25 Marzo 2022

Límite y resplandor: La cultura del Caribe colombiano

Al recibir el Premio Nobel, Gabo se preguntó "¿por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social?".

Crédito: Foto Agencia Xinhua/Colprensa

En medio de reseñas del arte y los artistas que han dibujado la identidad caribe, Federico Díaz-Granados concluye que el verdadero progreso para esta región viene de la mano de la cultura, de algunos versos de Candelario Obeso o el Tuerto López y de aquella posibilidad de formar una ciudadanía más sensible y empática.

Por Federico Díaz-Granados

El 21 de octubre de 1982 la noticia irrumpió en las salas de redacción de los principales medios internacionales y Colombia era el titular en todas las latitudes. A ocho columnas se anunciaba: Gabriel García Márquez Premio Nobel de Literatura. Así los noticieros, periódicos y cadenas radiales se llenaron de mariposas amarillas, de vallenatos y pescaditos de oro, y Macondo fue la capital del mundo por un instante estelar. A las pocas semanas, el autor de Cien años de soledad recibía de manos del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia la medalla y el diploma correspondiente, mientras algunos de los más importantes exponentes de la música y la cultura del Caribe colombiano como Totó la Momposina, entre otros, se tomaron Estocolmo y celebraron ilimitadamente a 10 grados bajo cero.

En el discurso de aceptación, La soledad de América Latina, García Márquez se preguntaba “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?” y en su recordado Brindis por la poesía también se interrogaba por los motivos que entusiasmaron a los miembros de la Academia de Letras de Suecia para premiar el conjunto de su obra: “Cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía”. 

Hace 40 años los ojos del mundo miraban hacia Colombia por algo más que sus constantes relatos de violencia y guerras internas. Quizás, en clave de poesía, estaba la posibilidad de mirar una modernidad y un reconocimiento universal no solo del país sino del Caribe en general. “Yo estoy dispuesto a demostrar que la guayabera es el traje nacional del Caribe y con los mismos derechos ir así”, dijo Gabo a la televisión mexicana. El Caribe bajo el signo de la poesía en búsqueda de su porvenir y su identidad universal. De igual forma había recordado que “lo que necesita Colombia es tener una conciencia de que es un país del Caribe, de que su destino está vinculado dramáticamente al destino del Caribe y que tiene que participar en los debates y soluciones que se buscan para el Caribe y no como un remoto país europeo que nos ve como algo que no le pertenece”. Por eso Cien años de soledad no es solo nuestra gran epopeya fundacional sino “un vallenato de 400 páginas” que nos dio un lugar, un rostro y una voz en el concierto del mundo. Macondo, como una geografía de la soledad, es la pequeña patria común de los colombianos.

Macondo, como una geografía de la soledad, es la pequeña patria común de los colombianos.

Y es que, sin duda, aquellas preguntas siguen inquietando a la luz de hoy. Jorge Zalamea en su libro La poesía ignorada y olvidada, ganador del Premio Casa de las Américas en Cuba en 1965, afirmó que en “poesía no hay pueblos subdesarrollados”. Sin embargo, no deja de llamar la atención que la cultura del Caribe colombiano sobresalga y sea universal a pesar de sus propios procesos históricos y sociales que han sumido a la región en la soledad y el olvido. 

La economista Cecilia López Montaño reflexionó en su momento sobre las condiciones del Caribe y el por qué ha perdido su vocación como región en el siglo pasado, y de algunas de esas reflexiones parte la gran pregunta por la modernidad. Si la política y la corrupción han llevado a la región al atraso y la pobreza ¿son sus expresiones culturales y artísticas las que permiten mirar hacia la verdadera modernidad? ¿Acaso reconocer su cultura como herramienta y vehículo de desarrollo ha permitido impactar la identidad de todo un país?

Festival Vallenato
Luego de la creación del departamento del Cesar en 1967, nació el Festival Vallenato, en 1968. Uno de los más importantes festivales de la cultura caribe que se conserva hasta hoy. Foto: Colprensa.

Son muchas las respuestas posibles a esas preguntas. Para llegar a ellas hay que rastrear la abundante bibliografía académica y literaria donde se abordan las circunstancias económicas, políticas y sociales que han llevado a que el Caribe llegue a este presente sumido en grandes inequidades, crisis sociales y escándalos de corrupción política y ser a la vez una potencia cultural con proyección mundial. Desde la Biografía del Caribe de Germán Arciniegas hasta libros como El Caribe colombiano: una historia regional (1870-1950) de Eduardo Posada Carbó, se ha querido ahondar sobre las raíces históricas y culturales de toda la región convirtiéndose en referentes de consulta de diferentes generaciones. Por su parte, Alberto Abello Vives compiló en las memorias El Caribe en la nación colombiana una serie de ensayos en los que diversos autores profundizan sobre la impronta y el impacto de esa región en la construcción de una identidad nacional. El mismo Abello se había detenido al respecto en libros como La isla encallada, El Caribe de Colombia en el archipiélago del Caribe y La región y la economía mundial y como editor y compilador de los volúmenes Los desterrados del paraíso y La Costa que queremos, entre otros. A su vez, Ariel Castillo Mier recopiló en 2001 las memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano en el volumen Respirando el Caribe, en el que numerosos académicos, escritores y figuras de la vida nacional abordan el tema del Caribe desde una mirada crítica con el propósito de vislumbrar los retos de la región en el siglo XXI.

