14 Enero 2023

Buenaventura: un laboratorio de paz en medio de la inmensa miseria

CAMBIO viajó a Buenaventura para comprobar, de primera mano, cómo está funcionando el laboratorio de paz que pretende devolverle la tranquilidad a la gente, y entrevistar a los protagonistas de la tregua pactada el pasado 2 de octubre entre Shottas y Espartanos, que les dio un respiro a las comunidades, azotadas por la guerra urbana. A pesar del reciente asesinato de uno de los miembros de los Shottas, la voluntad de paz parece seguir firme. Hablamos con monseñor Rubén Darío Jaramillo, facilitador del cese al fuego, con los voceros de las bandas criminales, enfrentadas en una guerra a muerte por el control de los barrios, y con las autoridades nacionales y municipales.

Por: Olga Sanmartín

Después de 95 días de tregua entre las bandas criminales Shottas y Espartanos, el ambiente de tensión regresó a las calles de Buenaventura el pasado miércoles 4 de enero, cuando un integrante de los Shottas fue asesinado en plena calle. La gente temió lo peor. La esperanza de la paz parecía desvanecerse. Sin embargo, pasados algunos días, los voceros de las dos bandas afirmaron a CAMBIO que sus líderes preferían insistir en la vía del diálogo como recurso para solucionar sus diferencias y continuar con la tregua.

Shottas y Espartanos saben que Buenaventura no aguanta más violencia y que los 100 días de pausa han representado un alivio para los bonaverenses, tras dos años de sufrir de miedo extremo. Los meses de diciembre de 2020 y 2021, no pudieron celebrar el fin de año; primero, los encerró la pandemia, y después, la guerra. Pero la risa volvió el 2 de octubre de 2022, cuando el acuerdo de tregua entre las bandas se selló con un partido del fútbol que le dio paso a un diciembre alegre.

CAMBIO recorrió Buenaventura el fin de semana que precedió la Navidad. El bulevar, donde están el malecón, el parque y la zona hotelera, estaban atiborrados de familias que pasearon durante toda la temporada decembrina hasta tarde en la noche para ver el alumbrado, tomarse un viche, comer helados y jugar con los niños. Nada extraordinario, de no ser porque en Buenaventura toda la ciudadanía estaba presa y resignada a encerrarse día a día a las seis de la tarde para protegerse de la violencia generada por las bandas criminales.

Estábamos en la comuna 1, la más segura y turística de la ciudad. Pero ni siquiera esta zona hotelera estaba a salvo. Antes de la tregua, en horas de la noche este lugar parecía fantasmal. Sí, a partir de las seis de la tarde, los negocios cerraban sus puertas y las calles quedaban vacías; la gente, en toda la ciudad, se refugiaba en sus casas para evadir las balas y la violencia criminal.

"Claro que sentimos el cambio, solo queremos que dure"

La comuna 7 es una de las más difíciles. El control por el territorio lo comparten y lo pelean a diario las dos bandas. Barrios como Juan XXIII, Bellavista y Kénnedy vivieron dos años de guerra a muerte y las fronteras invisibles impedían el paso de los vecinos, incluso de una calle a otra, so pena de muerte. Allí también se notó la tregua. Los comerciantes, sonrientes, abrieron sus negocios y las familias salieron a las calles a celebrar hasta tarde en la noche. Lo mismo sucedía en la zona comercial del barrio La Pila, en la comuna 2. Sentadas frente al puesto de venta de ropa, Liseth y Kelly conversaban tranquilas, y decían: “Antes no podíamos sentarnos acá afuera, tendríamos que estar dentro del puesto y cerrar antes de las seis de la tarde. Claro que sentimos el cambio, solo queremos que dure”.

Frente a la tienda de abarrotes, un grupo de jóvenes jugaba cartas, algo antes impensable: “Todo era de puertas para dentro. Nosotros solo sentíamos las balaceras frente a nuestras casas. Ni pensar en asomarse por la ventana, porque si lo veían a uno, lo consideraban testigo y al día siguiente le daban media hora para abandonar Buenaventura”.

Buenaventura
Foto: Bernardo Peña

Un conductor de taxi nos dijo que sentía la paz pero que la extorsión había aumentado, también los robos; que le cobraban 5.000 y 10.000 y 15.000 barras y que, mientras la gente no tuviera trabajo, las cosas no iban a cambiar.  Aún no se atrevía a ingresar a algunos barrios: “¿Quién va a entrar por allá para que lo maten a uno?”. Otro taxista nos contó que recogió en la avenida a un hombre de mediana edad que “vive en el barrio La Independencia y era la primera vez en dos años que salía de su zona hacia el centro de la ciudad”.

"Uno siempre vive con miedo de que lo maten".

