
La segunda oportunidad que le dio la vida a un oficial para abrazar a su madre en fin de año
El subteniente Jairo López estaba a tres días de volver a casa. La misión de entregar víveres a los soldados que pasarían diciembre lejos de sus familias ya se había cumplido. Desde Tibú, Norte de Santander, el regreso a Cúcuta era el último tramo antes del abrazo esperado de su madre, una promesa íntima en medio de un diciembre marcado por la violencia. Pero un campo minado cambió sus planes.
Por: Javier Patiño C
El 22 de diciembre de 2024 iniciaron el desplazamiento por una zona de alto riesgo, donde otros pelotones ya habían sido atacados. La caravana avanzaba en cuatro vehículos blindados y el subteniente Jairo López iba en el segundo. El primero transitó sin contratiempos, pero el siguiente activó un campo minado con explosivos instalados por integrantes del frente nororiental del ELN para frenar el avance de las tropas.
La onda expansiva no le quitó la vida, pero le fracturó el rostro, le destrozó la mandíbula y le provocó una hemorragia interna en el cerebro. Aún consciente, hablaba con voz trémula, y gritaba y preguntaba insistentemente por su familia y por sus soldados. Afuera, el combate continuaba con lanzamientos de ‘tatucos’ y ráfagas de fusil. El tiempo parecía detenido.

Cuando dos helicópteros de la Aviación del Ejército lograron llegar al lugar para realizar la evacuación aeromédica, la zona volvió a ser atacada. A pesar de ello, las tropas aseguraron el perímetro y permitieron la extracción inmediata del oficial herido. Llegaron a Cúcuta y López permanecía despierto, o eso creían. Él no recuerda nada de ese momento. Nadie imaginaba la gravedad de lo que ocurría dentro de su cabeza, donde la hemorragia continuaba avanzando.
En el centro médico, los especialistas tomaron la decisión de inducirle un coma. Nueve días después, el 31 de diciembre, abrió los ojos. Apenas percibía pequeños destellos de las luces de Navidad. Había pasado el 24 de diciembre inconsciente, mientras su familia rezaba por su vida.
Una nueva vida
Los recuerdos de la unidad de cuidados intensivos le llegan en fragmentos. “Estaba amarrado a la camilla porque intentaba arrancarme los tubos. Preguntaba por mis soldados. Estaba convencido de que los vehículos seguían afuera esperándome. No entendía por qué nadie me respondía”, recuerda. Por esa razón, los médicos decidieron sedarlo nuevamente. En ese momento, la guerra ya no estaba afuera sino dentro de su propio cuerpo.
Cuando su estado parecía estabilizarse, una infección obligó a los médicos a retirarle parte del hueso del cráneo para salvarle la vida. Fue otro despertar. “No me miraba al espejo. Me bañaba sin verme. Me cepillaba los dientes con la mirada fija en el lavamanos”. La imagen que tenía de sí mismo se había derrumbado. La recuperación física avanzaba, pero la psicológica apenas comenzaba.

Durante el proceso conoció a otros soldados heridos. Escuchó historias de hombres que estuvieron al borde de la muerte y lograron sobrevivir. En ellos encontró un reflejo y una razón para seguir adelante. Comprendió que sanar también significaba aceptarse de nuevo.
Hoy, con la llegada del nuevo año, junto a su madre, cumplirá la promesa de volver a ver los fuegos artificiales, esta vez con alborozo y una gratitud silenciosa. Para el subteniente López, seguir con vida es una segunda oportunidad y una misión distinta: hablar, acompañar y decirles a otros que la recuperación también se libra en la mente y frente al espejo.
Actualmente, López se encuentra en el Batallón de Sanidad en Bogotá y hace parte de los procesos de rehabilitación y acompañamiento a militares heridos, donde la institución trabaja para que la recuperación sea constante, no solo como soldado, sino como persona, como hijo y como ser humano.
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