Para hacer una cartografía de esa modernidad visible en la cultura del Caribe basta hacer un recorrido general a algunos de los hechos, obras, artistas y movimientos que han contribuido a hacer universal dicho territorio. En 2021 el país celebró el centenario del escritor Héctor Rojas Herazo y apareció una reedición de su primera novela Respirando el verano en la que se da inicio a una saga en la que son protagonistas tres asuntos fundamentales de la narrativa del Caribe colombiano: la casa, el patio y la abuela. Allí en el polvoriento pueblo imaginario de Cedrón el personaje de Celia no solo es el imán de la familia sino el verdadero carácter de la casa que se derrumba después de su muerte. Esta celebración permitió que se revisitara la obra del gran autor de Tolú y que con la reedición de su primera novela y la serie de conferencias y conversatorios que se hicieron en torno a su legado en las diferentes ferias del libro regionales se volviera a indagar sobre su modernidad y vigencia. En este 2022 la celebración centenaria será alrededor de Meira del Mar, la gran poeta barranquillera y una de las figuras fundamentales de la poesía latinoamericana. Desde la Fundación La Cueva y el Carnaval de las Artes se dará inicio a una serie de reconocimientos a la autora de Alguien pasa y de versos memorables como “Venías de tan lejos como de algún recuerdo” y quien también escribió poemas combativos como la Elegía de Leyla Kháled, la legendaria guerrillera palestina y una de las figuras preponderantes del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Los dos centenarios mencionados permiten reconocer la marca indeleble que ha dejado la cultura de nuestro Caribe en la forma de comprendernos y definirnos como colombianos. Ya en 2020, a pesar de la pandemia, se le rindió homenaje nacional a otra figura primordial de la literatura del Caribe: Manuel Zapata Olivella. Además de haberse realizado numerosos conversatorios y conferencias sobre su obra, la Universidad del Valle reeditó una docena de sus libros, entre novelas, crónicas y relatos.

En un país centralista como Colombia la cultura de la costa Atlántica y de tantas otras regiones tenían que pasar por la “aduana” del rígido centralismo de la capital.

En un país centralista como Colombia la cultura de la costa Atlántica y de tantas otras regiones del país tenían que pasar por la “aduana” del rígido centralismo de la capital. Todo aquello que llegaba al interior como folclor se devolvía como cultura y eso no era justo con la efervescencia de expresiones nacidas de las regiones. Somos un país diverso en su cultura que lamentablemente sigue teniendo en el centro el lugar del reconocimiento y proyección. 

Por eso ante los desafíos del progreso aparece la cultura del Caribe en medio del atraso, el silencio, y las contradicciones. Quizás por ello, Carlos Vives identifica ese otro lado de Macondo como “La tierra del olvido” y en su emotivo discurso Viaje por un lugar increíble nos invita a que “superemos nuestras diferencias, a que nos reconozcamos todos como caribes, a que dejemos atrás quinientos años de exclusión y de guerras. A que nos queramos y ayudemos como hermanos. A que salgamos todos a la puerta de esta Casa Grande y recibamos con un fuerte abrazo a los desterrados del paraíso”. Fue precisamente Vives, un hijo de la élite tradicional samaria, quien desde Bogotá logró explorar sus propias raíces para identificar las formas en que el vallenato podía traspasar las fronteras. Si bien esta tarea ya había sido cumplida tanto por compositores e intérpretes como por el mismo Gabriel García Márquez y la Cacica Consuelo Araújo Noguera, fueron Alfonso López Michelsen, Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón, entre otros, los encargados, en su momento ---luego de la creación del Departamento del César en 1967 y del Festival Vallenato en 1968---, de gestionar esa “aduana” centralista. Dos décadas después Vives, primero con la serie Escalona producida por Caracol Televisión y luego con los Clásicos de la Provincia, puso a cantar a todo un país La Gota fría, Compae Chipuco y Matilde Lina entre otros. Pero fue en 1995 con La tierra del olvido donde el aporte de ritmos de otras zonas del Caribe antillano y mezclas electrónicas, cuando se acercaron los sonidos más autóctonos a nuevos públicos. En una vía similar llegó el reconocimiento mundial a la cantante barranquillera Shakira quien rápidamente desde finales de los años 90 se convirtió en una de las figuras de la música latinoamericana de mayor reconocimiento a nivel internacional ganadora de numerosos premios Billboard, American Awards, tres Grammy americanos y más de 12 Grammy latinos. Su presencia en escena en espectáculos como el Mundial de Fútbol de Sudáfrica en 2010 con su versión del legendario Waka Waka y en el Super Bowl en el año 2020. 

