
Gozar Leyendo con CAMBIO: poesía con mucha música y una novela negra que disecciona a Colombia
La poesía de Amalia Moreno Restrepo y la prosa de Miguel Ángel Manrique conforman el coctel que Darío Jaramillo Agudelo les propone en esta ocasión a sus lectores.
Amalia Moreno Restrepo, Haz un mar que tengo sed
Ya en el número 134 de Gozar Leyendo apareció el comentario entusiasta sobre Tal vez hoy sobre mañana (Pre-Textos), un hermoso libro de Amalia Moreno Restrepo (Medellín, 1988). Y después, en el número 223, me pasó lo mismo con otro libro suyo, Los 16 motivos del lobo (Cardumen). Ahora ese entusiasmo se renueva y se multiplica con la publicación de Vaso Roto, Haz un mar que tengo sed, el último libro de la poeta de Medellín.
Una voz personalísima que no se queda en el estilo de sus libros anteriores sino que se renueva para bien. En Haz un mar que tengo sed es notorio el ritmo de unos versos libres llenos de música, escritos siguiendo el tono de la voz, una confesión que desnuda una intimidad y una búsqueda de sí mismo que no cesa y se enriquece con palabras precisas, con imágenes nuevas, con invocaciones que más que oraciones son emoción pura. Ya es la hora de dejar de lado los juicios que muestran la poesía de Amalia Moreno como una prometedora muestra de una poeta joven. No. Ya no cabe duda. Estamos ante una de la voces poéticas de más altura dentro de la poesía colombiana.

Canto por mí mismo
Here was never any more inception than there is now,
Nor any more youth or age than there is now,
And will never be any more perfection than there is now,
Nor any more heaven or hell than there is now.
Walt Whitman
La libertad no es un anhelo
es el principio
definirse un plazo y cumplirlo
sólo tengo una vida
sólo tengo esta vida
voy bajando veinte mil años
por un camino que me sé de memoria
porque es de piedra
las mañanas de mi infancia
fueron nubes de neblina
regando mis montañas, yo leía
y el sol salía a mirarme leer
unos pájaros cantan en mi cabeza
a medianoche
en semejante tormenta
¿por qué me duele
tanto alma mía?
¿por qué vida mía
te me vas?
soy de palo y me arde el alma
haz un mar que tengo sed
desierto modo de ver árido
se puede tomar agua
se puede saciar la sed
el dolor
no es en la espalda
no es en la cabeza
no es en la mirada
el dolor es en esta membrana
que me separa del mundo
pedazos de piedra
que no se rompen
y caen
que no se rompen
y caigo
cruza el pájaro que soy
cruza volando el pájaro que tengo adentro
justo en mi cauchera
justo en la rama de mi infancia
mi propia rama lejos de esta rama
y tengo que saltar
el silencio la distancia y la altura
seducen y provocan
la cadencia de la caída
la ventaja del viento
sobre el aire
la ventaja del humo
sobre el fuego
la ventaja de este pájaro
sobre mi cabeza
la locura es un prisma para refractar la luz
la locura es un prejuicio inherente al tiempo
con la mano en el pecho
hundida en el pecho
extraerse al pájaro
no mentirse
no hablar de más
ser honesto consigo mismo
no perder una sola palabra
equivocarse con humildad
aprender a querer el error
como parte esencial del paisaje
querer equivocarse
querer las cicatrices
aceptar la vida y la muerte
con la misma paciencia
querer cambiar
querer seguir siendo
el que siempre cambia
con un centro
que gira sobre sí mismo
con ligereza
con aplomo
con otro fuego
con otra voz
con otra Amalia
de mi misma Amalia
somos todas las vueltas
que alcancemos a darle
a un par de asuntos
volver contigo
cuidarte a ti
sentirte cerca
ponerte adelante
confiarte mi vida y mi muerte
¿cuándo vas a volver?
¿Amalia?
