6 Marzo 2022

Rafa Nadal: normalizar la épica

El tenista español ha roto todos los récords, pero es su fortaleza mental la razón por la que es más admirado.

Crédito: REUTERS/Christopher Pike

Su figura, casi unánimemente adorada, se ha vuelto arquetipo de fortaleza mental, determinación, resiliencia y épica. Y la nueva generación de tenistas -los Medvedevs, Shapolavos, Tsitsipas- parecen resignados a inclinarse ante su mito como maestro y no como rival.

Por Juan Francisco García

Hace calor. Mucho calor. Demasiado calor. Se siente como si las suelas de los zapatos se fueran a derretir y a fundirse con el piso, que escupe un fuego seco, desértico, doloroso. Para refrigerarse, el cuerpo suda a chorros: la boca sabe a sal, la ropa se pliega a la piel y se hace difícil sostener la raqueta, pues las manos, como los pies, como todo el cuerpo, están bañadas en agua con sal.

El primer set, gracias a un quiebre clave en el cuarto game, fue rápido y aparentemente indoloro: 6-3 en menos de 40 minutos. Potencia, eficacia y consistencia: casi la perfección. En el segundo, aunque el de al frente –13 años más joven y dueño de un tenis ligero, elegante y altivo, con un revés a una mano que es puro vértigo y glamur– espabiló y entró en calor, el tablero volvió a inclinarse a favor: 6-4 en 60 minutos. La estrategia se cumplía a cabalidad y el resultado superaba las expectativas. Dos a cero en poco más de hora y media contra la nueva joya del tenis.

Pero el cuerpo arde por dentro

La respiración pierde su cauce y su ritmo, un hormigueo en la cabeza prende las alarmas, el pecho se contrae y amenaza con no dejar pasar el aire, las piernas se tornan pesadas, el estómago se cierra: la palabra 'retiro' le llega hasta el cerebro como un corrientazo envenenado. Le viene a la mente el escafoides roto del pie izquierdo que en el último año lo sacó siete meses de las canchas y puso en entredicho la continuidad de su carrera; su cuerpo se acuerda de la traumática recuperación poscovid un mes atrás; lo circundan los fantasmas de las recurrentes lesiones de rodilla, reaparecen los dolores en las muñecas… Y el calor, implacable, parece ir de nuevo hacia el pico inédito de los 50 grados con el que Melbourne recibió el torneo.   

En el tercer set, con el cuerpo volcado a sobrevivir el golpe de calor, su eficacia baja y desaprovecha las oportunidades de quiebre. El de al frente, 13 años más joven, percibe su tormenta física, arremete con todo y con un feroz revés cruzado le rompe el servicio en el décimo game para quedarse con el set. En el cuarto, el jovencito mantiene la euforia, le quiebra temprano y le empata el partido. A pesar de la tortuosa sensación corporal, su médico, que ha ingresado varias veces a la cancha, le ha dicho que los signos de alerta están en regla: el show debe continuar.

Nadal Australia
Rafael Nadal posando con su trofeo tras ganar el Austalian Open, su victoria 21 en un grand slam, el 31 de enero de 2022. Crédito: Reuters

Y continúa, con Shapolavov, la joya, envalentonado y altivo, confiadísimo en que esta será su noche, el gran hito, su punto de quiebre; mientras tanto, él sigue inmerso en la guerra interna contra su cuerpo exhausto, que se chupa las últimas reservas. El quinto set se le viene encima con la cancha, la lógica, las apuestas y el cuerpo en contra.

Será épica o no será.

Después de cuatro horas y ocho minutos de juego, Shapolavov, el futuro de la raqueta, falla de volea el punto definitivo. Colérico, impotente, completamente fuera de sí, explota la raqueta contra el piso, preguntándose con el cuerpo y con las vísceras qué carajos es lo que hay que hacer para vencer al zurdo de 35 años que hace media hora, con la mirada perdida, parecía tambalearse por la cancha.