Serie Escalona
Serie Escalona. Foto: Colprensa.

La investigadora y gestora cultural Silvana Navarro Hoyos nos recuerda en la introducción de su tesis doctoral Manifestaciones culturales e identidad en el Caribe colombiano: estudio y caso Carnaval y artesanía, que “La conquista y posterior colonización del Caribe colombiano propició un diálogo entre las culturas europeas e indígenas, a la que se sumó la cultura africana mediante la introducción de esclavos, y el resultado de todo ello fue una nueva identidad cultural. En la actualidad, todas estas influencias están integradas en la región creando una identidad propia que se refleja en todos los aspectos culturales y en la forma de vida de sus habitantes” 

Por eso hay que comprender también el presente desde la cosmogonía de nuestros pueblos originarios que dan cuenta de un carácter y una sensibilidad. En el poema de La Creación de los Koguis se advierte desde el primer verso que “Primero estaba el mar” y luego se describe cómo todos éramos Aluna (Pensamiento o idea). Identificar no solo aquella mitología sino escarbar en su arqueología tanto insular como continental, permitirá entender los secretos de una diversidad y un mestizaje que serán definitivos para identificar las características de una cultura con sus matices y diferencias. 

La cumbia, el vallenato y el porro, entre otros, han dado cuenta de una realidad y a la manera de los viejos juglares y trovadores han fundado una forma de entender la poesía.

De ahí que la modernidad se haya redefinido desde diferentes expresiones: la cumbia, el vallenato y el porro, entre otros, han dado cuenta de una realidad y a la manera de los viejos juglares y trovadores han fundado una forma de entender la poesía. Así Leandro Díaz (nuestro Homero, ciego y juglar), Rafael Escalona, Adolfo Pacheco, Alejo Durán, Emiliano Zuleta, Gustavo Gutiérrez, Carlos Huertas, José Barros, Los Gaiteros de San Jacinto, y los porros de Pablo Flórez, cuya Cumbia está herida es un himno de la Colombia desangrada de hoy, han podido nombrar todo aquello que nos permite hacer parte de una nación, de esa nación que también se formó gracias a los inmigrantes que llegaban por La Guajira o por el río Magdalena y se instalaban en las fincas tabacaleras, algodoneras o de banano. Con esas inmigraciones llegaron instrumentos como el acordeón para el vallenato y como el clarinete, trompeta o trombón para los porros y fandangos. De igual forma la cumbia, junto con otras expresiones musicales, se convirtieron con el paso del tiempo en símbolos de la identidad nacional. Y el río Magdalena, tal cual ocurrió en la campaña libertadora y en la manera de ir poblando desde sus orillas el país, también fue el lugar por donde entraron al interior los ecos de un porvenir luminoso que traía noticias de Europa y de los Estados Unidos. 

La llegada de Lucho Bermúdez a los grandes salones, hoteles y cabarés de la capital de la república, permitió una mirada diferente sobre la música del Caribe en el interior. Llegaron también las primeras bandas de jazz y las grandes orquestas. Sobre esto Óscar Hernández Salgar afirma en su libro Los Mitos de la música nacional. Poder y emoción en las músicas populares colombianas 1930-1960: “Gracias a que la rumba ya había sido convertida en un objeto de consumo en los Estados Unidos, en los salones de baile de hoteles y clubes de clase alta de Bogotá y Medellín empezó a existir la posibilidad de experimentar la alegría y la sensualidad del trópico, ya no como una trasgresión a la moral y las buenas costumbres, sino como la deseable imitación de los modelos cosmopolitas. Este tipo de asociaciones fueron rápidamente aprovechadas por músicos como Lucho Bermúdez, quien no solo arregló los materiales musicales del porro y la cumbia, para el formato de Big Band, sino que también fue consciente de la importancia de escribir textos elaborados y resaltarlos a través de recursos musicales, para complacencia de quienes todavía apreciaban la herencia de la cultura letrada. Estos recursos, sumados a la elegancia escénica y a la muy acertada escogencia de Matilde Díaz como cantante principal, hicieron de Lucho Bermúdez un pionero en la creación de un mundo de sentido que convertiría a la costa y a la música costeña en sinónimos de alegría, despreocupación, disfrute y cosmopolitismo”.

Retrato de Lucho Bermúdez.
Retrato de Lucho Bermúdez. Foto: Colprensa - El Universal.

