
Los verdaderos milagros
La Feria Internacional del Libro de San Andrés Islas, FILSAI, lleva nueve ediciones insistiendo en algo que el país continental todavía no termina de comprender, y es aquello de que Colombia no acaba donde comienza el mar. Hay una Colombia insular con lenguas, memoria, literatura, música y preguntas propias. Una Colombia que no necesita que el continente venga a explicarle quién es, sino que requiere de puentes para conversar en igualdad de condiciones.
Por: Carolina Ethel
En San Andrés los libros no llegan fácilmente. Hay que traerlos.
Parece una obviedad, pero no lo es. En una isla, casi todo lo que damos por sentado en el continente tiene detrás un barco, un avión, un flete, una espera y un costo adicional. También los libros. También los escritores. También una tarima, un sonido, una silla, una conversación.
Por eso, cuando durante unos días de septiembre San Andrés se llena de libros, escritores, periodistas, músicos, poetas, lectores y conversaciones, uno podría caer en la tentación de hablar de milagro. Pero los verdaderos milagros se parecen bastante al trabajo.
FILSAI, la Feria Internacional del Libro de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, llega este año a su novena edición después de más de quince años de un proceso cultural que ha aprendido a avanzar con lo que hay, a detenerse cuando no hay y, sobre todo, a volver. En unas islas históricamente atravesadas por la distancia con el Estado, que no es solo la geográfica, sostener una feria del libro durante tantos años es una pequeña forma de insurrección. O de terquedad. Probablemente de las dos.
Al frente ha estado María Matilde Rodríguez, de Mamaroja Company, armando alrededor de FILSAI un equipo de gestores, artistas, escritores, músicos, profesores, bibliotecarios, instituciones culturales y amigos que cada año vuelve a hacer cuentas, tocar puertas, conseguir aliados y juntar peso a peso para que la feria suceda. Y sucede.
Quizás ahí esté la clave para entender cómo FILSAI ha logrado consolidarse como la feria del libro más consistente del Caribe colombiano. No nació como una franquicia cultural llevada desde el centro hacia la periferia. Nació en las islas y desde las islas. Ese movimiento importa. La relación entre San Andrés y Colombia se ha visto como una línea vertical en la que el continente habla y las islas reciben. FILSAI dibuja otra geografía. Una en la que la Colombia insular conversa de tú a tú con la Colombia continental y extiende puentes hacia otras orillas del Caribe y del mundo.
Este año la Feria propone “Mar adentro, mirar dentro —Sii iina wi—”. Mirar el mundo desde una isla modifica las proporciones. El mar que desde el continente puede parecer paisaje, aquí es frontera, camino, memoria y posibilidad. También determina cuánto cuesta hacer una feria.
La épica cultural suele borrar esa parte porque nos gusta la fotografía final. La del dron que muestra la carpa llena, los invitados, los niños con libros, el aplauso. Pero una feria como FILSAI se construye mucho antes, en el presupuesto que no alcanza, el tiquete que subió, las cajas de libros que hay que lograr que lleguen, la llamada a un aliado, alguien que presta, alguien que consigue, alguien que decide quedarse trabajando unas horas más. Peso a peso. Favor a favor. Año tras año. Por eso quienes la queremos terminamos llamándola la pequeña gran feria más linda del mundo.
No necesita competir con Bogotá, Guadalajara ni Cartagena. Su escala es otra y allí está su fuerza. FILSAI puede sentar en una misma conversación a una escritora internacional y a un músico raizal, a un periodista del continente y a quien lleva décadas guardando la memoria de las islas, a un narrador japonés y a unos niños sanandresanos que descubren que las historias del otro lado del planeta también pueden hablar de ellos.
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