
Buenaventura: un laboratorio de paz en medio de la inmensa miseria
CAMBIO viajó a Buenaventura para comprobar, de primera mano, cómo está funcionando el laboratorio de paz que pretende devolverle la tranquilidad a la gente, y entrevistar a los protagonistas de la tregua pactada el pasado 2 de octubre entre Shottas y Espartanos, que les dio un respiro a las comunidades, azotadas por la guerra urbana. A pesar del reciente asesinato de uno de los miembros de los Shottas, la voluntad de paz parece seguir firme. Hablamos con monseñor Rubén Darío Jaramillo, facilitador del cese al fuego, con los voceros de las bandas criminales, enfrentadas en una guerra a muerte por el control de los barrios, y con las autoridades nacionales y municipales.
Por: Olga Sanmartín
Después de 95 días de tregua entre las bandas criminales Shottas y Espartanos, el ambiente de tensión regresó a las calles de Buenaventura el pasado miércoles 4 de enero, cuando un integrante de los Shottas fue asesinado en plena calle. La gente temió lo peor. La esperanza de la paz parecía desvanecerse. Sin embargo, pasados algunos días, los voceros de las dos bandas afirmaron a CAMBIO que sus líderes preferían insistir en la vía del diálogo como recurso para solucionar sus diferencias y continuar con la tregua.
Shottas y Espartanos saben que Buenaventura no aguanta más violencia y que los 100 días de pausa han representado un alivio para los bonaverenses, tras dos años de sufrir de miedo extremo. Los meses de diciembre de 2020 y 2021, no pudieron celebrar el fin de año; primero, los encerró la pandemia, y después, la guerra. Pero la risa volvió el 2 de octubre de 2022, cuando el acuerdo de tregua entre las bandas se selló con un partido del fútbol que le dio paso a un diciembre alegre.
CAMBIO recorrió Buenaventura el fin de semana que precedió la Navidad. El bulevar, donde están el malecón, el parque y la zona hotelera, estaban atiborrados de familias que pasearon durante toda la temporada decembrina hasta tarde en la noche para ver el alumbrado, tomarse un viche, comer helados y jugar con los niños. Nada extraordinario, de no ser porque en Buenaventura toda la ciudadanía estaba presa y resignada a encerrarse día a día a las seis de la tarde para protegerse de la violencia generada por las bandas criminales.
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