
Bugonia: ¿pueden jurar que no vivimos entre álienes?
Ema Stone, protagonista de Bugonia como Michelle Fuller, alta ejecutiva ¿y alienígena? Créditos: @bugoniafilm
La nueva película del premiado director griego Yorgos Lanthimos, que sigue a un apicultor convencido de que ha de salvar al mundo quitando del medio a los álienes, es más que una caricatura de los delirios contemporáneos.
Yorgos Lanthimos, para bien y para mal, ha ido creando una obra cinematográfica que no escapa a las fórmulas. Ver su nombre en la pantalla remite inequívocamente a la comedia negra, la sátira social, los dilemas distópicos y una noción tan retorcida como inquietante de la justicia y la venganza. Los espectadores sabemos que de sus películas se sale salpicado en sangre y que el cinismo, la manía y la alienación suelen signar la cadencia de sus dramas.
Bugonia, su nueva película protagonizada por Ema Stone y Jesse Plemons (el psycho preferido de Hollywood) sigue a Teddy, un apicultor consumado que logra convencer a su primo –el inolvidable Don– de secuestrar a Michelle, glamurosa e impoluta ejecutiva y cabeza de una poderosa farmacéutica, con el argumento de que es una de las alienígenas que han sido enviadas a la tierra para someter y esclavizar a la raza humana.
La película funciona, divierte y estremece, porque logra conjugar su clave oscura-cómica con la verosimilitud psicológica de los conspiranoides patológicos. La enfermedad del pensamiento de su protagonista, como suele ocurrir en la obra del griego, se entremezcla con reclamos viscerales y legítimos que sitúan al espectador cuerpo a cuerpo junto a Teddy –que, lo sabrán cuando la vean, tiene motivos suficientes para desear creer que los horrores del mundo y la muerte en vida de su madre se expliquen por la ‘mano’ negra de álienes macabros–.
Lo aterrador y brillante del guion de Will Tracy (adaptación de la película surcoreana Save The Green Planet!), que Lanthimos lleva a su desmesurada cosmovisión cinematográfica, es que el alienado apicultor que busca culpables a lo largo y ancho de la vía láctea, hoy más que nunca, es una sombra que nos susurra a todos.
Parece ser que la intención del premiado director trasciende el mero placer de saberse y probarse como uno de los mejores para ridiculizar hasta el extremo los delirios contemporáneos; el griego también parece preguntarse, más allá de la caricatura, si las teorías de conspiración que se esparcen por la Tierra como maleza, no son acaso un mecanismo saludable para enfrentar un mundo en el que las abejas son reemplazadas por drones polinizadores y las farmacéuticas (nos) venden 414.000 millones de dosis diarias.
Todos tenemos un familiar, amigo, vecino o conocido al que oímos cada tanto y con lástima relatarnos sus teorías galácticas y conspiracionistas. Lo que Bugonia pone sobre la mesa es el reclamo poético y desgarrado de tomarlos en serio. Pues, querámoslo o no, y esto cada vez se va poniendo peor, participamos de su miseria y su veneno. ¿Quién puede jurar por Dios que cuando las atrocidades del mundo le caigan encima no señalará, de rodillas, algún planeta lejano para buscar culpables inorgánicos? ¿Quién puede jurar por Dios que Trump y su séquito de billonarios tienen corazón, cerebro y glóbulos rojos? ¿De verdad están tan seguros de que Elon Musk no es un reptiliano?
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