Así vive Buenaventura tras el acuerdo de tregua. Hasta una joven agente de Policía que hacía guardia en el hotel donde nos hospedamos, sintió que la situación mejoró: “Uno siempre vive con miedo de que lo maten. Una cosa es estar acá en el hotel y otra en el barrio donde vivo. Todos los días, cuando salgo de casa, me echo la bendición y pido regresar. Ahora me siento más segura”.

No cabe duda, Buenaventura respira tranquilidad desde el 2 de octubre del año pasado y al menos así sigue siendo hasta mediados de enero. La gente se volcó a las calles en todos los barrios de la ciudad y volvieron a escucharse en la noche los tambores y las marimbas en medio de la esperanza, interrumpida por asomos de incertidumbre: “Ojalá esta paz dure”, parece ser el clamor a ritmo de currulao.

Buenaventura
Monseñor Rubén Darío Jaramillo trabaja con las mujeres de los integrantes de Shottas y Espartanos para generar espacios de aprendizaje y esparcimiento. Foto: Bernardo Peña

El protagonista de este “milagro” tiene nombre propio: monseñor Rubén Darío Jaramillo, obispo de Buenaventura, un religioso que insiste en sembrar la paz como única salida. Su trabajo con los grupos criminales (Shottas y Espartanos) comenzó mucho antes de la Paz Total del actual Gobierno. No soporta ver el sufrimiento del pueblo bonaverense, de los niños, las mujeres, los ancianos, dice que “es difícil comprender la dimensión de lo que aquí es guerra” y sabe que la otra opción “es seguir matándonos”. Tuvo dos acercamientos fallidos con los criminales, y finalmente allanó el camino para la tregua que permitió los acercamientos iniciales con el Gobierno en lo que se denominó Laboratorio de Paz. ¿Quién es este obispo? ¿Cómo ve el proceso de paz? 

Shottas y Espartanos, la mutación criminal

Monseñor se sienta en la mesa de acercamientos preliminares. Lo hace al lado del alto comisionado de Paz, Danilo Rueda, quien reconoce que “todos los procesos son vulnerables” (ver entrevista completa Comisionado).

Buenaventura
Monseñor Rubén Darío Jaramillo, obispo de Buenaventura. Foto: Bernardo Peña 

Del otro lado de la mesa, están las dos bandas criminales, Shottas y Espartanos, que han aterrorizado a la población desde diciembre de 2020. Eran La Local y se dividieron en una disputa por el control territorial de una de las más apetecidas rutas de salida al mar, por la que tradicionalmente sacan droga, oro, madera, animales silvestres y otros artículos del comercio ilegal. Son literalmente locales, nacidos en Buenaventura, bautizados por las autoridades como La Local. Se conformaron en 2017 para sacar del juego a La Empresa, un grupo criminal organizado en 2007 por foráneos de las disidencias paramilitares (los Rastrojos) que en 2013 y 2014 perdieron la guerra contra los Urabeños, grupo al que hoy llaman “el león dormido”.

Buenaventura
Foto: Bernardo Peña 

En los noventa había sido el frente 30 de las Farcel que había mantenido el control de las rutas de Buenaventura, y que fue desplazado por el paramilitarismo. Como quien dice, en la ciudad portuaria las bandas criminales mutan de nombre y están conformadas por toda suerte de disidencias de las Farc, de los paramilitares y también de los grupos de delincuencia común organizada, en una lucha criminal por el microtráfico, el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando de armas y más.

Shottas y Espartanos están conformados por jóvenes y líderes de las comunidades, cuya única oportunidad de sobrevivencia ha sido unirse a la delincuencia organizada desde muy jóvenes. La mayoría crece en barrios olvidados, sin el cuidado de sus padres, sin posibilidad de estudio ni trabajo. Los líderes son su ejemplo por seguir. Tradicionalmente el oro ha sido un símbolo de poder en Buenaventura (también en el mundo) y se expresa según el tamaño de los anillos que porte el líder: algunos cubren la primera falange y se unen como uno solo en los cuatro dedos de la mano. Ellos también alardean de las motos, la ropa de marca, las mujeres y los whiskys más costosos, en cambio no se preocupan por sus lugares de vivienda, pueden ser tan modestos como abandonados y sucios.

Buenaventura
Foto: Bernardo Peña 

Sus nombres, Shottas y Espartanos, se derivan del cine. Shottas es el título de una película sobre dos criminales jamaiquinos y la palabra se usa en Jamaica para señalar a los delincuentes. Espartanos hace referencia a 300, título de un filme que narra las duras batallas de los guerreros espartanos en la Antigua Grecia. Como ya se dijo, eran La Local, con más de 2.000 integrantes que se dividieron para enfrentarse a muerte por el control de cada barrio, de cada calle, de cada avenida, y sometieron a la comunidad entera a la ley del terror.

