
Gozar Leyendo con Cambio: una historia de amor desde la Islandia profunda
Darío Jaramillo analiza ‘Carta en respuesta a Helga’, el mensaje de un campesino viejo viejo que es la remembranza de una historia de amor que nació a partir de un chisme infundado.
Bergsveinn Birgisson, Carta en respuesta a Helga
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Bergsveinn Birgisson (1971), islandés, es el autor de esta breve novela epistolar que fue traducida de su idioma original por Fabio Teixidó. El tema principal es la historia de amor entre el personaje que redacta la carta, que se llama Bjarni Gíslason de Kolkustadir, y la destinataria de la misma, Helga. El trasfondo es también importante e iluminador: la vida de un campesino islandés, la Islandia profunda y fría y poética y misteriosa.
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Cuando escribe la carta, Bjarni es ya un hombre viejo: “Hay un momento en que uno mira sus alpargatas y piensa que llegará un día en que las alpargatas sigan ahí, pero no ya uno mismo para ponérselas (...). Yo ya me he vuelto un anciano redomado y la mejor prueba de ello es que he comenzado a abrir viejas heridas. Todos tenemos una puerta. Y todos queremos dejar salir nuestros adentros (...). Pero tan retorcida y cuarteada está mi puerta y tanto ha cedido, que ya no es capaz de mantener separado lo adentro de lo de afuera. ¿Tal vez resida ahí la virtud del carpintero, en no ser perfecta? ¿En que las rendijas y las grietas de su obra dejen pasar los rayos de sol y la vida?”.
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Bjarni sabe hablar de él con maestría y agudeza y lucidez. De su afuera y de su adentro.
De su afuera: “Todos y cada uno de los días de mi vida he disfrutado con el ganado. He solucionado a más de uno sus problemas con la maquinaria porque aprendí mucho sobre artefactos agrícolas en las clases de la Escuela de Agricultura. Además, había aprendido por mi cuenta a manejar un torno y era ‘hábil con el hierro’ (...). He entregado a la gente pescado fresco y lustroso y siempre disponía de una barrica de grasa de cría de foca conservada en sal para deleite de huéspedes y visitantes. Mi lumpo ahumado era conocido en todo el país y muchas palabras de agradecimiento he recibido por él. He vigorizado y mejorado la raza de mis ovejas (...) he salvado a un hombre que se ahogaba y he encontrado a otro extraviado en mitad del altiplano bajo las garras de un furioso temporal. He defecado en medio de tormentas y me he limpiado con la nieve. He caminado por el mar hasta los farallones en busca de niños y corderos. Durante mucho tiempo fui miembro del Consejo de la Vecindad y de la dirección de la cooperativa e implanté todo tipo de mejoras en la matanza, que yo mismo supervisaba. Participé activamente en el grupo de lectura de Hörgárhreppur y fui responsable de la compra de libros durante mucho tiempo…”.
De su adentro: “He aprendido a leer en el resoplido de los ollares de los bueyes. He apreciado el abrazo y el estímulo de la voluntad de la naturaleza a través de mi ganado. He visto al elfo de la capa azul y he oído llamar a mi puerta a las ánimas. He percibido el poder místico de la existencia en los cerros y en las áreas encantadas, y he ahuyentado a los guardianes de la tierra cuando el caballo rehusaba al trote. He visto la luz de antaño. Nadie entiende que pueda verse la luz de antaño, pero me da igual que nadie entienda lo que quiero decir. He aprendido a leer en las nubes y los pájaros y en el comportamiento del perro. He percibido el prodigio de la colonización de Islandia y he sentido la magnificencia de los primeros pobladores de estas tierras. He advertido la angustia de las hojas en un eclipse de luna, he mirado hacia las laderas y he sentido mi alma elevarse mientras conducía el Farmall. He oído el trueno y el rugido de mis vísceras contestarse el uno al otro, un hombre diminuto bajo un cielo inmenso; he escuchado al arroyo susurrar que es eterno. He convertido la tierra en mi amante. He pescado con las manos un salmón lleno de fuerza. He dejado que el zorro me enseñara lo que es ser astuto. He reconocido la simpatía en la mirada de las focas y la he dejado marchar. He experimentado la ferocidad de la orca y la ternura del amor materno, y me he refugiado del mundo allí donde duermen los cisnes. Me he bañado en aguas radiantes de sol y no en las aguas turbias que escupen las tuberías de la ciudad, y he sentido la clara diferencia entre ambas. Me he perdido en una atroz tempestad de nieve y he intentado dirigir el caballo entre los peñascos hasta darme por vencido y dejar que su instinto me llevara de vuelta a casa. He disparado al zorro mientras defecaba. He visto derrumbarse un iceberg descomunal. He lanzado un lumpo al presidente de la vecindad. He olvidado cadáveres. He ido en busca de una mujer ahumada. He sobrevivido a los duros inviernos de los años sesenta viviendo de las promesas, he llenado con la imaginación el vacío de la existencia y he entendido que el hombre puede tener grandes sueños sobre una pequeña almohada. He seguido adelante, embriagado de lujuria y de la esperanza que hace correr la savia aún por las ramas marchitas de la creación. Y he amado y, por un tiempo, he sido una criatura feliz”.

