
Metal Medallo: la música que gritó contra la violencia del narcotráfico
En una investigación publicada por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Nacional de Colombia, Juan Diego Parra Valencia reconstruye la historia del “ultra metal”, un sonido insurrecto que expresó el terror y la desesperanza de una generación marcada por la violencia de los años ochenta en Medellín. CAMBIO habló con el autor, que presentará su obra en la Fiesta del Libro y la Cultura.
Por: Luis Chía
En la década de los ochenta, Medellín rebosaba de violencia. La pobreza aumentaba, la institucionalidad era débil, corrupta, y el narcotráfico —fortalecido por el Cartel de Medellín— fracturó y causó heridas que la ciudad hoy todavía intenta sanar. En medio de ese caos, en los recovecos de la desesperanza, emergió un sonido crudo, sucio, contestatario, subterráneo y místico. Lejos del Norte Global, en las laderas de Medallo, nació el “ultra metal”, una música y un fenómeno contracultural que abrazó el descontento de una generación que crecía sin futuro.
Juan Diego Parra Valencia recuerda muy bien esos años en los que Medellín fue catalogada como la ciudad más violenta del mundo. Estaba en el colegio cuando el metal apareció casi de forma instintiva entre pequeños grupos de jóvenes que intercambiaban discos de bandas europeas. Con prácticas de autogestión y economía comunitaria, se empezó a gestar un movimiento estético, musical y simbólico que no solo les hacía frente a los sonidos de la metralleta, sino a toda una sociedad traqueta, clasista, aporofóbica y con una idea de progreso cimentada en la exclusión del otro.
Este fenómeno urbano, popular y generacional es retratado por Parra Valencia en Metal Medallo. Si vis pacem, parabellum (Si quieres paz, prepara la guerra), un libro producto de una investigación de alrededor de cinco años publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) y la Universidad Nacional de Colombia. Cuatro décadas tras los primeros rugidos viscerales del ultra metal y, apelando a sus recuerdos, memorias afectivas, archivos documentales y estrategias de investigación, el profesor, escritor y músico se reencuentra con ese universo de sonidos telúricos que resonó contra todas las formas de opresión de la época.
El investigador, de corazón metalero, se sumerge en el origen del género entre 1983 y 1993, la que es quizás la época más difícil de la violencia del narcotráfico en la capital antioqueña, con el propósito de entender cómo en un momento tan convulsionado para la ciudad brotó de las comunas un sonido de rebeldía. CAMBIO habló con el autor que presentará su investigación en la 20.ª Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, que se realizará del 11 al 20 de septiembre.

Parra Valencia habla sobre las raíces del ultra metal, sus orígenes y cómo este movimiento “se paró duro” contra el estigma atado al conflicto urbano. El investigador explica que, con la violencia, también vinieron decisiones gubernamentales y transformaciones urbanas que derivaron en una crisis de sociabilidad. En sus palabras, dice, se creó una imagen catastrófica del espacio urbano, que se sumó a procesos sistemáticos de exclusión social de la población asentada en las laderas o comunas de Medellín.
Mientras el crimen organizado instrumentalizaba a los jóvenes, cuando la estigmatización de los barrios era desmedida, una fracción se posicionó desde un lugar contestatario y rebelde. “A través de sonidos estridentes reclamaron un lugar en la ciudad que los excluía. Fueron ellos los responsables del movimiento del Metal Medallo”, recuerda Parra Valencia.
De hecho, el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla a manos de sicarios el 30 de abril de 1984 fue el punto de inflexión que situó a la juventud como foco de estigmatización. “Los rockeros que antes habían encontrado espacios de socialización fueron señalados y vieron cómo se reducían sus lugares de expresión”, detalla el investigador. Parra Valencia también va más allá de libro con una serie documental a partir de los testimonios de los metaleros y una exposición con material de archivo de la época.