Por su parte la investigadora, experta en temas de música y género y curadora del festival Jazz al Parque Daniella Cura nos revela en su libro Esther Forero: la caminadora a una de las figuras cardinales de la música popular de nuestro país. Más allá de la etiqueta de “La Novia de Barranquilla” y de ser el símbolo indiscutible del carnaval, el libro nos muestra a la pionera de muchas reivindicaciones de la mujer en la costa Caribe a través de una rebeldía y una independencia que la llevó a viajar por el continente y a triunfar en una ciudad como Nueva York. Hace, con gran rigor, un estudio de las letras de sus canciones en contexto no solo de la época sino las transgresiones socioculturales que propició.  Por otro lado, la cantante Adriana Lucía ha tenido un importante papel en la reflexión sobre la actualidad nacional y fue muy activa en el estallido social de 2021. El compositor Eduardo Cabas es autor de algunos de los boleros más románticos del país donde ha sabido mezclar algunos ritmos tropicales como se puede apreciar en melodías como Hubieras podido, Abril en Barranquilla y Nuestra señora la palmera. El maestro Adolfo Mejía, nacido en San Luis de Sincé, es uno de los más importantes compositores colombianos, especialmente por obras como La pequeña suite y el hermoso bolero Cartagena. Los pianistas clásicos Karol Bermúdez y Andrés Linero, samarios, también fusionaron la sensibilidad caribe con sonidos universales. Armando Fuentes es uno de los más destacados músicos, tenor y laudista especializado en música renacentista y barroca. No hay que olvidar que en el siglo XIX, el pianista samario Honorio Alarcón, formado en los conservatorios de París y Leipzig, está considerado como el más grande pianista colombiano de todos los tiempos por su impecable ejecución y técnica. En 1885 ganó el Premio Mendelsson Bartholdy, el mayor triunfo obtenido por músico latinoamericano alguno. Carlos Flores Sierra, narrador y crítico musical fue uno de los mayores promotores del jazz a través de sus columnas de opinión y su reconocido programa Jazz Studio. 

Las respuestas a esa modernidad también habrán de buscarse en los colores y los poderosos trazos de un pintor como Alejandro Obregón donde el trópico se reinventa para retratar el carácter y la maravilla de un Caribe multicolor o en las pinturas de Enrique Grau o los dibujos de Darío Morales, Álvaro Barrios o Ángel Lockart. Héctor Rojas Herazo también nos dejó muchos “Cartones del trópico” que dialogaron con la vanguardia artística latinoamericana. Otros artistas como Hernando 'Momo' del Villar, Zarita Abello y Teresa Sánchez supieron interpretar los gestos y ademanes de un paisaje y una luz que se hace infinita cuando refleja el mar, la montaña o la ciudad. 

No fue fácil para las generaciones de autores colombianos y, mucho menos de la costa Atlántica contemporáneos al llamado boom latinoamericano y al realismo mágico trazar un camino propio sin ser parricidas o epígonos del creador de Macondo. Pese a esto muchos rasgos de esa modernidad se encuentren en las páginas de autores fundamentales de la tradición y el canon nacional como Álvaro Cepeda Samudio y sus libros La casa grande y Todos estábamos a la espera, o Germán Espinosa, el célebre autor de La tejedora de coronas, o en las obras de Marvel Moreno, Fanny Buitrago, Roberto Burgos Cantor y Ramón Illán Bacca entre tantos otros. En novelas como En diciembre llegaban las brisas, El hostigante verano de los dioses, La ceiba de la memoria y Maracas en la ópera, respectivamente, se puede hacer una cartografía de la identidad caribe a través de un lenguaje rotundo y verdadero. También a través de la obra de Manuel Zapata Olivella y en especial su obra cumbre Changó, el gran putas y el legado de su hermana Delia a través del folclor se pueden identificar las coordenadas de un destino más contemporáneo. David Sánchez Juliao también redefinió algunos aspectos del carácter caribeño en muchos personajes de algunas de sus novelas y en el célebre El Flecha que se hizo popular a comienzos de la década de los 80. Por su parte los escritores Julio Olaciregui y Jaime Manrique Ardila se han consolidado como dos de las voces más importantes de nuestra literatura en la diáspora. Los autores samarios, José Stevenson, Álvaro Miranda y José Luis Díaz Granados también tuvieron un temprano reconocimiento. Sus novelas Los años de la asfixia, La risa del cuervo y Las puertas del infierno, respectivamente, fueron saludadas por la crítica nacional e internacional. Miranda y Díaz Granados también consolidaron obras poéticas y se destacaron en la llamada Generación sin nombre que animó el panorama cultural del país a finales de los años 60 luego de la agitación del Nadaísmo. De igual forma, el también samario José Manuel Crespo, ganó en el año 2000 el Premio de Poesía de la Casa Silva y la HJCK 50 años. El barranquillero Alberto Duque López, novelista, cronista y crítico de cine, ganador del Premio Esso en 1968 fue un prolífico autor de guiones cinematográficos y de novelas como Mateo el flautista, Mi revólver es más largo que el tuyo y El pez en el espejo entre algunos títulos. El escritor sucreño Eligio García Márquez publicó en 1978 la novela Para matar el tiempo que fue celebrada por sus coetáneos tal cual fueron festejados otros de sus libros como Son Así: Reportaje a Nueve Escritores Latinoamericanos, La tercera muerte de Santiago Nassar y Tras las claves de Melquíades una ambiciosa obra a la que le dedicó los últimos años de su vida. Se destacaron también durante la primera mitad del siglo XX, novelistas como José Félix Fuenmayor, considerado el padre de la novela urbana en Colombia con Cosme (1927) y narradoras notables como Amira de la Rosa, Olga Salcedo de Medina y Juanita Sánchez Lafaurie, más conocida como Marzia de Lusignan.

