
Chíquiza, cerco de fuego: crónica desde el cerro que no da tregua
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El incendio que arrancó el 19 de septiembre en el cerro San Marcos ya deja más de 1.200 hectáreas quemadas —715 dentro del Santuario de Iguaque— y sigue con dos frentes activos pese al 75 por ciento de control reportado hoy.
El incendio se encendió el sábado 19 de septiembre, hacia las dos de la tarde, en el sector de La Marmolera, en el cerro San Marcos. Setenta horas después, las cifras oficiales hablan de más de 1.200 hectáreas quemadas, dos frentes activos y un tercero sin confirmar. La hipótesis principal es que fue provocado, tanto así que la Gobernación de Boyacá ofrece una recompensa de 45 millones de pesos. Villa de Leyva declaró la calamidad pública desde el primer día. El fuego, que nació en un solo cerro, se partió en dos: un frente bajó hacia Sáchica y Ráquira, el otro subió hacia Chíquiza.

Chíquiza y el cinturón de fuego
Cuando llegamos a Chíquiza, a las 11 de la mañana, el fuego está ensañado con una de las únicas casas campesinas enquistadas en el cerro. El cielo está despejado, casi sin nubes, y las ráfagas de viento hacen ondular la humareda que sale del foco del incendio que más de 20 personas entre bomberos, miembros de la Defensa Civil, voluntarios y campesinos intentan aplacar.
Desde este lado, mirando al cerro de frente, parece que el destino de la casa está sellado y que, al igual que la vegetación a su alrededor, el fuego va a ennegrecerla y devolverla a las cenizas; a convertirla en abono de ese paisaje marchito –y marciano– que los incendios forestales pintan.

La parte del cerro que vemos quemarse, a la altura del sector de Villa Rosita, ardió durante toda la noche. Las imágenes, registradas por un noticiero local, son desoladoras (y macabramente bellas): una cinta de fuego uniforme, como si fuera el cinturón de un dios, alumbra la noche como un volcán que abre los brazos mientras consume medio centenar de hectáreas (las cifras son todavía una aproximación). Las imágenes remiten a un sueño lúcido de William Turner.
Aunque la cámara está lejos, el sonido del crepitar de la vegetación (y la fauna) ardiendo es ávido y elocuente. Deja claro que el fuego, una vez se instaura, puede con todo. Hasta con el entusiasmo de las más de 200 personas que durante el día intentaron aplacar los incendios en Chíquiza.
Desde las 4 de la mañana
Caminamos hacia el cerro para comprobar desde adentro la suerte de la casa amenazada.
Se salvó.
Nos lo cuenta José Edgar, campesino de Chíquiza, que hoy lleva viéndoselas con el fuego desde las cuatro de la mañana. Luego nos muestra, con orgullo, la pala y el machete con las que los voluntarios y campesinos como él le estrechan el camino a los incendios.

No es la primera vez que le añade a su jornal varias horas de trabajar hombro a hombro con bomberos y brigadistas. José Edgar nos cuenta que cada cuatro años, cuando la montaña se prende, él está ahí.
—Me toca irme porque también tengo labores que hacer —nos dice como si tuviera que justificarse con alguien por abandonar la montaña en llamas. Y emprende camino hacia el norte, en donde el humo anuncia que hay otro foco. Otro incendio. Más y más fuego.
“Es el peor incendio que he visto en mi vida”
Iván Amado, secretario de gobierno de Sáchica, lleva dos días y medio metido en el cerro de Chíquiza. Nos habla con pesadumbre de todos los animales que ha visto incinerados en la montaña.
—¿Qué tan grave es este incendio?
—El peor que he visto en mi vida. Desde hace doce años que no había un incendio de esta magnitud. Mucha fauna silvestre y mucho árbol nativo que se está quemando. Lo más triste es que estos son puntos de captación de agua y que las más afectadas van a ser las comunidades.

El secretario dice también que quiere que se haga justicia con los presuntos provocadores de los incendios. Y deja en claro que, sin la ayuda de los campesinos, que son quienes muestran los caminos, el trabajo contra el fuego no sería posible. Más de 500 personas convocadas a través de grupos de WhatsApp y juntas de acción comunal se han coordinado para atender la emergencia.
Los incendios desde adentro
Una vez la casa quedó a salvo del fuego, el grupo se desplaza hacia el norte del cerro, en donde la humareda anuncia un foco grande.
Hay bomberos de Paipa, Oicata, Chinavita, Toca, Chiquinquirá; miembros de la Defensa Civil; un grupo de estudiantes de colegio de Villa de Leyva; otro de voluntarios que llegaron desde Cali; adolescentes alemanes que estaban de visita y se sumaron a la causa; campesinos y campesinas.
La comunidad.
Ante el fuego, los que mandan son los bomberos. Ellos son los que determinan dónde echar el agua, dónde darles a las llamas con el ahogafuego (una pala con un caucho largo en la punta), dónde rastrillar y en qué partes echar machete para cortar cactus, arbustos y ramas y que así el fuego no tenga materia prima para propagarse.

Los demás, los que no son expertos, obedecen. Y ejecutan. Dan machete y rastrillan, hacen cadenas humanas para que el agua, que suben en baldes, llegue hasta los puntos críticos.
Arriba, en el cielo, como pájaros enardecidos, nos sobrevuelan los helicópteros que traen agua desde una finca en Sáchica. Se ocupan de los focos en lo alto de la montaña, más al norte, que siguen salidos de control desde hace más de 70 horas.
Los ojos arden. De la montaña caen piedras hirviendo que, más abajo, pueden iniciar otro foco. Las cenizas de la vegetación quemada, con los vientos, pueden convertirse de nuevo en fuego. El olor a fogata de gran escala se clava en los pulmones. Se nos seca la boca y la sensación de estar caminando por Marte es cada vez más latente.

Un foco se apaga, otro foco se prende. Del radio de uno de los bomberos sale una voz que denuncia que una mujer, más adelante, fue vista propagando un fuego. Se dice que ya le tomaron fotos. "Hay que estar pilas", responde el bombero.
Los helicópteros vienen y van, vienen y van. El humo, más al norte, se hace más denso y amenazante, y muta de azulado a rojizo en otro viso tan bello como atroz. La naturaleza es sinuosa hasta cuando agoniza.
Luego, nos topamos unas vacas amarradas.
—Si no apagamos ese fuego, pailas, ternera a la llanera —bromea un bombero.
Los vientos, como nos lo advirtió un campesino a nuestra llegada, arrecian entre la 1 y las 4 de la tarde. Es la 1:20 p.m. y ya hay dos focos que se volvieron a prender.

Otra vez el fuego. A pesar del esfuerzo, desde muy temprano, de la comunidad.
A pesar de las oraciones que llegan sin cesar a los grupos de voluntarios de WhatsApp implorándole a Dios que mande agua, que llueva, que esto termine ya.
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