
“Vivimos en un país de genios y no nos hemos dado cuenta”: Fernando Gómez Echeverri
‘Vida de artistas’ es una antología bastante apretada de las crónicas y reportajes que el periodista y crítico Fernando Gómez Echeverri ha escrito sobre figuras de la plástica colombiana.
Por: Eduardo Arias
A Fernando Gómez Echeverri lo picó la curiosidad por el arte desde que era un joven reportero en Cali. Esa curiosidad se transformó en pasión y en los últimos 30 años ha escrito centenares de reseñas críticas, reportajes y columnas de opinión sobre pintores y exposiciones.
El libro Vida de artistas – Crónicas del arte colombiano recoge varios de sus reportajes, así como algunos ejemplos de su serie Autorretratos, un cuestionario que diseñó y que varios artistas le han respondido.
Fernando Gómez nació en Palmira, Valle, en 1974. Ha ejercido su profesión de periodista en el diario El Tiempo. Director de la revista Bocas y editor de Cultura de El Tiempo, también dirigió las revistas Don Juan y Habitar. Fue editor y parte del equipo fundador de Gatopardo y columnista de arte de la revista Semana, CAMBIO habló con él acerca del libro y de su mirada del arte colombiano.
CAMBIO: ¿Cómo escoger un puñado de textos de los cientos que usted ha escrito sobre arte?
Fernando Gómez Echeverri: Todo comenzó por el perfil de Débora Arango; me di cuenta de que era una excepción haberla entrevistado, que era un privilegio haber estado sentado con ella y que era una lástima que se perdieran sus palabras y la historia tan dura que vivió en un país y una sociedad conservadora que siempre la maltrató. Hoy es una heroína y el billete de 2.000 pesos lleva su cara, pero hasta su muerte fue una gran desconocida y una gran incomprendida. Y todavía lo es: no tiene sentido que el Banco de la República –el lugar donde está lo mejor del arte colombiano– no pueda comprarle al Museo de Arte Moderno de Medellín, MAMM, un par de obras suyas. Ella hizo su donación de más de 200 cuadros porque se iban a podrir en su casa y durante toda su vida nadie las quiso; no las donó porque quisiera que estuvieran juntas. Recordé el perfil de Antonio Caro y del mes en que fui su perseguidor para entenderlo y tratar de atrapar en palabras su genialidad. Recordé la entrevista que le hice a Fernando Botero y las aventuras que me contó cuando era joven y pobre y se paseaba por toda Italia en una moto y dormía en las bancas de los parques para conocer los frescos de los grandes maestros en iglesias perdidas de 1400. Eran historias que quería que no se perdieran. Y por eso le di prioridad a los perfiles que contaban vidas; que eran vitalidad pura y no sólo se quedaban con el análisis de la obra, y por eso dejé por fuera el grueso de mis columnas en El Tiempo y en Semana. Y también dejé por fuera varios textos de artistas que quiero y admiro, porque mis palabras no estaban a la altura ni de sus obras ni de sus vidas.
CAMBIO: ¿Usted es consciente del legado que dejan sus escritos, que no son opiniones eruditas para expertos sino una crónica-reportaje del arte colombiano de los últimos 30 y pico años?
F. G. E.: Desde que empecé a escribir he tratado de acercar a los lectores al arte; porque es algo que me emociona y me conmueve y quiero transmitir esa emoción y despertar la curiosidad y la pasión de la gente. El arte colombiano es supremamente poderoso y el país no ha estado a la altura de sus artistas; en estos días he pensado mucho en un documental de Luis Ospina en el que sale con una cámara a la calle a preguntarle a la gente si sabe quién es Andrés Caicedo. Y la gente responde, ‘¿un guerrillero?’, ‘¿un político?’ Nadie responde que es un escritor. Hoy en día se podría hacer el mismo ejercicio con artistas como José Antonio Suárez, Juan Fernando Herrán, Clemencia Echeverri, Óscar Murillo, Doris Salcedo, Miguel Ángel Rojas, Juan Cárdenas o Beatriz González, y las respuestas serían igual de absurdas; me encantaría que el libro se dejara leer fácilmente y que la gente descubriera a todos estos artistas y los textos los llevaran directo a sus obras. Siento que he sido muy afortunado de estar tan cerca de los grandes creadores de nuestros tiempos. Y cuando busqué el título del libro me encontré con Vidas de grandes artistas, de Giorgio Vasari, un libro que narra las historias de Giotto, Botticelli y el grueso de artistas del Renacimiento: todos fueron sus contemporáneos y él se puso en la tarea de contar sus vidas. Los artistas que he conocido son nuestro propio Renacimiento.

