20 Agosto 2022

El Medio Oriente ya no es el mismo

Crédito: Reuters

La causa palestina parece ser la única perdedora en el nuevo ajedrez que se dibuja en la región, con dos bloques de oponentes claramente diferenciados que intentan ganar la partida o, por lo menos, mantener al enemigo a raya.

Por: Gabriel Iriarte

 

Hasta hace cerca de veinte años, la política y los intereses estratégicos del Medio Oriente giraron casi exclusivamente en torno al conflicto árabe-israelí, el cual provocó, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, cinco contiendas entre el Estado hebreo y sus vecinos y varias intifadas o levantamientos palestinos. En la mayoría de estas coyunturas las grandes potencias se involucraron de manera más o menos abierta mediante el apoyo militar a uno u otro de los bandos enfrentados. Estados Unidos siempre estuvo del lado de Israel, mientras que la Unión Soviética y luego Rusia apostaron por las diferentes causas árabes. Hasta antes de 2001 los norteamericanos desempeñaron un papel importante en las victorias israelitas, orquestaron los acuerdos de paz entre Israel y Egipto, ayudaron a los rebeldes afganos a derrotar a la URSS y frenaron la invasión de Saddam Hussein a Kuwait. Hoy en día el panorama ha cambiado y, aunque la confrontación entre los palestinos e israelitas sigue vigente y sin una solución aceptable para las partes, han surgido otras circunstancias y otros focos de tensión, así como nuevos protagonistas. Las visitas que realizaron Biden y Putin en julio de 2022 al Medio Oriente pusieron de relieve la naturaleza y la importancia de estas transformaciones y le recordaron al mundo que Washington y Moscú siguen teniendo una influencia crucial en el futuro de esta zona. 

El torbellino del nuevo siglo

En las dos últimas décadas se dieron, uno detrás de otro, varios eventos que afectarían profundamente la correlación de fuerzas y las perspectivas del Cercano Oriente: el ataque a las Torres Gemelas y la prolongada “guerra contra el terrorismo” que se libró principalmente en este territorio; las intervenciones de Estados Unidos en Afganistán e Irak; el conflicto civil iraquí y el surgimiento de ISIS; las revueltas árabes en pro de la democracia; las guerras de Libia, Siria y Yemen, y el descubrimiento de un avanzado programa nuclear en Irán que ponía en peligro la supremacía israelita en este campo y en general el precario equilibrio regional que había prevalecido hasta ese momento.   

Con la llegada de la administración Obama, los Estados Unidos dieron un giro importante a su política en el área, que poco a poco sería percibido más como una retirada estratégica por parte de los amigos de Washington. Fue así como diez años después del 9/11 la Casa Blanca decidió disminuir progresivamente su presencia militar en Irak hasta reducirla a un contingente casi simbólico, lo cual implicó, entre otras cosas, que las fuerzas de la mayoría chiita iraquí, respaldadas por Irán, adquirieran una posición político-militar predominante. Al mismo tiempo, en casi todos los países árabes estallaron movilizaciones masivas que buscaban derrocar los regímenes autoritarios tradicionales e implantar sistemas democráticos. La actitud de Estados Unidos causó sorpresa pues no solo se negó a prestar ayuda a los gobernantes que habían sido aliados suyos, sino que incluso miró con indiferencia la caída de Hosni Mubarak, el presidente egipcio que durante tantos años y tan fielmente había servido a los intereses norteamericanos en la región. Tampoco movió un dedo cuando poco después los militares asaltaron el poder y destruyeron el experimento democrático que se había puesto en marcha en Egipto. 

Como para refrendar esta tendencia, Obama se negó a intervenir en Siria para ayudar a las mayorías insurrectas que trataban de derrocar al tirano de Damasco, Bashar al-Assad, un protegido del Kremlin y de Teherán, quien tuvo entonces las manos libres para llevar a cabo el genocidio de su propio pueblo con el empleo, incluso, de armas químicas. No sobra anotar que Assad ha sido por mucho tiempo uno de los más radicales enemigos del estado de Israel y de varias de las monarquías árabes, encabezadas por Arabia Saudita. De modo que haber contribuido, así fuera por omisión, a salvarle el pellejo a este personaje tampoco cayó muy bien entre muchos de los aliados de Estados Unidos. 

