
“Soñé que sería y soy”: Benjamín Ortiz, nuevo presidente del CNE
De niño trabajó la tierra, vendió hojas de bijao y dejó los estudios seducido por las primeras ganancias del comercio. Años después regresó a las aulas y se hizo abogado. El nuevo presidente del Consejo Nacional Electoral habla con CAMBIO sobre el camino que lo llevó hasta allí, la confianza en las elecciones y la responsabilidad de cuidar la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas.
Hace unos días, cuando fue elegido presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), el magistrado Benjamín Ortiz Torres recibió un mensaje en su celular de un número desconocido. No reconoció de inmediato el nombre del remitente, pero sus palabras lo conmovieron.
“Me escribió un señor que se llama Carlos Arturo Vásquez, y el mensaje dice: ‘Doctor Benjamín, muchas felicitaciones por llegar a tan alta investidura. Muchos éxitos en su gestión como presidente del CNE. Le escribe su amigo de infancia, el hijo del señor al que ustedes le vendían el café en grano’. Guardé su número, quiero verlo algún día para tomarme un tinto con él y darle un abrazo”, dice el magistrado Ortiz.
La historia del nuevo presidente del CNE es una historia de mérito, disciplina y oportunidades aprovechadas, la de una persona que se abrió camino desde un origen popular y campesino, que trabajó desde niño, que dejó temporalmente los estudios y regresó a las aulas cuando ya era adulto, impulsado por la convicción de que la educación podía cambiar el futuro de su vida. Hoy, al recordar sus inicios, se siente orgullloso al ver cómo pasó de trabajar como vigilante a ocupar algunas de las más altas responsabilidades de la organización electoral colombiana.
Ortiz Torres conoce por dentro la organización electoral. Abogado, especialista en Derecho Administrativo y Derecho Electoral, y magíster en Derecho Disciplinario, ha dedicado más de tres décadas al servicio público. Durante quince años fue secretario general del Consejo Nacional Electoral y también ocupó la Secretaría General de la Registraduría Nacional del Estado Civil, dos cargos desde los que acompañó de cerca la preparación, vigilancia y desarrollo de numerosos procesos electorales.
Su trayectoria incluye, además, pasos por la Contraloría de Bogotá, la Superintendencia de Transporte y el Consejo Superior de la Judicatura. Magistrado del CNE desde septiembre de 2022, ha participado en decisiones sobre financiación de campañas, vigilancia electoral y garantías democráticas. Ese conocimiento acumulado, fruto de años de trabajo en distintas áreas del Estado, explica su elección como presidente del organismo durante este periodo de transición.
El magistrado resume así el aporte que hizo el CNE, bajo la pasada presidencia de Cristian Quiroz, a la reciente jornada electoral: “El aporte es haber adelantado un proceso revestido de garantías, facilidades y comodidades, pero, sobre todo, de credibilidad para todos los actores; para quienes aspiraban tanto al Congreso como a la Presidencia de la República, para quienes participaron en las consultas internas y abiertas de los partidos, pero, especialmente, para los más importantes: los electores. Los ciudadanos pueden estar seguros, y me juego la vida, de que los resultados son el trasunto fiel de la voluntad que consignaron en las urnas”.
CAMBIO habló con el presidente Ortiz sobre su experiencia de vida y los retos del CNE.
CAMBIO: ¿Cómo fue el camino que le permitió llegar al Consejo Nacional Electoral?
BENJAMÍN ORTIZ TORRES: Vengo de un hogar campesino, conformado por una campesina santandereana, como en la canción de José A. Morales, y por un señor de Prado (Tolima), que era agricultor. Nos criamos en una vereda de Ibagué que se llama Santa Teresa, muy cerca de la ciudad. Mi papá trabajaba en lo que llamábamos en el campo ‘agregado’ o ‘partijero’, que consistía en que había un señor que tenía una finca, se la daba a alguien para que la trabajara y esa persona se quedaba con la mitad de lo que produjera; la otra mitad era para el propietario.
CAMBIO: ¿Qué aprendió allá en el campo?
B.O.T.: A recoger café y a guachapear, que es cortar la hierba con machete. Fueron labores que me enseñaron muchas cosas de la vida, sobre todo responsabilidad y mucho juicio en lo que se hace. Fui creciendo con algunas necesidades, con algunas renuncias, pero siempre con alegría. Uno de los secretos de mi existencia es que todo lo que he hecho lo he hecho con amor. Yo cogía café con amor, echaba azadón con amor, pelaba pollos con amor y cuidaba marranos con el mismo amor. Disfrutar lo que hago es lo que me ha garantizado el éxito y, tal vez, haber llegado hasta donde llegué. Todo ocurrió dentro de un marco de principios, valores y virtudes propios de esa gente buena del campo, donde existe mucha bondad y generosidad. En mi vereda uno llega y todavía se saluda, todavía se dan las gracias.
