
La reapertura de las relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro no va a ser ni fácil ni rápida. Esa fue la conclusión que me dejó el encuentro que tuvieron Gustavo Petro y el presidente de Venezuela en el palacio de Miraflores la semana pasada.
La cita fue corta, por no decir que fugaz y el recibimiento que le hizo Maduro a Petro fue de trámite, casi que igual de gris a los nubarrones que nos recibieron en el aeropuerto de Maiquetía.
Media hora después, Petro y su pequeña comitiva entraban al palacio de Miraflores en Caracas. Los dos presidentes se saludaron sin mayor efusividad y después de una corta parada militar se perdieron por entre los pasillos del palacio. Luego de la foto de rigor, que se hizo en un pomposo salón tutelado por un inmenso cuadro del Libertador y de que Maduro le mostrara a Petro la espada de Bolívar diciéndole que esa sí era “la original”, pasaron a manteles.
Me cuentan que el almuerzo fluyó de manera cordial, pero sin mayores conclusiones. Maduro estuvo acompañado por varios ministros, comenzando por Delcy Rodríguez, su ministra de relaciones exteriores, por el ministro de agricultura, por el de defensa y por el embajador de Venezuela en Colombia. Petro solo llevó a Caracas a su canciller Álvaro Leyva; al embajador colombiano en Venezuela, Armando Benedetti; al embajador en la OEA, Luis Ernesto Vargas y a Laura Sarabia, la jefe de gabinete que actúa como su sombra.
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