Por otro lado, Washington suscribió en 2015, luego de arduas negociaciones y con el apoyo de Rusia, Alemania, el Reino Unido, Francia y China, un acuerdo con Irán según el cual este país se comprometía a no desarrollar armas nucleares de ningún tipo a cambio del levantamiento de varias de las duras sanciones económicas que le habían sido impuestas por Estados Unidos desde 1979. Si bien esta jugada fue vista por unos como un mecanismo para ponerle punto final a la peligrosa carrera armamentista de Teherán, también fue considerada por otros como algo muy beneficioso para la potencia chiita, que ahora tendría a su disposición mayores recursos para promover sus intereses y su política expansionista en el Medio Oriente. (De todas maneras, Irán había conseguido aliviar en gran medida el impacto de las sanciones gracias a la ayuda que le prestaron, entre otros, Rusia y China). Y finalmente llegó el cierre con broche de oro: la ignominiosa salida de los estadounidenses de Afganistán en agosto de 2021 que, luego de veinte años de guerrear supuestamente para implantar la democracia en esa nación, les daba la espalda a sus aliados y los dejaba a merced del despotismo talibán. Washington estaba perdiendo la poca confianza que inspiraba aún entre sus amigos de la región. 

No es de extrañar, entonces, que Irán, con el abierto respaldo de Moscú, haya aprovechado todo esto para consolidar su influencia en Líbano a través de la poderosa milicia chiita de Hezbolá, que controla buena parte del poder en ese descuadernado país; en Yemen, por medio de los rebeldes hutíes, también chiitas, quienes combaten a muerte contra la intervención de Arabia Saudita y conservan el control de más de la mitad del territorio nacional; en Siria, gracias al apoyo militar brindado a Damasco, y en Gaza, por intermedio de Hamas y la Jihad Islámica Palestina, que mantienen una permanente guerra de baja intensidad con Israel. Se calcula que Irán, que no es un país árabe, mantiene estrechas relaciones con milicias, que en total pueden contar hasta con 100.000 efectivos distribuidos en varias naciones árabes y muy bien preparadas para librar contiendas no convencionales. Pero el asunto se complicó aún más en 2018, cuando Donald Trump decidió romper unilateralmente el acuerdo nuclear con Teherán, lo cual volvió a poner en primer plano la amenaza de un Irán gobernado por líderes religiosos de línea dura, respaldado por Rusia y China y trabajando muy probablemente en la fabricación de armas atómicas.  

La era Biden

Tan pronto llegó a la Casa Blanca, Joe Biden abordó este asunto y trató de reiniciar las conversaciones con Irán a fin de revivir el acuerdo de 2015, para lo cual optó por aliviar las sanciones que había vuelto a imponer Trump al liquidar el tratado. Como era de esperarse, esta decisión tampoco fue del agrado de los aliados de Estados Unidos, especialmente Israel y Arabia Saudita, los dos principales enemigos de los iraníes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que Washington calcula, con razón, que si Irán llegara a poseer armas nucleares, su peso relativo cambiaría cualitativamente y le permitiría convertirse en un actor decisivo en todo el Medio Oriente. Y esta es precisamente la mayor preocupación estratégica de Israel, muy por encima de su conflicto con los palestinos. Es el círculo vicioso perfecto: malo si se salva el acuerdo y se eliminan las sanciones económicas porque ello redundaría en un fortalecimiento económico y por ende político de Irán; pero también malo si no se recupera el tratado y se mantienen las sanciones porque Irán quedaría libre para proseguir con su proyecto atómico y de todas maneras continuar eludiendo las sanciones con el apoyo de Rusia y China. En septiembre de 2021 China e Irán firmaron un tratado por el cual Beijing invertirá 400.000 millones de dólares en diversos proyectos a cambio de petróleo barato, lo cual ha permitido que las exportaciones de crudo iraní a China se hayan cuadruplicado. Ese mismo año Irán fue aceptado como miembro pleno de la Organización de Cooperación de Shanghai, bloque al cual pertenecen China, Rusia, Kazajistán. Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán, India y Pakistán. Asimismo, Irán y Rusia han fortalecido sus relaciones económicas de manera considerable con intercambios comerciales que superan los 4.500 millones de dólares anuales.

Es por todo lo anterior que se han venido produciendo movimientos importantes en el ajedrez del área. El más trascendental fue la firma en 2020 del llamado Acuerdo de Abraham, impulsado por la administración Trump, que normaliza las relaciones diplomáticas entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y al que se sumaron poco después Marruecos, Sudán y Bahrein. Aparte de Egipto y Jordania, ningún otro país árabe se había atrevido a dar este paso sin que antes se hubiera dado como condición previa el arreglo de la cuestión palestina. Pero debido a la ofensiva de Irán y sus aliados en la zona, que era percibida como una amenaza vital tanto por Israel como por los regímenes árabes sunitas, varios de estos últimos aceptaron poner en un segundo plano la causa de los palestinos y hacer las paces con los israelitas. (Sudán lo hizo, pero solo a cambio de que Washington lo retirara de la lista de estados promotores del terrorismo y no tanto por temor a Teherán). Con esta audaz movida, Estados Unidos trataba de rectificar el rumbo que venía siguiendo y conformó un bloque contra Irán al cual solamente hace falta que ingrese Arabia Saudita, que ya adelanta acercamientos con Jerusalén.

