8 Marzo 2022

¿Vladimir Putin es igual a Hitler? ¿O a Stalin?

Ante el horror de lo que está sucediendo en Ucrania no han sido pocas las comparaciones de Putin con los más terribles dictadores de la historia.

Crédito: Will Huertas

Con la invasión de Ucrania no es difícil sentir que nos visita “el fantasma de las navidades pasadas”, el mundo entero parece mirar hacia atrás para entender lo que está sucediendo, y las comparaciones con los grandes dictadores de la historia no se han hecho esperar, los memes, publicaciones y trinos comparando a Putin con dictadores como Hitler y Stalin, tanto que hasta Madonna entró en la discusión.

Por: María Camila Díaz Esguerra

La reina del pop publicó en su cuenta de Instagram un video en el que imágenes de su canción Can´t take it se intercalan con videos de la crisis en Ucrania e imágenes de Vladimir Putin con la cara de Adolf Hitler superpuesta. En la descripción dice que el presidente ruso ha violado todos los derechos humanos y solicita el envío de ayuda humanitaria de manera urgente. La semana pasada también se hizo viral una portada falsa creada por el diseñador Patrick Mulder, quien la compartió en Twitter, explicando que quería dar más contundencia con la imagen a lo que estaba pasando en Ucrania, aportando una imagen más contundente de la que daba la revista original ese día. A pesar del potencial viral de estas publicaciones vale la pena revisar qué tanto se parece la crisis actual a las del siglo pasado. 

 

Cambio habló con Carlos Alberto Patiño, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia, respecto de estas analogías. Nos dijo que la comparación con Hitler tiene mucho que ver con la forma en que Rusia ha hecho la guerra: Putin habla de una guerra relámpago en Ucrania, término que Hitler usó para describir su invasión a Polonia en 1939 (Blitzkrieg). Segundo, la anexión de zonas de Ucrania donde busca proteger a los rusos recuerda a la anexión de los Sudetes en Checoslovaquia en 1938, similar al argumento del “espacio vital” usado por el gobernante alemán; y tercero la negación rusa en las semanas previas a la invasión recuerda al comportamiento del führer en la conferencia de Múnich cuando aseguraba que no habría guerra.

Respecto de Joseph Stalin las comparaciones tienen que ver con el uso del poder del Estado para reprimir a los ucranianos, tal como sucedió durante la gran hambruna de 1932 y 1933 (Holodomor) cuando murieron entre 3,5 y 4 millones de ucranianos y el periodo del gran terror después de 1937 cuando murieron entre 2 y 3 millones de ucranianos. 

Las comparaciones para encontrar paralelos entre Putin y los dictadores de los años treinta no terminarían ahí, se podría mencionar que las fotos del presidente ruso sin camisa en las estepas recuerdan a las de Benito Mussolini en la nieve con el pecho al aire. No obstante, más allá de las comparaciones que levantan a los fantasmas de la Segunda Guerra y sirven para demonizar el actual conflicto y tildar a Putin de loco, valdría más la pena revisar qué devela este conflicto de los últimos 30 años.  

Vladimir Putin pescando sin camisa en el sur de Siberia (2017) y Benito Mussoli esquiando sin camisa en Terminillo (1937)
Vladimir Putin pescando sin camisa en el sur de Siberia (2017) y Benito Mussoli esquiando sin camisa en Terminillo (1937). Créditos: Imagen de Mussolini (Sin Fuente, Imagen de dominio público Wikimedia Commons). Imagen Putin (Reuters)

Como explica Patiño, lo novedoso de Putin respecto de los gobernantes de los años treinta es que sus acciones se enmarcan dentro del concepto de una Rusia que tiene una democracia plena, aunque se trata de una democracia iliberal y enmarcada en el populismo, tal como la entiende Putin.

Para comprender este régimen hay que tener en cuenta que Rusia en un lapso de 100 años vio los últimos capítulos del zarismo, una guerra mundial en la que salió gravemente perjudicada, una guerra civil seguida por una revolución socialista que volteó completamente el orden cultural y social, un desarrollo industrial exponencial, una Segunda Guerra Mundial que dejó millones de muertos, casi 50 años de Guerra Fría en los que fue la superpotencia contraparte de Estados Unidos y la caída del régimen socialista que una vez más puso de cabeza al orden social, económico y cultural del país y que cerró el siglo con una profunda crisis a finales de los años noventa, cuando incluso se llegó a pensar que Rusia podría convertirse en un Estado fallido. 

Analizando este último siglo de la historia rusa, es posible entender lo que menciona David G. Lewis en su libro Russia's New Authoritarianism: Putin and the Politics of Order (El nuevo autoritarismo de Rusia: Putin y la política del orden), donde se refiere a que los historiadores conservadores rusos ven la historia como una intercalación de periodos de orden y caos, y durante los periodos de caos (smuta) está en juego la existencia misma del país y la identidad de sus habitantes.