Seis días después, en la final, aunque hace menos calor y el cuerpo disimula mejor el sopor y el cansancio, todo vuelve a estar a contracorriente: el tablero anuncia 6-2, 7-6 a favor de Daniil Medvedev, maquinal tenista ruso, hoy número 1, ¡y diez años menor! En el sexto game del tercer set, el ruso se pone 2-4 y 0-40 arriba. Un sistema de inteligencia artificial al servicio de uno de los canales que transmiten el partido, programado para proyectar las probabilidades en vivo, arroja que estas favorecen a Medvedev con un categórico 96 por ciento. Los comentaristas complementan diciendo que solo seis veces en la historia del tenis se han remontado dos sets en finales de Grand Slam.

Entonces, de nuevo, la turbulencia mental: el recuerdo aposado de las cuatro finales perdidas en Melbourne –2012, 2014, 2017 y 2019–; el apremio del tiempo, que a los 35 años conduce a la impaciencia, vicio letal en el tenis; la ansiedad del récord (en vilo) del que todos hablan que lo pondría como el mayor ganador de Grand Slams (dejando en el camino a los anónimos Federer y Djokovic). Y esa mirada inyectada, hambrienta, fría, del joven robótico que, entero, desde el otro lado de la red, mira el esquivo trofeo de oro como si mirara el santo grial.

Será épica o no será.

Cinco horas y 24 minutos después, en el último punto, el ruso corre de lado a lado intentando, sin éxito, seguir estirando el partido, que se le fue derritiendo entre las manos. La foto final del tablero, que tendrá lugar privilegiado en la galería de las grandes gestas del deporte, reza: 2-6, 6-7, 6-4, 6-4, 7-5. Esta vez no hay raquetas rotas ni putazos al cielo ni autorrecriminación: solamente la mirada vacía, absorta, con la que se expresan la sorpresa y la más pura admiración.

Él, Rafa, abre los ojos exageradamente, se lleva las manos a la boca, niega con la cabeza y sonríe como un niño, como si a los 35 años, después de haber ganado más de 1.000 partidos, 20 abiertos y más de 120 millones de dólares en premios, no diera crédito sobre su última función.

El sábado pasado, en Acapulco (otro torneo con calor y humedad brutal que llevan el cuerpo al límite), sin perder un solo set, Nadal volvió a quedar campeón. Fue su quinceava victoria en línea, su tercer trofeo, y el mejor inicio de temporada en su carrera. El ecosistema del deporte se ha rendido a sus pies con los epítetos de siempre que remiten a lo extraordinario.

Su figura, casi unánimemente adorada, se ha vuelto arquetipo de fortaleza mental, determinación, resiliencia y épica. Y la nueva generación de tenistas –los Medvedevs, Shapolavos, Tsitsipas– parecen resignados a inclinarse ante su mito como maestro y no como rival. Federer, su amigo, dejando de lado el morbo de los récords y los números, no se ahorra los elogios.

Nadal joven
"Mejor dar las gracias y no perderse ningún partido; pues aunque será por poco tiempo, todavía quedo mucho Rafa, y con él lo que viene será épica o no será". Crédito: REUTERS/Stefano Rellandini

Así que es tentador, al escribir sobre Rafa, terminar con alguna moraleja o con pedagogía deportiva sobre el valor del esfuerzo, el aguante, el respeto al rival y la humildad. Es difícil no sumarse al festival de adjetivos grandilocuentes con el que se cuenta su pasado y su presente. Pero, quizá, para hacerle justicia, lo más conveniente sea ver sus partidos sin histerias ni juicios, en silencio, con plena atención. Conscientes de que esa costumbre suya de normalizar la épica es un regalo irrepetible, y que intentar explicar su mística es una ambición inocua que empobrece su misterio.

Mejor dar las gracias y no perderse ningún partido; pues aunque será por poco tiempo, todavía queda mucho Rafa, y con él lo que viene será épico o no será.