
‘La Odisea’: la osadía de Christopher Nolan de adaptar la épica al cine
Hace casi tres mil años, Homero escribió ‘La Odisea’. Desde entonces, la literatura no ha dejado de regresar a ella. En aquel momento, el autor instauró una de las historias fundacionales de la literatura más importantes de todos los tiempos, que terminaría por replicar sus arquetipos en cientos de relatos venideros. Hoy, uno de los directores más reconocidos de Hollywood la toma como punto de partida para revivirla y llevarla a la gran pantalla ¿Es ‘La Odisea’ de Christopher Nolan una película que le hace justicia a su obra original o solo es una apuesta osada en el cine?
Por: Ana María Cañon
Un total de 2 horas y 52 minutos, ese es el tiempo que tardea sumergirse en la traducción cinematográfica de un poema épico que tiene 12.000 versos. Un tiempo suficiente para que algunos salgan de la sala y describan la adaptación como una historia poco fidedigna y otros aprecien la forma particular en la que Nolan usa su estilo y sus códigos visuales para contarla.
Ese es el riesgo que los cineastas toman cuando deciden adaptar libros y convertirlos a un lenguaje cinematográfico. La mirada de quienes admiran y aprecian profundamente la palabra escrita nunca podrá complacerse del todo con lo que cuenta la cámara. Hay quienes prefieren, en esa lógica, ver la película como una historia en sí misma, para no sufrir decepciones.
En este caso, sería injusto abandonar la génesis del relato original; tanto como ignorar el carácter individual de su adaptación. Por eso, en mi opinión no se trata de si es o no completamente fiel a lo que Homero narró, pero tampoco puede desligarse de su origen y de lo que representa para la historia de la literatura y la humanidad.

Esta película es la épica del recorrido de Odiseo y su aventura para regresar a Ítaca, tanto como es la épica de la trayectoria de Nolan y su aventura para regresarle a los cinéfilos la experiencia cinematográfica.
La partida: ¿héroes o humanos?
En esta adaptación, Odiseo, en la piel de Matt Damon, es la imagen de un hombre perdido, agotado y confundido. Así es como Nolan lo presenta. Y claro, es un personaje que Homero construyó desde ese lugar: un guerrero que lucha contra los dioses y sus maldiciones; un hombre que vuelve abatido, a pesar de haber logrado invadir Troya en un caballo de madera.
Sin embargo, en la película el carácter humano está por encima de lo heroico. No vemos a un hombre obstinado y sumido en su ego, terquedad y ambición, aunque esos rasgos no dejan de estar ahí. No conocemos al gran líder que logró ganar la guerra, ni tampoco al guerrero que combatió a los dioses, aun cuando lo hace en toda su aventura. En el fondo, se trata de un hombre que se cuestiona profundamente sobre sus creencias, su valentía y su humanidad.

En ese primer acto, conocemos a un Odiseo perdido, que naufraga, con su tropa, no solo en medio del mar, sino en medio de la culpa, el miedo y el arrepentimiento. Y también conocemos a un Telémaco (Tom Holland) frustrado e inexperto, que quiere lograr la grandeza de un padre que desconoce; así como a una Penélope (Anne Hathaway) dolida y solitaria, que lucha por ser valorada por todos los hombres en la trama —una vez más Nolan nos demuestra que la complejidad de sus personajes femeninos se queda corta en comparación con los masculinos—.
Estas dos líneas narrativas se construyen en un montaje simultáneo, pero sin el tiempo suficiente para entablar relaciones profundas. Con este recurso Nolan deja ver su interés por priorizar los conflictos internos de los personajes e indagar en su psique, por encima de los vínculos, la agonía de la espera y los obstáculos externos que deben enfrentar para reencontrarse.
En ese camino, el director nos deja ver, con sus decisiones creativas, a ese adolescente que estudió literatura y creó un club de cine en la universidad. Ese cinéfilo que reconoce que su amor por las historias es igual de grande que su ambición por hacerlas reales.
El mismo que se atrevió a hacer toda esta película con efectos prácticos y decidió grabarla en IMAX de 70 mm, aunque eso significara usar 640 kilómetros de rollo fílmico y diseñar todo un sistema de insonorización para que la cámara pudiera grabar los diálogos sin interrupciones. Y construir su propio caballo de Troya para entrar en la industria y romperla por dentro.

