11 Abril 2022

El aire viciado de la corrupción

En épocas de campañas electorales, aspirantes y elecciones, la corrupción se vuelve el tema obligado de debates y también de nuestras conversaciones informales.

Por Juan Felipe Bedoya-Gerente General Porsche Colombia

Hemos presenciado -en la actual campaña presidencial-  que los candidatos se pelean ferozmente por convencer a la audiencia de que cada uno es más digno que los otros, de ser el “mejor representante de la anticorrupción” y escuchamos de parte de políticos, padres de familia, empresarios y gentes del común, variadas expresiones de lo ruinosa que resulta la corrupción.

Sin embargo, tras pocas semanas de la instalación de un nuevo Congreso o de la ceremonia de posesión de un nuevo alcalde, presidente o cualquier otro funcionario elegido popularmente, es común que las voces se acallen; la corrupción sigue su curso y sus efectos devastadores, ya sin escrutinio público, siguen haciendo de las suyas, mientras que 21 millones de colombianos y contando, están sumidos en la pobreza, nuestros niños y jóvenes se alimentan mal y reciben una pobre educación, nuestra infraestructura no avanza con las necesidades crecientes de nuestra gente, la violencia generada deja incontables victimas y la imagen internacional del país se debilita y se constituye como un gran argumento en contra de la inversión y, peor aún, nuestras empresas locales no prosperan para competir en el entorno mundial. Nuestro progreso, a pesar de la corrupción, es innegable pero insuficiente.

En un análisis reciente de KPMG, donde le preguntan a los empresarios sobre sus preocupaciones, no encontramos una respuesta explícita sobre la corrupción. Hay menciones de inestabilidad social e inequidad económica, entre otras preocupaciones sociales, pero no se registra en este estudio que la corrupción preocupe a los encuestados. Tal vez este ejercicio fue realizado antes de esta época electoral. La corrupción se ha vuelto como el desastre climático: sabemos que el aire que respiramos en nuestras ciudades nos acarrea severos problemas respiratorios, así como la asfixiante corrupción; el calentamiento global acabará con ciudades y poblaciones y, también, afectará la posibilidad de cultivar en muchas zonas hoy fértiles y, a la postre, la tierra no será apta para la vida humana, tal como la corrupción que mina cualquier posibilidad de desarrollo social sostenible. 

La diferencia en nuestro país entre la corrupción y el desastre climático es que este último tiene vocerías fuertes y comprometidas: el Gobierno Nacional y sus ambiciosos compromisos con la transición energética, las ONG que promueven la protección de ecosistemas en riesgo y, con el mismo ímpetu, entidades que intentan proteger minorías y poblaciones vulnerables, además de las iniciativas de compañías locales o internacionales, las cuales apoyan decididamente la transición a productos carbono neutro y procesos productivos con menor huella de carbono. 

El debate del cambio climático es necesario, todas estas iniciativas son valiosas y su efectividad será clave para un medio ambiente adecuado para el desarrollo de generaciones futuras, pero la realidad es que Colombia no es un actor relevante en las emisiones del mundo, representa solo el 0,6 por ciento del CO2 emitido. La verdadera tragedia que sí tenemos en casa es la corrupción. Según Transparencia Internacional, Colombia obtuvo 39 puntos de 100 posibles en el análisis de Percepción de Corrupción y somos el país 87 de 180 en el ranking de más a menos corruptos. Esto nos deja mejor que Brasil y Argentina por un punto y por debajo de India por un punto también; hemos mejorado tres puntos en diez años, cada uno puede sacar sus propias conclusiones.  

Definitivamente en la sociedad colombiana debemos actuar de manera más decidida contra la corrupción, así como lo hacemos a favor de una transición energética, pero incluso con mayor tenacidad. Debemos reconocer que hoy no existe un plan contra el peor flagelo de nuestra sociedad, no hemos definido objetivos concretos en los focos más evidentes de corrupción y tampoco acciones que puedan ser evaluadas por la sociedad.

La corrupción se ha vuelto como el desastre climático: sabemos que el aire que respiramos en nuestras ciudades nos acarrea severos problemas respiratorios, así como la asfixiante corrupción.

Para lograr esa determinación los invito como líderes de sus organizaciones, de su comunidad y de su familia a reflexionar en tres elementos esenciales, los cuales he extraído de una muy interesante conversación con empresarios reunidos por el Instituto Anticorrupción de Colombia el pasado 23 de marzo: primero, pensemos cuál sería el caso de negocio de frenar la corrupción; ¿cómo sería la productividad de nuestros jóvenes colombianos con un adecuado desarrollo físico y mental y las herramientas adecuadas?; ¿cuál sería la fortaleza de nuestra economía con mayor inversión extranjera directa, el nivel de desempleo, la devaluación y el ingreso per capita?; ¿cuál sería el nivel de bienestar de nuestra población con infraestructura adecuada en educación, transporte, ciencia y tecnología?; ¿qué potencial tendría realmente nuestra biodiversidad, humedales, Amazonia y selva húmeda en el contexto internacional de alta valoración de estos activos?

Segundo, las ideas que les generan esos interrogantes deben motivarnos a construir una vocería fuerte en nosotros mismos como líderes de las organizaciones en contra de la corrupción, porque el tono debe venir desde arriba. En Colombia las empresas tienen la obligación de desarrollar un programa de Transparencia y Ética Empresarial (SuperSociedades CE 100-000011 9 de agosto de 2021), además de la reglamentación sobre lavado de activos y las políticas de cumplimiento de cada organización. Los oficiales de cumplimiento deben ser apoyados, les debemos facilitar el camino, pero somos los líderes quienes debemos adoptar la anticorrupción como uno de nuestros valores, abogar (en el sentido del inglés advocate), defender el valor que significa liberarnos de la corrupción y denunciar. Esta tarea puede verse en primera instancia sobrecogedora, por eso necesitamos una voz que nos represente y que lidere este apoteósico esfuerzo, por fuera del oportunismo de las contiendas electorales. El Instituto Anticorrupción de Colombia puede ser una voz que hable por quienes así lo quieran. Con su esfuerzo de formación a las comunidades empresariales, sus investigaciones particulares sobre diferentes aspectos de este flagelo y sus denuncias de casos, podemos comenzar a impactar diferentes capas de la compleja realidad. Los invito a conocer al instituto y apoyar su trabajo, siguiendo las páginas:  www.estudiosanticorrupcion.org y www.redcump.org. 

Tercero y más importante, la formación de nuestros hijos y de los más jóvenes de nuestro núcleo familiar es la condición necesaria para cambiar el país en el mediano plazo, pero esta condición solo será suficiente cuando todos hablemos fuerte y rechacemos cualquier acto de corrupción y hasta que  todos los días recordemos que el aire viciado de la corrupción es lo que nos está matando.