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A la edad que escribe la carta, es fácil entender que lo que hace Bjarni es una memoria, una remembranza de su historia con Helga. Muy jóvenes, ella casada, él casado, aparece un chisme en la aldea: que son amantes. El chisme es anterior a la consumación del chisme. Acaso es la misma maledicencia la que les da, a ambos, la idea de volverse amantes: “Fue como si los rumores se hubieran acallado una vez hechos realidad. Como si las difamaciones hubieran sido dictadas por la naturaleza con el deseo de que nuestro acto carnal se consumara. Y, ¡cómo se consumó!: jamás he experimentado un placer terrenal de mayor deleite que nuestro acto carnal en el pajar aquel día de primavera que es eterno en mi memoria. El día en que finalmente tuve la oportunidad de palpar tu recia figura y ahogarme en tus labios rebosantes (...). Tu cuerpo temblaba y se estremecía bajo el mío, sobre la hacina de heno. Era como tocar la vida misma. Gemías tan alto que tenía miedo que se oyera desde la granja, pero me daba igual. Me importaba un carajo que la calumniadora vecindad de Hörgárhreppur se presentara entera en la entrada del pajar con sus chismosas bocas babeantes y nos viera retozar sin tapujos sobre el heno. Oh, qué bellos ondulaban tus pechos como un blanco mar de fondo bajo tu piel. Jamás había visto una imagen que alcanzara tal grado de belleza. Una imagen por la que había esperado tanto tiempo”.
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Cuenta Bjarni que el año que siguió fue el más feliz de su vida. Hasta el día en que ella le avisa que está embarazada (cuestión que lo llena de alegría) y le propone “que nos despidiéramos de la vida rural y nos mudáramos a Reykjavik con tus hijos y comenzáramos una nueva vida”, cuestión que, literalmente, lo pone en cuestión: “¿debía mudarme a Reykjavik para cavarles zanjas o construirle barracas a los americanos? ¿Dar la espalda a las ovejas que mi viejo padre me había legado y por las que me había desvivido día y noche para estimularlas y fortalecerlas, para que alumbren con frecuencia dos o tres crías? ¿Abandonar los campos donde mis antepasados habían vivido un milenio entero para trabajar en una ciudad donde uno no puede admirar nunca el fruto de su sudor porque no es más que un arrendatario o el esclavo de otros, donde la multitud llama al tiempo dinero y se gasta en teatros y ocio lo que se gana en una oficina con sus trajes de poliéster? ¿Lejos de los elfos que se esconden en las colinas; de los parajes donde la historia habla en cada cerro, en cada hondonada (...)? ¿Lejos de las piedras con las que conversaba de pequeño; de los algodones de los marjales y las laderas que esconden un pasado oculto? ¿Por qué no podíamos tú y yo tener una vida aquí, en el campo? Ya no vería nunca más la densa hierba de Hvelyrarholtstún que yo mismo había cultivado…”.