Resulta curioso que, mientras Odiseo se narra como un humano sin un ápice de heroísmo, Christopher Nolan se quiere ver a sí mismo como un héroe; un guerrero capaz de ponerle una armadura a su cámara para luchar contra el cine que depende cada vez más del CGI, la perfección tecnológica y las lógicas de mercado.
Las peripecias: el interés de Nolan por entrar en la psique y salir de lo fantasioso
Es cierto que esta película nunca logrará ser tan épica como la obra original. A pesar de que hay un sin fin de elementos cinematográficos (planos, escenarios, fotografía, arte y música) que buscan construir la imagen como una hazaña monumental. Pareciera que para Nolan no es tan fundamental presentar a los dioses y sus mundos desde esa visión fantasiosa y extraordinaria, así como tampoco busca que las peripecias se vean como relatos sobrehumanos, más bien, traduce todo a un código más psicológico y mundano.
Sus atmósferas frías, su clásica paleta de colores grisáceos, sus planos cerrados y su poco interés por centrar la narración en los diálogos resulta interesante, porque así es como nos muestra que su historia está más enfocaba en construir un Odiseo que se confronta a sí mismo, mucho más de lo que se confronta con los seres mitológicos. Y en esa misma lógica construye un guerrero que siente más miedo de él que de los otros personajes y peligros que aparecen.

En esta parte, Nolan también se atreve a confrontarse como director y nos enseña un cineasta que abandona sus facilidades y se empuja a hacer del rodaje su propia aventura. Con todas las peripecias impuestas por su ego de hacer algo lo suficientemente grande e histórico decide grabar en el mar, construye ciudades enteras, marionetas enormes y un caballo de Troya a tamaño escala. Y así como Odiseo, lleva con él a todo su crew para naufragar y caminar las tierras más rocosas de Italia, en un rodaje tan exhaustivo como la propia aventura épica.
El regreso: la muerte de los dioses y el anhelo de salvar el cine
En la mitología griega, esa que puebla por completo la historia de Homero, los dioses y sus poderes eran esos mandatos destinados a cumplirse. El premio y el castigo eran la creencia total y absoluta que conducían las acciones de los humanos. Por eso, en los relatos, matar a otros hombres con tal de no ser castigados era lo que se debía hacer.
Siglos más tarde, la mirada de Christopher Nolan, permeada por una visión más occidental y moderna, nos plantea todo lo contrario. Nos habla de la compleja relación disruptiva que tenemos con la fe, de la muerte de todos los dioses y de la ingenuidad de los hombres que matan a otros intentando salvarse, desconociendo que no pueden salvarse de sí mismos.
En ese regreso al cine de antes, Nolan retoma y reconstruye la experiencia cinematográfica y le devuelve su alma. El alma de lo análogo, lo tangible, lo sensible y lo real. Él es consciente que no puede ser héroe, ni mucho menos Dios, pero sí que puede narrar desde el lugar más humano posible.
Y en ese desenlace el director se muestra honesto, se deja ver vulnerable y nos interpela para abogar por nuestra vulnerabilidad. Aquí es donde aparecen las preguntas existencialistas (propias de su estilo como guionista): ¿Por qué nos queremos convencer de que no creemos en nada, aunque le tengamos miedo a lo que pueda pasar si no creemos? ¿Por qué construir el relato universal de los hombres que se arrebatan todo los unos a los otros?
Pero surge una pregunta más profunda para él como guionista y director: ¿Podremos salvar al cine de sí mismo? En tiempos de películas empaquetadas al vacío con lógicas de mercado, cuando las historias están invadidas por las métricas y la falta de atención; y donde la experiencia de ir al cine pesa más por lo que opinas que por lo que sientes. ¿Será posible que el cine vuelva a ser arte y reflexión? ¿Podremos revivir las producciones que requieren mucho más esfuerzo técnico, físico y psicológico, aunque eso implique darnos el tiempo para pensar, crear y reconstruir?

Me atrevería a decir que Nolan lo intenta. Intenta salvarse como director en una industria que se come a sí misma, que empaqueta todo y se ahoga en las lógicas de producción y consumo masivo. Por eso, en todos los estrenos de La Odisea sacó de las salas de cine a los críticos que solo opinan como influencers y no con el alma de los cinéfilos.
Y por eso mismo, se encarga de contar la historia más épica de todos los tiempos como si se tratará de la historia más ordinaria y común, a pesar de que hay cíclopes, brujas, gigantes y sirenas. Para él no se trata sobre la valentía y la audacia de los héroes y tampoco es sobre los dioses y su grandeza. A los dioses los matamos hace rato, así como matamos la esperanza de salvarnos como humanidad.
De eso se trata este ejercicio cinematográfico: adaptar La Odisea siglos después y traer preguntas nuevas para recordarnos que es la historia de todos los tiempos; la historia de los hombres peleando contra sí mismos y contra otros; la historia de la humanidad.
Finalmente, llevar la épica al cine es un acto osado por parte de Christopher Nolan porque lo "épico" también reposa en la grandeza del espectáculo cinematográfico y la ambición artística de contar historias que parezcan monumentales, aunque en el fondo se traten de lo más ordinario.
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