CAMBIO: En el campo había trabajo y ganancias. ¿Y el estudio?
B.O.T.: Cuando estaba en el campo bajaba a vender frutas y hojas de bijao, que eran las hojas en las que antiguamente se envolvía la carne, antes de que hicieran carrera las bolsas plásticas. Cargaba un bulto que pesaba unas cuatro arrobas y llegaba a la plaza a las cuatro de la mañana, vendía las hojas y después empecé a vender frutas. Me convertí en revendedor: compraba en las bodegas y vendía los domingos. Aprendí lo que era comprar un bulto de yuca en cien pesos y hacerle trescientos en un domingo. Entonces pensé: “¿Para qué tengo que estudiar? La plata está aquí. Si tengo uno y hago tres, mañana tendré más”. Dejé de estudiar. Cuando mi mamá se dio cuenta, ya era noviembre. La viejita, con mucho esfuerzo, me seguía dando estudio, había quedado viuda muy temprano. Me dio una pela, eso sí.
Seguí en el comercio y me metí en la agricultura en menor escala. Vendía y revendía huevos, aguacates, guamas, guayabas ácidas, guayabas dulces, naranjas. Vendía de todo y empezó a irme bien. Tendría unos doce o trece años.
CAMBIO: Pero estudiar y hacerse abogado es lo que hoy le permite ser presidente del CNE…
B.O.T.: El hombre que más ha influido en mi vida y al que le debo todo se llama Flavio Rodríguez Arce. Lo conocí, y viendo que yo hablaba y lo hacía bien, me ponía a hablar para animar, como telonero, como dicen los artistas, en ciertas actividades públicas. Me volví amigo de él, le pagaba los recibos y me tomó mucha confianza. A mí me emociona verlo hoy, con los ojos anegados, contemplando el producto que ayudó a formar. Él dice: “Mi hijo es lo más grande, mi hijo adorado”. El viejito me quiere mucho.
El doctor Flavio era secretario de Gobierno y un día estaba como gobernador encargado. Yo tenía veintidós años, aproximadamente, cuando me dijo: “O usted estudia o dejamos de ser amigos”. Le dije: “No puedo estudiar porque no tengo empleo”. Ordenó que me nombraran vigilante.
CAMBIO: ¿Dónde?
B.O.T.: En el Instituto Politécnico Luis A. Rengifo, en Ibagué, con una asignación mensual de 16.100 pesos y un auxilio de alimentación o de transporte. Yo me iba a pie y me ganaba el auxilio. Para mí era un capital, con prestaciones y con todo. A los días llegué a la oficna y me dijo: “Listo, compañero, pero no se alegre tanto. Estamos en octubre. Antes de que cierren los colegios, usted me dice dónde va a hacer los cuatro años de bachillerato que le faltan. Si eso no ocurre, ahí dice ‘libre nombramiento y remoción’. Lo dejo pasar Navidad y en enero lo boto’”. Él soñó con ser consejero de Estado y lo fue. Empecé a buscar colegio. Dije: “Esta es la oportunidad de mi vida. Yo voy a ser alguien en este país”. Y empecé a soñar. Pensaba que podía llegar a ser mensajero de un juzgado, secretario o conseguir algún puesto en la Gobernación.
CAMBIO: Y llega al Consejo Nacional Electoral…
B.O.T.: Llegué el 2 de noviembre de 2002. Me nombraron en un cargo muy modesto, relacionado con el cuidado de los vehículos. Después me nombraron asesor y luego subsecretario. Como subsecretario me tocaba manejar todo lo relacionado con los votos y organizar las jornadas. Yo organizaba aquello y barría el salón. Cuando llegaban los camiones con el material electoral, yo descargaba las cajas junto con los muchachos. Lo hacía a lomo. Ellos me decían: “Pero usted es el jefe”. Uno de ellos fue Pachito Gil, que me enseñó muchísimo. Yo no sabía qué era un formulario E-14 o un E-24. No sabía qué era un escrutinio. Fueron esos muchachos, los obreros, quienes me enseñaron. Una noche les dije a los muchachos: “Yo estoy soñando con lo que voy a ser y algún día lo seré. Voy a llegar al sexto piso”. En ese momento el Consejo Electoral funcionaba en el sexto piso de la Registraduría. Les dije: “Voy a llegar al sexto y voy a llegar como magistrado”. Después llegué a ser secretario general del Consejo. Entonces dije: “De pronto voy a ser presidente”. Y llegué. Soñé que sería y soy.
CAMBIO: En algunos sectores de la ciudadanía existe desconfianza hacia las instituciones. ¿Qué les puede decir a quienes desconfían y cómo hicieron ustedes, los magistrados, para contrarrestar las narrativas que intentaron socavar la confianza en las elecciones?
B.O.T.: Las percepciones sociales y ciudadanas responden mucho a lo que usted llama narrativas. A mis años y con mi experiencia en el servicio público, las narrativas se las dejo a los narradores. Siempre he sido consciente de que, donde yo he estado, el trabajo se ha hecho como corresponde.
