
No importa en qué hogar de las islas naciste. Siempre, los fantasmas estaban presentes.
Era común escuchar a los abuelos y adultos hablar del espíritu de la mujer vestida de blanco, o del hombre vestido de negro que se transformaba en animal —caballo, iguana o cerdo— para vigilar las fincas, espantar a los ladrones y asustar a los perezosos y callejeros. También estaban los espíritus que aparecían anticipadamente para anunciar la muerte de un familiar: a través de un sueño, un olor, un sonido. Y existen aquellos espíritus vivos que se presentan en figura de muerto para dejar un mensaje.
Las conversaciones sobre sueños con fantasmas que venían a visitar a la familia después de la muerte eran espacios permitidos para los jóvenes. Podían discurrir con adultos sin que se tratara de “temas para adultos”.
Dentro de la idiosincrasia de las islas, los sueños tienen gran relevancia: no solo conectan con el pasado, sino también con el presente. Soñar con aguas negras, limpieza de lugares, un número para la lotería o una muchedumbre de gente, son señales que anuncian la muerte en una familia. Cada historia tiene su propio cuento de fantasmas, más o menos impactante según el día, la hora de la noche y el lugar del suceso.
En las islas, la muerte representa un símbolo de unión, cercanía, un lazo casi inquebrantable. Todos lloran naturalmente el deceso. Es un gran evento que involucra la vestimenta, la limpieza del cuerpo, el pregonero que anuncia el fallecimiento y la organización de la casa hasta el entierro. El cuerpo es relevante: su presencia es inminente, y dondequiera que ocurra el deceso, debe llegar a la isla para recibir sepultura digna. La cremación no es bien recibida.
Existe un miedo manifiesto cuando una persona joven fallece, especialmente en circunstancias trágicas e inesperadas. Ese miedo se asocia con no salir solo al baño o a la calle durante la noche, por temor a ver el fantasma. Un fantasma que no tiene poder sobre los vivos, pero cuya presencia angustia a amigos y familiares. Es una realidad que se transmite de generación en generación.
En otras épocas, la juventud se contentaba con muy poco. Contar cuentos y chistes, estar con los adultos, tenía gran relevancia. No existían los celulares. Estas creencias se vivían cotidianamente, sin pensar en manipulación. Al recién nacido se le amarraba una cinta morada, blanca o negra para protegerlo de los espíritus. Incluso se le pasaba por encima del ataúd para que no tuviera miedo.
Cuando los padres no querían que su hijo estuviera en la calle hasta altas horas, decían que el muerto vendría a la casa y se comería la cena. Y nadie quería quedarse sin su comida. Esa manifestación los hacía quedarse tranquilamente en casa.
Hoy se vive un mundo distinto, lleno de cambios. Desde la pandemia del Covid-19, la muerte ha suscitado mayor importancia o aceptación, a pesar de ser inevitable. En la etnia raizal existe un apego profundo al cuerpo de los muertos. Un entierro raizal es uno de los momentos más tristes y de emociones fuertes, que otras culturas califican de exageración. Aquí se llora al muerto con toda la fuerza. Es común ver desmayos, subidas de presión arterial, hospitalizaciones. El poco llanto puede interpretarse como falta de afecto. Pero aquí, el “pasado del muerto” no importa: lo esencial es el acompañamiento hasta las nueve noches, la despedida final.
Hoy día, especialmente en San Andrés, ronda otro miedo. Un miedo notorio, no asociado a los delirios del pasado. Es un miedo más profundo que aquellos fantasmas en ataúdes pintados en el cielo. Es un recelo marcado por la violencia que carcome la sociedad. Una aprehensión impuesta por la dureza y perversidad del bajo mundo.
Un miedo que debilita, que convierte a todos en carnada. Porque las amenazas, asesinatos, desplazamientos y extorsiones por efecto del conflicto armado —el narcotráfico— no dan tregua.
Pareciera que el miedo de hoy obliga a tocar las puertas de esa visión del pasado. Una visión digna de admiración y respeto. Fantasmas con sonrisas de dientes de oro, que trepaban una camioneta en noche de lluvia y luna nueva para llegar a casa, orgullosos de sus razas y procedencias. Fantasmas que eran defensores y protectores de las familias.
Cada persona tiene y lleva dentro sus propios fantasmas. Aquellos con los que se acuesta y se levanta, cena o desayuna, baila de pared a pared. Fantasmas que eventualmente le brindan amor o espanto.
El fantasma del miedo, o aquel que te lleva de la mano y te acaricia en la oscuridad, y susurra en tus oídos...
¿Cuál es tu verdadero fantasma?
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