Pero cuando todo parecía que iba por buen camino surgió un incidente que por poco da al traste con la estrategia de Estados Unidos. A finales de 2018 fue brutalmente asesinado en Turquía el periodista saudí Jamal Khashoggi, quien trabajaba para The Washington Post. En cuestión de días se comprobó que quien había ordenado el crimen había sido el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salman, gobernante de facto de dicho país. Durante su campaña presidencial Biden no solo denunció al tirano saudí, sino que indicó que le haría pagar por su crimen. Al mismo tiempo condenó repetidamente a Arabia, a la que calificó de “estado paria”, por su intervención en el conflicto de Yemen y las atrocidades que estaba cometiendo contra la población civil. Tan pronto llegó a la Casa Blanca, Biden dio a conocer los informes de inteligencia que mostraban la culpabilidad de Bin Salman, levantó la designación de los hutíes yemenitas como organización terrorista y procedió a reanudar los contactos con Irán en relación con el acuerdo nuclear. Las relaciones con Riyad, el mayor exportador de petróleo del mundo, tradicional amigo de Estados Unidos desde hacía más de cincuenta años y bastión árabe de la lucha contra la expansión iraní, habían llegado a un punto muerto.

Sin embargo, la Guerra de Ucrania cambiaría de nuevo el panorama. El Medio Oriente, con sus gigantescas reservas de petróleo y gas, volvió a adquirir una relevancia enorme en medio de la crisis energética creada por el conflicto en Europa. Joe Biden tuvo que comerse sus palabras y, en lo que ha sido considerado como un episodio humillante para la principal potencia del mundo, viajó a Riyad, se entrevistó con el príncipe heredero y les rogó a los sauditas que aumentaran su producción de petróleo con el fin de aliviar la crisis de Europa. Atrás quedaron sus discursos sobre las libertades y la democracia. Los intereses del imperio, la “realpolitik”, por encima de los principios. Eso sí, en el comunicado conjunto se hizo énfasis en la necesidad de enfrentar el peligro iraní y en que Estados Unidos no abandonará a sus asociados de la zona.

Días antes Biden había estado en Israel con el mismo propósito: consolidar el frente contra Irán, tratar de pisar duro y recuperar la credibilidad de su país después de tantas idas y venidas. Durante su estadía en el estado judío, Biden afirmó categóricamente que estaría dispuesto a emplear la fuerza militar para impedir que Irán adquiera armas nucleares, algo que Israel ha venido declarando desde hace años. En suma, se trataba de “regresar” al Medio Oriente visitando a los dos archienemigos de Teherán. “No nos iremos ni dejaremos un vacío que pueda ser llenado por China, Rusia o Irán”, afirmó lapidariamente el inquilino de la Casa Blanca. Cabe anotar, sin embargo, que hasta el momento ningún país de la región, fuera de Israel, ha expresado intención alguna de participar en una guerra contra Irán.

Dos días después de la partida de Biden del Medio Oriente llegó a Teherán Vladímir Putin para reunirse no solo con las altas autoridades iraníes, sino también, ¡óigase bien!, con Recep Tayipp Erdogan, el presidente de Turquía, un miembro activo de la OTAN que también tiene intereses políticos, militares y territoriales en el vecindario y que ha estado involucrado en la guerra de Siria. Este encuentro le sirvió a Moscú para demostrarle al mundo que Rusia no está tan aislada como pretenden sus adversarios y, al mismo tiempo, para reforzar su presencia en la zona y advertir que no abandonará a su aliado chiita, el cual también ha sido blanco de las sanciones económicas de Washington. Irán, que posee las segundas reservas más grandes de gas natural del planeta y las cuartas de petróleo, ha recibido un fuerte apoyo económico del Kremlin mediante enormes inversiones en el campo energético y crecientes intercambios comerciales. 

Para concluir, con estas dos visitas se afirmó la configuración de un nuevo Medio Oriente con dos bloques antagónicos y dos esferas de influencia en donde jugarán papeles destacados no solamente los grandes de siempre sino también potencias regionales tan distintas y con intereses tan diversos como Israel, Irán, Turquía, Egipto, Arabia Saudita y los estados del Golfo Pérsico. En medio de este complicado reajuste, cuya perdurabilidad está todavía por verse, los palestinos han sido los únicos perdedores pues su causa importa cada vez menos y corre el peligro de convertirse en un paisaje más del agitado y traumático acontecer internacional.