equivocarse todas las veces
que sea necesario
que sea ineludible
que sea urgente
no dejar de asistir a la vida
ésta es la versión definitiva del error
un pájaro que se desprende
sobre el agua
la luz en reflexión
sobre mis palabras
la viva necesidad
de decir algo más
de anotar otra cosa
volver
mezclar de hoy el ayer
mezclar de mañana
no mirar al Ténaro
no perder a Eurídice
no cambiar la voz
el alma es triste
se cansa y se equivoca
el alma es larga
se envejece y se ensancha
el alma es amplia
se derrama y se reparte
el alma es propia
el alma salva
estar salvado es creer en sí mismo
estar condenado es creer en los demás
el silencio es el estado más fecundo
para perfeccionar las formas
la alegría es sutileza
la elegancia es percepción
llevar los pedazos al altar
los de pan
los de uno mismo
los de papel
cumplir un rito sagradamente
sin preguntar el significado
estar vivo
es sentirse y saberse arrodillado
con tinta o sin tinta
todas las hojas pesan lo mismo
todos los poemas son
sobre la insistencia
todos los altares son
sobre la constancia
y entre la luna y yo
toda esta soledad es mía
Amalia Moreno Restrepo,
Haz un mar que tengo sed
Vaso Roto

Miguel Ángel Manrique, Doris y Renzo. El canto de las moscas
Doris y Renzo. El canto de las moscas de Miguel Ángel Manrique (El Carmen de Bolívar, Colombia, 1967) insinúa, de entrada, la estructura de una novela negra. Pero es mucho más que eso. Es, también, una devastadora crítica social y política de su Colombia natal y una sátira del mundo del arte –de los creadores y de su público–, a los que se refiere con humor y falta de piedad.
El narrador es un cronista que cuenta que “unos meses atrás había publicado una columna en la que denuncié que en Montes de María unas familias obtuvieron privilegios económicos con chanchullos y despojaron de la tierra y el agua a los campesinos; y, entre esas, los Leguizamón, que tienen además alianzas con narcos y autodefensas”. Tiene un amigo, Panesso, que “guardaba en una caja de zapatos fotografías, grabaciones, informes forenses y declaraciones de testigos directos que dejaban en evidencia la existencia de casos de posibles ejecuciones extrajudiciales”, que le dice que “estas son copias de informes de organizaciones de derechos humanos sobre casos de jóvenes desaparecidos y las denuncias presentadas por sus familias. Aquí tiene también unos casetes de video, y estos otros son grabaciones de audio. Un general en retiro me los entregó para cubrirse las espaldas si algo le ocurría. Son los prontuarios de políticos, senadores, ministros, embajadores, empresarios y militares vinculados con las autodefensas y los narcos”. Más adelante dice: “Según los informes, las víctimas eran jóvenes pobres, marginales, jornaleros, limpiavidrios, vendedores ambulantes, obreros, albañiles, desempleados, enfermos mentales o discapacitados, eran ‘los alegres muchachos proletarios’, reclutados por monstruos despiadados y engañados con falsas promesas de trabajo”. Asesinados y luego disfrazados de guerrilleros para presentarlos como dados de baja en combate “seguramente por un ascenso, por una mugrosa condecoración, o por ganarse unos pesos de más”.
Una novela donde hay malos. Malos de verdad. Aquí, el principal es un general, el general Mataperros: “Quiero narrar sus orígenes en el ejército y la forma en que ascendió de grado, de teniente a capitán, de mayor a coronel y, de ahí, a general. Intento comprender también en qué momento se jodió aquel hombre que pudo dirigir con valentía a miles de soldados para convertirlos en héroes, en vez de tratarlos como escorias. Qué torcida ambición lo transformó en asesino. Qué ideología lo cegó”.
Del lado de los buenos, de los moralmente buenos, están los artistas y su público, que no por ser buenos escapan a la sátira de Manrique. Dado a las enumeraciones, he aquí una donde cuenta quiénes asisten a las inauguraciones de exposiciones: “Noté la fauna cultural, las especies de los animales extravagantes que habitaban esos lugares: perfumes exóticos, ropas excéntricas, abrigos pesados, bufandas de la India, mujeres de cara lavada, mujeres maquilladas, calvos barbados, hombres peludos, viejos barrigones, poses calculadas, poses naturales, fotógrafos, artistas en ciernes, maricones ilustres, amigos maricones, la Marilyn Monroe de Santo Domingo, viejas putonas, viejos putones, viejas amigas, viejos enemigos, la pintora de toros, lesbianas, jóvenes, jóvenes, jóvenes, periodistas, artistas, críticos, políticos, embajadores, agregados culturales, un mago, un sacerdote con cuello clerical, feministas, una muchacha con un colador en la cabeza, chismes banales, chismes interesantes, clichés de moda, comentarios agudos, alientos a café, a nicotina, a queso, a alcohol, a aceitunas, cocaína, heroína, marihuana, anfetaminas, barbitúricos, sedantes, Valium, Coca-Cola, Bretaña, joyas costosas, joyas baratas, relojes finos, relojes falsos, anillos gruesos, gafas vintage, y yo: un periodista alcohólico y drogadicto que solo deseaba rascarse los sobacos como el autor gringo que escribía cuentos sucios”.
