Ir al contenido principal
Convencer a un votante es comprender su malestar
Convencer a un votante implica, ante todo, leer su malestar. No para manipularlo, sino para comprenderlo. | Foto: Colprensa

Convencer a un votante es comprender su malestar

El psiquiatra José A. Posada Villa, Director del Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN de la Clínica Montserrat Hospital Universitario analiza por qué los votantes no eligen solo con cifras, sino con base en relatos que reconocen sus frustraciones, miedos y expectativas.

Por: Jose A Posada Villa

En cada campaña electoral se repite el mismo libreto: candidatos que despliegan cuadros comparativos, citan indicadores macroeconómicos, exhiben logros de gestión y confían en que la racionalidad del votante hará el resto. Es un ritual tecnocrático que supone que la ciudadanía decide su voto como quien evalúa un informe de desempeño. Sin embargo, la evidencia empírica y la experiencia política muestran que esta premisa es insuficiente. Los votantes no se mueven por la contundencia de los datos, sino por la capacidad de un discurso para reconocer su malestar y situarlo dentro de un relato comprensible.

La política colombiana —y buena parte de la de otros países— ha vivido durante décadas bajo la ilusión de que la información técnica es persuasiva por sí misma. Pero la adhesión electoral no se produce en el terreno de los porcentajes, sino en el de la interpretación. Las cifras describen, pero no explican. Un votante no cambia de posición porque le muestren que la inflación bajó dos puntos, sino porque siente que su vida cotidiana sigue marcada por la incertidumbre.

El error de fondo es asumir que la ciudadanía vive la realidad como la viven los expertos: a través de indicadores. Pero la vida no se experimenta en porcentajes. Se experimenta en trayectos largos en transporte público, en salarios que no alcanzan, en trámites que desgastan, en la sensación de que el país avanza sin uno. Cuando la política ignora esa dimensión, se vuelve distante, fría, incapaz de generar identificación.

Convencer a un votante implica, ante todo, leer su malestar. No para manipularlo, sino para comprenderlo. La ciudadanía no busca líderes que tengan todas las respuestas técnicas, sino líderes capaces de nombrar lo que duele. Cuando un discurso logra poner en palabras aquello que el ciudadano vive pero no logra formular, se produce un efecto inmediato: el votante siente que alguien lo entiende. Ese reconocimiento es el núcleo de la persuasión política.

El reconocimiento funciona como un puente entre la experiencia individual y el relato colectivo. Cuando un ciudadano escucha que su frustración laboral, su miedo a la inseguridad o su desconfianza institucional no son fallas personales sino síntomas de un contexto más amplio, se activa un vínculo político. Ese vínculo no depende de la precisión técnica del diagnóstico, sino de la capacidad de situar al votante dentro de una narrativa que le haga sentido.

Esto no significa que los datos no importen. Importan, y mucho. Pero su función no es convencer, sino respaldar. Los datos son necesarios para diseñar políticas públicas, evaluar resultados y garantizar transparencia. Sin embargo, en el terreno de la persuasión electoral, su eficacia depende de algo previo: que el votante sienta que su experiencia ha sido reconocida.

La historia política reciente ofrece múltiples ejemplos de campañas que triunfaron no por la solidez de sus propuestas, sino por su capacidad de interpretar el malestar social. Cuando un discurso logra condensar frustraciones dispersas en una imagen coherente del país, adquiere una fuerza que ninguna presentación técnica puede igualar. La política se vuelve entonces un ejercicio de lectura emocional y simbólica, no solo de gestión.

Este fenómeno tiene implicaciones profundas para Colombia. En un país marcado por desigualdades persistentes, brechas territoriales, desconfianza institucional y una sensación extendida de abandono estatal, el reconocimiento adquiere un valor político extraordinario. La ciudadanía no espera soluciones inmediatas, pero sí espera una comprensión honesta de sus condiciones.

La tecnocracia, cuando se desconecta de esa realidad, se vuelve un lenguaje vacío. La política, cuando renuncia a la técnica, se vuelve irresponsable. El desafío es integrar ambas dimensiones: un diagnóstico que reconozca el malestar y una propuesta que lo aborde con rigor. Primero se reconoce; luego se explica; después se propone. Saltarse el primer paso es condenar los otros dos al fracaso.

También es necesario advertir que esta lógica puede usarse de manera destructiva. La historia está llena de líderes que han explotado el malestar social para convertirlo en resentimiento, exclusión o polarización. Pero el riesgo no invalida la premisa: la política siempre opera sobre emociones colectivas. La pregunta no es si se debe hablarle a las emociones, sino cómo hacerlo sin degradar el debate público.

Convencer a un votante no es ganar una discusión técnica. Es ofrecerle un lugar en el relato nacional. Un lugar donde su experiencia tenga sentido, donde su malestar sea legítimo y donde su voz sea parte de la conversación pública.

La política del reconocimiento no es sentimentalismo. Es una lectura más precisa de cómo decide la gente. Porque al final, un votante no elige solo un programa: elige un sentido. Y quien logre nombrarlo con claridad tendrá siempre una ventaja que ningún gráfico puede igualar.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales