19 Septiembre 2022

¿Por qué ver 'Leandro'?

Silvestre Dangond protagoniza 'Leandro Díaz'.

Crédito: Colprensa

Este lunes 19, a las 9:30 de la noche, RCN TV inicia la transmisión de 'Leandro', una serie sobre la vida de uno de los dos caciques supremos de la música vallenata basada en la novela homónima del escritor Alonso Sánchez Baute, quien también hizo parte del equipo de libretistas.

Por: Alonso Sánchez Baute

En una grabación que hizo un par de años antes de morir, Leandro Díaz cuenta la historia de algunos de sus cantos antes de cantarlos. De uno de ellos dice: “Dormía en una trojita. La casa de mis papás namás eran dos casas, la de él y la de un hermano. Yo tenía un concertado y todo lo trataba conmigo mismo porque no tenía con quien hablar. Había niños, pero no se entendían conmigo porque yo no tenía vista”.

Justificados en la creencia católica de que aquello era un castigo divino, los padres de Leandro lo rechazaron al momento en que confirmaron que había nacido ciego. El niño siguió viviendo con ellos, pero no se preocupaban mayormente por alimentarlo, ni le calmaban el llanto cuando se daba un fuerte golpe por una caída o le quitaban del cuerpo las espinas cuando, al correr, se llevaba por delante los cardones. No solo creció sin cariño ni atención, sino además sin una sola voz que le hablara. Tenía casi 4 años cuando pronunció la primera palabra: gallo.

En medio de tanta calamidad llegó a vivir a la finca una hermana de su papá, Erótida Duarte, que sabía leer y escribir y que se encargó de él, lo animó, le dio fuerzas, lo llenó del amor y la autoestima que nadie más le regalaba en esa casa que fue aún más hostil para él desde cuando nació su hermano David. Cuenta Leandro: “Me ponía a escuchar a la tía y yo le decía, ¿por qué no me lee un ratito? Y ella se ponía a leerme una que otra novela. Me acuerdo en especial de una que se llamaba María, de Jorge Isaacs”.

¿Cómo llegó un ejemplar de María, en 1935, a esa tierra perdida en la geografía guajira a la que ni siquiera se accedía por carretera? Esa misma tía, desconocida para la gran mayoría de folcloristas vallenatos, pero a quien tuve oportunidad de entrevistar hace ya varios años, cuando ella tenía 92, me contó que un “señor que iba para Riohacha” había dejado en la finca de su hermano una caja repleta de libros, entre las cuales estaba esa novela.

Por esos mismos años llegó a trabajar a la finca un peón que solía cantar rancheras. Leandro descubrió que cuando él mismo cantaba “Allá en el rancho grande” la gente, incluida su madre, “me paraba bolas”. Tenía 8 años y con ello aprendió que, cuando cantaba, lo aplaudían. Lo querían. Aquello fue una epifanía. Leandro me contó una vez: “Antes de cumplir 10 años, yo ya sabía imitar el canto de 100 aves”. Estas melodías son las que luego dan forma a sus composiciones. Pero fue María la que le educó el oído narrativo. María y los demás libros que Erótida extrajo de aquella caja que hacía parte de la Biblioteca Aldeana de López Pumarejo y que quién sabe por qué misteriosa razón terminó en ese lugar perdido en la geografía nacional.

A su gusto por la literatura se sumó años más tarde la radio, en especial radio Sutatenza. Ya él conocía los números, pero a través del bachillerato por radio aprendió a sumar, restar, dividir… Aprendió tanto de geografía e historia como la que enseñaban en el colegio al que no le permitían asistir. Escuchaba también un programa alemán que se transmitía en los dos idiomas, llamado La tierra y su planeta. Ahí fue cuando comenzó a contarles a sus amigos –que veían, pero eran analfabetas–, sobre la velocidad de la luz y a explicarles el sistema solar. Les hablaba de la Vía Láctea, de cada uno de los planetas, de las estrellas fugaces, de la otra cara de la luna.

Su preferido, entre todos los programas que a diario escuchaba, se llamaba Buenos días, América que transmitía La voz de América desde Estados Unidos. Informaba sobre las noticias internacionales de actualidad y dedicaba gran parte del programa a la cultura general. Cómo será que le gustaba tanto escuchar ese programa que bautizó a uno de sus hijos con el mismo nombre del presentador, de apellido Alonso: Ivo Luis.

Junto a Escalona, Leandro es, como afirma Samper Pizano, “uno de los dos grandes caciques supremos de la música vallenata”. Aunque en realidad él es mucho más que eso, pues su biografía es valiosa en sí misma y no solo por su talento musical. La historia que a partir de este lunes, y durante 80 capítulos, transmitirá RCN es, ante todo, una historia de superación. Es la historia de un retoño perdido que logró, a punta de tesón, humor y talento, lo que los demás seres humanos tanto ansiamos: respeto. Lo escribió Milena Busquets: “Tal vez el sentimiento más elevado que se pueda sentir por una persona sea el respeto, más que el amor y la admiración”. Y Leandro lo logró. Le dio un vuelco a su destino. Le dio un nombre a su nombre. Lo dignificó.

Esta serie es sobre un vallenato, pero no es sobre un vallenato más. No es tampoco sobre un vallenatero. Es sobre un juglar, pero no es sobre música vallenata (además de acordeones, la pantalla se inundará de rancheras, porros, boleros...). Su tema de fondo, el de la novela, el principal, la razón por la que todo este país debería verla, es justamente esta última: la dignificación del ser humano, la de los nadies, la de los que nunca son tenidos en cuenta. Aquí no hay violencia, ni narcotráfico, ni guerrilla, ni paramilitarismo, ni politiquería, ni corrupción. Aquí hay vida, humor, alegría, inspiración, amor. Aquí hay humanidad. Mucha humanidad.