22 Julio 2022

Europa y la OTAN afilan sus espadas

Las más recientes reuniones de bloques de naciones no han coincidido precisamente en buscar un camino hacia la paz sino en agudizar las contradicciones y crear un clima de zozobra que hace difícil pensar en una solución a los graves problemas que amenazan al planeta.

Por: Gabriel Iriarte

Durante la última semana de junio hubo una serie de cumbres de organizaciones internacionales como pocas veces se había visto en un lapso tan breve. Se reunieron al más alto nivel representantes de la Unión Europea (UE), del grupo Brasil, Rusia, India, China, Suráfrica (BRICS), del G7 (Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia) y de la OTAN. Esto en medio del conflicto en Ucrania y del más peligroso choque entre Occidente y Rusia desde el final de la Guerra Fría, que ha puesto al mundo al borde de unas crisis de alimentos y energía sin precedentes e incluso de una confrontación nuclear. Pero lo más preocupante de estos encuentros es que no contribuyeron a aliviar las tensiones o a encontrar un camino hacia la paz. Por el contrario, los objetivos y las conclusiones de las mayoría de ellos apuntaron precisamente en la dirección opuesta: a agudizar las contradicciones y generar un clima de zozobra que hace cada vez más difícil solucionar los graves problemas que amenazan la paz global. 

La primera reunión, la de la Unión Europea entre el 23 y el 24 de junio, tuvo como principal propósito analizar la solicitud de Ucrania y Moldavia a ser candidatas para ingresar a este club que está compuesto por 27 países y que constituye la tercera economía mundial después de China y Estados Unidos. Las dos naciones, ambas vecinas de Rusia, habían aplicado a este procedimiento desde febrero de 2022 con miras a distanciarse de Moscú y ubicarse bajo el paraguas, al menos económico, de la alianza europea. Normalmente el trámite de ingreso puede durar mucho tiempo, tal como se ha visto en los casos de Bulgaria, Rumania y Croacia, que tuvieron que esperar entre diez y doce años para ser aceptadas, o Turquía, que sigue aguardando desde 1999. Sin embargo, a partir de 2017, Ucrania ha venido disfrutando de un llamado convenio de asociación mediante el cual puede realizar intercambios comerciales con tarifas preferenciales aun sin formar parte del grupo. Y se especula que, dada la política de la Casa Blanca y sus aliados europeos de acorralar a Rusia al precio que sea, Kiev pueda recibir el visto bueno en menos tiempo del que ha sido normal para otros aspirantes. Lo que ya es un hecho es que la reunión de la UE decidió avanzar otorgando el estatus de candidatos a los dos países. El Kremlin, aunque no ha trazado una línea roja para el ingreso de Ucrania a la Unión, sí ha mostrado su inquietud al respecto debido a los planes que existen para la creación de una fuerza europea de defensa independiente de la OTAN y Estados Unidos, que estaría compuesta por los participantes de la UE. 

Coincidencialmente, en las mismas fechas se llevó a cabo en Beijing la décimo cuarta cumbre del grupo conocido como BRICS, cuyas economías emergentes tienen cerca del 40 por ciento de la población y una cuarta parte del PIB mundiales. Poco antes de la reunión se supo que Argentina e Irán han solicitado su ingreso al bloque, lo mismo que países como Egipto, Indonesia, Nigeria, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Es de anotar que varias de estas naciones se han negado a condenar la invasión rusa a Ucrania o a sumarse a las sanciones occidentales contra Moscú, una muestra de que Putin, quien participó virtualmente en la reunión, no es un paria relegado al ostracismo como se decía al comienzo de la crisis. No cabe duda de que el BRICS, con China y Rusia a la cabeza, está destinado a convertirse para el mundo en desarrollo en una alternativa, por ahora económica, a las políticas de las potencias occidentales. De esta conferencia, como era de esperarse, no salió ningún tipo de condena a la agresión de Putin a Ucrania.

Dos días después, entre el 26 y el 28 de junio, se reunió en Alemania el G7 que agrupa a las economías más ricas del mundo, con la excepción de China. (Hasta 2014 Rusia formó parte del entonces G8, pero fue expulsada a raíz de la anexión de Crimea). Cabe anotar que si bien es cierto no se anunciaron nuevas sanciones contra Rusia, el comunicado de la reunión hizo fuertes críticas a China en temas como los derechos humanos y el respeto a las normas internacionales que deben regir las relaciones entre estados, lo que se convertiría en un preámbulo de lo que sucedió durante la cumbre de la OTAN un día después. Por último, el G7 ratificó el lanzamiento de su “Iniciativa de Inversión en Infraestructura”, un ambicioso plan de más de 600.000 millones de dólares destinado a contrarrestar el programa chino de la Franja y la Ruta que lleva varios años invirtiendo gigantescas sumas en el Tercer Mundo e incluso en algunos países de Europa. Puede afirmarse que de alguna manera los dardos lanzados por la cumbre del G7 resultaron estar más dirigidos a China que a Rusia, las dos potencias que serían el blanco del encuentro de la Alianza Atlántica al día siguiente.

Del 29 al 30 de junio se efectuó en Madrid la cumbre de jefes de gobierno de la OTAN, “en un momento crítico para nuestra seguridad y para la paz y la estabilidad internacionales”, según señalaron los participantes, cuando todos los socios europeos se han comprometido a incrementar de manera sustancial su gasto militar, a destinar más efectivos a los contingentes aliados de reacción inmediata (de 40.000 a 300.000, sin contar los 100.000 desplegados por Estados Unidos) y a enviar más armamento ofensivo a Kiev. No obstante, pese a que la unidad de la OTAN parece ser sólida y las fisuras que prevalecen no afectan su accionar conjunto, lo que sí es cierto es que en la alianza no hay liderazgos o voces lo suficientemente fuertes como para hablar en un mismo nivel de autoridad con Washington. Hasta ahora, todos los países se han limitado a seguir al pie de la letra los dictados de Biden en cuanto al manejo del problema de Ucrania, con todo lo bueno y lo malo que esto pueda significar para los intereses de Europa. 

