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Diez poemas para celebrar la vida de José Luis Díaz Granados
José Luis Díaz Granados | Foto: Marcela Sánchez
Cultura

Diez poemas para celebrar la vida de José Luis Díaz Granados

Con motivo de los 80 años de José Luis Díaz Granados, Cambio presenta una selección de poemas preparada por su hijo, Federico Díaz Granados, que recorre más de seis décadas de una de las voces destacadas de la poesía colombiana e hispanoamericana.

Por: Federico Díaz Granados

Cambio presenta, con motivo de la celebración de los ochenta años del poeta samario, una breve muestra de una obra que ha acompañado durante más de seis décadas la poesía colombiana e hispanoamericana, y en la que conviven el amor, la amistad, la memoria, la historia y el inagotable asombro ante la vida. Esta selección preparada por su hijo, el también poeta, Federico Díaz Granados, da cuenta de una de las voces representativas de la llamada Generación sin nombre, de la que también hicieron parte Darío Jaramillo Agudelo, María Mercedes Carranza y Juan Gustavo Cobo Borda entre otros. Los textos aquí reunidos pertenecen a El laberinto. Antología poética, 1968-2008, publicado por el Fondo de Cultura Económica.

 

 


HUIDA HACIA LA ETERNIDAD

Caminando lentamente

irremediablemente hacia la muerte,

solo quiero, entretanto,

ir tocando esta luz, esta semilla,

esta tierra;

ir sintiendo el sabor

de esta fruta recién cogida,

y de este labio que la novia ofrece

con su profunda delicia,

para cuando llegue la hora de la huida

inventar en la eternidad

el beso

y el fruto

y el poema.


POEMA DEL GOCE

El goce está aquí como relámpago

y yo no quiero que termine.

 

Tengo miedo ahora de otros días

llenos de veces con prematuras sombras.

 

Yo te deseo encerrar entre mis manos,

quiero situarlo frente a mis ojos que no parpadean.

¡Ay, si tú pudieras perpetuarte y vencer mi desdicha!

 

El goce me invade la sangre

como un ángel sorpresivo que recorre mi sueño

y que poseyéndome reinventa la vida.

 

Estás sereno,

pero deseas extender con ardor

este breve minuto que se escapa invisible.

Ansías enjaular este tiempo sin tiempo

como si fuera la eternidad inconclusa.

 

Yo soy la sonrisa del amor que se inicia,

mi materia tiene forma de cielo despejado

donde tu alma mide la infinita belleza del júbilo.

Tengo la substancia del aroma que expulsa

para siempre el hedor de las desesperanzas.

 

Tú eres jugo en la sed y niño recién nacido

y paseo vallenato al anochecer, color incoloro,

el nervio alterado y vuelto a serenar,

la muerte feliz que me habita, dios innumerable,

mi poema total, la palabra que necesitaba.

 

No te escapes aún, goce mundano.

Pero huyo, salgo de prisa hacia la noche.

A pedazos, a trozos perdidos se borra, se pierde,

se torna paloma que escapa antes de la tormenta,

y yo adivino la oscuridad movediza

luego de este juego solar del íntegro equilibrio.

 

Nunca fuiste el mañana y ya serás pasado,

pero en el sueño ardes encima de mis penas.

Se va sin ruido, sólo, agonizante,

y mientras llega la muerte sé que no muero nunca.


EL VIEJO

Pero viejo: te has tragado

tantos lunes y martes en tu vida

y tantos miércoles

bebidos con los jueves,

te has comido los viernes

tirando hasta los sábados,

devorando los domingos,

pero tantos tantos

durmiendo, derrochando,

fumando,

viendo campeonatos de fútbol

o echando cháchara con el vecino

o junto a tu mujer,

haciendo que el amor los haga

o los hiciera,

que el invisible rastro

de tantas aventuras

ha dibujado arrugas en tu rostro,

canas, caries,

pelos de menos, gafas,

gota, ciática, problemas en el hígado,

asma, próstata, gripas,

hasta llegar a esta tarde cualquiera

de un enero en que te miro

contemplar el mundo

---sólo---,

en un paradero de Bogotá,

mirando el infinito,

como un viejo perro ya sin dueño.


