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Tabaco, el pueblo fértil perdido por la fiebre del carbón

Al menos 24 comunidades han sido desterradas por la expansión de la mina de carbón a cielo abierto en La Guajira. Varias de ellas aún esperan que se haga justicia.

Por: Rainiero Patiño M.

Cuando Eulalia Arregocés Díaz era niña, hace poco menos de 83 años, Tabaco era un pueblo pequeño con un puñado de casitas construidas alrededor de un arroyo generoso y tenía una buena calidad de tierra para cosechar patilla, melón, ahuyama, guineo, millo, maíz, yuca, mango y guayaba, que crecían de manera silvestre bajo las grandes ramas de roble, ceiba, jobo y trupillo. También crecía, por supuesto, el tabaco. Esta vitalidad hizo que el pueblo creciera muy rápido. Pasó a convertirse en caserío y luego en un corregimiento de Barrancas, con colegio, puesto de salud, iglesia y hasta su propio santo, San Martín de Porres, el primer mulato beatificado de América.

En Tabaco todo era tranquilidad hasta finales de la década de 1970, cuando recibieron las primeras visitas de personas que les vinieron a hablar de “progreso, riqueza y bienestar”. Eran los delegados de lo que hoy todos conocen como el Cerrejón, el proyecto de minería a gran escala que ha influido, para bien o para mal, durante más de 40 años en la vida de los habitantes del departamento de La Guajira. Por lo menos 24 comunidades como Tabaco han sido desterradas desde entonces.

Allí, Eulalia, sus 10 hijos y su esposo, Salvador Solano Parodi, además de dos rosas de verduras –como se les conoce a los cultivos pequeños en la costa colombiana– que les alcanzaban para comer y regalar, tenían ganado y hacían queso que llevaban a vender a Maicao. No eran ricos, pero nunca les faltaba comida y trabajo. Por eso, siempre les generó mucha tristeza tener que salir de su tierra. “Es que allá la gente solo se moría de vieja”, dice Eulalia, a quien conocían en el pueblo como Yaya, la matriarca.

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