CAMBIO: ¿Por qué el CNE insiste tanto en la observación, la transparencia y la confianza, frente a señalamientos sobre supuestos fraudes, robos, problemas con el software o con el código fuente?
B.O.T.: El proceso de escrutinio en este país es completamente manual. Deslegitimarlo es atacar la transparencia de los operadores de justicia electoral, que son los jueces que integran las comisiones escrutadoras municipales y zonales. Esa gente cumple un trabajo y cuenta uno a uno los formularios y los votos. Uno no puede, miserablemente, con el propósito de obtener réditos políticos o de justificar sus fracasos en la misma actividad, pretender enlodar el buen nombre de los jurados de votación. Fueron jurados que trabajaron incansablemente. También estuvieron los testigos electorales que los propios partidos acreditaron. En estas elecciones hubo un número de testigos que duplicó o quizá triplicó el de elecciones anteriores. Hubo veedurías nacionales, internacionales y locales. Todas coincidieron en que el proceso estaba produciendo los resultados que produjo, dentro de los parámetros de la legalidad, la transparencia y la honestidad.
CAMBIO: Teniendo en cuenta su experiencia de vida, ¿qué significa para usted haber sido elegido presidente del CNE?
B.O.T.: Mi elección es un reconocimiento que, en justicia, quisieron hacerme mis compañeros. Mi periodo como presidente es corto. La Constitución Política establece que los integrantes del Consejo Nacional Electoral son elegidos para un periodo constitucional de cuatro años. Mis cuatro años terminan el 31 de agosto.
Yo me debo a mi país y a la confianza que han depositado en mí. Tengo unos hijos y no tengo plata para dejarles. Les voy a dejar el legado de haber tenido un padre capaz de enfrentarse a las circunstancias que la vida le puso al frente y que supo responder a la confianza de los colombianos y a la responsabilidad que recibió cuando fue elegido consejero electoral. Esa es la principal herencia. Fue la que me dejó mi padre a mí: la educación y el ejemplo. Con eso nunca nos va a ir mal.
CAMBIO: ¿Cómo cree que habría recibido su esposa, ya fallecida, este reconocimiento?
B.O.T.: Me preguntaron hace poco qué me falta. Me falta algo irremediable. Aunque ella está espiritualmente conmigo en este momento, debería estar aquí viéndolo.
CAMBIO: ¿Qué seguirá para usted después de la presidencia en el CNE?
B.O.T.: Después compartiré con mis hijos, Mariana y Emanuel, proyección de mi ser en el tiempo y la distancia; evocar con cada aurora la eterna risa de mi esposa, que desde el silencio sublime de la eternidad sigue conmigo, y reencontrarme con mis tres grandes pasiones: la música, la poesía y mi glorioso Deportes Tolima. Mi hija está conmigo estos días y mi hijo lanzó una canción, dentro de su género electrónico, con el mejor sello del mundo. Son pequeñas alegrías que para mí representan mucho. Lo demás lo dirá el tiempo. Estaré siempre dispuesto a aportar a mi país desde el lugar en el que la vida, las circunstancias o los ciudadanos lo consideren. Por ahora retornaré a la academia.
CAMBIO: ¿Es profesor?
B.O.T.: De Derecho Administrativo. La docencia es un nicho espiritual. Cada vez que estoy triste me voy para allá y me transformo, porque es una pasión. Mis clases son como esta conversación: mamando gallo, poniendo ejemplos. Además, soy medio ‘cruel’ y tengo humor negro. Pero mis alumnos me quieren tanto y el grado de confianza es tal que saben que soy su maestro. Más que profesor de Derecho Administrativo, he sido un maestro de vida. Ellos saben de dónde vengo. Hoy puedo llegar en dos o tres camionetas blindadas, pero dentro de ocho días puedo llegar en TransMilenio, porque el cargo es transitorio. Lo que sé y lo que aprendí se irá conmigo hasta la tumba.
CAMBIO: Por su experiencia, a usted se le puede preguntar cómo se obtienen los logros en la vida…
B.O.T.: Primero, proponiéndose algo. Segundo, luchando por conseguirlo, y tercero, cuando llegue la oportunidad, aprovechándola en el mejor sentido de la palabra. Cuando uno es humilde y nace bajo un solar de penurias, necesidades y renuncias, pero también de valores y virtudes, tiene que ‘pilar por el afrecho’, como decimos en el Tolima. Tiene que luchar, luchar y prepararse cada día. Yo descubrí que la senda para alcanzar el éxito era el estudio y saberme comportar en la vida como persona. Jamás perder la decencia ni la dignidad, pero tampoco la humildad, que es tan importante en el alma de los hombres. A través del sacrificio logré superar ese pequeño mundo de casos y cosas en el que, por imperio del destino, me tocó nacer. Lo hice. Lo logré.
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