1985: la mítica Batalla de las Bandas
El 23 de marzo de 1985, la plaza de toros La Macarena fue el escenario principal del concierto de la Batalla de las Bandas, un momento determinante para el fenómeno del rock local. Fue allí donde, por primera vez, el sonido del metal pesado de los jóvenes del noroccidente y nororiente, que parecía estar sujeto a lo clandestino, retumbó más allá de las laderas. No fue solo un concierto, fue una confrontación entre dos ciudades: Medellín y Medallo.
Durante el concierto, ocho bandas (cuatro experimentadas y cuatro principiantes) participarían por la oportunidad de grabar un disco de larga duración. Sin embargo, el encuentro reveló las grietas de una ciudad dividida entre los jóvenes de las laderas, los de los barrios vulnerables, y los del valle, los privilegiados. Aquella tarde el rock burgués se enfrentó al rock popular.
Según explica Parra Valencia, en ese rock de origen popular, de su sonido más pesado, salió el ultra metal, denominado así por los mismos jóvenes de las laderas. Las diferencias entre exponentes del heavy metal como Kraken frente a los grupos más estridentes, ruidistas y de líricas más agresivas eran palpables.
“Eran dos ciudades: Medellín y Medallo, esa que buscaba su lugar a través de la música, a través del ultra metal”.
Jóvenes, muchos menores de edad, provenientes de barrios como Castilla, Manrique, Pedregal y Aranjuez fueron hasta La Macarena para apoyar a sus bandas. La estética, la vestimenta y el ímpetu del público de Medallo dejaban entrever prácticas comunitarias y populares y una sensibilidad con lo que pasaba en la ciudad. La fricción se reflejaba en los nombres de las bandas concursantes. Los de las laderas eran Parabellum, Mierda, Glöster Gladiattor y Danger, mientras que las del valle eran Kraken, Lasser, Spol y Excalibur.
Juan Diego describe la tensión en su libro: “Si tomamos como referencia solo sus nombres, es posible interpretar que las de sectores de mayor privilegio económico, representantes de Medellín, mostraban poco interés por el caos emergente en la ciudad, mientras que las de estratos populares, representantes de Medallo, reflejaban una conexión más directa con los conflictos sociales”.
Parabellum: cuando el diablo tocó en Medellín
Durante la Batalla de las Bandas el ultra metal se legitimó como un género y como un movimiento. En un ambiente caldeado por la fricción entre los de Medellín y Medallo, el público de las laderas saboteó las presentaciones de las bandas “burguesas”, mientras esperaban la salida de Parabellum, la banda fundacional del ultra metal.
Era la misma banda que había tenido un concierto memorable en un parqueadero del barrio Manrique, recordado porque durante la presentación desde el público le lanzaron una rata a uno de sus guitarristas. Esa fue la chispa de una gresca que terminaría impulsando el mito de Parabellum, el de una banda que tocaba desde las tripas, un sonido sucio que emulaba la crudeza de la guerra urbana. Las guitarras como motosierras, la batería como una balacera y una voz visceral, casi bestial, que lo ocupaba todo cuando pisaban la tarima.
Cuando la banda conformada por Ramón Reinaldo Restrepo (voz), Carlos Mario Pérez Ramírez, ‘La Bruja’ (guitarra), John Jairo Martínez (guitarra) y Tomás Cipriano Álvarez (batería) salió en La Macarena hubo un rugido colectivo. Juan Diego lo define como “un sonido telúrico, un estruendo porque todo el mundo celebraba que, por fin, tenían un lugar de enunciación; que, por fin, alguien hablaba por ellos”.
En forma de crónica, Parra Valencia lo describió en su libro como el nacimiento consagrado de Medallo. “Parabellum tocaba sus ritmos entrópicos someramente controlados por la guturalidad vocal que parecía desgarrarse internamente. Todos parecían darse cuenta del ritual, sabían que luego de esto no serían los mismos, parecían haber hecho un pacto de sangre”, escribe el investigador.
Cuando acabó Parabellum, anunciaron que venían las “bandas más esperadas”: Lasser y Kraken. Juan Diego cuenta que el público de Medallo saboteó el concierto: ellos querían más de ese sonido primitivo. Cuando el vocalista de Kraken, Elkin Ramírez, salió a calmar los ánimos la Batalla de las Bandas fue cancelada. Las piedras, los gritos y el caos pararon el espectáculo y devinieron en el mito de Parabellum y marcaron la ruptura de la relación que tenía la juventud con la ciudad y la ferocidad sonora de una ciudad-otra.
Para el autor, en ese momento el ultra metal vaticinó un porvenir siniestro y también una denuncia sobre una violencia materializada en el narcotráfico que no era producto del azar, sino de una idiosincrasia, una manera de ser y un proyecto de ciudad. “Es como si los narcos, los sicarios y los violentos fueran el síntoma de una idiosincrasia”, explica.
El rock es político: la lucha de las dos ciudades persiste
Al referirse a la ciudad actual, a la del progreso, Juan Diego dice que la lucha entre Medellín y Medallo persiste. Según relata, el sonido underground y subterráneo del metal logró expresar esa ciudad-otra que existía dentro del relato de la ciudad oficial. Cuatro décadas después, para él, el sentimiento de concebirse en el espacio público desde un universo distinto al oficial pervive en Medellín.
A esto se suma que las formas de consumo actuales privan de sentido simbólico lo que era agruparse, escuchar en comunidad. Parra Valencia lo ejemplifica con el auge del reguetón en la capital antioqueña: “El problema del reguetón en Medellín es que privó el contexto y contenido de la noción del joven de barrio: es un joven que salió del barrio, es exitoso y lo único que tiene del barrio es su aparente recuerdo de haber pertenecido allí. Se termina frivolizando la noción barrial y su relación con el espacio y con la historia”.
En cambio, explica que el metal, el hip-hop y la cultura del rap en Medellín sí han logrado expresar y manifestar los matices de la realidad de quien creció en las comunas. Por eso para el autor fue tan importante volver a los vestigios del Metal Medallo cuando ningún académico había intentado comprender lo que fue un movimiento y un retrato de una Medellín convulsionada.

“Esta investigación no es solo la historia de un movimiento musical, ni la de la juventud de la época. No es solo la de un fenómeno cultural, sino la historia de una ciudad. Los metaleros la contaron y nadie más la contó así: con esa contundencia, con esa capacidad expresiva, con esa rabia profunda y con esa angustia de entender que la muerte estaba en cada rincón. Los gritos con los que se canta el Metal Medallo dan cuenta de formas expresivas que tienen que ver con la muerte y el dolor. Era una música que no podía expresarse adecuadamente ante las bombas, ante la metralla, el argumento no se escuchaba. No había letras. Había que cantar todo de manera gutural porque esos eran los sonidos de las bombas”, enfatiza.
Bajo la sombrilla de una investigación académica, este paisa va más allá, entregando un homenaje histórico, filosófico y periodístico a lo que fue Medallo y lo que sigue siendo: una declaración de guerra, un manifiesto de la incomodidad, un estado emocional y una panorámica cruda de una sociedad que avaló el narcotráfico, la exclusión y el odio como un orden establecido.
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