Los Shottas, con más de 800 hombres, controlan parte de las comunas continentales y las zonas rurales, y los Espartanos, con unos 900 integrantes, las insulares, zonas comunicadas por el puente El Piñal. Los peores y más frecuentes enfrentamientos se dieron en el área continental, en las comunas donde hay presencia de las dos bandas, como son la  7 y la 8, donde quedan barrios como Bellavista, Kennedy, San Luis y Juan XXIII y donde la guerra no tuvo pausa hasta el pasado 2 de octubre.  

Hoy son Laboratorio de Paz y quieren que continúen los acercamientos, encabezados por el alto comisionado de Paz. CAMBIO entrevistó a los voceros de los dos grupos. Entre otras cosas, piden que se les permita seguir haciendo presencia en sus barrios, “para que no llegue un tercer grupo armado a ocupar su lugares, y se repita la historia”. Shottas insisten en el diálogo, pero piden seguridad para sus líderes, empleo y proyectos concretos para las comunidades. (ver entrevista completa SHOTTAS). Por su parte, los Espartanos advierten que un desarmarse daría paso a las disidencias paramilitares y de las Farc, que están tras el control de Buenaventura. (Ver entrevista completa ESPARTANOS). No les falta razón. Detrás del control de las rutas del narcotráfico y microtráfico en Buenaventura están el ELN, las disidencias de las Farc y de los paramilitares (Clan del Golfo, Gaitanistas, etcétera).

Así es Buenaventura

No es gratuito que Buenaventura sea uno de los lugares del mundo donde el crimen se ha instalado con mayor libertad. Según fuentes consultadas por CAMBIO, al permanente abandono estatal se suman sus varias salidas al mar, no hay un muelle oficial y los grupos delincuenciales (guerrillas, paramilitares o ambos) cobran vacuna doble en los atracaderos: al que entrega la mercancía (legal e ilegal) y al que la recibe; la informalidad es generalizada, el rebusque es la principal fuente de empleo; en la ciudad todos los comerciantes pagan extorsiones, grandes y pequeños, y si alguien construye una casa, debe pagar un porcentaje a las bandas criminales. Buenaventura tiene los bisabuelos más jóvenes de Colombia y los embarazos de niñas desde los 12 años son el pan de cada día, pero no hay una sede de Profamilia. La cultura del narcotráfico y el microtráfico es el común denominador. Cada calle, cada carrera tiene un jefe: “La mayor parte del comercio legal lo mueven los paisas”, cuenta un ciudadano, y la población productiva (inversionistas y negociantes) es flotante: van a Buenaventura por uno o dos días a la semana, se hospedan en hoteles y regresan a Cali o a otras ciudades. No hay clase alta ni estrato 4, 5 o 6 (salvo en los pocos hoteles de lujo), estas clases sociales “se acabaron hace años, cuando los más favorecidos migraron”; tampoco hay estratos porque al lado de una casa de estrato 1, puede haber una de estrato 3. La última generación de jubilados, trabajadores de la economía legal, salió de la Flota Mercante Grancolombiana, el ferrocarril y Colpuertos. Ninguna de esas empresas existe hoy.

Buenaventura
Foto: Bernardo Peña 

Nadie sabe cuántos son sus habitantes. Según el más reciente censo del Dane, había 311.824 en 2020. Dicen los bonaverenses que esa cifra está bien lejos de la realidad; pueden ser más de 500.000. Por un lado, porque cuando el Dane hizo el censo, la violencia urbana no les permitió a los encuestadores adentrarse en algunos barrios; de otra parte, explica Edwin Patiño, personero de Buenaventura, porque el desplazamiento forzado de los últimos dos años ha sido masivo: “En 2022, solo en lo registrado por la Personería del Pueblo, han sido desplazadas 2.861 familias, sin incluir los registros de la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría. El año 2022 dejó 300 casas abandonadas por desplazamiento forzado. Y al tiempo que salen familias locales, llegan otras desplazadas de la zona rural, o del Chocó o de otros vecindarios en conflicto, con tan mala suerte que son revictimizadas, porque llegan a la ciudad portuaria creyendo que allí podrán encontrar un lugar donde asentarse, pero al poco tiempo son de nuevo forzadas a desplazarse por la acción de las bandas criminales” agrega Patiño.

"Buenaventura produce millones de dólares, pero a su comunidad llega solo pobreza"

Las ganancias de las empresas no se quedan en Buenaventura, como tampoco las generadas por los tres puertos que allí operan, principalmente por la Sociedad Portuaria Regional, manejada por unas cuantas familias adineradas y algunos concesionarios extranjeros. Como quien dice, Buenaventura produce millones de dólares, pero a su comunidad llega solo pobreza, a la vez que la corrupción de los gobiernos municipales ya hace historia.