La Rusia que llegó a gobernar Vladimir Putin a finales del milenio, era claramente un caos. Como le comentó a Cambio Maria Elisa Berenguer, exembajadora de Brasil en Colombia –quien estuvo en misión diplomática en la Rusia de finales de los noventa– la gente quería estabilidad, tanto que durante el periodo de Boris Yeltsin incluso había quienes tenían nostalgias de la época soviética. No es distinto a lo que ha pasado en las elecciones en Brasil o en otros países de América Latina, la gente busca un candidato que le dé seguridad y estabilidad. 

Gente tratando de comprar huevos rotos en las afueras de Moscú en los años 90
Un grupo de personas trata de comprar huevos rotos (30% más baratos que los normales) a las afueras de Moscú en 1995. Crédito: Reuters

Lewis explica que después de la caída del régimen soviético, los rusos relacionaban la inestabilidad política con una amenaza existencial a la identidad personal y nacional en un mundo que de repente había quedado al revés. La incertidumbre en torno al nuevo sistema político no era solo el resultado del fracaso de un sistema democrático débil que no podía contener la polarización social y política, sino que también era percibida como la consecuencia de un orden liberal que se regodeaba en el colapso soviético, que no interpretaba como la derrota conjunta (en la que participaron los rusos) de un régimen totalitario, sino como la derrota del Estado ruso en la pelea contra Occidente. 

En este entorno en donde existían unas élites soviéticas y grupos de la población que habían quedado completamente a la deriva, Putin logró hacer eco del resentimiento colectivo, y aglutinó a tales élites marginadas del nuevo orden liberal (por ejemplo  los exmiembros de la KGB) con la población general que estaba quedando excluida. 

Cuando Putin llegó al poder consolidó su régimen basado en una democracia iliberal donde hay una profunda identificación entre el Estado y el líder. Su meta es la soberanía del pueblo ruso. Para Putin el Estado es un componente central de la política, ya que le da a Rusia su lugar en el mundo, provee estabilidad, une a la población y tiene eco histórico. 

Como explicó a Cambio una diplomática colombiana conocedora de la política internacional –que prefirió mantener su nombre en reserva– esto es importante porque ellos desde hace siglos se han concebido a sí mismos como un gran poder imperial. Putin se posicionó  como líder de una gran nación que defiende sus intereses, rescató la economía, pagó las deudas, creó programas para empoderar a la gente y logró recuperar la influencia de Rusia a nivel internacional. Todo, mediante un régimen, una élite y una serie de prácticas económicas y políticas que causan recelo en Occidente. 

Así la historia rusa posterior a la URSS, como la Guerra Fría, está marcada por la desconfianza mutua entre Rusia y Occidente. Además, entran a jugar las tensiones geopolíticas alrededor de los territorios que se han ido desprendiendo del dominio o del área de influencia rusa, amén de otros conflictos aledaños. Algunos de los más sonados son la guerra de Chechenia, la guerra con Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014, la guerra de Siria y ahora la invasión a Ucrania. Todas han causado enfrentamientos con Occidente, y en el trasfondo la apuesta por controlar las zonas de seguridad que separan a ambos espacios geopolíticos. 

Como explica Maria Elisa Berenguer, después de la caída de la URSS, Estados Unidos. esperaba que Rusia cuidara sola de todos los problemas del Cáucaso, porque esa era su área tradicional de influencia. Pero, al mismo tiempo, los países satélite de Rusia también eran zonas de tensión en la medida en que Europa se les acercaba poco a poco aunque sin saber cómo integrar a Rusia, y sin calcular los efectos sobre su vecindario. 

Así, los avances de la OTAN, la Unión Europea y otras corrientes de influencia occidentales han llegado a las puertas de Rusia, primero con la expansión hacia los países Bálticos y Polonia, y luego con las intenciones hacia Georgia y Ucrania. Una manera muy eficaz de atizar el fuego, pues sobre todo, estas dos últimas son injerencias directas en lo que Rusia considera su esfera de influencia y territorio histórico. 

Para continuar con los paralelismos históricos, el conflicto actual tiene muchos elementos en común con la crisis de los misiles en Cuba, acontecimiento que hizo a Estados Unidos poner el grito en el cielo en los años sesenta. El problema es que esta vez las amenazas se hicieron efectivas. Así, en medio de un enfrentamiento ideológico por las zonas de seguridad rusas, la sociedad civil ucraniana terminó en el medio.

Mapa realizado por la CIA que muestra el alcance de los mísiles nucleares plantados en Cuba durante la crisis de 1962.
Mapa realizado por la CIA que muestra el alcance de los mísiles nucleares plantados en Cuba durante la crisis de 1962. Crédito: Imágen de dominio Público. John F. Kennedy Presidential Library and Museum. Wikimedia Commons

Visto este contexto, las comparaciones de Putin con Stalin y Hitler pueden servir para ilustrar el horror de la guerra, y como propaganda para demonizar a Rusia. Sin embargo, cabe preguntarse si insistir en lo que Rusia siente como una afrenta personal por parte de Occidente, la OTAN y la Unión Europea, no puede llevarnos a otra analogía histórica auspiciando una situación similar a la de Alemania después del Pacto de Versalles, donde las sanciones económicas y la “humillación nacional” terminaron en un conflicto igual, o incluso peor que el que habían pretendido zanjar.