea

Durante décadas, la tecnología se presentó como una extensión de las capacidades humanas. Cada avance parecía ampliar nuestro poder para comprender, intervenir y transformar la realidad. Sin embargo, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa ha introducido una inquietud inédita: por primera vez, las herramientas no sólo ejecutan instrucciones, sino que parecen tomar decisiones, producir contenidos y participar en procesos que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanos.
Ese es el punto de partida de El fin de la técnica: Ensayos sobre cultura e Inteligencia Artificial, el nuevo libro de Óscar Hernández Salgar. Lejos de las promesas tecnológicas y de los discursos apocalípticos que suelen dominar la conversación pública, el autor propone una reflexión sobre las implicaciones culturales, éticas y humanas de una tecnología que avanza a una velocidad superior a la de nuestra capacidad para comprenderla.

El título del libro encierra una provocación conceptual. Hernández Salgar juega con las dos acepciones de la palabra fin: el final de algo y su propósito. Según explica, la técnica ha estado históricamente asociada a la posibilidad humana de intervenir el mundo a partir de una intención consciente. Entre lo que se desea hacer y el resultado obtenido existía una relación relativamente clara de responsabilidad. “La aparición de sistemas de inteligencia artificial altera esa ecuación. Cuando una parte sustancial del proceso queda en manos de algoritmos cuyos mecanismos internos resultan opacos para la mayoría de las personas, se abre una distancia entre la intención y el resultado”. Para el autor, esa brecha implica una cesión parcial de la tecnología, es decir, de la capacidad humana de actuar deliberadamente sobre el mundo.

Una preocupación latente

La preocupación no es técnica sino cultural. Pensar la Inteligencia Artificial únicamente desde la innovación supone asumir que toda aceleración tecnológica es necesariamente positiva. Pensar desde la cultura obliga a formular preguntas más complejas: qué entendemos por responsabilidad, cuáles son los límites éticos del uso de estas herramientas y qué costos estamos dispuestos a asumir como sociedad. “Uno de los terrenos donde esas tensiones se hacen más visibles es la creatividad. La posibilidad de que una máquina escriba poemas, componer música o genere imágenes ha alimentado la idea de que la creatividad ya no es un atributo exclusivamente humano”.

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A su juicio, las inteligencias artificiales son capaces de combinar elementos existentes para producir resultados novedosos, pero la creatividad humana no se reduce a la combinación de datos. También implica imaginación: la facultad de proyectar mundos posibles que trascienden la experiencia acumulada y los referentes disponibles. Es precisamente allí donde el autor encuentra una diferencia fundamental. “Las imágenes, los textos y las composiciones generadas por inteligencia artificial conservan las huellas de aquello con lo que fueron entrenadas. Son sofisticadas formas de reorganización de materiales previos, pero difícilmente expresan una ruptura radical con esos marcos de referencia. La imaginación, en cambio, permite aventurarse hacia territorios que todavía no existen”.

Esa reflexión adquiere una dimensión más preocupante cuando se conecta con las transformaciones culturales de las últimas décadas. Para Hernández Salgar, la economía de la atención, la hiperconectividad y la saturación permanente de estímulos han erosionado progresivamente nuestra capacidad de imaginar. El riesgo no consiste únicamente en que las máquinas produzcan contenidos, sino en que terminemos renunciando al ejercicio humano de crearlos.

¿Avance o retraso? El gran dilema

Por eso rechaza la idea de que la Inteligencia Artificial deba ser vista exclusivamente como una amenaza o como una solución. En el campo artístico, por ejemplo, defiende tanto la experimentación con estas tecnologías como su cuestionamiento crítico. El arte, sostiene, puede convertirse en uno de los espacios privilegiados para explorar sus posibilidades sin renunciar a la autonomía humana. Dominar la herramienta, en lugar de ser dominados por ella, es una de las tareas centrales de nuestro tiempo.

“La discusión también tiene una dimensión geopolítica. Mientras Estados Unidos y China concentran el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje que dominan la industria global, América Latina ocupa una posición periférica en la producción tecnológica”. Sin embargo, Hernández Salgar considera que la región debe participar activamente en los debates sobre regulación, sostenibilidad y usos éticos de la Inteligencia Artificial.

Más allá de la dependencia tecnológica, este advierte que la expansión acrítica de estos sistemas puede favorecer procesos de homogeneización cultural, debilitando las particularidades locales y regionales que históricamente han enriquecido la experiencia humana. Frente a ello, plantea la necesidad de construir voces colectivas desde el sur global capaces de equilibrar una conversación cada vez más influenciada por los intereses de una reducida élite tecnológica.

En el fondo, El fin de la técnica... no es un libro sobre máquinas. Es un libro sobre seres humanos enfrentados a una transformación que desafía algunas de las certezas que habían acompañado la modernidad. La pregunta que atraviesa sus páginas no es qué tan inteligentes llegarán a ser las tecnologías, sino qué aspectos de nuestra humanidad seguiremos considerando irrenunciables.

La respuesta que propone Hernández Salgar se encuentra menos en la innovación y más en la experiencia compartida. Si existe algo irreductiblemente humano afirma, es la capacidad de construir vida en común. “En una época marcada por el individualismo, la automatización y las relaciones mediadas por pantallas, quizá el desafío más importante no sea perfeccionar las máquinas, sino recuperar el valor de encontrarnos con otros, incluso cuando ello implique enfrentar la incomodidad, la diferencia y la incertidumbre que caracterizan toda relación humana auténtica”. 

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