EL MAGO DE LAS PALABRAS
Muchos columnistas escriben columnas malas, algunos escriben columnas buenas, y muy pocos hacen magia. Luis Guillermo Vélez es uno de ellos y acaba de hacer un truco admirable: escribió unas palabras y luego las hizo desaparecer. El texto que publicó la semana pasada en La Silla Vacía llevaba originalmente una frase que ya no aparece por ningún lado. La frase de marras presentaba al candidato presidencial de izquierda Iván Cepeda como “el Pol Pot del Parkway”. Así como suena, tal cual: el Pol Pot del Parkway. No invito al lector a que vaya a comprobarlo por sí mismo: sencillamente, no se puede. La breve oración fue suprimida de un momento a otro, y no hay ninguna nota editorial que dé cuenta del porqué.
Le pregunté a La Silla Vacía. Me respondieron que la sección de opinión no tiene edición previa pero que, una vez publicada la pieza, dedicada única y exclusivamente a criticar al presidente Petro y al candidato del Pacto Histórico, un editor la leyó y se dijo que era ofensivo comparar a un hombre como Cepeda, que siempre ha estado en la vida democrática y civil, con Pol Pot, el terrorífico dictador comunista de los Jemeres Rojos que, entre 1975 y 1979, pasó a cuchillo a una cuarta parte de la población de la lejana Camboya, según los cálculos más parcos. Ese es el símil que utiliza Luis Guillermo Vélez: dos millones de camboyanos asesinados, mil quinientos al día durante más de mil trescientos días. Parece chiste, pero no lo es, y el anónimo editor vio bien: la frase es ofensiva; luego se lo hizo saber al autor y, con su consentimiento, la borró. Pero lo hizo sin añadir un aviso porque consideró, como me dijo La Silla, que era algo “menor en el contexto de la columna”.
Menor, no era y no es. Se trata de una frase meditada con mala bilis para que, en la imaginación del lector, el rostro de Cepeda se transfigure y adquiera las facciones asiáticas del genocida Pol Pot. ¿Y qué es exactamente lo que sugiere el exviceministro de Defensa Luis Guillermo Vélez? ¿Que Cepeda es un tirano en potencia que va a exterminar a diez millones de colombianos siguiendo los mismos criterios de Pol Pot, para quien usar gafas equivalía a ser un burgués de pacotilla al que había que ejecutar? La Silla puede creer que la trampa sofista de Vélez no era algo importante. Yo creo que sí, y creo, además, que un columnista tiene que apersonarse de las cosas que dice en sus columnas. Pero el juicio, en últimas, no les corresponde ni a La Silla ni a mí. Sino al lector.
Al pobre lector, quiero decir, porque llegar al final de la diatriba del señor Vélez es difícil. Hasta el santo Job hubiera tirado la toalla. Es un mazacote de metáforas cursis y prosa altiva, interrumpido apenas por uno que otro destello de humildad involuntaria, como cuando Vélez se queja del desplome del sistema educativo y, sin querer queriendo, termina como ejemplo: es incapaz de poner una sola coma bien. Vélez ejerce, además, el raro arte de tener un pódcast de historia, con pomposo nombre francés -Déjà vu-, sin saber mayor cosa de historia de Francia: le atribuye a Luis XIV una frase que dijo Luis XV, la de “después de mí, el diluvio”. No es un error nimio: salvo en el nombre, los dos Luises no se parecen en nada. El uno estuvo consagrado al Estado; el otro, no: a derrocharlo.
Además de libros de historia y manuales de gramática, a Luis Guillermo Vélez le vendría bien leer a… Luis Guillermo Vélez. Él mismo ha escrito en contra de la “deshumanización del contradictor”. Criticó, con razón, el infame discurso del presidente Petro sobre la guerra a muerte, porque, como observó filológicamente en una de sus columnas, “las palabras matan”. Y es cierto: acá, en Colombia, donde hay tanto colombiano suelto, hay palabras políticas que pueden matar. A Vélez no le gusta que llamen esclavistas a los empresarios -a mí tampoco- y le fastidia que gradúen de cipayos a los medios de comunicación -a mí también-, pero ahora no tiene empacho en decir que Iván Cepeda es un Pol Pot de por acá. Sus otras críticas a Cepeda, algunas de las cuales son serias y yo mismo comparto (como su rol en la construcción de la política de la paz total), no se alcanzan a oír dentro de la gritería de sus peligrosas bufonadas, que no terminan siendo buenas para unos (los de derecha), ni para otros (los de izquierda), ni mucho menos para todos.
Y no puede decirse que sea humor, porque el humor da risa y hace pensar, y lo de Vélez ni da risa ni hace pensar. Simplemente, da miedo. Ponerle el toque barrial del Parkway no suaviza nada. Solo vuelve más frívola una comparación ya de por sí grotesca. En el fondo, no se trata solo de una desmesura personal, sino de un vicio más amplio que aqueja a ciertos opinadores autoproclamados de centro: en su afán por desmarcarse de los extremos —que por alguna razón casi siempre ubican a su izquierda—, acaban usando un lenguaje más sectario y más violento que aquel que dicen rechazar.
Por parte de La Silla Vacía, encuentro que hay algo bueno y algo malo. Lo bueno es que hay un editor con buen ojo. Ojalá se hiciera sentir antes de la publicación de las columnas, pero eso es harina de otro costal. Y no digo, por supuesto, que toda corrección deba venir escoltada de una nota editorial: un ajuste de tuercas a una frase chueca, un gazapo menor no la requieren. Pero lo malo es que aquí no estamos hablando de eso, sino de una comparación políticamente venenosa que, por un error de criterio, se borró en silencio. Eso había que decírselo al lector. De lo contrario, queda flotando una idea dañina: la de que los medios suprimen alegremente líneas importantes sin decir nada. Y en esto que llamamos periodismo, para emplear las palabras del juez Louis Brandeis, el mejor desinfectante sigue siendo la luz del sol. Por desgracia, esta vez se impuso la sombra rápida de la prestidigitación de Vélez.
Aunque, bien mirado, el truco salió regular. El mago escribió la barbaridad. El editor la hizo desaparecer. Y luego todos fingieron que el conejo nunca había estado dentro del sombrero. Pero sí estuvo. Y el problema no es solo el conejo. También es el mago.
Nota: antes de aparecer aquí, esta columna fue ofrecida a La Silla Vacía, que no quiso publicarla. Aclaro que nunca he publicado en ese medio.
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