La poesía también ha sabido traducir la belleza y el dolor del Caribe para mostrarnos algunos signos de esa modernidad. El poeta Gregorio Castañeda Aragón dejó a los lectores de hoy y del futuro algunos de los más bellos versos dedicados al mar de Santa Marta. Asimismo Gustavo Ibarra Merlano fue uno de los grandes humanistas del país y conocedor de la poesía mística y la tradición de la épica griega. Además de la mencionada Meira del Mar, el gran Giovanni Quessep le canta al “Jardín y el desierto” que sintetizan su origen: el jardín del patio caribeño y el desierto libanés de sus antepasados. En su célebre poema La alondra y los alacranes nos dice: “Acuérdate muchacha / Que estás en un lugar de Suramérica / No estamos en Verona / No sentirás el canto de la alondra / Los inventos de Shakespeare / No son para Mauricio Babilonia / Cumple tu historia suramericana / Espérame desnuda / Entre los alacranes / Y olvídate y no olvides /Que el tiempo colecciona mariposas”.  Por su parte Raúl Gómez Jattin hizo universal el Valle del Sinú y cada día gana más lectores en las nuevas generaciones. Jorge Marel ha sido además de poeta un destacado divulgador y promotor cultural. Los Sonetos de amor y dolor de Mario Ochoa Mejía todavía resuenan como muchas de las canciones de su grupo de rock Los Teipus, que patrocinaba entre otros, Álvaro Cepeda Samudio. Rómulo Bustos Aguirre, nacido en Santa Catalina de Alejandría y ganador del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura, también ha logrado armar un mapa de asombros del Caribe a través de recordados poemas como Escena de Marbella, Paco Paco o El Árbol Camajorú. 

Han construido también una obra sólida y aplaudida por muchos lectores los poetas Joaquín Mattos Omar (también cronista y ensayista), Fernando Linero (también excelente músico), Monique Facuseh, Margarita Escobar de Andreis,  Nora Carbonell, Leda Beatriz Mendoza, Tallulah Flórez, Clemencia Tariffa, Everlyn Damiani Simmonds, Clinton Ramírez, Gustavo Arrieta, Martín Salas, Felipe Martínez Pinzón, quien además es un prestigioso investigador sobre temas del trópico en el siglo XIX en la Universidad de Brown, Norman Paba, Kirvin Larios, Miguel Ángel López-Hernandez (Vito Apüshana), William Jiménez y Guillermo Linero, quien además de poeta, pintor y narrador es un atento comentarista de la realidad nacional, solo para mencionar algunos nombres. El poeta cienaguero Fernando Denis desde su primer libro La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner ha apostado por una lírica limpia, cercana al prerrafaelismo y a la poesía romántica inglesa trayendo esa estética a su Ciénaga Grande del Magdalena. Mario Jursich Durán, nacido en Valledupar, publicó en la mítica colección Simón & Lola Guberek su poemario Glimpses. También ha sido editor, traductor y cronista y desde múltiples espacios ha investigado sobre la música, la literatura y la vida cultural del país. 

Eduardo Pachón Padilla fue uno de los más destacados críticos literarios del país. Su antología del cuento colombiano todavía es un referente de obligada consulta en los estudios literarios nacionales. Al igual que Eduardo Márceles Daconte, quien ha sabido acercar a los lectores las más importantes obras de la literatura contemporánea como en su momento lo hiciera también, entre otros, Jairo Mercado Romero. Desde la academia la presencia de Cristo Rafael Figueroa ha permitido que la literatura del Caribe se lea y relea en las nuevas generaciones de estudiantes quienes recuerdan con especial afecto sus clases sobre el barroco latinoamericano y su presencia en algunas obras de Germán Espinosa y Roberto Burgos Cantor. De igual forma, la cátedra de poesía colombiana en la Universidad de los Andes en Bogotá a cargo de Francia Elena Goenaga ha logrado también desde la capital una mirada diferente a la literatura del Caribe colombiano. Escritores como Roberto Montes Mathieu, Andrés Elías Flórez Brum y José Luis Garcés González (fundador del conocido grupo literario de El Túnel en Montería), Antonio Mora Vélez, pionero, al igual que René Rebetez, de la ciencia-ficción en Colombia con su legendario cuento Glitza, el narrador y crítico Álvaro Medina, José Ramón Mercado y el dramaturgo Guillermo Henríquez, entre otros, se han destacado en los diversos géneros de la creación literaria. Asimismo, en este 2022 se cumple el primer centenario de la escritora y dramaturga cartagenera Judith Porto de González. 