El encuentro, “una reunión que hará historia” según el presidente norteamericano, se recordará por tres hitos. El primero, que por primera vez desde su creación, la OTAN invitó a una cumbre a Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, cuatro potencias del Pacífico no solo aliadas de Occidente, sino también opuestas a las políticas chinas en esa región. El segundo, que Suecia y Finlandia fueron aceptadas como miembros de la Alianza y su ingreso, logrado en un tiempo récord, se formalizará una vez la totalidad de los asociados firmen los protocolos de adhesión. No sobra recordar que con esta nueva ampliación de la OTAN el cerco geoestratégico a Rusia se cierra aún más y la mentalidad de asedio de Moscú con seguridad aumentará a niveles extremadamente peligrosos.

Y el tercero y más relevante, el llamado “Concepto Estratégico”, la carta de navegación de la OTAN para los próximos años, que marca una ruptura radical con la política que había venido desarrollando la alianza desde el final de la Guerra Fría y abre nuevos frentes de batalla que hasta ahora parecían improbables. En el anterior documento estratégico, aprobado en 2010 en Lisboa, la organización se limitaba a continuar con su papel de garantizar la defensa y seguridad comunes sin señalar a ningún posible adversario. Es interesante anotar que a la cumbre de la capital portuguesa fue invitado el entonces presidente ruso Dimitri Medvedev. Como muestra clara de que el comunicado de Madrid pone punto final a la distensión entre Moscú y Occidente, basta comparar algunas afirmaciones de los textos de 2010 y 2022. Mientras que en el primero se dice que el riesgo de un ataque convencional contra la OTAN es bajo, en el segundo se declara que la región euro-atlántica no está en paz y que no se puede descartar la posibilidad de un ataque contra su integridad territorial y señala a Rusia como la amenaza más significativa en tal sentido. Mientras que en 2010 la OTAN confiaban en establecer una “verdadera colaboración estratégica” con Moscú, ahora se señala la expansión militar del Kremlin como el principal peligro para la seguridad y los intereses del bloque occidental. Y para rematar, el texto asevera, sin el menor asomo de prudencia, que la OTAN se ratifica en la decisión que tomó en 2008 en Bucarest de ofrecer ingreso a Georgia y Ucrania, lo que constituye una abierta provocación a Rusia.

El otro tema clave de la nueva estrategia tiene que ver con China. Por primera vez un documento fundamental de la OTAN se refiere a esta potencia como un adversario a tener en cuenta, algo que hasta el momento solamente había sido un problema de Estados Unidos como parte de su competencia global con Beijing. El texto afirma que las políticas chinas son “un desafío a nuestros intereses, nuestra seguridad y nuestros valores” y que dicha amenaza incluye su retórica de confrontación, sus campañas de desinformación, el control de sectores industriales y tecnológicos claves, su progresiva asociación con Rusia y su carrera armamentista nuclear. Es por ello que el comunicado destaca la importancia que tiene para la OTAN la región indo-pacífica, algo que nunca antes se había mencionado y que explica la invitación a Madrid de los cuatro países de esta región. “El Pacífico es importante para la OTAN, dado que los acontecimientos en esa zona pueden afectar directamente la seguridad euroatlántica”, continúa la declaración, y anuncia que la alianza se proyectará hacia esa área geográfica, donde se halla el mayor competidor estratégico de las democracias: China. Imposible hablar más claro. 

Lo que no recuerda el documento es que precisamente China es el principal socio comercial de la Unión Europea, con transacciones que en 2021 llegaron a los 700.000 millones de euros. Asimismo, el gigante asiático representa el 22 por ciento de las importaciones y el 10 por ciento de las exportaciones de la comunidad, mientras que para Alemania por sexto año consecutivo ha sido el principal socio comercial. Como si fuera poco, China posee el 40 por ciento de las reservas mundiales de litio así como de otras materias primas esenciales para la economía moderna y de las cuales depende en gran medida Europa. De manera que crear ahora un conflicto con Beijing puede ser muy inconveniente para una alianza que se encuentra enfrascada en una confrontación en su propio vecindario, nada menos que con un aliado de los chinos. Lo primero que se logra con esto es acercar más a Moscú y Beijing y consolidar una asociación que ha resultado muy beneficiosa para los rusos a fin de capotear las sanciones económicas impuestas por sus rivales. Abrir un segundo frente de problemas a miles de kilómetros del Viejo Continente con la segunda potencia económica y el país más poblado del mundo parece, por decir lo menos, innecesario. Más si se tiene en cuenta que esta conducta no responde en realidad a los intereses vitales e inmediatos de Europa sino a la geopolítica norteamericana que viene arrastrando a la OTAN en sus propósitos de competencia imperial. De igual modo, tratar de convertir la Alianza en un gendarme internacional para imponer la concepción del mundo, el sistema de gobierno y los intereses económicos occidentales puede fácilmente devolverse en contra de Europa. La nueva estrategia de la OTAN es quizá la partida de nacimiento de un planeta dividido irremediablemente en dos grandes bloques —China y Rusia por un lado y Estados Unidos y Europa por el otro— cuya rivalidad puede afectar a los cinco continentes en vísperas de lo que puede llegar a ser una recesión mundial de consecuencias catastróficas.