El puerto genera más de 5 billones de pesos en impuestos aduaneros y mueve cerca del 50 por ciento de la economía del país. Pero las comunidades han sido condenadas a estar lejos de los lugares de la pesca, sin agua; se les desplaza y se hace un plan de desarrollo que solo beneficia a unos pocos y “contratan a gente de fuera, del Eje Cafetero”, explica un trabajador del puerto que prefiere no ser identificado. Por eso no sorprende que en Buenaventura “haya más oferta laboral ilegal, en la delincuencia, que en la legalidad”, dice el personero Edwin Patiño.

Buenaventura
Estos palafitos, ubicados en el muelle, contrastan con las enormes naves de carga que llegan a diario a Buenaventura. Atraso y miseria, la otra cara del puerto. Foto: Bernardo Peña

El agua potable llega de cuando en cuando, de seis a ocho horas cada dos días para quienes tienen mayor suerte o llega en carrotanques. Gran parte de la población rural solo tiene acceso a las aguas lluvia. La gerente de la Sociedad de Acueducto, Alcantarillado y Aseo de Buenaventura (SAAAB), Enna Ruth Cruz Montaño, dice que ya la empresa asumió la operación del servicio de acueducto y que están terminando trabajos que dependen del gobierno nacional. Una vez finalizados, explica, la empresa trabajará Gara darles agua las 24 horas del día a todos los ciudadanos. Eso no sucederá antes de ocho años. Tampoco Buenaventura cuenta con alcantarillado.

El alcalde Víctor Hugo Vidal, elegido de la Coalición de la Dignidad tras el paro de 2017, dice que la Alcaldía está cumpliendo y que tiene un presupuesto claramente asignado para cada una de las actividades. Sin embargo, sobran las voces que se quejan porque “esta alcaldía tampoco ha hecho nada por Buenaventura”.

Buenaventura, el pobre pez

Como si fuera la columna vertebral de un pez, a la zona urbana de Buenaventura la atraviesa de punta a punta la centenaria y única avenida de la ciudad: la Simón Bolívar. De ella, al igual que las espinas dorsales del pez, de lado y lado se desprenden largas calles que dan ingreso a los barrios de las 12 comunas de la ciudad; las primeras cuatro corresponden a la zona 1, la insular, también conocida como isla Cascajal, y las ocho restantes, zona 2 o El Pailón, la continental. El puente El Piñal, también centenario, comunica las dos áreas urbanas, que suman apenas el 0,4 por ciento de toda el área municipal (lo demás es área rural) y concentra al 92 por ciento de la población total, de la cual el 98 por ciento es de estratos 1 al 3, siendo del 1 el 55 por ciento de lo habitantes. Estos porcentajes, por lo general aburridos y a la vez insólitos, muestran por sí solos la extrema miseria que caracteriza a Buenaventura y que, por supuesto, también se extiende a las zonas rurales.

Buenaventura
La Gloria, comuna 12. Los niños crecen en la miseria y son "semilleros" para la delincuencia. Foto: Bernardo Peña 

Académicos, universidades, organizaciones internacionales y nacionales han hecho a lo largo de dos décadas decenas de estudios profundos y serios sobre la miserable situación que viven las comunidades de Buenaventura, los actores de la violencia, el abandono y la extrema pobreza. Sin embargo, gobierno tras gobierno ha decidido cerrar los ojos e ignorar a las comunidades sumidas en la peor de las pobrezas, al tiempo que las políticas de Gobierno han favorecido a los empresarios que se lucran de los jugosos dividendos que deja el puerto.

El Gobierno de Gustavo Petro decidió voltear la mirada hacia la ciudad portuaria, le ha devuelto la esperanza a sus comunidades con el Laboratorio de Paz y la Paz Total y quiere negociar con los criminales. Lo dijo en la pasada Cumbre de Alcaldes del Pacífico, cuando declaró que Buenaventura tendría que ser un gran puerto, y denunció que el racismo había marcado el olvido de esta zona del país.

Buenaventura
Tiene 12 años, y quiere tener moto y dinero, como su primo. Foto: Bernardo Peña 

Su propósito no será fácil, hay extrema vulnerabilidad en el proceso por posibles enfrentamientos entre las dos bandas criminales, por la acción de actores criminales externos y porque el último informe global de Human Rights Watch sobre la situación de derechos humanos en 2022 es desalentador. No solo porque denuncia que la violencia se ha incrementado en todo el país, sino porque el organismo considera inconveniente llegar a acuerdos de paz con bandas criminales y no cree que en estos casos deban aplicarse mecanismos como la justicia transicional, aunque considera pertinente acuerdos que reduzcan las penas. Por esta noche, los bonaverenses pueden conciliar el sueño y esperan un nuevo amanecer en el que al fin existan como colombianos para un país y para un presidente.