La crónica periodística para muchos es el gran género literario no solo del caribe sino de América Latina en el siglo XXI. En esta apuesta ha sido muy importante la presencia de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Centro Gabo dirigidos desde su creación hace más de dos décadas por el periodista y gestor cultural Jaime Abello Banfi quien ha logrado hacer de esta institución toda una escuela de letras. Abello Banfi, quien también fue director-gerente de Telecaribe, ha formado parte de importantes juntas de organismos multilaterales para la promoción y formación de periodistas y comunicadores. En correspondencia con una tradición donde sin duda la crónica ha sido uno de los grandes géneros del Caribe colombiano, desde allí se ha contado y revelado no solo una región sino a sus protagonistas. Quizás de esa inmensa tradición oral se han nutrido algunos de nuestros más importantes periodistas, desde el mismo García Márquez hasta escritores como, Germán Vargas, Juan Gossaín (también novelista y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua), Ernesto McAusland, Andrés y Alberto Salcedo, Gustavo Tatis Guerra (también poeta y pintor). Heriberto Fiorillo también ha sido uno de los más importantes cronistas y gestores culturales, quien ha sido subdirector de varios noticieros nacionales, corresponsal, y escritor. Como gestor creó la Fundación La Cueva en homenaje a este grupo de los años 50, fundamental para comprender la cultura no solo del Caribe, sino para comprender la formación de García Márquez, Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio, entre tantos otros. Desde la Fundación La Cueva, Fiorillo creó el Carnaval Internacional de las Artes que reúne en Barranquilla a muchos de los mejores exponentes de la música, las letras, el cine, la televisión, las artes en general.  De igual forma las crónicas de Jorge García Usta sobre la migración libanesa a la costa y las investigaciones del periodista Oscar Alarcón Núñez sobre la historia de Colombia y sus mandatarios, sus secretos y entresijos del poder, se siguen leyendo con afecto.

En busca de esa modernidad literaria aquella Generación del pos-boom conversa con una nueva pléyade de autores que ha sabido descifrar desde la ficción muchos de los conflictos del país. El escritor vallenato Alonso Sánchez Baute con su novela Al diablo la maldita primavera logró un reconocimiento nacional e internacional. Pero fue su novela Líbranos del bien donde logró desentrañar algunas de las causas de nuestra violencia al aproximarse a la psicología, contexto y realidad de Ricardo Palmera y Rodrigo Tovar Pupo, a quienes la guerra lleva por caminos tan diferentes hasta convertirlos en Simón Trinidad (en las Farc) y en Jorge 40 (en las AUC). También retrató en la hermosa novela Leandro, el talante del gran juglar de La diosa coronada.  Por su parte el cartagenero Efraim Medina Reyes ganó el Premio Nacional de Cuento de Colcultura con el libro Cinema Árbol que nos revelaba una voz original. Luego con sus novelas Érase una vez el amor, pero tuve que matarlo y Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, entre otras, las que lo consolidarían como una de las voces más originales de la literatura colombiana. Pedro Badrán Padaui con su novela Lecciones de vértigo fue uno de los pioneros de la nueva novela urbana en la década de los 90. Enrique Patiño, nacido en Santa Marta entrega al público lector una novela en donde recrea el día del asesinato de Luis Carlos Galán el 18 de agosto de 1989. John J. Junieles poeta, narrador, cronista, fue elegido en 2007 uno de los autores de Bogotá 39. Desde su primer libro Temeré por mí al final de estas líneas hasta El hombre que hablaba de Marlon Brando cuya prosa ha logrado repensar una narrativa cercana a los ámbitos de la poesía. De igual forma ocurre con Ricardo Villa Sánchez, cronista y novelista, quien recrea de manera admirable a Santa Marta. Recientemente apareció la novela Nadamos en el mismo mar de David Escobar De Lavalle, un canto a la rebeldía y a la independencia en una ciudad tan conservadora como lo es Santa Marta. Pero es la llegada de Giuseppe Caputo con sus dos primeras novelas Un mundo huérfano y Estrella madre, la que ha permitido desde la mirada poética desentrañar las relaciones familiares y cuestionar desde el amor y el perdón a los padres y a la vez refundar una nueva forma de narrar el Caribe. Miguel Ángel Manrique desde su primera novela Disturbio ha venido escribiendo una obra llena de hallazgos donde los protagonistas están llenos de singulares preguntas y certezas vitales. Otros narradores como Paul Brito, John Better, Carlos Polo, Robinson Quintero Ruiz, Karin Ganem Maloff, Adolfo Zableh, entre otros, vienen construyendo obras sólidas en las que conversan con su tradición y la subvierten en pro de un nuevo lenguaje literario.