EL RAPTO DE MIS SUEÑOS

¿Dónde estoy? Yo despierto

y no encuentro mis cosas.

¿He perdido las llaves

que me inducen al vuelo?

No me encuentro en mis libros

ni veo mi propio espejo

ni la dolida mesa

de los papeles ciegos,

ni las voces de siempre

ni mis zumos terrestres.

No me palpo a mí mismo,

pero tampoco he muerto.

No encuentro mis fantasmas

ni veo mi geografía.

Solo capturo ahora

avenidas inéditas

y una calle sin rumbo

por donde yo me pierdo

sin mis ángeles vivos.

Yo despierto y me duele

el rapto de mis sueños.


LA FIESTA PERPETUA

Mi historia está llena de silbidos y dédalos,
de voces y de veces, de jodidas preguntas,
de estaciones narradas para un inventario
de cicatrices y de resonancias.

Mi historia es una casa que envejece
con sus recintos intactos. Mi historia
es un cuerpo que habita entre estupores
y una boca que incendia las palabras
cuando bebe el amor. Mi historia debe ser
un banquete,
una fiesta perpetua
donde conviven el duende y el disturbio.


AULLIDO EN MÍ MENOR

Yo qué sé de quién soy o si soy tuyo.

 

Al fin ¿de quién es quien en este mundo?

Romeo es de Julieta y ésta de él.

Julieta es de Romeo y éste de ella.

Pero de Shakespeare es Romeo y Julieta

(y de Prokofiev y de todos nosotros).

 

El príncipe no es de Maquiavelo.

El príncipe es de Blanca Nieves.

(Y de Camila Parker, ¿quién lo duda?).

 

La familia de Pascual Duarte no es de Cela.

Es de Pascual, como ser Zebedeo

el padre de sus hijos, y ser blanco

el corcel negro del Emperador.

 

María es de José y de Efraín,

de Agustín Lara y de Jorge Isaacs.

 

¿Y de quién es la muerte tan temida?

¿De Gabriela Mistral en sus sonetos?

¿De Artemio Cruz? ¿Del padre de Manrique?

¿Es la muerte, del cisne o de un viajante?

 

Pirandello pudo haber escrito

Seis personajes en busca de autor,

pero en verdad ellos pudieran ser:

Simón, el que ayudó a cargar la cruz.

El confesor de Isabel de Castilla.

La autora de los días de don José Asunción.

Una novia que tuve en Leningrado.

Manuela, la de todos los impúberes

y Joanán, el cacorro de la esquina.

 

Ay, pero yo estoy triste y estoy solo

y estoy aquí y no estoy en parte alguna.

Mi aullido va de un polo al otro polo

y del fondo del mar hasta la luna.

 

Yo qué sé de quién soy (o si soy tuyo).


MATRIMONIOS


Me casé dos, tres veces. Fue en el siglo

Pasado. Con cada mujer escribí libros, poemas.

Escribí libros y letrillas. Con cada una de ellas

Bebí y viví rones y estancias. Crucé en navíos

Los insondables lagos, extraviados

De todo el mundo y de nosotros mismos.


 

Éramos fábricas de sangre y de cansancios.

Éramos a la vez perfumes y batallas,

En danzas de alboradas aún llenas de estrellas.

 

Me casé dos, tres veces. Y tal vez fui feliz

Porque ahora es de miel y leche puras

La tinta con que escribo estos silencios.


INSTANTÁNEAS DE JORGE GAITÁN DURÁN

A la memoria de Pedro Gómez Valderrama.

A Pedro Alejo Gómez Vila.

 

Años sesenta, un día, una mañana.

Gaitán Durán, amable, me indicó que Gonzalo

González, el director del suplemento,

Estaba por llegar. Siéntese, espérelo...

