
Rafa Nadal: normalizar la épica
El tenista español ha roto todos los récords, pero es su fortaleza mental la razón por la que es más admirado.
Su figura, casi unánimemente adorada, se ha vuelto arquetipo de fortaleza mental, determinación, resiliencia y épica. Y la nueva generación de tenistas -los Medvedevs, Shapolavos, Tsitsipas- parecen resignados a inclinarse ante su mito como maestro y no como rival.
Por Juan Francisco García
Hace calor. Mucho calor. Demasiado calor. Se siente como si las suelas de los zapatos se fueran a derretir y a fundirse con el piso, que escupe un fuego seco, desértico, doloroso. Para refrigerarse, el cuerpo suda a chorros: la boca sabe a sal, la ropa se pliega a la piel y se hace difícil sostener la raqueta, pues las manos, como los pies, como todo el cuerpo, están bañadas en agua con sal.
El primer set, gracias a un quiebre clave en el cuarto game, fue rápido y aparentemente indoloro: 6-3 en menos de 40 minutos. Potencia, eficacia y consistencia: casi la perfección. En el segundo, aunque el de al frente –13 años más joven y dueño de un tenis ligero, elegante y altivo, con un revés a una mano que es puro vértigo y glamur– espabiló y entró en calor, el tablero volvió a inclinarse a favor: 6-4 en 60 minutos. La estrategia se cumplía a cabalidad y el resultado superaba las expectativas. Dos a cero en poco más de hora y media contra la nueva joya del tenis.
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