CAMBIO: Cuando usted comenzó a escribir el panorama del arte colombiano era bastante diferente al del presente. ¿Cómo ha cambiado? ¿En su opinión en qué ha progresado y en qué se ha retrocedido? No sólo en el terreno de los artistas sino también museos, galerías, curadores…
F. G. E.: Los coleccionistas y los curadores se han convertido en estrellas. Artbo se ha consolidado como una cita importante todos los años. El Museo del Banco de la República es un lugar de primer nivel y ha hecho exposiciones notables. El Museo Nacional (desde la salida de Elvira Cuervo y Beatriz González) dejó de tener exposiciones memorables o, por lo menos, imponentes, ambiciosas y multitudinarias como la hicieron de Picasso. El Salón Nacional de Artistas se convirtió en… ¡nada! Hoy en día es absolutamente irrelevante. La colección Botero es un referente tan importante, que los Rolling Stones -en su día libre en su visita a Bogotá- se pasaron una tarde entera en sus salas. Y Mick Jagger es un tipo con bastante mundo como para saber qué vale la pena y qué no vale la pena. La gente no tiene miedo de las instalaciones ni del video. Las nuevas generaciones son más generosas: no hay peleas espantosas entre pares, sino que hay una hermandad mucho más fuerte. No se critica para destruir ni para hundir al otro. Hay rezagos como el odio irracional contra un artista como Óscar Murillo, al que no le perdonan que sea de La Paila y tenga pasaporte inglés y esté en los principales eventos del arte mundial. Los museos de arte moderno continúan sufriendo por falta de presupuesto y ese es solo un ejemplo de la ignorancia del gobierno (de todos los gobiernos), porque La Tertulia, el Mamm, el Mambo y el Museo Rayo, ahora con Miguel González a la cabeza como curador, deberían ser el gran motor del arte contemporáneo. Hay que resaltar la aparición de espacios como NC Arte, la Feria del Millón o la creación de un barrio de artistas como San Felipe.
CAMBIO: Desde su punto de vista, ¿el público colombiano en general conoce y valora el arte colombiano, en particular el del presente? Entre el público incluyo a quienes deciden en los medios de comunicación cuánto espacio se le debe dedicar al arte.
F. G. E.: No. No lo conoce. Y la culpa, en parte, es de la falta de instituciones fuertes. El Mambo, con Claudia Hakim a la cabeza, tuvo que poner un letrero de ‘Se alquila’ en el techo para llamar la atención del estado financiero del museo: ¡es absurdo! Los grandes museos en todo el mundo tienen dinero para su funcionamiento, para hacer mega exposiciones y para hacer publicidad de esas mega exposiciones. En Colombia, los museos tienen que hacer exposiciones con las uñas. Es un milagro que logren los montajes que logran, pero llevar la gente al arte también cuesta dinero, se necesita publicidad, marketing y unas oficinas de prensa sólidas. Y hay otro punto: no hay grandes colecciones institucionales salvo la del Banco de la República... El arte tiene que comunicarse. Tiene que crecer. La Bienal de Bogotá ha sido ejemplar en ese sentido. Y, por suerte, la ciudad ha respondido y durante las protestas que pasaron por la Plaza de Lourdes la misma gente protegió la obra del argentino Leandro Elrich y su casa flotante no se convirtió en una casa en llamas o una casa destrozada llena de grafitis.
CAMBIO: ¿Qué opina usted del arte conceptual colombiano? Hay quienes lo defenestran, otros que lo defendemos.
F. G. E.: El Colombia Coca-Cola de Antonio Caro es una genialidad absoluta; sólo con esa obra todo el arte colombiano de los últimos 100 años tiene sentido. Es una obra que puede ser la portada de un libro con los mejor del arte colombiano de todos los tiempos y englobar a Fernando Botero, Andrés de Santamaría, la Escuela de la Sabana, las videoinstalaciones de José Alejandro Restrepo y los Diez metros cúbicos de Jaime Ávila, por ejemplo. Hoy esa obra está en la colección permanente del MoMa de Nueva York: ¿cuántos artistas de todo el mundo no quisieran estar ahí?
CAMBIO: ¿El cuestionario que usted le ha hecho a varios artistas en la serie que titula Autorretratos a qué obedece? ¿Qué busca usted develar con esas preguntas?
F. G. E.: Lo pensé para grandes maestros; desde tiempos de Gatopardo, cuando leíamos mes a mes V_anity Fair_, nos quedábamos como bobos leyendo el cuestionario Proust de su última página. Son preguntas aparentemente sencillas, pero que revelan los gustos y la personalidad de cada uno: ¿Picasso o Duchamp?, ¿qué tan ordenado es su taller?, ¿a qué artista le pediría que pintara su autorretrato?
CAMBIO: ¿Por qué es importante para el país, la sociedad en general, escribir sobre arte, hablar de arte?
F. G. E.: El arte colombiano ha contado el país desde todos los puntos de vista posibles. Los machetes de Fabio Melecio Palacios hablan de los cultivos de caña, pero también de racismo y esclavitud; las obras de Doris Salcedo, Clemencia Echeverri o Beatriz González cuentan nuestra violencia salvaje; el Todo está muy Caro de Antonio Caro habla de nuestra eterna pobreza cotidiana y del fracaso económico de todos los gobiernos. Ana Mercedes Hoyos vio las maravillas geométricas de los bodegones espontáneos de las palenqueras y vio sus cuchillos como herramientas artísticas y no elementos para matar y degollar. Carlos Jacanamijoy, Bernardo Montoya o Natalia Castañeda han visto la espectacular belleza del país y la han mostrado con una sensibilidad genial, única. María Fernanda Cardoso tiene una obra inclasificable, personal y tan fascinante como un museo de ciencias naturales. Jaime Ávila veía el ritmo urbano de la calle. Las fotos de Leo Matiz, Hernán Díaz, Ruven Afanador, Nereo López, Óscar Monsalve, Juan Pablo Echeverri y otros tantos fotógrafos deberían estar en un museo dedicado solo a ellos. La gente no sabe cómo se conecta la obra de Ramírez Villamizar, Rayo y Negret con las culturas precolombinas. Tampoco ha sonreído lo suficiente con el humor de Nadín Ospina, Juan Mejía, Álvaro Barrios, Wilson Díaz o el de Santiago Cárdenas. Tampoco tiene en la cabeza una obra maestra del arte colombiano como Musa paradisiaca, de José Alejandro Restrepo. Vivimos en un país de genios y no nos hemos dado cuenta.
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