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“Es un nervio que no se nos quita”: así vive Zarzal después del terremoto
Zarzal, uno de los municipios del norte del Valle del Cauca más afectados por el terremoto. Créditos: Facebook Zarzal, Valle
País

“Es un nervio que no se nos quita”: así vive Zarzal después del terremoto

Alejandra rezaba frente a una iglesia cuando vio que el techo empezó a caerse. Había vuelto a Zarzal después de una década para ver a su abuela de 90 años, pero ese reencuentro coincidió con el terremoto del 10 de agosto. En los días siguientes, el municipio ha estado sin agua, sin luz, sin gas y con el miedo de cada réplica.

Por: Carol Tatiana Gómez

Alejandra Naranjo se arrodilló y comenzó a orar porque en ese momento de pánico sintió que no había más opciones, y ahí frente a la iglesia, encomendándose y encomendando a su familia a Dios, la fachada comenzó a desmoronarse. Alejandra no sabía si había pasado un minuto, dos, o exactamente cuánto, y tampoco sabía quién venía detrás.

Al crujido de la tierra le siguió el crujido del techo triangular de la iglesia, que se cayó a pedazos y dejó entrever el esqueleto de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, que en Zarzal ha sido resguardo por generaciones y que el 10 de agosto quedó sin cielorraso, en medio del terremoto de 7,4 que sacudió al suroccidente de Colombia.

A unos metros, la hermana de Alejandra sacaba casi a rastras de la casa a Mariela, su abuelita de 90 años, que unos meses atrás había sido operada de la cadera y a la que se le dificultaba caminar debido a la recuperación. Era por ella que todos estaban ahí.

Concreto y bahareque

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Una vivienda de madera y bahareque quedó reducida a escombros tras el terremoto en Zarzal, Valle del Cauca. Créditos: Dilian Francisca Toro / Gobernación del Valle del Cauca.

Cuando comenzó a temblar, Alejandra se estaba cepillando los dientes frente al espejo y pensó: “Ay, Dios, estoy mareada”, pero luego escuchó los gritos desde afuera. Corrió a la habitación por su hijo de 8 años, que estaba durmiendo, y lo sacó en sus brazos. Al otro lado de la enorme casa, su hermano seguía durmiendo y fue su papá el que reaccionó a tiempo para evacuar al patio, mientras Alejandra corrió con su niño en dirección contraria, hacia el parque donde estaba la parroquia.

Esa casona, en la que se hospedaban al menos 15 personas que estaban de visita, tenía más años que la abuela Mariela: “La estructura es vieja. La verdad, muy vieja. Es la casa de la niñez de mi abuela”. A esa casa, construida en madera y bahareque, se le cayó una parte del techo: “Se cayeron unas tejas, que donde nos caigan encima, nos matan”.

Ella llevaba más de 26 años viviendo en España y una década sin pisar Colombia. Junto con sus otros hermanos, que también residían fuera del municipio, decidieron volver precisamente por Mariela, cuya vida entera ha transcurrido en Zarzal, Valle. “La verdad, yo no quería volver, pero al ver que venían todos, dije: 'Bueno, voy', y tomé la decisión hace dos semanas de viajar”, afirmó. En la casa de la abuela estaban hermanos, parejas, niños y hasta bebés cuando ocurrió el terremoto que sacudió el suroccidente del país.

Según la Gobernación del Valle, Zarzal fue uno de los municipios más afectados, pues al menos 700 viviendas resultaron dañadas tras el sismo, una cifra que las autoridades elevaron después a cerca de 5.000 estructuras en todo el departamento. En el municipio se reportaron varios heridos y dos personas fallecidas.

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Una mujer mayor es evacuada frente a una vivienda destruida por el terremoto en Zarzal, Valle del Cauca. Créditos: Dilian Francisca Toro / Gobernación del Valle del Cauca.

Mientras en algunos puntos los equipos de emergencia y voluntarios removían cuidadosamente las capas de concreto y cemento buscando sobrevivientes, en otras zonas los tejados de barro cocido y los ladrillos volvían el suelo de color terracota y las casas de madera y bahareque quedaban reducidas a un caos de vigas rotas llenas de polvo. Las imágenes difundidas por la Alcaldía y medios locales dieron cuenta de la magnitud de la tragedia.

Sin servicios, pero con comunidad

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Sin agua potable tras el terremoto en Zarzal, la familia recurrió al pozo de una tía para el aseo diario. El agua no es apta para el consumo. Foto: suministrada a CAMBIO por Alejandra Naranjo.

El terremoto fue el comienzo de una serie de sucesos que mantienen en alerta a la comunidad, incluso ya tres días después. Sin gas, sin energía eléctrica y sin agua durante las primeras horas tras el sismo, la familia de Alejandra, junto a otros vecinos, tuvo que encender leña en el patio para preparar un sancocho y así alimentar a los niños, bebés y adultos de su casa y de la cuadra.   

El agua es uno de los problemas que más se ha prolongado. “Mi tía tiene un pozo, pero el agua no es potable. Lo estamos usando para los baños o para ducharnos, y el agua que están repartiendo los bomberos es mínima”, aseguró.

A la caída de los servicios se sumó el desorden en algunos de los colegios municipales, pues mientras los medios reportaban la suspensión de clases y la revisión de infraestructura por grietas y fallas en los planteles, sobre el terreno la falta de protocolos claros se hizo evidente y, en medio de las réplicas y con las paredes agrietadas, algunos docentes pretendían hacer reingresar a los estudiantes a los salones, según contó Alejandra. “Muchos vecinos no tenían cómo recoger a sus hijos y, pues, mi papá fue en el carro y los recogió”, dijo Alejandra.

Esa tensión también se vivió en la red de salud. Según reportes de la Gobernación del Valle del Cauca, el Hospital Departamental San Rafael de Zarzal vio colapsada su capacidad de urgencias en cuestión de horas tras la llegada de decenas de heridos, mientras el personal médico intentaba responder en medio de los agrietamientos en la infraestructura y las alertas de evacuación por las constantes réplicas.

Tres días después, en Zarzal ya volvió parte de la energía pero siguen sin servicio de agua. “Nosotros como tal, agua potable no tenemos. Compramos potes sobre todo por los niños. Dicen que están arreglando”. Pero más allá de los servicios públicos, el miedo persiste en los habitantes de Zarzal: “Es el nervio que yo creo que tenemos todos", dijo Alejandra. "Un nervio que no se nos quita".
 

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