30 Agosto 2022

Se anuncia la primera moción de censura contra el gobierno Petro: ¿Prosperará?

El canciller Álvaro Leyva será citado al Congreso por el Centro Democrático, por ordenar no participar en la sesión de la OEA que condenó al régimen nicaragüense. Ninguna moción de censura en Colombia ha fructificado. ¿Será esta la primera vez?

El gobierno de Gustavo Petro no ha cumplido un mes y ya vivirá su primer debate de moción de censura. El Centro Democrático anunció que aplicará esta figura a Álvaro Leyva, el ministro de Relaciones Exteriores, después de que se hiciera pública su orden para que Colombia se ausentara de la sesión extraordinaria del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), convocada para condenar los abusos y violaciones del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua.

Esa determinación no cayó bien, dadas las innegables vulneraciones que ha cometido desde hace varios años el gobierno del país centroamericano. Solo en 2018, cuando una serie de protestas se tomaron las calles, se calcula que las fuerzas estatales masacraron a más de 350 personas, según informó la Conferencia Episcopal nicaragüense. Adicionalmente, existe una abierta persecución a medios de comunicación críticos con el oficialismo sandinista. En las últimas dos semanas, el Instituto Nicaragüense de Telecomunicaciones y Correos (Telcor) ha ordenado el cierre de 11 medios de comunicación, incluyendo ocho emisoras católicas. 

Por todo esto le llovieron críticas a Leyva, cuya actitud fue percibida como de complicidad con Daniel Ortega. “La ausencia del delegado colombiano ante la OEA, por instrucción del canciller, reivindica las prácticas antidemocráticas y violaciones de derechos humanos que ha cometido la dictadura en Nicaragua”, señala el comunicado del Centro Democrático.

Los antecedentes de la figura

Desde su creación e incorporación al régimen constitucional colombiano en 1991, la moción de censura se ha adelantado en 35 oportunidades —la que se surtirá en contra de Leyva será la 36— y en ninguna ocasión se consiguieron los votos suficientes para forzar la salida de un ministro. En el peor de los casos, los ministros prefirieron renunciar antes de someterse a esa humillación.

El último intento por echar mano de la moción de censura fue con el entonces ministro de Defensa del gobierno de Iván Duque, Diego Molano, el pasado mes de mayo. En esa oportunidad solo 28 congresistas apoyaron la iniciativa y otros 116 la rechazaron. Para ser aprobada bajo las reglas que dispone la Constitución, la moción de censura “requerirá el voto afirmativo de la mitad más uno de los integrantes” de la corporación (Cámara de Representantes o Senado) que convoque el debate. Es decir, cuando Molano fue sometido a la moción de censura, en la Cámara no se obtuvo el 51 por ciento de los votos y, por el contrario, quedó demostrado lo difícil que es materializar el objetivo final de este control político.

El sustento de la moción de censura es ser un contrapeso a las prerrogativas de la Rama Ejecutiva en una democracia. Esa fue la justificación empleada por la Asamblea Nacional Constituyente, hace 31 años, para introducirla como un limitante al poder que ostentaban históricamente los presidentes colombianos. Fue una forma, a su vez, mediante la cual adquirió más protagonismo el Congreso y prueba de ello es la gran cantidad de ocasiones en las que ha sido invocada. Sin embargo, fuera de la visibilidad y atención que recibe de la opinión pública cada vez que se cita a un debate de moción de censura, esta figura no ha trascendido por fuera de los estrados del Capitolio Nacional. 

Un estudio del politólogo Javier Duque analizó cómo se ha desenvuelto la moción de censura entre 1991 y 2014. Los motivos de por qué jamás fructificó ninguno de estos debates son, según Duque, las coaliciones de gobierno, que han permanecido leales al mandatario de turno. Durante las seis administraciones que incluyó su trabajo (Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe y Santos), se evidencia que los presidentes gozaron de un apoyo mayoritario en el legislativo. Ningún presidente —salvo Pastrana en sus últimos dos años— tuvo menos del 54 por ciento del apoyo en Senado y Cámara. Juan Manuel Santos, entre 2010 y 2014, alcanzó el pico más alto con 80 senadores y 139 representantes en su coalición de “Unidad Nacional”. Quizá esa es la razón que explique por qué solo un ministro de Santos en su primer periodo presidencial, Germán Cardona, quien presidía el Ministerio de Transporte, fue citado a una moción de censura. 

En el segundo periodo de Santos y durante la administración Duque, la dinámica permaneció. Ambos contaron con legisladores alineados a sus intereses y, en consecuencia, no sufrieron derrotas en las mociones de censura votadas en el Congreso. Mauricio Cárdenas, quien fue el ministro de Hacienda de Santos, superó el debate en su contra en 2016, y seis de los ministros de Duque (Ángela María Orozco, Alberto Carrasquilla, Karen Abudinen, Guillermo Botero, Carlos Holmes Trujillo y Diego Molano) también lo lograron.

Las renuncias inducidas 

Ni una sola moción de censura prosperó, pero en algunos casos presionó al ministro en cuestión para que presentara su renuncia. Cuando Néstor Humberto Martínez fue ministro del Interior de Pastrana, entre 1998 y 2000, la moción de censura en su contra nunca se cristalizó porque él dejó su cargo ante una posible votación adversa. Fernando Londoño, que lideraba la misma cartera pero durante la presidencia de Uribe, dejó su despacho después de superar una moción de censura en 2003. Germán Cardona, el primer ministro de Transporte de Santos, tomó la misma decisión en 2010 en medio de una moción de censura. Y con Duque, de la misma forma, renunciando antes o después de un debate en el Congreso, lo hicieron el exministro de Defensa Guillermo Botero y la exministra TIC Karen Abudinen.

Estos son los pocos casos en los que la moción de censura tuvo alguna consecuencia política. En el 14 por ciento de estos procedimientos (cinco de 35 mociones de censura) concluyó en una renuncia. Un resultado que no está intrínsecamente ligado a cómo se concibió la figura, pero que denota que no es un ejercicio sin réditos.