Si el público del arte merece tanta ironía, los artistas son objeto no ya de la ironía sino de un abierto sarcasmo: “No sabía quién podía tragarse esa bazofia. Hubo artistas ambiciosos y creativos que se tomaban el trabajo de hacer cosas perdurables, terrenales. Obras difíciles que les exigían todo el tiempo y toda la inteligencia y sensibilidad del mundo. Ahora un montón de perezosos, sensibleros y desocupados, se creían vanguardistas porque exhibían sus tatuajes, se desnudaban en público o se amputaban un dedo como manifestación estética. Alguien escupía en el piso y lo llamaban performance”.
El desarrollo argumental va en contrapunto con una serie de televisión que obsesiona al narrador, y con la que utiliza, también, como en otros varios otros puntos, el recurso de la enumeración: “Phil se iría a patrullar entre los arrozales llevando encima una navaja, un repelente contra los mosquitos, una placa de identificación, varias cajetillas de cigarrillos, un Zippo, tres cajas de fósforos, diez raciones, dos cantimploras de agua, dos cepillos de dientes, tres jabones, tres pares de medias, un pote de talco para pies, un poncho de plástico verde, un casco de acero de dos kilos de peso, un chaleco antibalas de láminas de acero forradas en nailon de dos kilos y medio, una pistola de calibre 45 que, cargada, pesaba más de un kilo, un fusil de asalto M-16 con el cargador de 20 proyectiles, de cerca de tres kilos y medio, y 12 proveedores en una cartuchera de lona de tres kilos de peso”.
A través del texto se intercalan párrafos ensayísticos sobre diferentes temas. Hay dos que destaco. Uno sobre el boxeo y otro sobre la juventud. Sobre el boxeo: “Huele a miedo (…). No recuerdo quién dijo que el boxeo no es como otras pruebas en el deporte entre un atleta y otro, porque despierta dos de las ansiedades más profundas que contenemos. No está solo el temor de ser herido, que es profundo en más hombres de los que reconoceríamos, sino que existe el pánico opuesto, y también oculto, de herir a otros. Parte de este segundo miedo descansa, desde luego, en la ecuación bien comprendida de que cuanto más duro le pegas a tu adversario, más libre se sentirá él de devolverte el golpe (…). Los gimnasios son lugares opacos y sucios, donde hasta las sogas y la lona son grises, y las ventanas, en cualquier época del año, tienen una pátina grasienta de trapo de cocina. Un ring huele a sudor y a peleas arregladas, a vicios y traiciones barriobajeras. Allí se encuentran las historias de pobreza y corrupción entrelazadas en la noche. Es un mundo sórdido y cruel como la vida. Huele a gloria y a derrota. El cuadrilátero está hecho para permitir que el público vea la pelea; proporciona altura al evento y cada pugilista tiene allí su esquina, donde, entre cada asalto, descansa de los golpes del contendor y recibe del entrenador comentarios técnicos de ataque y defensa, palabras de ánimo que levantan la moral e insultos del público. El perímetro está rodeado por cuatro cuerdas que señalan el área de la pelea: el ring azul y elástico. Es un lugar atiborrado de figuras pasadas y presentes, de cronistas deportivos, de mujeres y mafiosos”. Enseguida hace una narración retrospectiva del “mejor combate que vi en mi vida”, la pelea por el título mediano entre Rocky Valdez y Bennie Briscoe.
El párrafo sobre la juventud es el mejor de la novela: “La juventud… es el momento en que la belleza, la inteligencia, los sueños y el futuro, se manifiestan con mayor libertad y alegría. Los jóvenes son la fuerza que le da sentido al trabajo de una familia. Odiar a la juventud es odiar el futuro. Todo es poético en la juventud: la piel, el corazón, los dientes, los amigos. El pelo largo o corto, los aretes, los pantalones anchos, las camisetas irreverentes. Todo es verdadero en la juventud. Los bailes, los juegos, los tatuajes. La soledad y el dolor. Ser joven es una forma de la verdad, la vida es una forma de la verdad. Amar la juventud, Renzo, es estar del lado de las cosas que valen la pena, de su risa y de su música. De su rebeldía y de sus formas de luchar. La juventud es como una flor: se abre al aire desprendiendo todo el olor de su belleza; se abre a la luz mostrando todo el color de su belleza; se abre a la vida desplegando toda la forma de su belleza. Como la belleza de la flor, hay que dejarla marchitarse naturalmente, que caiga como las flores en un haikú: con delicadeza, con levedad, con amor; que se integre al cosmos, así como vino, sin forzar su principio ni final… que la belleza cambie con el ritmo de la naturaleza. De su naturaleza. Que se la lleve el viento. Que fluya. Que se eleve. Que se haga cargo del universo. Ninguna verdad es tan pura”.
Miguel Ángel Manrique
Doris y Renzo El canto de las moscas
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