 

No sabía él que yo conocía Amantes,

Su mejor libro, y que había jurado

Dejarme barba, como él, cuando fuera mayor,

Y ser viajero del mundo, como él,

Revelador de Sade y de asombros perdidos.

 

Lo ví, noches después, en la librería

La Gran Colombia, de pie, recostado

Sobre estantes con libros que alumbraban

La estancia, indiferente, hojeando un tomo

De poesías de Quevedo, mientras discutían

Estanislao Zuleta y el psiquiatra Socarrás.

 

Lo ví una tarde en la Biblioteca Nacional,

Con una joven rubia. Lo ví después

Con otra muchachita en una exposición.

 

Lo vi junto a Eduardo Cote y Alejandro Obregón

En el Teatro "El Búho", callado y expectante,

Rojo, sonriente y contenido, frente a una riña

De brasas de todos los colores verbales

Entre Marta Traba y Oswaldo Guayasamín.

 

Y lo vi un mediodía caminando de prisa

Por la Carrera Séptima, con su gabán azul

Y unas gafas oscuras pequeñas y cuadradas.

Iba con su elegancia descuidada

Repartiendo fulgores invisibles.

 

Era el emperador de la poesía. Era el rey,

Era el as, era el relámpago

De la eternidad cruzando la ciudad.

 

Meses después, un día, una tarde,

Manuel, mi hermano, trémulo, agitado,

Me informó que el rey había caído

De una nave sin dios al mar eterno.

 

En ese instante helado también murió mi infancia.


MANUEL JOSÉ

Manuel José, así te decían tus tías y tus amigos.

Yo también te voy a llamar en esa forma

porque ya somos iguales en esta edad adulta.

Además, siempre fuimos amigos, muy amigos, compadre,

y fíjate bien que a lo largo de toda mi poesía

tan grave y solemne, siempre te llamo padre,

padre mío, compadre, pero aquella poesía funeral

cumplió ya su misión, justo a tiempo, Emejota.

 

A veces cuando camino por calles solitarias,

de noche, veo tu sombra y me alegro, y es mi sombra.

En las mañanas, cuando me miro ante el espejo

veo de pronto tus ojos castaños bajo mis cejas,

y me estremezco, ah caramba, y me asusto.

Cuando hablo en voz baja, yo te escucho, papá.

Cuando acaricio, amoroso el cabello de mi hijo

yo siento tu caricia en mi cabello de niño...

 

Manuel José, la vida es hermosa, te lo digo ahora:

quisiera contarte tantos episodios que te harían gozar

y no sé ya por dónde empezar, hay tantas cosas,

y a veces yo siento que soy nuevamente tu vida

y entonces, no lo dudo, comienzo el monólogo largo

y me pasan las horas contándote esto y aquello

y el tinto se enfría, Manuelito, y la noche cae...


ALBA

Para mi loca vida, al mediodía

un día más día que todos el sol regó la lluvia

y el alba al mediodía aún era alba,

más sutil que un minuto transparente

y más minuto que un océano eterno.

 

Cisterna pura donde cabe mi ser entero,

Cisterna pura donde cabe mi ser entero,

mar de rocío que me acaricia incesante,

patria perenne de mi corazón,

jaula donde descansa para siempre mi alma.

 

Alba-luz, Alba-sol, Alba-marina,

Alba-día, Alba-siempre, Alba-del-alma,

Alba hoy, Alba-azul, Alba-de-julio,

Alba-amor, Alba-esposa, Alba-dormida,

Alba-verso, Alba-única, Alba-mía.

 

Navío, vasija, cueva, balandra de mis sueños,

gaveta donde guardo todos mis pensamientos,

cofre donde se esconde mi sonrisa,

donde moran mis ansias y mis recuerdos.

 

Alba, norte presente, norte eterno,

carne mía, mi sombra, mi gemela,

mi compañera loca, mi pulsera,

mi mágico aposento, mi pequeño castillo,

donde habita el amor definitivo.

 

(Este poema fue musicalizado en 1982 por Iván Benavides e interpretado por el dúo Iván y Lucía)
 

 

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