
Con la acusación que da título a esta columna, el tristemente célebre magistrado del Consejo Nacional Electoral (CNE), Álvaro Hernán Prada, intentó mancillar el nombre de Gustavo Petro. Lo hizo durante el desgobierno de Iván Duque. El personaje de marras fue más allá, sindicó al hoy presidente de Colombia de vínculos con el narcotráfico. Dos acusaciones que ni los peores enemigos de Petro le han endilgado. Cabe recordar que Petro en sus tiempos de senador, fue el azote de la narcopolítica. Por razones de espacio no incluyo la extensa e inquietante lista de políticos que fueron sindicados, procesados y condenados por actividades gansteriles, pero pueden consultarla en este enlace. La mayoría de ellos pertenecieron, o pertenecen aún a las marcas políticas del expresidente Álvaro Uribe y del exvicepresidente Germán Vargas, principales azuzadores de Prada y Lorduy, los dos peones de brega que en el tablero del CNE tienen la misión de descuadernar la devaluada democracia colombiana.
La maniobra realizada en el seno del CNE contra el presidente Petro es una operación política con una patina jurídica. Una chapuza judicial que tomó forma mediante un comunicado de prensa que pareciera redactado por el mismísimo Cantinflas. Habría que preguntarse en qué escuela aprobaron la primaria los señores Prada y Lorduy. Tamaña vergüenza para sus maestros o maestras. La extrema derecha colombiana no pareciera aprender de su reciente pasado. Coloca en las instancias gubernamentales a sus peores alumnos. Una mala señal de la oposición si desea volver a Palacio de Nariño: queremos gobernar con los peores.
Si hubiera que escribir en Colombia una enciclopedia de la infamia, Prada ocuparía un largo capítulo. Un personaje que según el portal Pares no ha traído nada bueno al país, salvo el de acampar en los lugares donde se urden engaños, canalladas y manipulaciones políticas. Lorduy, en cambio, podría encarnar al protagonista de Mis rincones oscuros, el relato autobiográfico del escritor californiano James Ellroy, para mi gusto el mejor autor negro criminal del planeta. Una chica de dieciséis años muerta en Barranquilla en 1979 por una escopeta que se dispara sola, daría para una miniserie en la que el señor Lorduy pudiera echarle una mano al guionista. La democracia maestro —como diría el coronel Plazas Vega luciendo su casco de artillero— está en manos de Prada y Lorduy.
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