Bjarni decide que no abandonará su tierra para irse a vivir a la capital con Helga: “Pensé en el tipo de persona en que me convertiría en Reykjavik. En la ruina, contigo y con tres hijos (...). Por ti habría cavado una zanja. La misma zanja toda mi vida, rellenándola una y otra vez. Habría andado y desandado el altiplano cada día en zapatillas de piel de pescado, solo con la esperanza de poder tocarte con una sola yema de mis dedos. Por ti habría bebido jabón si me lo hubieras pedido. Pero abandonarme a mí mismo, al campo y a la granja que me habían hecho quien era, de aquello no era capaz”.
Finalmente Helga se va a la capital dejando solo a nuestro hombre, que sigue en su pueblo y sigue enamorado de ella: “El camino que había recorrido hasta entonces se dividió en dos. Tomé ambos. Y, sin embargo, no seguí ninguno como es debido. Porque yo caminaba por uno pero tenía el corazón en el otro. A tu lado”. Y pasan los años y los años, y Bjarni envejece sin que su amor por Helga se extinga. Y confiesa: “lo peor de todo no era sentir dolor o, cómo decirlo, no sentir nada, sino la soledad que lo envolvía. Nadie parecía prestar ninguna atención a mi padecimiento y nadie se acercaba a hablar conmigo (...). Lo peor del sufrimiento más profundo es lo invisible que resulta para todos salvo para quien lo aloja en sus entrañas. Lo que me hacía seguir adelante era el ganado, eso te lo puedo asegurar, querida mía, y nadie está solo si se ha hecho amigo del ganado islandés, del tipo que sea. De la fuerza vital de los animales mana una radiación que mitiga el dolor y te permite sobrevivir a cualquier desgracia”.
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Aquella mentalidad primitiva posee la íntima sabiduría de la desconfianza frente a lo que llamamos progreso, a los avances tecnológicos, todos, comenzando por los teléfonos: “Parece ser que el teléfono hizo que se extinguiera la verdadera conexión entre las personas del mismo modo que los fantasmas y los espíritus debieron de batirse en retirada cuando el hombre comenzó a contaminar el aire con emisiones de radio y demás ondas”.
Bjarni precisa: “No soy el típico viejo que ensalza el pasado y echa pestes del presente. Sabemos que se ha progresado en muchos aspectos, pero ¿experimentará cualquier generación unos cambios de esa envergadura en el lapso de una vida? Nosotros, quienes nos criamos en una cultura que apenas si había evolucionado desde la colonización, y que a la vez hemos llegado a conocer el dudoso mundo moderno, con su tecnología, sus inventos y sus productos pasteurizados. Claro que la llegada de las botas de goma supuso un progreso (...), [pero] una cosa es creer en el progreso y asimilarlo, querida Helga, y otra desdeñar el pasado (...). En el momento en que un hombre da la espalda a su propia historia, se vuelve pequeño”.
Y, contra la estandarización de los productos industriales, reivindica las artesanías realizadas por él mismo: “He intentado hacer algo más que dedicarme a la ganadería y la pesca (...). Construí ruecas de quince kilos para más de una casa (...), realicé un sinfín de manualidades fabricando trabas de hueso y crines y también escobas y cepillos para limpiar lámparas con los mismos materiales, hebillas para cinchar, recogedores de hojalata, pinzas de madera para la ropa. He hecho mesas y sillas para cocinas y salones (...), he hecho baldes y abrevaderos, cubos, armarios, cabezas de lámpara con piel de pez lobo, moteado y a rayas (...) y así podría seguir. Las casas de hoy en día exhiben una absoluta falta de cultura, en ellas cada objeto viene de un continente distinto y muchas veces la gente no sabe ni de dónde viene. ¿En qué se diferencia un objeto hecho en casa de uno que sale de una fábrica? Uno tiene alma y el otro no, pues aquel que ha fabricado un objeto con sus propias manos deja una parte de sí mismo en su obra”.
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En cuanto a la historia principal, sin ver a Helga durante años y años, al fin decide ir hasta la capital, pero, obvio, nada funciona. Más tarde ella le escribirá una carta, en respuesta de la cual es esta Carta en respuesta a Helga. Precioso libro.
Bergsveinn Birgisson,
Carta en respuesta a Helga
Poklonka Editores

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