Pero el rasgo más distintivo de este tiempo es la literatura que están escribiendo con mucha fuerza las mujeres. En total correspondencia a los signos de un siglo XXI de conquistas y visibilizaciones, se hace justicia con un corpus de obras que con contundencia marcan el nuevo canon. Tanto en la narrativa, como en la poesía, el periodismo y los estudios socioculturales, se puede hablar de una generación de autoras que propone rupturas, debates, diálogos desde la forma de asumir el lenguaje y su papel en la construcción de un nuevo relato histórico.  Si el lenguaje es el instrumento por excelencia de la literatura, cada una de las autoras que está reescribiendo el canon asume la palabra no solo como instrumento de creación, sino también de combate y reclamo. Vale la pena recordar el nombre de Eva Verbel y Marea, nacida en Sincelejo en 1856 y considerada como la primera mujer nacida en la costa caribe en publicar libros de poesía y novelas. Recientemente nombres como los de Margarita García Robayo se imponen en el escenario internacional con una obra sólida y personal. María Angélica Pumarejo con su primera novela Una canción para Ethan emprendió un viaje por ese Caribe que nace desde el corazón del río Mississippi al sur de los Estados Unidos hasta llegar a esa Guajira que ya nos había revelado Eduardo Zalamea Borda en Cuatro años a bordo de mí mismo. De igual forma Daniella Sánchez Russo y su primera novela Vigilia indagan por las derrotas y fragmentaciones de la familia desde, como bien lo menciona Giuseppe Caputo, “tres formas de la claustrofobia: la casa familiar, el orden dominante de la ciudad natal y la de un tiempo congelado”. 

Catalina Ruiz Navarro desde su columna de El Espectador ha sabido darle un espacio de reflexión, análisis al feminismo. Su libro Las mujeres que luchan se encuentran: Manual de feminismo pop latinoamericano se ha convertido en una guía para comprender la actualidad de la mujer en un continente patriarcal y como desde temas el cuerpo, el poder, la violencia, el sexo, la lucha y el amor se ha recordando a heroínas de nuestra América como María Cano, Violeta Parra y Flora Tristán, pioneras definitivas de las conquistas de las mujeres de hoy. Vanessa Rosales, crítica cultural, historiadora, maestra en estudios de moda, con su libro Mujer incómoda ha dejado lecciones contundentes desde la crítica decolonial y sociológica. Diana López Zuleta escribió una conmovedora crónica sobre el asesinato de su padre ordenada por Kiko Gómez. Lo que no borró el desierto se convirtió en uno de los libros más vendidos de la pandemia. Cristina Bendeck con su libro Los cristales de la sal fue la ganadora del Premio Elisa Mújica de novela escrita por mujeres.

"Vive en el patio un silencio de tres de la tarde

que acompaña la melodía

de un acordeón agonizante;

persiste el lirio

de hojas como espadas que dan risa", Beatriz Vanegas Athías

 

En la poesía también las voces de las mujeres han dejado sonar su eco en escenarios nacionales e internacionales y en ámbitos académicos y de diferente índole editorial. Beatriz Vanegas Athías, nos recuerda que "Vive en el patio un silencio de tres de la tarde / que acompaña la melodía / de un acordeón agonizante; / persiste el lirio / de hojas como espadas que dan risa”.  Dina Luz Pardo Olaya, Jaidith Soto Caraballo, Ela Cuavas, Lauren Mendinueta (también una de las voces que más se destaca en la diáspora) Ivethe Noriega Herazo, Andrea Juliana Enciso (si bien es nacida en Bogotá, su  madre era samaria y su labor académica y cultural ha impactado a Barranquilla), Ashanti Dinah Orozco, Fadir Delgado (su programa Casa de hierro se ha consolidado como uno de los proyectos culturales más importante del Caribe), Angélica Hoyos Guzmán (quién además ha profundizado sobre la relación de la poesía, la violencia y el conflicto armado en el país), Margarita Vélez Verbel, Eva Durán, Annabell Manjarrés Freyle, María Alejandra García Mogollón, Irina Henríquez,  Margareth Ríos y Jarhat Pacheco (también influenciadora y generadora de contenidos digitales), entre tantas otras. 

Carnavales que parten de la leyenda fundacional, fiestas populares y eventos de proyección nacional e internacional hacen del Caribe colombiano un epicentro de las expresiones artísticas y populares. El Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, el Carnaval de Barranquilla, el Festival de la Cumbia José Barros Palomino en El Banco, el Festival del Porro en San Pelayo, el Festival del Burro en San Antero, el Festival Luna Verde en San Andrés y el Festival Cuna de Acordeones en Villanueva, son celebraciones muy arraigadas en la cultura de la región y que impacta al país. Y eventos como el Festival Internacional de Cine, el Hay Festival y el Festival Internacional de Música hacen de Cartagena el principal escenario de las artes y la literatura contemporáneas y de la actualidad cultural en el mundo. 

Festival internacional de música
Festival Internacional de Música, Cartagena, 2018. Foto: Colprensa.

