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Gozar Leyendo con CAMBIO: los héroes de la resistencia republicana de Madrid
Cultura

Gozar Leyendo con CAMBIO: los héroes de la resistencia republicana de Madrid

Darío Jaramillo Agudelo analiza ‘La defensa de Madrid’, de Manuel Chaves Nogales, una crónica de excelencia literaria que recrea la heroica resistencia de Madrid a los embates de las tropas franquistas durante la Guerra Civil Española.

Por: Darío Jaramillo Agudelo

Manuel Chaves Nogales, La defensa de Madrid

Desde fines del siglo XX se consolidó en castellano la consideración como literatura, como arte de la palabra, el trabajo que algunos escitores habían llevado a cabo en el género de la crónica periodística. Personajes como Juan Villoro o Leila Guerriero, como Martín Caparrós o Alberto Salcedo, pasaron a convertirse en los clásicos contemporáneos del género, cuya genealogía se hallaba más en la reciente producción de algunos norteamericanos como Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese y Thomas Wolfe, que en el propio idioma, donde también había algunos antecedentes explícitos, como el simpar Luis Rafael Sánchez, como Tomás Eloy Martínez o como Germán Castro Caycedo. Con el tiempo, las cosas adquirieron más perspectiva y ya se pudo contar con una tradición propia que tenía mayor antigüedad y pertenecía a la propia lengua.

Fue en ese contexto en el que se realizaron algunas resurrecciones de redactores que, tras muchos años de haber muerto y de haberse olvidado, venían ahora oxigenados por la vigencia de la crónica. Entre ellos, uno de los más notables es el sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944), cuya obra está ahora reeditada para placer de quienes gustan de leer buenas crónicas, como ésta, La defensa de Madrid, una serie de 16 entregas sobre el sitio de Madrid por parte de los franquistas y su defensa por parte de los republicanos en cabeza del general Miaja.

La historia misma del texto daría para una crónica. Ocurrió que en 2010, la principal especialista en Chaves, María Isabel Cintas, encontró una cita de éste en una biografía del general Miaja en la que habla del frío de los soldados en la guerra civil. Cintas trató de hallar esa cinta en los relatos de Chaves sobre la guerra y no la encontró. Le faltaba todavía hallar materiales del cronista publicados en alguna de las innumerables revistas y periódicos en que había editado durante el exilio. Nada. Poco después, en Londres, halló por fin una serie de dieciséis notas que aparecían en el Evening Standard de Londres. La defensa de Madrid. A partir de allí comenzó una larga búsqueda del original en español, que podía estar en cualquier publicación de México o Buenos Aires, de Bogotá o París. Pero no la pudo hallar, hasta el punto que el editor de Espuela de Plata decidió pagar una traducción completa, de nuevo, al castellano. Y estaban en vísperas de volverla libro, cuando la señora Cintas pudo averiguar que el original había aparecido por entregas entre agosto y noviembre de 1938 en una revista mexicana, Sucesos para todos. El problema es que esa revista no estaba en ninguna hemeroteca, hasta que, por fin, alguien le avisó que se encontraba en Berlín. Pero no todos los capítulos. Faltaba uno, el décimo, que nunca pudo ser hallado. Y así se hizo la edición que ahora comento, intercalando la traducción de la parte, más bien corta, que no se había encontrado en el idioma original.

El libro se devora. Antonio Muñoz Molina comienza así el prólogo que antecede el texto de Chaves Nogales: “este es un libro que quema entre las manos. Provoca en igual medida la admiración y el escalofrío. Está escrito en 1938, a una cierta distancia ya de los hechos que cuenta, pero tiene el temblor de la urgencia de una crónica dictada a toda velocidad en el momento mismo en que las cosas suceden (...). La potencia narrativa que lo arrastra a uno de la primera a la última línea se corresponde con una deslumbrante clarividencia política. Manuel Chaves Nogales, patriota de corazón de la República española, no se casaba con nadie. En su integridad intelectual, en su independencia política, en su toma radical de partido por los seres humanos de carne y hueso frente a las abstracciones genocidas de las ideologías de su tiempo, el comunismo y el fascismo”.

Chaves Nogales narra en tiempo presente, logrando así una inmediatez casi ansiosa, casi desesperada. Todo comienza cuando, en 1936, el Gobierno republicano decide abandonar Madrid y trasladarse a Valencia, dejando unos pocos hombres, menos armas y municiones, al mando del general Miaja, que se convierte en el héroe del relato, el sostén de la resistencia, en una autoridad necesaria para poner a combatir juntos a los pocos soldados con los guerrilleros comunistas y con los guerrilleros anarquistas: todos se odian entre sí, los comunistas y los anarquistas entre sí, y ambos al ejército. Aun así, con dificultades y un abrumador sentido común, Miaja logra juntarlos. La situación es tan extrema que ese peligro, al parecer, también los une. “La vida está perdida de antemano –dice Chaves–. Los rebeldes, si entran en Madrid, les fusilarán irremisiblemente”.

Desde el principio la toma de Madrid es inminente. “En realidad, los defensores de Madrid son pocos, poquísimos. (...). El pánico ha cundido al divulgarse la noticia de que el gobierno se ha fugado y centenares de directivos de los partidos políticos y responsables sindicales huyen hacia Valencia burlando todos los controles”. La situación es desesperada. Pero el general Miaja mezcla energía y firmeza para decir: “¡Yo no daré nunca la orden de retroceder! ¡Quien tal cose ordene, debe ser considerado como traidor y fusilado! (...). En la junta hay unos muchachos de las juventudes revolucionarias que escuchan un poco desconcertados las palabras sin réplica del general (...). Por primera vez la voz de mando se ha dejado sentir clara y distinta. Los jóvenes revolucionarios y los viejos agitadores la escuchan con extrañeza, pero sin recelo y con una sensación nueva de autoridad. Por primera vez sienten una tranquilizadora fe en el hombre que lleva el timón”.

