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Mayo (r) de la Policía Guillermo Solorzano, víctima de las Farc.

“La JEP tiene que lucirse y dictar una sentencia digna del sufrimiento de las víctimas”: mayor (r) Guillermo Solórzano

Mayo (r) de la Policía Guillermo Solorzano, víctima de las Farc. Foto: Pablo David-CAMBIO.

El mayor retirado de la Policía Nacional Guillermo Solórzano padeció casi cuatro años de secuestro a manos de las Farc: fue golpeado, humillado y torturado. Hoy, mientras espera de que la JEP emita su primera sentencia, el exoficial denuncia que las víctimas de la fuerza pública están desprotegidas y le cuenta cuenta a CAMBIO por qué decidió perdonar.

Por: Alejandra Bonilla Mora

El mayor retirado de la Policía Nacional Guillermo Javier Solórzano fue secuestrado el 4 de junio de 2007 en Miranda, Cauca, por la columna móvil Gabriel Galvis de las Farc, del Bloque Occidental, al mando de 'Pablo Catatumbo', hoy firmante de paz. Solórzano estaba de descanso con su hija en la casa de un amigo comerciante. Se los llevaron a todos. Iba a ser ejecutado, pero cuando Diego Merchán Ardila, alias Leonel Paz, advirtió que tenía en su poder a un uniformado de alto grado en Florida, Valle, le avisó que iba a estar en la “bolsa de uniformados canjeables”. Solorzano le contó a CAMBIO su historia.

CAMBIO: Cuéntenos, en la medida que usted considere, el trato que recibió.

Guillermo Javier Solorzano:  Cuando las Farc acordaron ese execrable crimen de secuestrar a militares, policías y políticos, y también a personas de la comunidad, aprovechaban para someterlo a uno no solo para diezmar su fuerza, sino también la parte psicológica y moral. Atendiendo el juramento constitucional y entrenamiento, en mi caso personal siempre traté de no ser inferior a esa tortura psicológica y física, sino de mantener una serenidad estoica, aun en los más difíciles del secuestro. Viví muchas de las ‘marchas de la muerte’. Al mes del secuestro me intenté fugar, estuve 10 horas fuera del campamento y eso me trajo a mí una serie de castigos 'revolucionarios'. Me castigaron durante ocho meses sin botas, me colocaron otra cadena al cuello y un par de esposas por 45 días. Eso me limitaba para comer y para hacer mis necesidades. Tuve que aprender a hacer eso. A veces ni les decía que me quitaran las esposas, sino que yo trataba de maniobrar lo que tenía que hacer así. Ellos veían la dificultad en mí y se reían. Entonces yo más era fuerte para poder afrontar la situación que estaba viviendo. Pensaba que ese era un momento temporal y que tenía que ser superior para no claudicar.

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