Vale la pena reconocer la importante labor que han venido realizando creadores y gestores que han defendido los diferentes proyectos culturales que se impulsan desde la región con gran éxito. Entre ellos Carolina Ethel Martínez quien acaba de asumir la dirección de la Fundación La Cueva y el Carnaval de las Artes, Miguel Iriarte, poeta, en el CLENA y la dirección de PoemaRío, Samuel Minski quien está al frente de Barranquijazz Katherine Castillo y Joaquín Viloria de la Hoz, quienes son los responsables de las áreas culturales del Banco de la República en Barranquilla y Santa Marta respectivamente, Antonio Celia como director de artes de la Universidad del Norte. El colectivo Las Amazonas de la Universidad del Norte, que gracias a su protesta y trabajos de investigación como el de Mercedes Ortega González-Rubio, se publicó nuevamente a Marvel Moreno; la fundación Círculo Abierto que hace el festival Épico y Alexandra Vives quien desde Libraq (Feria del libro de Barranquilla) y la librería Nido de libros fomenta y promociona la lectura y creadores desde diferentes disciplinas como John William Archbol, Teresita Goyeneche, Daniela Pabón, Juan Camilo Olmos, Giselle Massard (directora de la emisora Uninorte FM), Einar Escaff ; los cineastas Rafael Martínez en Cartagena y Roberto Flores en Barranquilla. Películas como Los viajes del viento y Pájaros de verano de Ciro Guerra. O más recientemente Ángel de mi vida de Yuldor Gutiérrez y el documental Freddy de Germán Bertasio suman a muchos de los aportes de la documentalista Marta Yances y Pacho Bottia y Gonzalo Restrepo, autor de Breve historia de los cineastas del Caribe colombiano. También vale la pena mencionar labores como las de la arquitecta Katya González experta en temas de conservación de patrimonio y de Zegher Hay Harb, quien ha reflexionado sobre la migración árabe a Colombia y sobre otros temas de cultura, la escritora y promotora cultural guajira Delia Bolaño, el editor Ángel Unfried, la gestora cultura Nora Trujillo,  la poeta y editora Patricia Iriarte, y las comunicadoras y gestoras culturales Ariadna Padrón y Natalia Algarín en la promoción de los valores culturales de la región. En fin, muchos nombres se me escaparon en este panorama pero este panorama tan solo pretende mostrar un estado del arte de cómo la cultura del Caribe colombiano es una ventana que mira a todos los puntos cardinales. 

Terminando de escribir este artículo Daniella Cura me envía el texto que escribió Kirvin Larios en Contexto: El Amira de la Rosa, un teatro en abandono que no verá la luz hasta el 2027. No deja de ser triste que un lugar tan emblemático de Barranquilla y toda la costa esté en el abandono y la ruina tal cual lo están muchos escenarios, bibliotecas y casas de la cultura en otras ciudades y municipios. Pareciera una escena de alguna novela de Rojas Herazo pero es un retrato de la realidad que sintetiza la actitud de muchos gobernantes y empresarios frente a la cultura, la misma que recibe las miserias de los presupuestos oficiales. Caso contrario se puede observar hoy en el Magdalena y Santa Marta donde hay una voluntad gubernamental de convertir la cultura en un activo estratégico para el desarrollo. Gestoras culturales como Diana Viveros y Laura Agudelo entre otras han sido responsables de estas iniciativas. No solo se acaba de inaugurar en la capital del Magdalena la Megabiblioteca 500 años con el propósito de convertirse en uno de los destinos culturales obligados de la costa Atlántica en vísperas de la celebración de los 500 años de la fundación de la ciudad sino que reabrió las puertas del mítico Teatro Santa Marta en plena pandemia. Cara y cruz de una realidad de la región.

No dudo que el verdadero progreso viene de la mano de la cultura, de algunos versos de Candelario Obeso o El “Tuerto” López” y de aquella posibilidad de formar una ciudadanía más sensible y empática.

No hace mucho la poeta uruguaya Ida Vitale, ganadora del Premio Cervantes me contó en una entrevista que recordaba Colombia por su amistad con Gabo y Álvaro Mutis pero, sobre todo, por haber cantado en su infancia “Santa Marta Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía”. Ese tren, el “Expreso del Sol”, nunca más volvió a recorrer la geografía nacional, pero sigue inmortal en las páginas de tantos libros. No dudo que el verdadero progreso viene de la mano de la cultura, de algunos versos de Candelario Obeso o el Tuerto López y de aquella posibilidad de formar una ciudadanía más sensible y empática. La construcción de un nuevo contrato social deberá tener en cuenta la cultura como elemento cohesionador de la sociedad. Muchas cosas buenas pasarían si el país acogiera las propuestas de reforma educativa que durante años ha venido proponiendo el científico Rodolfo Llinás Riascos, de aprender, de verdad, en contexto, para poder desde la observación analizar y llegar a las certezas y el asombro. Celia, Úrsula Iguarán, Genoveva Alcocer, Obdulia Martina y Matilde Lina seguirán siendo nombres míticos que hablarán a lo largo de los tiempos por todos nosotros como lo hicieran las madres ancestrales de Nuestra América y aquellas mujeres fuertes que fundaron naciones y ciudades en la Biblia. Así, desde la modernidad que la cultura le ha dado a la región, a pesar de sus dirigentes y de sus contradicciones históricas, para que sea el Caribe el lugar “donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”. Solo así habrá valido la pena este viaje, este redescubrimiento, este largo adiós al silencio y al olvido.