El primer intento de toma de Madrid por parte de los franquistas parece arrollador pero fracasa. Eso no significa que haya llegado la tranquilidad a una ciudad asediada por fuera, pero también por dentro porque “en Madrid hay miles de partidarios del general Franco que acechan el momento crítico para entrar en acción. Ellos son los que provocan los tiroteos que constantemente se producen en el interior de la ciudad”.

El segundo intento llegará por aire, el 17 de noviembre de 1936: “El bombardeo aéreo más terrible que se había conocido hasta entonces. Más de un centenar de edificios destruidos o incendiados. Cuatrocientos muertos. Novecientos heridos. El mando rebelde creyó que, si a las vacilaciones del frente se unía la desmoralización fulminante de la retaguardia aterrorizada, el triunfo era seguro. Pura táctica de guerra total. Se equivocaron los rebeldes. Este fue el segundo error cometido por Franco ante Madrid (...). Un millón de personas no combatientes sintió la guerra llegar hasta sus hogares. La alcoba más escondida fue como la trinchera más avanzada del frente. Refugiados en los sótanos, millares de seres inermes fueron sometidos a la dura prueba que antes se reservaba al arrojo y al heroísmo de los guerreros. Madrid era una inmensa trinchera ocupada por tiernas criaturas, débiles mujeres e inofensivos ancianos que un enemigo implacable batía furiosamente”.

Además de atender el frente de guerra con los franquistas, el general Miaja enfrenta otras dos luchas: una con su propio ejército que es el agua militar mezclada con el aceite guerrillero, todos enfrentados entre sí, uno y, dos, enfrentados al enemigo. Y la tercera lucha con los militares del gobierno republicano que mandan desde Valencia y que son un obstáculo para que Miaja pueda tratar de salvar a Madrid de una toma franquista. Ah, y hay otro frente, interno, dentro del mismo Madrid: “milicianos desertores del frente, pistoleros profesionales, agentes provocadores y criminales de toda laya asesinaban bajo la impunidad más absoluta por pura venganza personal, para despojar a sus víctimas de las joyas y el dinero que tuvieran o por delaciones infames de simples resentidos y de revolucionarios delirantes”.

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Llega la batalla de la navidad de 1936. Ese día “va ser una de las más largas y sangrientas de la guerra. Cuando llega la noche, aún siguen lanzando los rebeldes sus oleadas contra las trincheras republicanas. Hace diecisiete horas que comenzó la batalla y aún continúan los furiosos asaltos. Los avances siempre rechazados de los tanques franquistas alternan con el cañoneo intensísimo de las baterías (...). Los rebeldes habían trazado aquí un buen sistema de trincheras, de las que era imposible desalojarlos. En un asalto furioso y a costa de muchas bajas. Los rojos consiguen llegar hasta la trinchera principal de esta posición y meterse en ella después de luchar cuerpo a cuerpo con sus defensores, pero éstos se repliegan hasta el sector no invadido de la trinchera y se hacen fuertes allí mismo. Fuera, un mortífero fuego imposibilita todo movimiento de avance o retroceso, lo mismo a los unos que a los otros. Los dos bandos se encuentran metidos en la misma trinchera, luchan allí dentro, y como ninguno de ellos puede aniquilar al otro, terminan por quedar separados solo por el montón de cadáveres que obstruyen el paso de uno a otro lado. Sobre aquellos cadáveres se echan unos sacos de tierra y allí, a un par de metros del enemigo, se establece definitivamente la línea. En días sucesivos el corte provisional de la trinchera se fortifica adecuadamente. Y durante muchos meses, rojos y blancos permanecen juntos en esa trinchera, a seis metros unos de otros”.

Hacia el final del sitio de Madrid, un año después de los primeros embates franquistas sobre la capital, el aspecto de la ciudad “es desolador. El barrio de Argüelles, evacuado totalmente, está casi en ruinas por bombardeos aéreos y por el cañoneo de las baterías de Ciudad Universitaria. Los esqueletos de las casas muestran los interiores devastados de las viviendas a través de las fachadas reventadas. Las calles están cegadas por el cascote de los derrumbamientos, hay manzanas entreras de casas de las que quedan los muros exteriores. Entre los cascotes se pudren los cuerpos de los infelices moradores que parecieron en los bombardeos y no han podido ser recogidos; el viento, el sol y la lluvia, van consumiendo sus cadáveres, al mismo tiempo que esparcen y destruyen los restos de los ajuares, las pobres y frágiles casas hogareñas puestas a la intemperie al derrumbarse los techos que las cobijan (...). Toda la parte oeste de Madrid es un vasto cementerio, un inmenso pudridero de seres y casas que el cierzo de la sierra va aventando. El resto de la ciudad parece también desierto y en tinieblas, mientras hormiguea en los refugios subterráneos una humanidad estremecida”.

Llega febrero y desde ahí hasta la segunda quincena de marzo de 1937, se desarrolla una formidable ofensiva del ejército republicano. “Madrid pasa ahora a la ofensiva. El enemigo, perdido ahora la ilusión de entrar triunfante a la capital de España, no aspira más que a conservar las posiciones conquistadas (...). Los dos ejércitos se quedan al fin jadeantes y agotados uno frente al otro. De nada ha servido la carnicería. Ni los rebeldes han entrado en Madrid ni la República ha derrotado a los rebeldes. Y allí siguen, impotentes e invictos. La guerra habrá de decidirse en otra parte”.

Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid
Espuela de Plata

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